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Antonia vino a los gritos, era todo un escándalo su paso agitado, los brazos en alto y con todo lo que la voz le daba: -¡Se termina el mundo! ¡Socorro, nos morimos, nos morimos! Tenía prisa, insistía, porfiaba, me sacaba de quicio.
Ella siempre fue demasiado exagerada pero esta vez era algo más importante que la caída de una olla de agua hirviendo sobre los pies, de eso no cabía dudas. Algo peor que meter la gata en el horno y olvidarla. Más aun que intentar lavar la vajilla en el lavarropas...
Lo supe apenas sentí un run run bajo mis zapatos, pues eso no eran los bajos guturales de Antonia sino algo que venía de lo profundo, como del infierno, y me zarandeaba mezclando mis ideas.
También llegaban gritos desde afuera, lo cual daba a pensar que el barrio estaba convulsionado. -¿Será la guerra? ¿El Apocalipsis? -me pregunté mientras Antonia se me tiraba encima para exigirme un auxilio que a lo mejor yo no podía darle. Lloraba, se tiraba de los pelos y me miraba como si yo fuese el culpable de lo que estaba pasando.
Su dedo índice, largo, puntiagudo, de uña afilada, se dirigía hacia mí en tanto su voz era un desgarro exclamando: Tuuuu, tuuuu, tuuu... –daba miedo, aun en medio de aquél caos.
El piso no dejaba de temblar, el run run y el tu tu se hicieron más fuertes. Ahí comencé a asustarme y me paralicé, pero de todos modos me arrastraba ese terremoto hacia donde yo no quería ir.
Resignado me dejé llevar, pero no podía irme de casa sin el paraguas, en esta época suele llover de improviso y con mi veteranía no me iba a tomar la lluvia por sorpresa. Lo atrapé al pasar y paraguas en mano di medio giro esperando que el terremoto me llevara hacia la puerta. No tuve suerte y así como hago cada vez que no tengo suerte me puse en campaña a resolver el problema. Con cierta dificultad por el escándalo del fin del mundo me fui caminando a otro planeta.
La gente corría en todas direcciones, hasta las mesas y las sillas corrían despavoridas, también alguna cama y hasta un viejo ropero, repleto y jadeante, desfiló ante mis ojos. ¡Pobre heladera! Sola no podría salvarse.
Todo iba deprisa y yo agobiado por el peso del caparazón. Algunos pasaban a mi lado y su rostro de terror se tornaba espeluznante al adquirir un rictus de comicidad. Verme les causaba gracia, uno me gritó ¡apártate, tortuga! Y otro más me alertó ¡Qué te piso, caracol!
Dos mujeres que corrían de la mano auxiliándose una a la otra al verme exclamaron ¡Pobre horario, no le dará el tiempo! Y era cierto, segundero y minutero me habían sacado tanta ventaja que mejor sería sentarme a esperar que dieran la vuelta.
En la esquina dos tipos se tiraban de los pelos, uno había perdido mil millones con el desplome de las bolsas y el otro mil quinientos con su divorcio. Algo más allá un niño ayudaba a su madre a recoger las compras que la debacle le había hecho desparramar por el suelo. En todo el mercado mundial pasaba lo mismo, tan malo era comprar como vender o aguardar nuevas tendencias. Aun así ninguno quiso pasar por indigente y rescatar bancos fundidos se puso de moda.
Yo no quería permanecer en medio de tal locura y corrí hacia la plaza. Hallé una banca que no había huido donde pude sentarme y respirar profundo. Buscando aplacar mi ansiedad extraje mi bloc de notas y comencé a describir un paisaje bucólico, romántico, pleno de nobles sentimientos, cascadas con arco iris, planetas anillados y aromas florales. Pude percibir como la serenidad comenzaba a invadir mi cuerpo, recorría mis arterias, mis circuitos nerviosos se llenaba de paz y el mundo se detuvo.
Estuve así largo rato, tal vez mucho tiempo no lo podría cuantificar, lo cierto es que en algún momento el silencio y la calma que me rodeaban fueron mayores a los de mis pensamientos.
Me sentí repuesto, anochecía y una brisa agradable se arremolinó junto a mí. Caminamos juntos hasta casa, ni siquiera se oían coches, perros, o gente. El bloc me pidió que lo guardara y la brisa nos dejó solos.
Antonia me esperaba con el vaso de agua y las pastillas en la mano: -¿Te das cuenta? ¡Tanto lío para nada! Sería bueno que dejaras de rechazar tus medicamentos y evitarnos problemas...
Ella no sabe nada, ni imagina el complot que hay en nuestra contra. El mundo se ha vuelto loco y quieren hacernos creer que soy yo. ¡Pobre Antonia, ha caído en esa trampa! Pero yo veré de mantenerla a salvo, lo único que necesito es tener a mano el bloc de notas.
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