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Una inyección podría ser placentera

amcafe

Autor amcafe

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Publicado el 21/10/2011 | 142 Visitas | 0 Comentario(s)


Acudía a un consultorio de enfermería para ponerme una inyección que me había prescrito mi médico. Tenía que ser intravenosa, por lo que la enfermera, una chica joven, agraciada, simpática, con buenos efluvios corporales, se disponía a tantearme la vena, para encontrar el sitio donde hincar la aguja. De forma totalmente inexplicable, ya ven Ustedes que situación tan poco erótica, me entró una erección de caballo, mi polla se puso muy gorda, dura y tiesa como un garrote, pues la chica se había limitado a tantearme los dos brazos, tocándolos ligeramente con los dedos, al tiempo que me rozaba ligeramente con su cuerpo y yo notaba las blandeces del mismo, un cuerpo turgente y contundente al tiempo que, intuía yo, enteramente suave y delicado y sensible. Sí, reconozco que no era el sitio adecuado para una situación erótica, pero por lo indicado con anterioridad, más una atmósfera sensual que capté en el ambiente, seguramente imaginaciones mías, estaba completamente hechizado por los encantos de la chica y por sus emanaciones sensuales que me impregnaban por completo. Mi reacción, lo reconozco humildemente, era enteramente irracional, y no solo eso, sino fuera de lugar, estrambótica y sin fundamento alguno, y ahora que lo cuento todavía no me explico cómo pude reaccionar de la forma que lo hice, algo increíble, teniendo en cuenta que en el consultorio, a pocos metros de nosotros, esperaban unas cuantas personas que también iban a ponerse una inyección o a hacerse algunos análisis. No me pregunten cómo me surgió la idea, porque yo ahora que lo cuento no me lo explico, pues, es verdad, que no soy una persona tímida precisamente, pero tampoco soy un kamikace ni un suicida en temas eróticos, pero ocurrió, Dios sabe el porqué, y mientras la chica se me acercaba con su sensualizado cuerpo y me palpaba una y otra vez mis brazos en busca de la vena adecuada, yo introduje mi mano izquierda por debajo de su falda y le palpé las piernas, y al contacto de su piel sedosa, maravillosa, mi mano se puso roja de la excitación y una sacudida imperceptible recorrió mi cuerpo, al tiempo que la chica me miraba atónita, sorprendida, casi horrorizada, con ganas de clavarme la aguja en cualquier parte de mi cuerpo como venganza, pero enseguida oí un leve jadeo, una sorpresiva aceptación de mi caricia, mientras notaba que nuestros cuerpos se electrificaban, se erotizaban. Repuesto ya de mi conducta tan agresiva y viendo que la chica no me enviaba a los infiernos, seguí indagando con la mano izquierda por su rico muslo derecho, introduciendo la mano por el interior de sus muslos, al tiempo que la chica se cerraba las piernas y me apretaba  mi mano. Liberada mi mano seguí indagando, acariciando sus braguitas y metí la mano por dentro de las mismas para acariciar su conejito que para mi enorme sorpresa estaba completamente húmedo, como si hubiese recibido un rocío y los labios del mismo se abrían generosamente ante mis dedos. Mis deditos recorrían toda su rajita, y luego le metí dos dedos en su agujerito mágico, al tiempo que la chica jadeaba, gemía, conteniendo a duras penas sus reacciones orales para que no la oyeran desde el consultorio. Al final exhaló un profundo gemido, al tiempo que me miraba con gratitud y luego con severidad y animosidad. Yo chupaba mis deditos impregnados de sus flujos, mientras la miraba fijamente a los ojos, al tiempo que me invitaba a salir.

            En el futuro no me entraría fastidio si el médico de cabecera me recetaba una inyección.


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