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Comencé a
relatar:
“Sus ojos fugitivos daban vueltas por toda la habitación, sus vacías pupilas
como inciensos escupían cada determinado tiempo una gran cantidad de humo hasta
inundar por completo aquel lugar.
Era un sitio fuera de este mundo, enorme y reducido, transmutaba dependiendo de
los movimientos de aquella persona que con su vista suspendida en el aire
repartía parcialmente hilos de humo, o por lo menos yo así lo recuerdo.
Yo me encontraba casi al centro de las cuatro indecisas paredes, vibratorias,
no cesaban de deformarse, creando figuras engañosas, era escasamente agobiante;
me sentía una pequeña fogata aun con mis pies en el suelo; flotaba a mi
alrededor el par de orificios que se movía rápidamente, se asemejaba a una
locomotora de vapor, puesto que el humo desvanecido aun brotaba fielmente de
sus retinas… El individuo propietario de estas, se ubicaba en un rincon del
aposento; su bailoteo astral era extraño, pausado, concreto, realmente palpable
y visible a pesar de las emanaciones oculares, insolente y gradualmente
excitante, sencillo, espontáneo, absorbente, artístico, inaccesiblemente
hermoso; sin exageraciones ni desorbitar, era exactamente eso. Al pretender
integrarme comencé a fecundar caracoles con mis dedos en la humareda, y en
breve, el arrogante silencio fue violentamente despedazado gracias al murmullo
multiplicado del eco producido por la cavidad del felino cuarto; y volaba entre
nubes de niebla hasta mis prudentes oídos seguido de la presencia de una
fragancia sospechosa; sucesivamente y sin avisar me conquisto como las salvajes
olas del mar a la sosegada playa una especie de vértigo espiritual. Era un
vahído tan inusual, opuesto completamente a los injustos mareos que me
angustiaban de niño al bajar de la montaña rusa o ir con mis padres en un largo
viaje; hoy en día, las carreteras me embriagan hasta provocarme el vómito, yo
prefiero caminar. El caso es que en esta ocasión se manifestaba en mí de una
forma bastante placentera, mi equilibrio y noción de la razón eran nulos, lo
admito, pero al caer, a la hora del desmayo, los vapores me sujetaron y al
engancharme junto a ellos en el aire tal candelabro en terremoto, desorden
anímico, recapitule…
~ Mis dedos en los suyos, formando una misma mano comenzamos a flotar. No
hablamos, no estoy seguro de haber escuchado en alguna ocasión su voz.
Contemplamos el cosmos, intercambiamos abismos y nos burlamos de las
constelaciones para luego desnudarnos y danzar junto a los astros fugaces hasta
repentinamente caer en el último sol en forma de espiral que ha visto el ojo
humano, el último sol en forma de espiral que intente arrebatar; que intente
arrebatar en vano. Sin embargo; ahora lo llevo colgado en mi egoísta cuello,
sin alardear, les digo, yo lo admiro siempre que lo deseo, ¿Qué cómo lo
conseguí? Fue el modesto presente de la mujer a la que nunca he visto en carne,
el regalo más hermoso que me dio la mujer con la que sueño todas las noches,
obsequiado tiernamente por la mujer que amo, la mujer que marco mi vida hace un
par de años ~
Al abrir mis oxidados parpados, pude percibir a través del humo el sigilo de su
silueta aproximándose, su completa tonalidad gris me conmovió. Al estar más
cerca, las oscuras cuencas de sus ojos me precipitaron, su sonrisa me hizo
sonreír. La neblina acaricio afectuosamente mi cuerpo, me atravesó el corazón y
fermentando su juicio en mi oscuro cerebro, cuajó por completo mis memorias,
congelando con fuego mortal mis rencores. Súbitamente y de un modo casi sexual
fusionó mis miedos y deseos para evocar tras el llanto de un niño, aterradores
fallecimientos mentales y en la honesta inhumación de mi alma contradictoria a
mi cuerpo, mudé mi sustancia y transfiguré de lleno, muy ajeno a lo que ustedes
ahora ven. Naturalmente; un pestañeo bastó.”
Concluí mi narración. Los miembros, uno por uno abandonaron la habitación.
Nos quedamos solos. Ella en el lugar al que siempre había pertenecido y yo casi
al centro de las cuatro indecisas paredes, vibratorias, no cesaban de
deformarse, creando figuras engañosas, era escasamente agobiante.
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