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Sitio Web del AutorAutor jesusalejandro
Autor: © Jesús Alejandro Godoy
"Esto no puede estar sucediendo —pensé—, pero todo lo demás no parecía importar, porque de repente todo lo que teníamos frente a nuestros ojos había cobrado vida"
Se habían terminado esos días en los que imaginábamos que éramos felices, serios, y cautos, teniendo cerca de 30, a lo sumo 33 años de edad, y llevando a cuestas nuestras responsabilidades.
Recordaba como jugaba con mis amigos a comprar y vender ciertas baratijas que no pasaban de ser pedazos de madera húmedos o en el mejor de los casos un trozo desgastado de alguna prenda de nuestros padres y a veces alguna que encontrábamos en la calle, o cuando jugábamos a ser invisibles, a que podíamos volar y que de nuestras manos y ojos salían rayos todopoderosos; de vez en cuando, decíamos que éramos amigos de Meteoro, Astro 7, Astroboy, los primos de Joe 90, el Capitán Escarlata, o los compañeros de El Hombre Araña, Superman, Batman, o El Hombre de Acero.
Todos decían que éramos inseparables, y a la vez tan distintos como rostros existen en el mundo.
Éramos simplemente lo que teníamos que ser, éramos simplemente libres...
Ituzaingó, Buenos Aires.
7 de Junio. 1976
"¡Que diablos es esto —había gritado una vez Lucas—, mientras movía de un lado a otro un corpiño blancuzco enganchado en la punta de un palo"
Doña "que me importa" (le decían así porque supuestamente había tenido un ataque o una enfermedad, que le había dejado los hombros a la altura de las orejas), siempre cuando pasábamos por el frente de su casa nos miraba de reojo mientras colgaba sus sábanas y cubrecamas remedados con parches de telas floreados.
Pero esa tarde nos cayó a piedrazos, como si todos fuésemos los ayudantes del demonio o en el peor de los casos sus esbirros.
—"¡Vad a arded en ed infedno!" (van a arder en el infierno)—nos gritó doña que me importa, zapateando en el lugar como si fuera un guardabosque sofocando una pequeña fogata—.
Nosotros a veces le respondíamos o no, y siempre cuando nos gritaba, hacíamos como que no la escuchábamos, y no teníamos que eludir sus piedras porque eran piedras imaginarias.
Recuerdo que Lucas un día dijo: "Hagamos como que Doña que me importa, en vez de que nos tira piedras nos tira porciones de torta, y nosotros siempre, pero siempre los atrapamos en el aire y nos los comemos"
La idea no había podido ser mejor.
Cuando doña (bueno ya saben), nos tiraba las piedras, miraba con incredulidad y aterrada, como "ezoz cuatrdo endiados del dedonio" (esos cuatro enviados del demonio) –como le gustaba llamarnos-, se comían las piedras que supuestamente nos tendrían que haber partido la cabeza en dos o tres partes.
Entonces como las piedras no resultaban, una vez había sacado de su casa una caja de cartón bastante grande, que tenía escrita en letra imprenta en uno de sus lados la siguiente leyenda: "Admas, pada molestad a los dedonios" (armas para molestar a los... bueno ya saben)
Doña Q.M.I. entonces metía casi todo su brazo y su mano dentro de la caja mientras miraba al cielo, y cada vez que tomaba algo nos miraba con su rostro belicoso-iracundo y sonreía.
Así fue que vimos primero expectantes y luego aterrados como nuestra cazadora extraía un rifle; luego una ametralladora, un cañón, un tanque de la segunda guerra, una hondera gigante, un halcón gigante que despedazaba todo, dos perros locos, un ejército de samurais, un rayo pulverizador, una nave espacial que disparaba rayos también pulverizadores...
Y como todo eso no había dado resultado, volvió a tirarnos con piedras como esa tarde que encontramos el corpiño en el descampando junto a su casa.
Ahí estaban tres niños de 7 años y uno de 8, mirando un corpiño sin saber que era.
—Son uno de esos calzones que usan los sumos" —dijo Lucas.
—No... es una valija para guardar una pelota —dije yo.
