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Tras la puerta

fernandoj

Autor fernandoj

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Publicado el 10/11/2008 | 503 Visitas | 0 Comentario(s)

Recorro lentamente el largo y pulido pasillo del colegio, chicos corriendo, gritando, saltando, chocan ocasionalmente contra mis hombros, frenándome momentáneamente en seco.

En caótico orden, las pequeñas cabecitas van desapareciendo tragadas por las aulas, pronto se hará el silencio, cerrarán las puertas, pronto quedaré solo, el miedo empieza apoderarse de mí, casi sin darme cuenta, mis pies quedaron atrapados por las brillantes baldosas del suelo y mis ojos cegados por la intensa luz de los potentes lamparones del techo. Paralizado por el pánico soy como un naufrago en espera de un barco salvador, que lo rescate de su caribeño cautivo, aunque yo sólo puedo confiar en mis oídos para otear la claustrofóbica isla.

El tiempo transcurre aunque desconozco por completo su cuantía, noto un olor desagradable y una sensación de humedad recorre mis piernas, no es la primera vez que me pasa y creo que tampoco va a ser la última, mi cuerpo empieza a tiritar.

Por fin oigo unos pasos, primero lejanos, lentos, luego cada vez más rápidos, más próximos, unos brazos, rudos me abrazan, me levantan del suelo, mis ojos comienzan a ver como las luces del techo pasan a toda velocidad, sin embargo soy incapaz de oír ni un solo ruido.

Atravesamos a toda velocidad el simétrico corredor, abrimos una puerta y salimos a la calle, la luz del sol impacta sobre mi cuerpo, siento un placer indescriptible, puedo palpar la libertad, el fin de la tortura, el día, el aire libre, la felicidad.

Entramos en un coche y tras un breve recorrido, en el que voy pegado a la ventanilla, observando cada detalle, cada árbol, cada portal, cada persona que nos cruzamos, llegamos a un curioso edificio, bajamos y entramos en el portal.

Subimos al tercer piso y entramos en casa. Por primera vez puedo ver claramente la cara de mis salvador, es mi padre. Su cara está roja, su boca se abre y se cierra está gritando algo, pero no puedo oírlo, mi nariz percibe un hedor característico. Veo como su mano derecha es abre, estira el abrazo y lo mueve hacia atrás, para tomar el máximo impulso. Con inusitada velocidad su enorme manaza viaja directamente hacia mi cara, que recibe de pleno el bestial golpe. Caigo al suelo, aturdido por el impacto, no me intento levantar, sé que es mucho peor. Mi progenitor me lanza un par de patadas al estómago, que afortunadamente mis piernas amortiguan parcialmente. No satisfecho con el correctivo, me engancha del pelo, izándome hasta que su cara y la mía quedan a la misma altura. Su gesto es atroz, sus ojos están rojos, llenos de ira, de furia, me chilla, con tanta fuerza que no puede contener la saliva que moja mi rostro. Me lleva a mi habitación, me tira sobre la cama y da un portazo tremendo, descascarillando la maltrecha pared.

La oscuridad me reconforta, aunque el olor que desprendo comienza a resultarme molesto. Se abre la puerta, mis oídos responden de nuevo, oigo la preciosa voz de mi madre, hablan sobre mí, ella me defiende, él la golpea. Mis oídos de nuevo dejan de funcionar, me quedo tras la puerta, viendo el espectáculo habitual. Me gusta la naturaleza, los espacios abiertos, las plantas, los jardines, odio los pasillos y sobre todo odio las puertas.

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