-¿Nombre?
-Amalia Yoful
-¿Cuál era la relación con el occiso?
-Fui su esposa.
***
¡Maldición! Iba tarde para el trabajo. Por algo tenía un carro
deportivo, así que presioné el acelerador hasta el fondo. Entre bostezo y
bostezo, recordaba la noche anterior. Había salido a cenar con una
chica que conocí en un bar, y la cita salió tan bien que terminé
revolcado en su cama. De ahí se derivaba todo el cansancio matutino. Ya
no era tan joven, era cierto, pero no había perdido el encanto. Envuelto
en mis pensamientos, frené abruptamente ante un semáforo con luz roja
que me impedía proseguir la marcha. En eso, sonó el celular.
-¿Hola?
-¡¿Con qué ayer quedaste con esa perra?! –contestó una voz
inconfundible.
-Amalia, ¡no me jodas más! Tú y tus malditos acechos me tienen harto
–repuse.
-¡Este fin de semana no verás a los niños!
- Eso sí que no, ya lo estipulamos con mi abogado; a mí no me amenaces.
Adiós –colgué sin dejarle terminar.
Mi ex mujer siempre había sido una celosa empedernida. Aunque nuestra
relación terminó hace más de un año, continuaba acosándome, como si aún
fuera su marido. Seguí manejando, dejando atrás la llamada de esa loca
que pretendía controlar mi vida y eso no iba a… una punzada en el pecho,
acompañada de un mareo. Debía ser el estrés. El dolor no desaparecía;
se iba intensificando. Puesto que sería imposible que yo mismo pudiese
llegar a un hospital, estaba obligado a llamar a emergencias y notificar
que sufría un ataque al corazón –o algo parecido-. Tanteaba el asiento
de pasajero, donde usualmente colocaba el celular…
Lo último que sentí fue el impacto contra la valla…
***
-¿Cuándo fue la última vez que consiguió hablar con la víctima?
- Esa misma mañana, probablemente antes del accidente –declaró Amalia.
- ¿Padecía de alguna enfermedad, previos ataques al corazón o derrames?
-No, nada.
- Puede marcharse, señora Yoful. Nos estaremos comunicando muy pronto
con usted –finalizó el agente que la interrogaba.
Al salir del cuartel policiaco, Amalia se sentía más libre que nunca,
hasta feliz. Había muerto el fantasma de su ex esposo; no se vería
atormentada por él nunca más. «Bastardo, ahora me toca disfrutar a mí»
se dijo para sus adentros la viuda radiante. Por el momento, tenía que
buscarse a otro hombre que sustituyera el reemplazable lugar del
difunto: uno que no la agrediera, que no la insultara y que pudiese
serle fiel.
«¿Yo fui la mala? No. Yo nunca lo fui».
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