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VOLVER A SER II (Estepario)

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Publicado el 05/02/2008 | 122 Visitas | 0 Comentario(s)

 

Autor: © Jesús Alejandro Godoy

Ituzaingó, Buenos Aires.
3 de Mayo. 1976


"Sepan algo hijos –nos había dicho un día el viejo loco del barrio-, las despedidas son dolorosas y siempre dejan un vacío seguro, pero deben vivirlas como el cruce de un puente..."
Y no recordaba más de lo que me relataba ése hombre; en realidad, muchas veces había desdeñado sus palabras porque todos decían que era un loco inofensivo que vagaba por mí barrio (la marina) y por casi toda la ciudad de Ituzaingó, al oeste de Buenos Aires.
Recordaba que la primera vez que me lo había cruzado, había sido cuando volvíamos de uno de los tantos descampados del lugar, en donde Lucas, Esteban, Emanuell y yo nos reuníamos a disertar sobre los misterios de la vida tales como: que había del otro de la ciudad, que había debajo de la ciudad, y porque todavía no habíamos visto ninguna teta voladora.
—¡Hola muchacho! —me saludó una voz terrosa y grave.
Yo, no salí a la carrera por dos motivos: frente a mí tenía una enorme zanja maloliente donde retozaban ranas y renacuajos, y del otro lado estaba doña que me importa, recargando una bazooka con mira infrarroja.
—¡Hola! —respondí presurosamente con la intención de que me nacieran alas de los tobillos o la espalda para largarme de ahí—. ¡Hola!
—¿Estás escapando de Marcela Utubarri?
—¿Qué... qué? ¿Quién?
—Doña que me importa... se llama Marcela Utubarri —repitió el viejo—; cuando volteé para mirar a doña Q.M.I. ésta ya no estaba.
Ése dato hizo que mis zapatillas Flecha, se adhirieran al barro como si las suelas se fundieran en un todo informe del cual no podía escabullirme.
"¿Cómo sabe el nombre de doña que me importa? –me pregunté-. ¿Cómo puede saber ése dato tan importante?"
—¡Ohhh! ¡Es verdad, pero que tonto soy! —exclamó el viejo golpeándose levemente la frente con su palma—. Tienes mi palabra de que no se lo diré a nadie...
"¿A nadie?" pensé.
—¡A nadie! —exclamé. ¡Nadie tiene que saber el verdadero nombre de doña Q.M.I!
—¡A nadie! —repitió el viejo con solemnidad.