Los demás miraban azorados el "extraño artefacto hecho de tela y elástico dejado ahí por algún extraterrestre"
—¡Dejed esed codpiño, edviados del dedonio!" —gritó doña Q.M.I.
Todos nos miramos estremecidos y miramos "esa cosa extraña" que ahora tenía nombre.
—¿Un corpiño? —preguntó Rodrigo frunciendo el ceño. ¿Qué es un corpiño?
—¡Ya sé! —gritó Emanuell poniendo cara de científico loco—. ¡Es lo que se pone mi abuela alrededor de las tetas, para que no se le vuelen!
—¿A tu abuela se le vuelan las tetas? —preguntó Lucas dudando.
—Sí... no sé como ni porqué se le vuelan, pero se tiene que poner el...cropi... cripo
—Corpiño —corrigió Esteban.
—Eso —continuó Emanuell, para que no se le vuelen, porque un día me abuelo se lo dijo.
—¿Qué le dijo? —pregunté.
—Creo que le había dicho —Emanuell se quedó pensativo—, que se tenía que comprar otro cropi... bueno de esos, para que no se le volaran las tetas...
—¡Ahhhh! —exclamamos todos mirando a Emanuell y al corpiño.
—Hummm... ¿tetas voladoras? —miró Lucas preocupado el cielo.
—¿Qué pasa Lucas? —pregunté.
—¡Es verdad lo que dice Emanuell! —gritó de repente Lucas.
Lo miramos azorados.
—¡Sí, sí! ¡Por eso mi mamá, cuelga el corpiño sobre la terraza, abajo del cielo, para atrapar a las tetas voladoras!
—¡Ohhh! es cierto —murmuró Esteban.
Nos quedamos en silencio, mientras a poco más de diez metros de donde nos encontrábamos, había aparecido doña Q.M.I, con un artefacto que nosotros jamás habíamos visto en nuestra vida; hasta que empezó a armarlo...
—¡Dios santo! ¡Doña que me importa está armando un helicóptero! —grité.
Todos nos alarmamos, y corrimos horrorizados a escondernos a nuestra guarida hechas de cañas y ramas.
Viendo esto, doña Q.M.I, desistió de elevarse con su fatal "pájaro". Golpeó algo invisible con su puño y le pegó al suelo con el taco de su zapato blanco haciendo una mueca de derrota pasajera; se volvió mascullando algo inentendible entre dientes.
—Ésta vez sí... casi somos historia —murmuró Lucas.
—¡Sí...! —asentimos todos.
De la nada, vimos como Lucas "nuestro líder" empezó a gemir, tapándose los ojos con las manos y pasándose uno de sus dedos por la nariz.
—¿Qué te sucede Lucas? —pregunté. Todos lo miramos.
—Es... que... —carraspeó y gimoteó de nuevo—. Es que anoche mi mamá me dijo que mi papá se había ido, y que tanto mi hermana, mi abuela, mi mamá y yo, nos teníamos que ir de la casa porque sin mi papá no podíamos mantenernos... ni pagar el alquiler.
—¿Y adonde se fue tu papá? —preguntó Esteban.
—Mi mamá me dijo que se había ido a ver a una amiga... no sé.
—¿A una amiga? —repitió Emanuell.
—Sí... —murmuró Lucas, es por eso que mi abuela y mi mamá me dijeron que nos tenemos que ir a España, a un lugar que se llama Tarragona.
—¿Es un planeta? —preguntó Esteban.
—Creo que sí —confirmó Lucas. Pero por lo que dijo mi abuela, se puede llegar en avión.
—¡Tiene que ser un avión supersónico! —explicó Emanuell.
—¡Claro tonto! —vociferó Esteban. ¿Sino como llegas a otro planeta sin la ayuda de cohetes?
—Es verdad —dijo Lucas.
—¡Hey! —murmuré. ¡Quizás puedas ver a las tetas voladoras!
—¡Es verdad! —casi gritó Esteban. ¡Estoy seguro que vuelan por arriba de las nubes, porque por aquí nunca vimos ninguna!
—¡Shhhh...! Silencio todos —ordenó Lucas recomponiéndose—. parece que a doña Q.M.I. le pasa algo.
Los otros tres elevamos las cabezas varios centímetros sobre el montículo ganado a una enredadera tupida que nos daba una visión estratégica a la casa de doña...
