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Total eclipse of
the heart
Preludio
Finales de los setenta. Brezhnev está cada vez más viejo y
loco, su familia controla la URSS como una gran familia mafiosa. El gobierno
comunista de Afganistán ha intentado introducir la revolución de forma
demasiado rápida y radical, en contra de los consejos de los asesores
soviéticos. Los señores de la guerra tribal han declarado la guerra a esa
modernización forzosa que les obliga a dejar sus tradiciones y costumbres
religiosas. El ejército Afgano, mal preparado y desmoralizado, deserta en masa.
Suplican una y otra vez a la URSS que les ayude, pero ésta se niega, sabiendo
lo que le ocurrió a los americanos en Vietnam. Aún así, terminan aceptando,
como obligación hacia un país comunista que les pide auxilio. Han estudiado
cuidadosamente la historia del país y aprendido de las lecciones recibidas por
los americanos en Vietnam. Despliegan una importante fuerza, en un principio de
forma desorganizada. Caen en emboscadas en la única carretera de entrada a
Afganistán. Sus tanques arden y los convoyes son masacrados en los
desfiladeros. Comienzan a mejorar sus tácticas, acompañando los convoyes con
artillerías móviles que provocan bajas de 10 afganos contra cada soldado ruso.
Estrenan sus mayores joyas aeronáticas. Entre ellos el Mil Mi-24, código OTAN
“Hind”, llamado por los rusos “el tanque volador” y por los afganos “el carro
del diablo”. Poderosamente blindado, preparado para soportar armas químicas y
biológicas, tiene unos potentes motores a reacción que lo convierten en el
helicóptero más rápido del mundo, a pesar de su inmenso tamaño. Es capaz de
transportar 15 soldados, llevar cohetes, ametralladoras y misiles aire aire con
la posibilidad de derribar aviones. Todo ello, para poder transportar tropas
con mayor seguridad y evitar las enormes pérdidas de aparatos que sufrieron los
americanos en la anterior guerra.
Los afganos temerán esta mortífera arma (llegando a decir que no temen a los
rusos, sino a sus helicópteros), que sólo podrán contrarrestar con el misil
Stinger, americano. Los rusos lo compensarán reduciendo las emisiones de calor
de los motores de sus helicópteros (perdiendo con ello su gran velocidad) y
volando a bajas alturas, dónde el Stinger no es funcional. También traerán un
rápido caza de ataque a tierra, el Sujoi SU-25, código OTAN “Frogfoot”,
posiblemente el arma más efectiva de la guerra, capaz de destruir objetivos
fuertemente defendidos y sobrevivir a distintos impactos de cohetes y
antiaéreos.
Pero a pesar de tanto despliegue tecnológico y de la total falta de escrúpulo
por parte de los soviéticos para el uso de armas químicas y biológicas, la
guerra no termina, a medida que pasan los años. Tienen una fuerza de unos cien
mil hombres y sólo controlan las ciudades y poco más, es decir un 15% del territorio.
Moscú, por esas
fechas...
Son las 12 de la noche y es verano. El Sol no quiere ponerse
y la noche tiene un color blanco y extraño. No se puede saber realmente si es
de día o de noche. Dos jóvenes contemplan el perfil de la ciudad.
- Entonces, ¿mañana te vas?
- Si
- Te echaré de menos
- Bueno, a todos nos toca hacer el servicio militar
- Lo se, pero es mucho tiempo, demasiado tiempo
- ¿qué quieres decir?
- Que no se lo que voy a hacer todo este tiempo sin ti.
- Tienes dos posibilidades. Aguantar y esperar o buscarte a otro – dijo sin
medir sus palabras
- ¡Pero yo te quiero a ti! ¡no digas tonterías! - y se le escapó una lágrima
mientras bajaba la cabeza, herida.
- Perdona, no debí decirlo
- No te preocupes – y le besó tiernamente, aún con los ojos húmedos.