El viejo, o el "viejo loco" como lo conocían todos en la ciudad de Ituzaingó, tenía el cabello largo y algo enrulado con canas que le pintaban las sienes y la coronilla. Llevaba siempre un sobretodo azul, pantalones de gimnasia rojos y mocasines blancos con tiras de cuero en el empeine que remataban en pequeñas borlas de cuero recortado.
Si no hubiese sido porque llevaba tras de sí un carrito de madera con ruedas de bicicleta como medio de tracción y un pequeño perro como único pasajero, tranquilamente uno lo podía confundir con algún personaje que le hacía la propaganda al circo de turno.
Pero no era así.
Todos sabían que el viejo había quedado loco luego de que toda (o casi toda), su familia muriera en un trágico accidente que había tenido como protagonista a un camión, un borracho al volante y un semáforo que no funcionaba.
Todos sabían también, que el accidente había sucedido en una ruta española, y no sabían como el "viejo loco" había ido a parar a Buenos Aires.
Luego de esas palabras, supe que el viejo y yo habíamos sintonizado la misma frecuencia de pensamientos.
—¿Cómo es que sabe el nombre de...?
—¿De doña Q.M.I? —me interrumpió riendo—, casi todos lo saben, pero no es necesario que tus amigos y tú también lo sepan... por eso olvida lo que dije.
—B-b-b buenno —murmuré.
Una cabeza semicircular de pelo ralo y duro, dos orejas puntiagudas y dos ojos escudriñadores se asomaron de repente por el borde del carrito. Luego un hocico levemente torcido... y un bostezo como hacía mucho tiempo que no veía.
—¡Rayos! ¿Qué, qué... es eso? —pregunté sobresaltado.
Se escuchó un gemido seguido de un leve gruñido.
—"Eso" se llama Estepario —respondió el viejo algo disgustado—, y Estepario puede leer los labios de las personas... y te digo que ahora, en éste momento lo has ofendido en sumo grado—.
—¡Uhh! ¡Ehhh...! Perdón —me disculpé sintiéndome algo tonto.
—No me lo digas a mí, díselo a él —me respondió el viejo señalando a su perro.
Por un momento lo miré incrédulamente; pero luego supe que el hombre estaba hablando en serio.
—Perdón...
—Estepario —dijo el viejo.
—Perdón Estepario por haberte dicho... que eras "eso" —dije.
El perro pareció entenderme porque me miró con los ojos entrecerrados, y hasta el día de hoy estoy convencido que una sonrisa se dibujó en su rostro... digo en su hocico.
Recuerdo ahora que el pequeño perro me había mirado como diciéndome que era la última vez que iba a soportar un insulto de ése tipo, y se volvió a esconder dentro del carrito. Luego, el viejo me miró sonriendo, y siguió su camino silbando algo.
Al día siguiente, me topé con el viejo saliendo de la bicicletería que atendía el señor Mauricio, con su hijo Tomás, al que todos le decían "bizcocho" porque no podía enfocar bien con su ojo derecho.
Resultó ser que al carrito del viejo se le había desinflado una de las ruedas y lo había llevado a "Sara" (que así se llamaba la bicicletería, como la esposa de Mauricio) para que "bizcocho" le inflara la rueda.
—¡Hola chico! ¿Cómo andas? —me saludó efusivamente el viejo.
—¡Muy bien gracias, viejo loco! —En ése momento supe que mi subconsciente habían trasmitido ésas dos palabras a mi boca, las que jamás tendría que haber dicho—. Perddd... —traté de remediar mi craso error pero, ya era tarde; el viejo sin mirar atrás se había alejado de mí cabizbajo, con Estepario mirándome nuevamente con esos ojos acusatorios.
Ése día recuerdo que mis piernas empezaron a pesarme, y mi mente había empezado a imaginarse como ése momento jamás tendría que haber sucedido; y fue también, que descubrí lo que era el peso de la culpa.
No sabía –nadie sabía-, dónde vivía el viejo. Así que si quería disculparme, tenía que averiguar donde era que vivía o donde se quedaba a pasar las noches.
Le pregunté a todos: mi madre, mis amigos, algunos comerciantes, a doña Q.M.I. (que me hizo huir a fuerza de tortazos) y hasta a un caballo que ataban cerca del descampado, que según todos podía hablar como Mister Ed.
Pero todo había sido infructuoso
