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Autor: © Jesús Alejandro Godoy
Se fueron desquiciando esos momentos, que me habían vuelto un preso disconforme con mi pena, pero tan insensato y ciego a mi prisión, que me creía en libertad de mis acciones y decisiones.
Volaban frente a mí esos días iguales, y se confundían en mis pupilas los atardeceres y las madrugadas, los ocasos y los mediodías, y presintiendo algún final, fue que realmente empecé a hilvanar estos argumentos que al empezar a copiar mis palabras, sólo me di cuenta que de mi boca se escapaban retahílas inconclusas y soñolientas que sin quererlo, me hablaban de una vida desperdiciada, que rogaba a mis ángeles no fuera la mía.
Entonces cuando corriendo y desesperado por mis días que se iban muriendo, les fui creando estas visiones de fantasía, con las cuales me emancipaba de este dolor de saberme un embaucador de mi dolor y un mago gastado de innovaciones y talentos.
Y lentamente...
Cavilando y sin sentido, fui pintando mi prisión de otros colores aguados, y con alguna vergüenza, fui dibujando otros caminos que sabía, jamás recorrería. Mis días, vieron los cambios, y se miraron entre sí, diciéndose algo que no estoy muy seguro de haber escuchado; pero aún así, con mis refacciones y mis facilidades, ellos se negaban a darme alguna chance más.
Bailaba algunas melodías escandalosas, que ya las había bailado hacía mucho tiempo atrás, sólo con el afán, de no parecerme a los demás; esos, que quedaban aprisionados en circunstancias dolientes y futuros negros sin solución aparente.
Y lentamente...
Mis días se dispersaban sin control y hasta parecía que habían erigido algún tipo de manto invisible alrededor de mis acciones, por que tenía la impresión, de que mi corazón se había quedado estancado en un sentimiento que ya no recuerdo, y mi alma, se había quedado a orillas del mar a escuchar una conversación entre Cervantes y Borges.
Estoico entonces miré finalmente, como había reordenado mi prisión, donde ya algunas mariposas de acuarela, coqueteaban con flores risueñas y sonrientes; donde, un sol de risa, se elevaba en el poniente, alumbrando la falta de fatalidad y de muerte a la vera de un mundo sin dolencias ni necesidades.
Francamente debo decir, que cuando terminé de dar mis últimos retoques de blanco a ese Dios que miraba todo desde arriba de una nube, y finalmente decidí pintar las alas de un ave de un opalino menguado, fue que uno de mis días se asomó curioso, a ver que estaba sucediendo.
Si mal no recuerdo, creo que seducí a un atardecer, con una pintura de ardillas alegres, que entonaban una canción abrazadas a un peregrino, que se debatía entre seguir su camino a pie o navegar ese lago manso, de aguas transparentes que lo esperaba como una madre espera el primer tacto con su vástago tembloroso e indefenso.
En silencio volteé.
Y vi a mis días sonriendo y muy cerca de mí. Creo que vi sus rostros de complacencia y sus piernas temblorosas dispuestas a saltar sobre mi vida, para darle un poco más de tiempo.
Entonces... dejé a un lado los crayones, y junté todas las acuarelas que sabía, en algún momento tendría que volver a usar.
Y me quedé quieto y casi dormitando, sentado en un rincón de mi prisión, a la que como un excelso tahúr, le había jugado mi más grande trampa, y mis mejores movimientos, lo cual, me había dejado sin fuerza y sin esperanzas.
Mis días me sonrieron y se quedaron conmigo, aunque a veces pienso, que muy de vez en cuando se siguen pareciendo unos a otros.
Y lentamente… fue así que la locura, se transformó en mi fiel y eterna amiga.
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