Se abrazaron, e hicieron el amor por última vez, bajo el
árbol desde el que habían contemplado el paisaje de su ciudad, durante los
últimos años en que no se habían separado ni un día, comenzando siendo amigos y
terminando como amantes.
1º parte
El ejército rojo
Nikita no se sentía preparado para ser soldado. Detestaba la
violencia, le parecía el recurso de toda persona mediocre, que no sabe
conseguir las cosas de otra forma, principalmente respetarse a uno mismo. El
ejército rojo estaba cada vez peor equipado y la corrupción era bien visible.
Todo el que podía, cambiaba un arma por una botella de vodka o lo que le
dieran. La comida era escasa y en algunas ocasiones tóxica. En más de una
ocasión terminaron en el hospital un montón de reclutas.
Pero lo peor estaba por llegar. El servicio militar duraba dos años y los
veteranos se ensañaban con los novatos. Nikita era orgulloso, demasiado para
los sádicos que abundaban en el cuartel. Recibió múltiples palizas por no
amoldarse a los caprichos de sus verdugos, terminando en enfermería en
múltiples ocasiones. Leía las cartas que Nadia le enviaba constantemente, como
único consuelo al infierno que estaba viviendo. No veía el sentido de tanto
sadismo, en el supuesto paraíso socialista. Muchos de los oficiales y
suboficiales estaban alcoholizados y desmoralizados. Parecían desear una guerra
u olvidar la última. Sus vidas carecían de perspectivas, dónde todo lo dictaba
el pasteleo del partido y rara vez se tenían en cuenta los méritos.
Volvió a casa con el permiso de navidad. Su familia le notó completamente
cambiado. No reía ni decía nada. Era una sombra en la mesa, mientras se servía
la comida. Su madre estaba preocupada, su padre parecía enfadado. Consideraba
que un hombre no debía dejar que nada le afectara.
Lo peor venía cuando quedaba con su chica. Estando en el ejército se había
llenado de temores acerca de su fidelidad. Se mostraba constantemente arisco
con ella, soltándole indirectas como el día en que se despidieron. Ella no
entendía qué le pasaba, pero le seguía queriendo. Le habló de un nuevo amigo
que había hecho. Le suponía un consuelo hablar con él, ante la soledad que
vivía ahora que Nikita no estaba. Esto le hizo enfurecer y sospechar aún más.
Conocía a ese amigo. Era un miembro del partido, al igual que el padre. Sus
contactos le habían librado del ejército y estaba haciendo un servicio
simbólico para que no fuera tan descarado. Un día le increpó acerca de él
-¿por qué quedas con ese individuo?
- ¡no es un individuo! Es un amigo
- ¿un amigo? Lo único que quiere es acostarse contigo
- Eso no es verdad. Es muy amable conmigo y nunca ha intentado nada
- ¡Amable, dices! ¿qué hombre no lo es para conseguir a una mujer?
- ¿ y por qué no ha intentado nada, si crees conocerle tan bien?
- Porque es un cobarde y espera la mejor ocasión
- No tienes derecho a llamarle cobarde
- ¿ah, no? Yo diría que sí, ya que ha movido tantos hilos para salvarse del
servicio militar
- Pero eso es por un problema médico
- ¿te ha dicho cuál es?
- No – dijo ella confusa
- Ya queda bastante claro, como ves
- ¿qué pasa, que si un chico se hace amigo de una chica sólo es para acostarse
con ella?
- mayoritariamente sí
- Que tú tengas el corazón tan retorcido no quiere decir que todos lo tenga. Él
es una buena persona
- ¡Entonces lárgate con él!