Ya habían pasado dos días, desde mi grosso error, y también dos días en las que el viejo no había aparecido por el barrio.
No sabía como reparar mi error, siendo que al viejo no se lo veía vagar por las calles.
Una noche mirando un capítulo de Meteoro, cuando éste hacía volar a su pájaro mecánico desde el Mark 5, tuve una brillante idea: escribiría una carta en la que le pediría al viejo miles de disculpas por haberlo llamado "viejo loco".
Al día siguiente me encaminé hasta el centro de la ciudad, hasta una librería que por entonces se llamaba "El Pupilo" (hoy no sé que nombre tiene), y le dije a la señorita Yuly que copiara diez veces la carta en esa máquina que copiaba papeles (que luego la misma señorita me informó, se llamaba fotocopiadora).
—Bien muchacho... ¿Con qué me vas a pagar? Son cuatro centavos por copia... —me explicó la señorita Yuly.
—¿Pagar? —repetí perdido.
—Sí, pagar
Ése día también aprendí que a veces, para que las disculpas fuesen efectivas siempre había que llevar dinero en los bolsillos.
Fue mi madre, la capitalista de mis primeras disculpas públicas que pediría en mi vida.
Luego, Lucas me había ayudado a pegar las cartas con engrudo "Capitán Piluso" en los postes de alumbrado de nuestra calle y en tres postes de la calle subsiguiente.
"Eso es todo –le había dicho a Lucas-, ahora solamente falta que el viejo las vea"
Pasaron otros dos días, hasta que una tarde cuando salía de mi casa para ir a jugar con mis amigos al descampado, el viejo me estaba esperando en una esquina con su carrito.
—¡Hey muchacho" —me llamó con su mano en alto.
Yo, enseguida lo vi, caminé hacia él con una sonrisa lúgubre en mi rostro. Estaba avergonzado.
—Gracias por tu carta hijo... acepto tus disculpas, pero sin antes decirte que esas dos palabras que dijiste en su momento en la bicicletería, son las que siempre me alejan de todas las personas que me tratan de loco...
—Perdone... —bajé la cabeza, luego sonreí y le pregunté—: ¿Cuál es su nombre?
Recuerdo que el viejo me miró y abrió la boca para decirme algo, pero luego la cerró y un leve resuello salió de su boca.
—No importa hijo... no importa como me llamo, lo importante aquí es que has sido lo suficientemente valiente como para exponerte al ridículo, por el sólo hecho de pedirle disculpas a un viejo... y a su perro.
En ese tiempo no me interesaba exponerme al ridículo, de hecho, no sabía lo que significaba.
—Pero a cambio... te diré un secreto —ofreció el viejo.
—Bueno —respondí.
—Ven, vamos a caminar —dijo el viejo—, colocó sus manos detrás a la altura de la cintura y tiró de su carrito; Estepario subió la cabeza, pero luego se ocultó nuevamente.
Nos detuvimos bajo un frondoso conjunto de árboles de eucalipto. El viejo dejó su carro, se sentó, apoyó su espalda en uno de los enormes troncos y jamás olvidaré lo que me dijo...
—Hijo... soy un viejo que fue por la vida como un sueño... tal vez tú no entiendas las metáforas aún...
—¿Meta...? ¿foras? —interrumpí.
El viejo sonrió, metió su mano en uno de los bolsillos del sobretodo y empezó a desenvolver una bolsa rojiza; luego de eso, un papel, hasta que se dejó ver un sandwich de queso en pan francés crujiente.
Enseguida Estepario saltó del carro y sentó al lado de su amo moviendo la cola sin parar.
Era la primera vez que veía al perro en su totalidad.
Noté que le faltaba una pata, a la que alguien la había sustituido por un palo (como la pata de palo de los piratas), y que tenia en la parte de arriba de su lomo una pequeña pero visible joroba que en su parte más alta, el pelo había sido reemplazado por una costra grisácea, como si fuese un viejo volcán inactivo.
—Lo que te quiero decir hijo —continuó el viejo al momento que compartía la comida con su perro—, es que toda mi vida estuve como soñando despierto, creyendo que todo lo que me sucedía no era real... como si fuese un mal sueño; una pesadilla—.
Yo solamente lo miré y traté de imaginar como era vivir en un sueño, o en su defecto una pesadilla.
