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Enviar un mensaje privado Autor Natahel
“Puta madre!!!!” Vuelvo a gritar mientras el auto de adelante se detiene para ceder el paso a un microbús que sólo avanza un par de metros, quedando atravesado y evitando que todos los que esperamos cruzar la avenida podamos seguir circulando. Mi exasperación es tal, que le miento la madre con el claxon al de adelante, al microbús y a todo aquel que pueda escucharme.
Mientras vuelvo a golpear el volante me pregunto si no exagero, y sin pensarlo dos veces me respondo que no. Esta situación se ha repetido durante los últimos 5 cruceros, y aún faltan 12 más para llegar a mi casa. El trayecto normalmente me lleva 10 minutos. 17 cuadras en auto se cruzan rápidamente si vas sobre la avenida, pero esta noche de lluvia inclemente me ha hecho invertir una hora para recorrer 5 cuadras, así que no, no exagero.
Después de dos cambios de semáforo y no sé cuántos golpes al volante, al fin logro pasar el crucero, acelerando a fondo para alejarme de allí. El gusto me dura menos de cien metros, pues en el siguiente crucero la fila es aún más larga. Harto del embotellamiento, me orillo y sin saber qué hacer, prendo las intermitentes. Me tapo la cara con las manos, me las paso por el cabello y al abrir los ojos veo adelante el anuncio de un bar en un centro comercial, así que decido alcoholizarme un poco y esperar a que este desesperante caos pase. Decidido, entro al estacionamiento, y aún frustrado, bajo del auto e ingreso al bar.
El lugar es agradable, en penumbra y sin humo de tabaco. Está a medio llenar, mientras los fumadores atiborran la terraza, y agradezco la nueva ley de protección a no fumadores, que me permite ubicar una pequeña mesa en un rincón. Mientras mando un mensaje por el celular, le pido al mesero un whisky en las rocas, y no puedo evitar ver las imágenes sensuales de una bailarina de reggaetón en la televisión. Nunca me ha gustado esa música ni ver como las morenas voluptuosas se agitan con movimientos insinuantes y exagerados a los artistas de este género, que dicho sea de paso, me parece monótono e indiferenciable. A pesar de que mis hijos se han esmerado en explicarme las diferencias entre artistas y como reconocerlos, la brecha generacional es mucha, así que me quedo con la música de mi juventud y la de años anteriores.
De repente, la miro en la barra y su imagen llama poderosamente mi atención. Su vestido rojo resalta en la penumbra del bar, su anillo y aretes de plástico quizá más rojos que la tela, no opacan su bella figura, ni su piel blanca que se ve especialmente suave en las piernas, ni su cabello rizado, suelto y esponjado que luce más seductor después de la ancha diadema que, efectivamente, también es roja. Suspiro mientras la contemplo embelesado, para inmediatamente reprocharme esa debilidad, pues luce tan joven que casi podría ser mi hija. Trato de distraerme en los hielos del vaso que me acaba de dejar el mesero, pero mientras bebo, a través del cristal del fondo del vaso el rojo sigue sobresaliendo, y como entre un sueño, veo su lindo rostro que me sonríe al tiempo que se levanta y se dirige hacia mí con paso decidido. Su contoneo me hace detener la respiración y no sé qué color tengo en el rostro cuando se planta frente a mí.
“Tú eres el desesperado del auto gris, ¿Verdad?” me dice con una sonrisa, mientras yo no atino a contestar, y balbuceo frases que tratan de ser disculpa, saludo, presentación e invitación al mismo tiempo. “Perdón” atino a decir, mientras extiendo la mano invitándola a sentar en la silla contigua.
“No hay bronca. Para eso de las mentadas, pido mamá prestada” me dice con desparpajo, mientras yo sonrío tontamente y nuevamente me disculpo.
Mirándome, mientras inclina la cabeza, exclama: “Al menos, la lluvia y el tráfico nos dio un buen pretexto para tomar una copa” para posteriormente decir emocionada “Me encanta esa canción” y voltea a ver la pantalla donde no sé si la bailarina y el artista son diferentes a los de un rato atrás, para contonearse ligeramente en la silla a un ritmo que me parece muchísimo más sensual que la imagen de la televisión.
“¿Sabes por qué el reggaetón tiene tanto éxito? Porque es sexual, desinhibido y sin preámbulos” Pregunta y responde, mientras yo sonrío viendo el bamboleo de sus enormes aretes, que me llevan a contemplar su cuello, cuya piel tersa y blanca, me invita a morderlo. Sus ojos profundos y oscuros lucen más coquetos y seductores con lo cargado del rímel.
“¿O tú qué piensas?” me cuestiona para de inmediato volver a contestarse “Ah ya sé! Te gustan los boleros, la música clásica o el pop”. Carcajeo con entusiasmo, para después cuestionar el porqué se ha formado esa imagen de mí, “no sé… imagino que eres el tipo de señor bohemio, estructurado y lógico que se desespera fácilmente porque una chica inexperta se deja ganar el espacio por un abusivo chofer de microbús”. La sonrisa se me borra, la miro realmente apenado y le pregunto qué tengo que hacer para que me perdone “Si te digo te espantas”, me dijo antes de beber su cerveza y mirarme de reojo.