- ¡pues quizás lo haga! - y se fue corriendo, muy excitada y herida por lo que
la había dicho la persona a la que más quería
El permiso terminó y volvió a su cuartel sin haber vuelto a
hablar con ella y con un gran vacío en el corazón. Al poco tiempo se arrepintió
de sus palabras y escribió a Nadia pidiéndole perdón. Ella contestó al
instante, diciéndole lo mucho que le echaba de menos y que sentía que se
hubiera enfadado con ella. Comprendió que se sintiera celoso de ese amigo y prometió
no volver a hablarle de él. Siguieron escribiéndose semanalmente y contándose
cualquier cosa trivial, siempre ávidos de saber el uno del otro.
Mientras tanto, en el cuartel, consiguió hacerse respetar entre los veteranos
mediante la astucia y cuando era necesario... la violencia. No cayó en la
debilidad de volverse un sádico como sus demás compañeros, pero no toleró
ninguna falta de respeto y pronto le dejaron en paz. Sus breves vueltas, las
pasaba con Nadia. Ya hablaban de lo que harían al terminar el servicio militar.
Comprarse una casa y vivir juntos. A ella parecía ilusionarle la idea, pero a
veces se ponía triste de repente. Quizás no olvidaba que él sospechara de ella,
o quizás estaba enamorándose de ese amigo. Él le preguntaba lo que le ocurría, pero
sólo obtenía un silencio por respuesta.
Terminó el servicio. Su familia le recibió con los brazos abiertos, contentos
de que volviera de una sola pieza. Nadia también le esperaba con lágrimas en
los ojos. Volvieron a su árbol a contemplar el paisaje de la inmensa Moscú,
contentos de volver a estar juntos y esperando que todo volviera a ser como
antes. Pero ella había cambiado y él también. Nikita se mostraba mucho más frío
y distante, quedándose callado en demasiadas ocasiones, con la mirada perdida. Ella
se sentía sola y aburrida al tener a semejante acompañante. Un día no aguantó
más...
- Lo siento Nikita, pero estoy harta
- ¿harta de qué? - respondió él con impertinencia
- De tus silencios, de que todo te sea indiferente, de que nunca me prestes atención
- ¿por qué dices eso? Pasamos todo el día juntos
- No es suficiente. Hablamos de construir una vida juntos, pero yo necesito
divertirme, que me digan algo agradable. Tú estás siempre ensimismado, pensando
en otras cosas. Parece que yo no te importe
- Sí que me importas. Me duele que pienses lo contrario
- No lo demuestras
- Las cosas no se demuestran con palabras
- Las mujeres pensamos de forma distinta
- ¿y cómo pensais?
- Necesitamos atención, cariño, una sonrisa, algún detalle
- Necesitáis una ficción - dijo él con desdén
- ¿cómo una ficción? ¿un poco de atención es fingir?
- Un hombre dedica años de su vida a formar una familia, poniendo mucho trabajo
y sacrificios, pero las mujeres sólo dan importancia a que les entretengan o
les digan la mentira que quieren oír. Un día se van con el zalamero de turno o
el camionero que las trata como objetos y años más tarde, se arrepienten,
dándose cuenta de que perdieron al hombre de su vida, que se comportaba de
forma natural y que sin embargo lo haría todo por ellas si pensara que lo
necesitaban
- ¿eso te enseña tanta literatura de la que te atiborras por las noches?
- Eso y el entorno que me rodea
- ¿y todo lo que has aprendido son esas estupideces?
- Para ti serán estupideces, pero desgraciadamente, creo que es bastante cierto
- ¿entonces yo lo único que busco es que me digan lo que quiero oír?
- Eso pareces decirme
- ¿no eres capaz de comprender que únicamente busco que me prestes más
atención?
- Es que en eso te equivocas, te presto toda mi atención, otra cosa es que no
te diga que todo lo que dices me parece fascinante, o que estás siempre guapa o
que todo lo que haces está bien
- Cierto, sencillamente no dices nada
- Pero eso no implica que no te escuche
- ¿cómo se puede saber que me escuchas si no dices nada?