Recordé entonces que una noche había soñado que estaba perdido dentro de una casa no muy grande, bastante elegante, con la escalera y un vestíbulo en la planta alta cubiertos enteramente con una alfombra peluda color miel. Yo estaba en ése lugar no sabía por qué razón; había una anciana con lentes y blusa blanca, y mi madre hablando con un hombre que no recordaba quien era. La cuestión es que parecía una casa que mi familia recién había adquirido y estábamos todos muy contentos, como para darnos cuenta que en uno de los pasillos de la casa estaba de pie una niña con un vestido oscuro y andrajoso, con los ojos hundidos y con la boca abierta como gritando algo permanentemente. Estaba descalza y bajo sus pies se movía algo que parecía ser agua.
Recordaba que cuando la había visto, un sonido como el de una sirena se había apoderado de toda la casa, y desde debajo de la alfombra habían empezado a aparecer miles y miles de pequeñas arañas de cuerpo negro con patas bicolores.
Supuestamente esa noche con mi menor grito había despertado a los vecinos de dos casas contiguas, y mis padres habían tenido el patatús de sus vidas.
Sabía lo que eran las pesadillas, pero no sabía lo que era vivir como soñando despierto.
—La realidad chico, es que yo... yo —bajó la cabeza y se tocó la barba tupida—, yo tuve que despedirme de mucha gente que amaba, y no fue fácil para mí hacer eso —hizo una pausa, cortó temblorosamente un trozo de pan con queso y se lo colocó directamente a Estepario dentro de la boca—. Tuve que alejarme de toda la gente que amaba para siempre...
—¿Se fueron? —pregunté
—Bueno —el viejo me miró divertido— en realidad no es que se hayan ido; esteeee... sino que digamos se despidieron de mí por un tiempo—.
—¿Usted los abandonó?
—No precisamente... mira hijo —dijo el viejo rodeando sus rodillas con sus brazos y entrelazando sus manos—, a veces, hay que decir adiós a las personas por un tiempo... porque ellos cambian de estado...
Lo miré sin comprender lo que me decía; me imaginé a una persona metamorfoseándose en un oso, una mosca o un perro.
—Lo que te quiero decir chico —el viejo se tocó los labios y prosiguió—: yo hice un viaje en tren con un boleto de ida y de vuelta, y las personas que yo amo tenían boletos de ida... y por ahora no pueden volver.
—¿Y porqué? ¿Les gustó el tanto el lugar donde se quedaron que solamente sacaron boletos de ida?
—Sí eso chico, solamente habían sacado boletos de ida, y yo, sin darme cuenta, tenía en mis manos un boleto de ida y vuelta y tuve que volver a... al lugar de donde había salido para hacer mi viaje... ¡Pero! —el viejo sonrió levantando un dedo—, Estepario fue el único que tenía un boleto de ida y vuelta al igual que yo, entonces pudimos volver juntos al lugar de donde habíamos partido—.
—¡Ohhh! —exclamé, era la primera vez en mi vida que escuchaba que un perro podía obtener un boleto de ida y vuelta.
"¡Ahora todo cierra! —pensé—, ¡Sí el perro Estepario podía leer los labios, era totalmente factible que le leyera los labios al boletero, cuando le preguntaba si quería un boleto de ida o uno de ida y vuelta, entonces después lo único que tenía que hacer era indicarle con la pata o la nariz el boleto que quería!"
—¡Fantástico! —murmuré mirando a Estepario.
—Verdaderamente es un buen perro —asintió el viejo—, siempre me acompaña y espero que me siga acompañando por un buen tiempo...
—¡Bueno, hijo! —vociferó el viejo poniéndose trabajosamente de pie y estirando sus brazos al cielo—; es hora que parta, tengo mucho que hacer, y Estepario también —apenas el viejo dijo estas palabras el perro saltó al carro y se escondió dentro de él—. Adiós chico, fue un verdaderamente placer hablar contigo... ¡espero que lo hagamos nuevamente!
—¡Claro... señor! —le dije.
Creo que la palabra "señor" hizo algún tipo de milagro en el semblante del viejo, que sonrió alegremente y me removió la cabellera con su enorme mano.
—¡Adiós chico! —repitió, y se fue alejando a paso cansino por una de las calles de tierra—.

