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Enviar un mensaje privado Autor amcafe
Tenía una cuñada que excitaba mucho mi imaginación. Un poco mayor que mi mujer, de hecho era la hermana mayor, no tan atractiva como ella, algo más rellenita, con un poso de tristeza en el semblante. Me miraba siempre de forma especial, pero nunca me percaté de dicha circunstancia hasta que un día capté un matiz lujurioso en su mirada. Estaba sin pareja, no tenía novio, aunque había tenido un par de relaciones que habían fracasado estrepitosamente, por razones que no interesan a este relato. Baste reseñar que no se le conocía ninguna amistad masculina de forma íntima, solo relaciones superficiales, por lo que yo, con pensamiento morboso creía que estaba necesitada de sexo, que sufría muchísimo con su abstinencia obligada. Bueno, se trataba solo de conjeturas, qué podía saber yo de su vida privada en el sentido más intimo de la cuestión, y aparte dicha circunstancia no era de mi incumbencia, al fin y al cabo era la hermana de mi mujer, con la que mantenía excelentes relaciones en todos los sentidos.
Al saludarnos cuando nos veíamos, al besarnos, notaba una cierta tensión en su cuerpo, un cierto escalofrío que yo evidentemente atribuía a mis delirios eróticos. Vivía con mi suegra en una casa muy amplia y acogedora. Un día acudí para arreglarles un cable que les producía problemas. La suegra no estaba en casa, había salido con unas amigas después de comer. Me había quedado a comer después de solucionarles el problema, por lo que nos quedamos a solas mi cuñada y yo, al salir mi suegra. Yo estaba tomando una taza de café, mientras mi cuñada estaba fregando los platos, algo inclinada sobre la pila, notándosele todo su culo, hermoso y vibrante. Me entraron de repente deseos lujuriosos, y sin poderme contener la cogí por la cintura y la abracé por detrás. Ella dijo, no, no, por favor, pero no se movió, era evidentemente un no que significaba un sí. Seguí subiendo y le acaricié los pechos. Ella seguía diciendo, no, no, por favor, pero no se iba, ni cambiaba de posición. Yo me excitaba más y más, y además me daba mucho morbo manosearla por tratarse de mi cuñada. Ella se estremecía, gemía ligeramente, y aunque seguía diciéndome no, no, cada vez su no era más quedo, más imperceptible. Le levanté la falda y le acaricié las nalgas y los muslos. Ella ya no decía nada, solo gemía, y se estremecía. Le bajé las bragas poco a poco y siguió entonces diciendo, no, no, por favor, déjame, no está bien lo que haces, pero su cuerpo decía otra cosa, sus gemidos eran cada vez más elocuentes. Yo tenía la verga muy dura, gorda y tiesa como el cuarzo y se la pegué a sus nalgas y ella se estremeció más y más y lanzó un pequeño alarido. No tenía condón a mano, el asalto había sido inesperado, sin preparación ni conciencia previa, y ella probablemente no tomaba medidas anticonceptivas si no tenía novio, como era el caso, por lo que en una fracción de segundo pensé en hincarle la verga por detrás, por el agujerito más pequeño. Me costó entrar, tuve que esforzarme bastante, pero era claro que con algún novio anterior había utilizado ese camino. Yo la cogía por detrás y la penetraba con ahínco, entrando y sacando la polla, mientras ella se derretía de placer, gemía de forma considerable y cuando me corrí y le lancé todo el semen calentito lanzó un alarido de placer, un grito de satisfacción, y sollozó a continuación.
Mi cuñada era una mujer muy, muy exigente, muy femenina, con mucha potencia erótica, por lo que me alegré en el fondo cuando contó a todo el mundo, mirándome a mí fijamente, que tenía un novio, con el que mantenía relaciones de maravilla y que pronto iba a casarse. Mi cuerpo agradeció el descanso, pues entre mi mujer y mi cuñada me llevaban a una ruina física clara y evidente.
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