Recorro lentamente el largo y pulido pasillo del colegio, chicos
corriendo, gritando, saltando, chocan ocasionalmente contra mis
hombros, frenándome momentáneamente en seco.
En caótico orden, las pequeñas cabecitas van desapareciendo tragadas
por las aulas, pronto se hará el silencio, cerrarán las puertas, pronto
quedaré solo, el miedo empieza apoderarse de mí, casi sin darme cuenta,
mis pies quedaron atrapados por las brillantes baldosas del suelo y mis
ojos cegados por la intensa luz de los potentes lamparones del techo.
Paralizado por el pánico soy como un naufrago en espera de un barco
salvador, que lo rescate de su caribeño cautivo, aunque yo sólo puedo
confiar en mis oídos para otear la claustrofóbica isla.
El tiempo transcurre aunque desconozco por completo su cuantía, noto un
olor desagradable y una sensación de humedad recorre mis piernas, no es
la primera vez que me pasa y creo que tampoco va a ser la última, mi
cuerpo empieza a tiritar.
Por fin oigo unos pasos, primero lejanos, lentos, luego cada vez más
rápidos, más próximos, unos brazos, rudos me abrazan, me levantan del
suelo, mis ojos comienzan a ver como las luces del techo pasan a toda
velocidad, sin embargo soy incapaz de oír ni un solo ruido.
Atravesamos a toda velocidad el simétrico corredor, abrimos una puerta
y salimos a la calle, la luz del sol impacta sobre mi cuerpo, siento un
placer indescriptible, puedo palpar la libertad, el fin de la tortura,
el día, el aire libre, la felicidad.
Entramos en un coche y tras un breve recorrido, en el que voy pegado a
la ventanilla, observando cada detalle, cada árbol, cada portal, cada
persona que nos cruzamos, llegamos a un curioso edificio, bajamos y
entramos en el portal.
Subimos al tercer piso y entramos en casa. Por primera vez puedo ver
claramente la cara de mis salvador, es mi padre. Su cara está roja, su
boca se abre y se cierra está gritando algo, pero no puedo oírlo, mi
nariz percibe un hedor característico. Veo como su mano derecha es
abre, estira el abrazo y lo mueve hacia atrás, para tomar el máximo
impulso. Con inusitada velocidad su enorme manaza viaja directamente
hacia mi cara, que recibe de pleno el bestial golpe. Caigo al suelo,
aturdido por el impacto, no me intento levantar, sé que es mucho peor.
Mi progenitor me lanza un par de patadas al estómago, que
afortunadamente mis piernas amortiguan parcialmente. No satisfecho con
el correctivo, me engancha del pelo, izándome hasta que su cara y la
mía quedan a la misma altura. Su gesto es atroz, sus ojos están rojos,
llenos de ira, de furia, me chilla, con tanta fuerza que no puede
contener la saliva que moja mi rostro. Me lleva a mi habitación, me
tira sobre la cama y da un portazo tremendo, descascarillando la
maltrecha pared.
La oscuridad me reconforta, aunque el olor que desprendo comienza a
resultarme molesto. Se abre la puerta, mis oídos responden de nuevo,
oigo la preciosa voz de mi madre, hablan sobre mí, ella me defiende, él
la golpea. Mis oídos de nuevo dejan de funcionar, me quedo tras la
puerta, viendo el espectáculo habitual. Me gusta la naturaleza, los
espacios abiertos, las plantas, los jardines, odio los pasillos y sobre
todo odio las puertas.
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