Fueron pasando los días, y yo asistía casi religiosamente a la reunión con mi nuevo amigo y su perro, debajo de la arboleda de eucaliptos.
Mis otros tres amigos, se empezaron a preguntar porque había dejado de compartir con ellos las siestas en el descampado.
"¡¿Heyyy, adónde vas?!" me había preguntado un día Lucas.
"¡Ven conmigo! —le respondí—. ¡Vengan conmigo! —les dije a los demás"
Y esa fue la primera vez que los cuatro, nos reunimos con el viejo y con Estepario.
Obviamente, Lucas era nuestro líder y por ende el más curioso
, y recuerdo que el primer día había bombardeado prácticamente al viejo con miles de preguntas tale como: "¿Qué significa Estepario? ¿Porqué tiene una pata de palo? ¿Es un perro pirata? ¿Por qué no tiene un parche en el ojo? ¿Es pesado el carro? ¿No tiene calor con el sobretodo? ¿Qué se siente tener barba...?"
A todas, el viejo las había respondido con una sonrisa en el rostro.
De vez en cuando, nos hablaba de su tierra natal: España, y nos hablaba de lugares como Tarragona, Galicia, Almuñercar, Valencia, y muchos más.
Nos contaba que había nacido en un lugar que se llama Motril, que tenía playas extensas y un buen puerto.
Cuando nos contaba eso, recuerdo que su cuerpo se distendía en extremo, tanto, que sus piernas y sus brazos parecían quedar laxos por mucho tiempo y sus ojos, parecían mirar hacia algún lugar adonde nosotros no teníamos llegada.
Pero en todas sus conversaciones había un tema en común: los viajes.
Acariciando la mollera hirsuta de Estepario, el viejo nos dijo:
—Sepan algo hijos, las despedidas son dolorosas y siempre dejan un vacío seguro, pero deben vivirlas como el cruce de un puente...
—¿Cómo el cruce de un puente? —pregunté.
—Así es... —el viejo se puso de pie, y empezó a hacer la mímica de cómo si estuviese cruzando un puente—. El puente muchachos, tiene una entrada —y señaló hacia el lugar que había dejado donde aún se veían sus huellas polvorientas—, pero también tiene una salida —agregó señalando con su dedo hacia delante.
—El miedo —siguió diciendo—, es lo que tenemos debajo de nuestros pies... el miedo a seguir, a dar un paso más; el miedo, a no saber que hay luego...
—¿Luego de qué? —preguntó Esteban.
—Luego de cruzar, tonto —acotó Lucas.
—Así es... mientras cruzamos el puente tenemos el destino final muy lejos, y tenemos miedo; pero les aclaro muchachos —agregó sonriendo—, que el miedo es solamente el disparador que nos avisa que estamos en buen camino... nunca se detengan hijos, no se queden a soñar despiertos, que la vida es tiempo, y el tiempo vuela como vuelan esos pájaros —dijo señalando un par de gorriones que alzaban vuelo.
Apenas dijo esto nos miró a todos con un íntimo cariño que jamás olvidaré.
—Nos vemos mañana —vociferó y nuevamente empezó a caminar arrastrando su carrito con Estepario escondido detrás—.
Nos despedimos como siempre, pero jamás volvió a hablar con nosotros. Lo esperamos durante casi cuatro días, pero jamás regresó.