—¿Qué le sucede a doña Q.M.I? —preguntó Emanuelle, mirando a la mujer tomada del pomo de una puerta, dándonos la espalda, inmóvil.
—No sé, tal vez esté elaborando un nuevo plan para atraparnos —dije.
—Si puede... —confirmó Lucas. Silencio todos, que no sepa donde estamos escondidos—.
Esperamos, pero Doña Q.M.I no se movió, y por lo que supimos tiempo después, los médicos dudaban que volviera a hacerlo algún día.
Ituzaingó, Buenos Aires.
7 de Junio. 2003
Habían pasado más de veinticinco años, y una tarde de sábado; Lucas, Esteban, Emanuell y yo, nos reunimos en una de las esquinas de la ciudad de Ituzaingó. Nos fundimos en un abrazo que había durado una eternidad, y casi lloramos.
Sin mediar discurso alguno, nos fuimos pasando de mano en mano las fotografías de nuestros hijos, nuestras casas, perros y hasta Lucas tenía la fotografía de uno de sus yates anclados en un puerto cara al mediterráneo.
Nos relató en unos cuantos minutos, como él y toda su familia habían llegado a España y luego de unos cuantos años de trabajo habían podido establecerse definitivamente en Tarragona, llevando adelante una panadería, que al día de hoy se había transformado en una franquicia muy cotizada en casi toda Europa.
Todos hablábamos al mismo tiempo como siendo víctimas de monsergas impiadosas. Caímos en la cuenta que menos Esteban, los tres restantes fumábamos tabaco rubio.
Justamente había sido Esteban el que había traído un pack de latas de cervezas bien fría y luego de repartirla nos relató sus idas y venidas siendo profesor universitario en Alemania.
Emanuell nos relató como toda su familia una noche se había ido directo al aeropuerto y en un santiamén habían decido el radicarse en Quebec, Canadá, donde hoy era veterinario en un aras de su familia.
Por mi parte, mi familia se había quedado en la Argentina, habían sido años oscuros, pero todo había salido bastante bien.
Les relaté como me había transformado en el dueño de un hotel en El Bolsón, y que hoy contaba con dos sucursales: una en Bariloche y otra en Santiago de Chile.
Eran cerca de la cuatro de la tarde cuando empezamos a caminar cansinamente como en procesión, deteniéndonos en nuestras antiguas casas que habíamos tenido que dejar con nuestras familias un mes después de que estallara el golpe militar de marzo del 76’.
No estaban muy diferentes a los que recordábamos, parecía como si nuestros corazones aún estuviesen latiendo debajo de esos techos y paredes tan lejanos pero a la vez tan cercanos.
Luego de que la nostalgia nos dejara respirar por un momento. Llegamos sin advertirlo al frente de la casa de doña que me importa.
—¡Por Dios! está igual —vociferó Lucas.
—¡Sí...! ¡Y miren el baldío... sigue ahí! —gritó Emanuelle con los ojos desorbitados.
Ni Esteban ni yo pudimos reaccionar, ya que nos parecía volver a ser esos niños que se habían transformado en adultos en un abrir y cerrar de ojos.
Lucas parecía ser el más afectado, porque se había acuclillado y se había tapado la boca con su mano en la que ahora brillaba un robusto anillo de bodas. Bajó la cabeza y negó un par de veces como si lo que estuviese viendo carecía de todas las posibilidades que él se había planteado en todos sus años vividos; pero creo, que más le afectaba, cuando años después, supo que su padre se había ido a ver a su "amiga" junto a unos militares que lo habían pasado a buscar por la puerta de su casa, en un ford falcon verde sin chapa patente y los vidrios polarizados.
Yo me encaminé hacia él y le pregunté dándole un golpecito en el hombro:
—¿Nunca pudiste ver ninguna teta voladora?
Él me miró desde lo bajo y empezó a reír a carcajadas al igual que todos.
Luego que nos compusimos, Lucas nos miró a todos y casi ordenando vociferó:
—¡Vamos a ver nuestro descampado!
Nosotros, miramos nuestros trajes y sin importar nuestros zapatos lustrados, ni nuestras apariencias serias, nos introdujimos en el descampado que salvo por una columna de cemento que se erguía solitaria como una estatua milenaria, ni la disposición, ni la vegetación del terreno habían cambiado.