No podía creerlo. Allí a mi lado, ¡Una bella jovenzuela me está flirteando! Y me siento como un adolescente tonto, sin saber qué decir, o hacer. Siento el rubor en mi rostro y me sorprendo de sentirme apenado; ¡Si pudieran verme los más de200 asesores que están bajo mi mando! Todo el respeto y prestigio que me he ganado a lo largo de los años, seguramente se iría por los suelos en ese instante. Ella sonríe maliciosamente, sabiendo que controla la situación. Se inclina lentamente hacia mí, y su escote me embelesa, veo sus labios rojos acercándose, para decirme al oído “¿O no te espantas?” y antes de que pudiera responder, se levanta y se dirige al baño que está muy cerca de la mesa. Antes de cerrar, me mira de una forma cómplice y decidida y pone en la puerta un letrero que colgaba del otro lado. Las palabras “Fuera de servicio” jamás me parecieron tan tentadoras.
Torpemente me levanto de la mesa, los latidos agitados de mi corazón sólo son opacados por la inmensa emoción de ver su desnudez. Mirando hacia todos lados, camino cinco pasos hasta la puerta del baño. Giro la perilla y compruebo que está abierta y como un suspiro, me meto al baño sin voltear, esperando que nadie me haya visto.
Ella está de pie recargada en el lavabo, con una postura confiada y segura de sí misma. Sus pies cruzados sólo hacen lucir aún más sus piernas. Me acerco lentamente y al tratar de tomarla por el talle, me detiene con su mano sobre mi pecho. Tomando mis hombros, me gira y me recarga en el lavabo, mientras desanuda mi corbata y me hace sentir sus senos en el pecho; me acerco a su cuello y respiro hondamente, llenándome del aroma dulzón de su perfume ¡Y pensar que decía que los perfumes dulces me daban náuseas!; trato de besarla, pero con el índice de su mano derecha, coronado de una uña larga y decorada me empuja nuevamente hacia atrás. Con mi corbata me amarra los ojos, mi respiración es agitada y mi excitación, evidente.
Lentamente, desabrocha mi camisa y jala mi camiseta para sacarla del pantalón. Sus uñas me recorren el pecho y el abdomen, erizando mi piel, haciéndome estremecer y buscar su cuerpo con el rostro, para encontrar sólo el vacío. Trato de quitarme la corbata, y sus uñas me detienen clavándose en mis muñecas, sin dolor y con firmeza me baja las manos y sin oponerme las pongo en el borde del lavamanos.
Siento su aliento cerca de mi abdomen y una corriente eléctrica recorre mi espina dorsal. Con maestría, desabrocha el cinturón y baja mis pantalones. Juguetea con sus uñas por encima de mi trusa y mi pene quiere romper la tela. Acostumbrado a dominar y dar órdenes, mi subconsciente trata de revelarse, pero una sublime sensación de pertenencia me detiene. Durante esos instantes soy su esclavo y sin querer, me pregunto cómo puedo someterme así de fácil a una chica tan joven.
Sus uñas recorren mis piernas, y sujetando mi trusa, la jala lentamente pero con firmeza. Casi puedo ver su rostro sonriente cuando el resorte se atora con mi pene erecto. Y me parece escuchar su sonrisa mientras lo jala con la tela hacia abajo. El rebote es inevitable y la erección me es ya dolorosa. Con determinación trato de levantarme, pero esta vez sus uñas se clavan con fuerza en mi pecho y me regresa a mi posición sumisa. Sus uñas se deslizan hacia abajo dejándome un ligero y delicioso ardor mientras se dirigen a mi entrepierna.
Mi cabeza da vueltas y siento mi respiración entrecortada e irregular. Sus uñas se acercan a la base de mi pene y su aliento lo envuelve sin siquiera tocarlo. Mis manos se crispan, sujetando el lavabo a mis espaldas con gran fuerza. Y al tiempo que sus uñas recorren mis testículos, exploto en un orgasmo potente, que me hace sentir que mi ser entero se escapa por el orificio uretral, salpicando mi húmeda esencia hacia el piso y algunas partes de mis muslos temblorosos.
La sensación es tan intensa que no se si reír satisfecho o llorar decepcionado, pues ni siquiera he tocado la piel de aquella que no sé si llamar compañera. Después de unos segundos bajo la corbata de mis ojos. La luz del baño lastima mis pupilas y dando pasos torpes con el pantalón en los tobillos, miro en todas direcciones, pero estoy solo en el baño. Con rapidez, tomo papel toalla y limpio los restos de semen de mi entrepierna. Me subo rápido los pantalones y trato de medio acomodar mi camisa y mi pelo que luce alborotado en el espejo. Sin preocuparme por si alguien me mira salir del baño de mujeres, salgo precipitadamente buscándola.
La mesa vacía me deja su silueta deliciosa en la mente, y mientras mis manos frotan mi cara, caigo en la cuenta de que ni siquiera me tocó. Pago la cuenta y confundido, me dirijo a mi auto. En medio de un delicioso sopor, manejo por las calles ya sin tráfico; y con un suspiro, que termina en una sonrisa chueca, agradezco a esa chica que me ha hecho ver de forma diferente las noches con tráfico.
Es tan excelente como el resto de lo que escribes, la verdad me hubiese encantado ser yo la fuente de inspiración de ese orgasmo...
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