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Enviar un mensaje privado Autor alexcubero
Ulises Borrazás era farero desde que le alcanzaba la memoria. A sus sesenta y muchos, seguía en activo, durmiendo de día y viviendo de noche, como un murciélago de los mares.
Llegaba al faro cuando al sol se le agotaba el sextante y viraba hacia la línea del horizonte. Al anochecer, Ulises prendía la maquinaria y un fardo de luz se desparramaba treinta y cinco millas a la redonda. Cada segundo y medio un destello y cada diecisiete un eclipse. Y así, todas las noches de todos los santos días del año, descontando San Roque, que eran festivo local y Nochebuena, que por el Convenio de Fareros y Linotipistas no entraba en su calendario laboral.
Al cumplir los dieciocho, el alcalde del pueblo lo mando al Arsenal a hacer las pruebas de aptitud para ingresar en el Servicio de Inteligencia Naval. A pesar de que habían pasado casi cincuenta años desde entonces, aún recordaba la cara de sorpresa que se le quedó cuando leyó la primera pregunta:
- ¿Sabe nadar?
- Sí - No - A veces. (Subraye la que proceda)
Por lo que le habían contado, en Inteligencia Naval no entraba cualquiera y aquella pregunta –se dijo- escondía un indescifrable enigma que a día de hoy aún se afanaba por resolver.
Superado el trámite, Ulises se embarcó como informante secreto en el Churruca, bajo el nombre en clave de “Uli”. Desde el primer momento, le extrañó que la tripulación en pleno le tratara con una entrañable familiaridad, como si lo conocieran de toda la vida o quisieran ganarse su amistad repentinamente. Él, a lo suyo, se hacía el longuis y afinaba la oreja cuando fregaba la cubierta con desparpajo de Matahari barrendera.
El día en que se licenció, recibió de sus compañeros una metopa con una placa de latón dorado y la silueta del Churruca grabada en la base: “A nuestro amigo Ulises, por su abnegada y discreta misión a bordo. Nunca te olvidaremos. La tripulación”.
Ahora, pasado el tiempo, en sus últimos años de servicio, Ulises gastaba los días erguido frente al Atlántico inmenso o ramoneando por la garita vidriada del faro. Como en los Jardines Colgantes de Babilonia, tenía la barandilla circular llena de macetas de las que colgaban persianas de flores de todos los colores. El viento a menudo las hacía moverse al unísono, como crines de caballo al galope.
Cuando necesitaba aire, abría la portezuela y salía a la balconada desde la que atalayaba el infinito.
- “Ser farero -se decía- no es cualquier cosa”- y menos en
Y no le faltaba razón. Si el Anticristo o los Cuatro Jinetes arremetiesen contra Europa por el Oeste, él sería el primero en dar la voz de alarma. En los últimos cuarenta años ni el uno ni los otros se habían acercado por sus pagos, así que mataba las noches mirando al horizonte en medio de la oscuridad. Las luces de posición de los barcos aparecían y desaparecían ante sus ojos, como tragadas por la inmensa mole negra, que al rato, las volvía a escupir. A base de años de ensimismamiento mirando al más allá, había llegado a escribir un pequeño libro de reflexiones en el que desmenuzaba al modo de Kant el concepto de la pequeñez del hombre frente a la infinitud del mar. “Yo y el Mar”, lo tituló.
Cuando no pensaba, le echaba en cara al mar que se hubiera tragado a su hijo Adrián en Terranova, hacía ya de aquello quince años. Cada vez que divisaba remolinos de espuma, se le encendía la mirada esperando que acaso el mar le devolvería algún día el cuerpo de su hijo. Con los años entendió, con buen tino empírico, que la espuma aparecía en la base del faro siempre que lavaba los platos después de cenar o al tirar de la cadena.
A base de tantos años de soledad, Ulises se había convertido en un ermitaño. Como un Tancredo metido a funcionario público, su ventanilla era el mar y sus únicas compañeras las gaviotas. Llegó un momento en que a base de tanta soledad, llegó a odiar a las personas. Pasaba meses enteros sin cruzar palabra con nadie, ni del pueblo ni del Ministerio. Cuando sonaba el teléfono del faro contestaba con un lacónico “número equivocado” y colgaba.
- “¡Ala, viento!”- decía indiferente.
Además, últimamente estaba especialmente molesto. Sin consultarle, de Patrimonio le mandaron una cuadrilla de obreros para acondicionar el faro y pintárselo de colorines. Lo habían llenado todo de andamios y tablones, pintarrajeándolo de rojo y blanco. Y para acabar de arreglarlo, había decorado la base con unos azulejitos en forma de ola, la mar de monos.
