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Sitio Web del AutorAutor VictorHugo
UNO
La
caverna está llena de sombras. Alrededor del fuego prehistórico, los primeros hombres
se reúnen convocados por el calor y el instinto de manada. Están en silencio.
Observan la materia escurridiza, sin forma, del fuego; similar a los
pensamientos que se agitan en el interior de sus cabezas, donde aún no existen
las palabras, bullendo en una danza primitiva y secreta, tejiendo los fondos
abismales de la conciencia.
Afuera,
solo hay frío, viento y oscuridad. La amenaza de otros animales, tan hambrientos
como ellos, completa la hostilidad del paisaje. No hay razón aparente para que
una de las criaturas abandone la seguridad de la gruta y se aleje ante la
mirada indiferente del resto del grupo. Se desconoce el motivo por el cual se
interna en la noche helada, a merced de los peligros del entorno y de la
borrasca que avanza amenazante; como si de pronto hubiera sido invocado por un
ritual impostergable, cuya finalidad y sentido último desconoce. Camina resollando
por el frío que penetra hasta sus huesos, pero con la determinación guiando
cada movimiento de su cuerpo. Se detiene en el medio del valle y su silueta
proyecta una sombra alargada sobre la piedra. Tiene la cabeza erguida, mira hacia
lo alto, al cielo nocturno, y se queda así durante un tiempo indefinido, pero
que suponemos prolongado.
Allí,
flotando entre vapores de plata, el disco de la luna es perfecto. La bestia la
contempla fascinado, creyendo tal vez que es ella la que lo mira desde las
alturas, como un dios inasible y poderoso. Mantienen un diálogo mudo, secreto, acaso
el origen de un interrogante que jamás obtendrá respuesta. El tiempo fluye. En
sus ojos nacen las primeras lágrimas y se deslizan por sus pómulos. O quizás
sean las gotas de lluvia que ya comienzan a caer, algunas convertidas en
pequeños copos de nieve. El hombre soporta estoicamente los embates del viento
que lo golpean con la firmeza de una sentencia. A pesar de la tormenta, la luna,
como el hombre, se mantiene entera y nítida entre los nubarrones.
La
criatura levanta los brazos, extasiada, dejando que la lluvia helada corra por los
surcos de su ajado cuerpo, olvidando por un momento que es una presa fácil para
las alimañas que ya olieron su carne a la distancia. Lo envuelve una nueva sensación,
una especie de vértigo que oscila entre el terror y el encanto: acaso la
intuición —o certeza— de que él, como la luna, es único y está solo.
Solo
en el mundo.
Solo
en el universo.
La
sangre galopa con fuerza, avasallante, trasladando eones de historia genética
en el flujo de cada arteria hinchada y palpitante de sensaciones. Un deseo
incontenible comienza a debatirse en el pecho y la garganta desnudos, mientras
el frío congela sus extremidades entumecidas y los animales que no puede ver ya
lo rodean a pocos metros.
Súbitamente,
con la fuerza de una erupción volcánica, naciendo desde el fondo de las
entrañas y subiendo y brotando por la boca desmesuradamente abierta, lanza un
grito desgarrador. Un grito que perfora la noche. Un grito que condensa el
miedo, la soledad y la angustia de toda existencia. El grito rebota en el
cielo, coagula y se materializa; se hace carne, tejidos, huesos; recorre
caminos que lo llevan por un tortuoso laberinto de sangre, y el tiempo lo carga
en su lenta caravana, en que el todo se amalgama y forma un légamo
inconcebible.
Finalmente,
el hombre se deja caer, exhausto, pero con el alivio de haber cumplido con un
deseo incontenible. Su cuerpo se desploma en el suelo donde, en breve, solo se
oirán los gruñidos de los animales salvajes disputándose un trozo de carne
muerta.
— Es
hermosa, ¿no lo crees, Amanda? —dijo el engendro pero hablando para sí mismo,
con la cabeza —si es que tenía cabeza— erguida hacia lo alto, al cielo nocturno.
Allí, flotando entre nubes sulfurosas, el disco de la luna era perfecto.
La
aberración que estaba a su lado lo observó por un momento, sin prestarle
demasiada atención, y luego siguió con su trabajo como si no hubiera oído nada.
La pala mecánica avanzó a ras del suelo, se clavó en la tierra y levantó una
pila de cadáveres en el aire, giró sobre su eje y luego dejó caer los cuerpos en
el interior de un contenedor.
Segundos
atrás, el engendro había experimentado una curiosa sensación. Algo que no había
sentido nunca, o que ya había olvidado. Como si hubiera estado adormecido en un
coma estacionario durante gran parte de su vida y de repente lo despertaran con
una descarga fulminante, la visión de la luna reanimó la fibra de una
sensibilidad enterrada bajo profundas capas de carne, metal y corrientes
electromagnéticas. El servomecanismo zumbó. Un cortocircuito estalló en la base
de la cubierta donde, en su interior, el cerebro palpitaba rodeado por un
sinnúmero de nano-cables y membranas sintéticas en continua actividad. Los
sentidos se desperezaron y cabalgaron en busca de nuevas sensaciones. Una multitud
de destellos implosionó en un punto y la conciencia despertó. Se quedó mirando
la luna durante un tiempo indefinido, pero que suponemos prolongado. Al fin, de
algún lugar de su entramado organismo de cables y entrañas, salió el sonido de
su voz. Y murmuró:
—
Amanda…
“¿Quién
es Amanda?”, oyó muy cerca de él. Se dio vuelta y vio a la monstruosidad que
tenía a su lado. No parecía que aquello hubiera pronunciado alguna palabra, o incluso
que fuera capaz de hacerlo. En cambio, seguía apilando cadáveres como un
autómata.
