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Unos apuntes de clase dan para mucho

amcafe

Autor amcafe

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Publicado el 06/05/2011 | 168 Visitas | 0 Comentario(s)


Carla se me acercó y me dijo si podía prestarle los apuntes de Lógica matemática a su novio, Pedro, que se encontraba haciendo el servicio militar. No tenía ningún inconveniente y quedamos en una cafetería al día siguiente para entregarle los apuntes. Yo no me había fijado mucho en Carla con anterioridad, era una chica menuda, morenita, guapita, con un tipito interesante, pero como siempre iba con su novio, Pedro, pues, la verdad no le había prestado demasiada atención. Cuando al día siguiente la vi en la cafetería para entregarle los apuntes que me había pedido me fijé en que era una chica de muy buen ver, no una chica espectacular, pero sí ciertamente preciosa, muy dulce y simpática. Tomamos un café, charlamos un poco y le entregué los apuntes y ella salió de la cafetería y la vi por detrás y pensé que Pedro había tenido un gusto exquisito. Me hice el encontradizo con ella todo lo posible y me insinué, le dije que era una chica muy guapa y la cogí de la mano. Ella no me rehusó, aunque protestó de mis intentos, aduciendo que tenía un novio, detalle que yo sabía muy bien. Me confesó que se encontraba muy sola, al estar su novio en la mili y si conversaba conmigo es porque éramos compañeros de curso. Fuimos una tarde al cine y yo me arriesgué, le toqué las rodillas y le deslicé la mano por sus muslitos, que eran deliciosos al tacto, muy suaves y delicados. Me apartó la mano varias veces, pero de forma no brusca, diciendo que me estuviera quieto, pero de aquella forma que lo hace una chica que en el fondo le gusta que la toquen. Después de acariciarle los muslos unos minutos, me puse a besarla y entonces sí desaparecieron todas sus inhibiciones y nos besamos como locos, de forma apasionada. De allí fuimos a la habitación independiente alquilada que tenía no muy lejos del cine. Allí seguimos besándonos, y yo la desvestí lentamente, sin prisas, saboreando toda la riqueza femenina que tenía delante de mí. Ella se quedó finalmente en ropa interior, con sujetador y braguitas y peleaba para que no se las quitara. Me costó muchas caricias quitarle el sujetador, pero opuso más resistencia con las braguitas. Al final se las quité y le hinqué la cabeza entre sus muslos, y le besé el conejito y me puse a lamerla con fruición, con gran deleite por mi parte. Ella empezó a gemir, a suspirar, a moverse con electricidad ante mis caricias, para correrse al final  con un orgasmo violento, virulento. Por su reacción tan desmesurada comprendí que nunca la habían lamido, que nunca la habían acariciado con la lengua y eso me proporcionó mucho morbo, mucha excitación. Yo seguí lamiéndola muchos minutos más, ella parecía satisfecha y contenta con mis caricias de lengua, no me pedía la penetración, pero  llegó un momento que no pude contenerme más y la penetré para acabar con una explosión volcánica que nos afectó a los dos por igual.

            Practicamos sexo con gran deleite por parte de los dos, pero un día ella me dijo que habíamos de dejarlo, pues Pedro acababa el servicio militar y quería encontrar pronto trabajo y casarse. Mientras me decía eso me miraba como esperando una reacción por mi parte, pero yo entonces estaba muy lejos de la idea del matrimonio, y no le propuse nada y tampoco insistí en que siguiéramos viéndonos, pues no parecía honesto por parte de los dos, y máxime cuando Pedro mantenía deseos de matrimonio.

            Efectivamente, dejamos de vernos. Ellos se casaron y tuvieron un niño muy pronto. Yo le había prestado a Pedro unos apuntes y él me había prestado a su novia, un intercambio aparentemente muy  favorable para mí. Pero ahora con el paso de los años no estoy seguro de haber sido yo el mejor parado, quizá debí tener más coraje y haber pedido a Carla en matrimonio. ¿Qué hubiera pasado, que hubiera elegido Carla? Eso nunca lo sabré ya, no tiene sentido ya plantearlo, pero quizá me equivoqué al no luchar de forma efectiva por conservar a Carla.

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