Ulises observaba aquella cuadrilla de mamelucos, correteando todo el día por la base de su faro y chillándose entre ellos con gritidos extraños, como una jauría de monos. Estudiando su lenguaje, Ulises concluyó que entre todos no usaban más de 12 palabras distintas al día, de las que “coño”, “cerveza” y “pásame el bote” suponían el principal léxico de su lenguaje simiesco. Ulises redactó una pequeña nota en su cuaderno de campo y lo envío por mail al blog de un afamado naturalista del Nacional Geographic, Sean Fitzpatrick, “pope” del conservacionismo y padre del célebre ensayo: “El mejillón, ¿molusco o cenicero?”. (Mussel, Molusc or perhaps ashtray?, Fitzpatrick, Sean et al., Oxford University Press, 1996)
De entre todos, había un obrero al que tenía especial ojeriza. Le apodaban “El Andorrano” y por la anchura de su lomo y sus aullidos guturales, Ulises lo catalogó como el macho dominante de la cuadrilla. En sus ratos de descanso, Ulises había pillado al macho-alfa haciendo pelotillas con los mocos resecos de la nariz, que pegaba disimulado en las paredes de su santuario de luz. Muchas veces pensó en dejar caer sobre su cabeza una maceta rectangular de petunias, pero la sola idea de tener que ir a la floristería y hablar con la dependienta para pedir otra, le hizo desistir de sus planes homicidas.
Como mala tormenta, al cabo de poco tiempo los obreros se fueron y todo volvió a la paz de siempre. Ese día, Ulises volvió a respirar tranquilo.
Acaso influenciado por el pesimismo vital de Kant o por la soledad de tantos años, Ulises había llegado al convencimiento de que su vida era una completa nulidad. El día que dejara de respirar -pensaba- el ingrato Occidente amanecería como si nada, relegando al olvido a quien durante tantos años veló sus noches. Se lamentaba de que su vida hubiese sido como un río, esclava de su cauce, previsible, contenida. Ahora, en su ancianidad, sin fuerzas ni coraje para hacer trastadas existenciales, lamentaba no haber sido más osado, no haber pellizcado algún que otro culo o mentido muchas más veces. Fruto de sus años de reflexión y del orden cartesiano de su cabeza, Ulises pensaba que las personas se dividían básicamente en vivos y muertos. Los vivos, a su vez, se subdividían en españoles y andorranos por un lado y animales y reptiles por otro. Englobándolos, había dos grandes grupos que los resumían a todos: los que habían matado a alguien y los que no. Él, lo más que había matado había sido alguna gaviota que intentó profanar su faro. Tal vez por eso, para llenar la vaciedad de su existencia, últimamente acariciaba la idea de la muerte. A falta de otros, pensaba, bien podía matarse él y entrar por derecho propio en el grupo de las almas grandes cuya heroicidad las hace vivir después de la muerte.
En los días de bajón, se asomaba al pretil de su balconada circular y calculaba la distancia desde la punta del faro a las rocas del suelo. A veces hasta llegaba a auparse a la barandilla de piedra, pero el destino siempre se le mostraba esquivo, apartándole de una muerte heroica: “hoy no, que hace mucho frío”, “deja, deja, que sopla mucho este y lo mismo caes mal”.
En sus 40 años de servicio al mar, Ulises Borrazás sólo había faltado dos días al trabajo. El 13 de diciembre de 1992, el día que encalló el “Mar Egeo” frente a
Como los enigmas de los Faraones, es probable que pasasen dos mil años antes de que en el Ministerio alguien reparase en ese detalle, pero Ulises lo guardaba para sí como un gran secreto. Esa era su dulce venganza a tanto olvido. Si Occidente ninguneaba a quien velaba su sueño, Occidente debía pagar por ello.
- “¡Se hundió el Prestige, se hundió el Prestige!”- chillaban los técnicos del Ministerio.
¿Acaso no se había hundido el Imperio Romano, eh, eh? ¡Pues ala, a tomar polculo! Cuando pensaba en esas cosas, a Ulises le hervía la sangre. Y ya que no había podido doblegar la ley de
Un día de noviembre, poco antes de que dejar el faro a las ocho de la mañana, al grito de “¡Muerte a Newton!”, Ulises se lanzó por la borda de su barco de piedra.
Tres días después, despertó en el Juan Canalejo con siete costillas rotas y el omoplato en mil añicos. Cuando recobró la conciencia y se acomodó el collarín, escuchó una voz familiar, que le hablaba encaramado al borde de su cama, como un mandril en su rama.
- Hola abuelo, ¿cómo le va?- Ulises despegó los ojos del techo y le puso encima su mirada azul pálida. - Me llamo Ovidio Perales y soy de Andorra. Cinco meses llegando tarde al curro y para un día que entro a las 8, ¿no va y me cae encima un viejo entero? -se quejó- ¿Y a usted, abuelo, que le pasó?
Mientras esperaba la respuesta, el joven amasó una pelotilla de moco seco y se la pegoteó bajo el talón de la escayola de Ulises.
- Veinte años sin hablar con nadie - pensó para sí- ¿y a ti te voy a hablar, pedazo de andorrano?-
Al entrar la enfermera en la habitación, Ulises se dirigió a ella con un hilo de voz convaleciente.
- Unos cacahuetes aquí para el amigo- dijo señalando al andorrano con los ojos.
Ulises esbozó una ligera sonrisa y entornó los ojos. Imaginó al macho dominante esperando veinte años a escuchar la historia de cómo había llegado hasta ahí, de quién era realmente él y de cómo Occidente, a los hombres grandes, los trata con la ingratitud que
“El andorrano” se abalanzó sobre los cacahuetes y comenzó a masticarlos con ansia, esperando que al menos el viejo le contase cómo había llegado hasta allí.
Ulises cerró los ojos y cayó dormido en un profundo sueño.
- A ti te voy a hablar…pedazo de…
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