— Es
hermosa, ¿no lo crees, Amanda? —había dicho el engendro.
— Es
solo la Luna. Y no sé quién es Amanda. —La voz era cambiante. E indiferente.
—
Sí, pero mirala bien —dijo el engendro en un rapto de emoción—. Es tan… bella.
Y tan distante.
—
Allá vienen otra vez —oyó la aberración.
Rodó
el caparazón de su armadura y enfocó la visión hacia el horizonte, donde un
paisaje desolador se extendía en toda su vastedad. El mundo era un montón de
ruinas, un lugar frío y oscuro. La Tierra era una costra sucia y humeante,
repleta de desechos y escombros. Todo tenía el color del óxido y la ceniza.
—
¿Qué ha pasado? —exclamó—. ¿Qué nos ha pasado?
—
Cuidado —oyó en el fondo de su cabeza.
A
varios kilómetros de allí, cientos de cañones alineados gimieron sobre sus
goznes. Giraron lentamente sobre los ejes las estructuras metálicas de las
grúas. Los inmensos morteros colocaron
su cónico perfil entre cielo y tierra. Escupieron fuego retrocediendo sobre su
cureña y volvieron a estallar una y otra vez. El bramido de las explosiones se
expandió por doquier y el cielo se iluminó como un océano de petróleo
encendido.
—
¿Estamos en guerra? —preguntó el engendro.
—
Siempre estamos en guerra —respondieron.
Pronto
descubrió que las voces —la Voz— en realidad provenían de su interior. Porque
la voz era una y muchas voces al mismo tiempo.
El
engendro miró a su alrededor. Miles de cuerpos que alguna vez fueron humanos,
despojados de la armadura biomecánica que les servía de caparazón, yacían entre
los escombros y la chatarra en posturas imposibles. Estaban tiesos, con la
carne reseca y tirante contra el hueso. Esqueletos ennegrecidos, donde aún
quedaban algunos restos de la corteza que alguna vez los cubrió de su frágil
condición. Cuerpos listos para ser reutilizados
y volver al ciclo ininterrumpido de la materia.
—
¿Qué nos ha pasado? —pensó—. Amanda… ¿En qué nos hemos convertido?
Su
compañero de trabajo se volvió, pero esta vez lo observó con mayor atención.
— Te
has salido del Flujo —dijo.
El
engendro no comprendía. Tampoco escuchaba. Estaba absorto en la contemplación
de la destrucción. Un sentimiento de profunda amargura comenzó a abrirse en su
interior como una caverna oscura, más negra que las tinieblas de la noche.
— El
Gran Flujo de ondas eléctricas del cerebro. Todas nuestras frecuencias están
alineadas en una oscilación única. Somos una mente de panal.
Servo-humanos.
Somos la evolución de la humanidad.
—
Todos servimos al Único. Todos somos Uno —recitó la bestia con voz neutra.
— Hubo
una falla en el sistema. Pronto volverás a la corriente del Flujo.
El
sonido de una sirena comenzó a rugir en un radio de varios kilómetros. Unas
luces rojas se encendieron y parpadearon en distintas zonas del terreno. La
orden sincronizada llegó a miles de puntos y al mismo tiempo todos los Servos
se dirigieron a un enorme galpón que estaba a unos trescientos metros de allí.
Cada uno una monstruosidad diferente. A la distancia, semejaba una caravana de
experimentos fallidos y deformes, una galería de alucinaciones futuristas producto
de una mente enferma. Ordenadamente, todos los monstruos se ubicaron uno pegado
al otro bajo el techo del tinglado.
—
Reunirse en el refugio. Peligro de lluvia ácida —resonó la Voz en el interior
del engendro—. Repito: peligro de lluvia ácida.
Los
cañones cesaron el fuego. En cuestión de segundos todos los Servos abandonaron
la actividad y se pusieron a cubierto bajo los refugios. Todo quedó sumido en
el silencio y la oscuridad, solo se oían los lamentos del viento, gimiendo como
estertores.
El
engendro se quedó parado allí, solo, en el medio del cementerio del mundo. Recuerdos de otro tiempo acudieron a él
vertiginosamente, imágenes difusas como sombras de cuando el mundo era
diferente. Todo aquello insufló en su ser un extraño sentimiento, que se
extendió como por contagio a toda su figura. Volvió a contemplar la luna, y
como si lo hiciera por primera vez, cada parte de su mente y de su cuerpo, cada
fibra de su tejido nervioso, se estremeció.
La
lluvia ácida comenzó a caer.
Lo oprimía
el presentimiento de una inminente calamidad, de un desastre ya consumado; y
cuando las gotas de lluvia comenzaron a corroer con su ácido la corteza
membranosa de su mecanismo exterior, el engendro, guiado por el instinto
originario de un pasado remoto, lanzó un grito desgarrador. Sin ser consciente
de ello, emitió un terrible bramido iniciado con la propia existencia. Un grito
de dolor, de miedo, de soledad, con notas metálicas y sobrenaturales, todo en
un solo sonido.
El
aullido del engendro continuó, pero cada vez con menor intensidad, en
sordina; y mientras se apagaba en un
agónico jadeo y su cuerpo se desintegraba progresivamente bajo la lluvia ácida,
el engendro tuvo una extraña y nueva sensación, una oleada de vértigo que,
antes de perecer, lo envolvió como una mortaja y lo llenó de gozo y terror al
mismo tiempo: acaso la intuición —o certeza— de que él, como la luna, era único
y estaba solo.
Solo
en el mundo.
Solo
en el universo.
Y
entonces, súbitamente, todos los engendros y aberraciones gritaron a coro, como
arrancados por una fuerza invencible, aullando a la luna con un sonido
monstruoso y discordante que brotó de toda la Tierra, conmovidos al lado de su
hermano muerto, llorando ellos también.
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