—¡Esa columna no estaba ahí! —gritó Lucas señalando el concreto que estaba casi completamente devorado por la vegetación.
—¡Parece que alguien quiso construir pero se arrepintió! —explicó Esteban.
—¿En serio...? ¿No lo estás inventando, no? —bromeó Emanuell.
Todos reímos.
Cuando llegamos a lo que había sido nuestro montículo protegido por las enredaderas, ya no vimos nuestra construcción (hubiese sido algo utópico, pero vimos algo más extraño aún)
—¡¿Puede ser posible?! —gritó Lucas.
—¡No lo puedo creeerrrr...¡ ¡Por todos los dioses! —señaló algo a los gritos Esteban.
Cuando Emanuelle y yo giramos, vimos un palo color sepia rodeado por la vegetación, y en su punta un corpiño totalmente desecho, lo único visible era sus partes metálicas; de la tela se podía ver muy poco, porque parecía una hoja de periódico mojada y pegada a algo sucio.
Todos miramos ese conjunto como si estuviésemos mirando un dragón que movía su cola, o una sirena que entonaba su mejor canción.
Fue Lucas el que primero se acercó al tesoro, pero antes de que pudiera dar el último paso para asirlo, algo le pasó rasante por su sien izquierda...
Se alejó alarmado cuando lo que fuese que le había pasado zumbando cerca de la oreja se había estrellado contra la espesura verdosa.
Luego, otra más y otra más, hasta que una de esas cosas se había estrellado en el hombro del traje de Emanuell.
—... ¿Qué... qué... diablos... una...? ¡¿Torta?! —gritó.
Elevamos nuestras cabezas tan despacio como si tuviésemos frente a nosotros algo tan gigantemente y descomunalmente irreal, que no nos atrevíamos a mirarlo de frente.
—¡Aja! ¡Vodviedon cuatrdo endiados del dedonio! (Ajá, volvieron cuatro enviados del demonio) —gritó doña que me importa—.
Nos miramos sin entender, al momento que un trozo de torta le pegaba de lleno en el rostro a Lucas.
—¡Ja, ja, jaaaa! ¡Te di, maddito vago! —gritó eufórica doña Q.M.I
Pero cuando disparó nuevamente y Emanuell atajó el trozo de torta en el aire y la redujo a la mitad de un mordiscón; vimos que doña Q.M.I, entraba a su casa entrecerrando sus ojos y mirándonos con el rostro duro.
Cuando instantes después salió nuevamente, vimos que traía una caja de cartón entre sus manos y vimos horrorizados como sacaba de ella planchas de acero relucientes y nuevas, que rápidamente iba a ensamblando, y que ya se estaba pareciendo a lo que temíamos.
—¡¿Un...?! ¿El? ¡¿Qué rayos?! —gritó Lucas.
"Esto no puede estar sucediendo —pensé—, y todo lo demás no parecía importar, porque de repente todo lo que teníamos frente a nuestros ojos había cobrado vida"
—¡El helicóptero! —gritó nuevamente Lucas, cuando vio a doña Q.M.I, que se calzaba un casco verde, se subía a la cabina y las aspas empezaban a hacer un ruido siseante y grave.
Emanuell y Esteban miraron boquiabiertos como el enorme "pájaro de metal" se elevaba del suelo, mientras doña Q.M.I, reía locamente desde el interior de la cabina de mandos.
Disparó una vez desde su cañón y en un santiamén un círculo de espesa vegetación verde desapareció junto al zapato lustroso de Lucas.
—¡Aoda sí los tengdo a dodos judntos, dedonios! —gritó Doña Q.M.I.
—¡Tiene rayos desintegradores! —gritó Lucas.
Y corrimos... corrimos a reconstruir nuestra guarida, que, sabíamos era anti-rayos desintegradores.
Ninguno de los médicos, ni los hermanos, ni los vecinos, ni nadie de la ciudad, se había podido explicar como doña que me importa, había despertado de repente de un estado comatoso que la había tenido paralizada por poco más de veinticinco años.
No importaba.
Era nuestro momento, era el momento de volver a ser...
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