Alguien lo había encontrado un día jueves durmiendo debajo de un pequeño hall en un colegio (la Escuela número 48), y había tratado de despertarlo, porque ya eran casi las siete y media de la mañana y los niños tendrían que ingresar a clases.
Pero no había despertado. Ni él, ni su perro.
Cuando la policía había constatado que ambos habían fallecido, había sido Lucas el primero en llegar a la escena, y se había quedado atónito mirando el lugar. Creo que era la primera vez que Lucas veía a alguien muerto, que días atrás había estado hablando con él... con nosotros.
"No puedo dormir —nos había confesado—. No puede creer como el viejo se ha muerto... y Estepario también"
Sabíamos que la policía –alguien llamado Carlos Zárate, y un joven de nombre Nicolás Cernadas-, se habían presentado en la casa de Lucas por la tarde el mismo día que habían encontrado al viejo.
Creímos que habían citado a Lucas para que testificara sobre lo que había visto; y fue así, pero había algo más...



Ituzaingó, Buenos Aires.
7 de Junio. 2003


Doña que me importa había pasado peligrosamente cerca de nuestra ya casi inexistente guarida.
—¡No tengo ramas, no tengo ramas! —gritó desesperado Esteban.
—¡Ahoda sí los voy a fajad a dodos! ¡Maditos dedonios! (Ahora sí los voy a fajar a todos, malditos demonios) —gritó doña que me importa, mientras mirábamos con asombro como piloteaba su enorme helicóptero.
No sabemos cómo, pero tuvo la suficiente puntería como para atinarle un trozo de torta en el ojo derecho a Emanuell.
—¡Me dio un tortazo! —gritó Emanuell levantado los brazos como si acabara de hacer un gol—; ¡Tiene confites M&M y dulce de lechieee!
(Emanuell siempre había tenido un problema con la letra "CH", por ejemplo decía: "chanchio, en vez de chancho, o cuchiara en vez de... bueno ya saben)
Estábamos preocupados, no encontrábamos ramas ni cañas, y nuestras corbatas se enredaban de tanto en tanto entre los pastizales.
—¡Tenemos que movernos! —gritó Lucas. ¡Veo algo!
—¿Qué? —gritó Esteban.
—¡Un... una... un! —tartamudeó Lucas.
—¡¿Quééé?! —grité.
—¡Una guarida nueva!
—¡¿Eh?! —exclamé distraído mirando a Lucas... error.
Doña que me importa me había visto distraído y precisamente había arrojado un enorme trozo de torta de chocolate con crema en sus rebordes confitados por una de las ventanas del helicóptero.
¡Plafffssss! En el centro de mi frente...
—¡Ja, ja, ja! —rió locamente Esteban. ¡Que tortazooo!
—¡Vamos, vamos, vamos! —gritó Lucas. ¡Está preparando el rayo desintegrador!
Corrimos como "dedonios" y nos tiramos de cabeza debajo de la nueva guarida.
No sabíamos por que estaba ahí, ni quien la había construido. Lo único que a ciencia cierta supimos, era que estábamos protegidos de las armas letales de doña que me importa.
Escuchamos el enorme ruido de las aspas del helicóptero irse lejos. Nos había perdido de vista.
—¡Fuuussss! —resopló Lucas envuelto en sudor. Se secó la frente con su corbata de seda y dijo—: Esto es una locura... —pasó su dedo por mi frente, lo miró y se lo pasó por la lengua, saboreando—. Me miró confundido y agregó—: esto es crema pura... es una locura.
Yo, tomé un pañuelo del interior de mi saco y empecé a limpiarme el rostro.
Parte de la crema había salpicado mi cabello y me daba un aire circense.
—¡Ja, ja, ja! ¡Me haces recordar al viejo del carro! —vociferó Emanuell sonriendo.
Todos nos miramos por un instante.
—¿El del perro? —preguntó Lucas.
—¡Sí...! ¡Estepario! —exclamé.
—Estepario... —murmuró Lucas sonriendo—. ¿Saben? —empezó a decir—, hay algo que jamás les conté —agregó mirándonos a todos.
Lo miramos con extrañeza.
—Sobre las cejas —me señalo Emanuell los vestigios de la crema que me estaba limpiando.
Lucas metió la mano en su pantalón y extrajo un llavero que hizo un tintineo delicado. Lo levantó a la altura de sus ojos y dijo:
—Lo guardé para algún día mostrárselos... porque esto no solamente me pertenece a mí, sino que es de todos.
—¿Qué...? ¿Qué es nuestro? —pregunté.
—Miren —señaló Lucas.
Emanuell tomó uno de los tres llaveros de donde pendían cuatro o cinco llaves y reparó en uno que era de plástico rectangular y transparente.
—¿Éste?—preguntó—. Lucas asintió con un lento movimiento de cabeza.
Vimos como Emanuell fruncía el ceño y de repente abría los ojos con excesiva sorpresa ante el llavero que se mecía y giraba pendiendo de una pequeña cadena de plata.
—¡Increíble! ¡¿Es lo que yo creo...?! ¿El puente? —exclamó asombrado Esteban mirando el llavero junto a Emanuell.
—Pe-pe-pero ¿Cómo...? ¿Cómo sucedió? —pregunté confundido y a la vez maravillado.
—Cuando esa mañana mi madre me llevaba al colegio —empezó a relatar Lucas—, vi al viejo rodeado de dos o tres personas que hablaban entre sí; le pedí a mi madre que nos acercáramos para saludarlo. Mi madre estaba reticente a que yo me acercara al "viejo loco" del barrio, pero ciertamente yo ya le tenía cariño —sonrió, se pasó la mano por el cabello y continuó—: cuando me acerqué, noté que el viejo estaba sentado contra la pared, como siempre se sentaba cuando hablaba con nosotros, y en su mano tenía éste pequeño cartón que apenas sobresalía de su mano agarrotada —miró el llavero y sonrió—. Recuerdo que el viejo parecía dormido, y en su cara había un gesto como si estuviese soñando lo mejor de su vida... estaba tranquilo.
—¿Y el otro? —preguntó Emanuell.
—El otro estaba dentro de la boca de Estepario... como si también fuese a hacer su viaje... —aclaró Lucas y directamente mirándome prosiguió—: los pegué por su reverso e hice que le fabricaran una cubierta de plástico... lo hice apenas llegamos con mi familia a España... discúlpame por no haberte dicho nada, no recuerdo bien pero creo que fue por el viaje, el que se me pasó decirte... el decirle a todos lo que había pasado... Sé bien que tú tenías una conexión más estrecha con el viejo que nosotros, pero... no pude evitar el llevarme un recuerdo de aquí... un recuerdo de todos.
—Está bien Lucas, no hay resentimientos —dije—. En serio.
—¡Es increíble! —acotó Emanuell— ¿Pero como los obtuviste?
—Esa misma tarde el comisario de Ituzaingó vino a mi casa con un aprendiz, y nos relató a mi madre y a mí, que la búsqueda de familiares del viejo había sido infructuosa; que lo único que sabían era que él y su perro, eran los únicos sobrevivientes de un terrible accidente automovilístico en el que habían muerto su esposa y sus dos hijas. Por ende ya habían constatado que el hombre no tenía familia ni amigos conocidos. Y como sabía que yo... que nosotros, nos reuníamos con él, le pareció justo que yo fuese —sonrió—, en nombre de todos, el destinatario de sus pertenencias...
Emanuell miró el llavero, sonrió y me lo tendió.
—Dos boletos de ida, para no regresar por un tiempo —murmuré mirando los boletos dentro del llavero de plástico—. Nunca te detengas viejo...
—Nunca te detengas —murmuró Lucas.
—Nunca te detengas —murmuró Emanuell.
—Nunca te detengas—murmuró sonriendo Esteban.
—El viejo cruzó el puente—dije alegremente.
—Sin miedos... —dijo Lucas.


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