- ¿cómo que no digo nada? ahora mismo estoy hablando
- Si, hablas y hablas demasiado, diciendo únicamente estupideces de intelectual
de poca monta
- Lamento que pienses así
- La que lo lamenta soy yo, pero ya no aguanto esta situación
- Bueno, pues vete con tu amigo Vadim, que a buen seguro te dirá cosas bonitas
- ¡Claro que lo hace! ¡porque sabe cómo tratar a una mujer!
- Lo que sabe es cómo jugar con su vanidad para conseguir sus propósitos
- ¡cállate! - y le cruzó la cara a su novio, mientras este la miraba algo
sorprendido, pero sin hacer ningún gesto – hemos terminado – dijo con lentitud
ella, mientras se iba
Él se quedó bajo el árbol, en silencio. Miraba el horizonte
de Moscú, sin que se pudiera saber cuál era su estado emocional. Posiblemente
pensara en lo irracionales que son las mujeres, o al revés, en cómo su
comportamiento había provocado que se cumpliera lo que más temía. Tenía una
chica maravillosa y su estúpida cabezonería e inflexibilidad, le habían hecho
perderla. ¿qué le hubiera costado hacer un poco lo que ella quería? Tampoco le
pedía tanto. Una palabra amable, que le dijera lo guapa que la veía ese día.
Cualquier cosa. Pero se negaba por orgullo, porque eso le parecían estupideces
y consideraba que el amor se medía por cosas más concretas. Pero ahora estaba
solo y profundamente triste.
A medida que los días pasaban, estaba cada vez más deprimido. Un día,
habiéndose tomado bastante vodka con un par de amigos, llegó a casa, cogió una
cuchilla de afeitar y se cortó las venas. Esperó tranquilamente, metiendo las
manos en el lavabo para que no coagulara la sangre.
Se despertó en el hospital. Lo primero que vio es a su madre, mirándole con los
ojos cansados de no dormir e irritados por las lágrimas que habría vertido toda
la noche. Su padre no estaba...
-¿dónde estoy? ¿qué ha pasado?
- ¿qué pasa, no te acuerdas? ¡te has intentado suicidar! ¿es que no piensas en
el daño que nos habrías hecho? ¿por qué has hecho algo así? ¿tan horrible es tu
vida?
- Da igual mamá, sencillamente tuve un mal día
- ¿un mal día? tienes un mal día desde que volviste del ejército ¿qué es lo que
han hecho contigo?
- No han hecho nada, mamá
- ¿entonces qué te ocurre?
- Déjame en paz
- Por favor hijo, no vuelvas a hacerlo – y le estrechó entre sus brazos – no se
que sería de mí si te pasara algo, no podría soportarlo
- Lo siento mamá, no volverá a ocurrir
Volvieron pronto a casa. Al llegar se encontró a su padre,
sentado en la cocina, con una botella de Vodka. También parecía haber llorado y
estado en vela toda la noche.
-¿qué ha ocurrido hijo? ¿es por la chica esa? ¿crees que en
la vida, una mujer es lo más importante, como para que dejes de valorar tu
vida?
- No es una chica, papá, sencillamente mi vida carecía ya de mucho sentido
- ¡pues te voy a enseñar lo que es la vida! ¡para que veas que nada es motivo
para quitársela salvo el mismo e insoportable dolor físico!
Y su padre le dio la paliza de su vida. Las vejaciones de
sus compañeros fueron eclipsadas por la violencia de su padre, herido por la
ingratitud de su hijo, asustado por perderle, enfadado por no valorar lo que
tenía. Mientras le golpeaba... lloraba y sermoneaba a su hijo para que
aprendiera lo que son las cosas. El alcohol le hacía ser algo más violento,
pero también provocaba esa violencia, un extraño amor por su hijo.
Pocos días más tarde apareció Nadia. Sus padres estaban trabajando y él se
encontraba sólo en casa, por lo que tuvo que abrirle.
- Hola – dijo ella con cierto temor
- Hola – dijo él con sequedad, pero muy turbado
- ¿cómo estás?
- Bien
- Te he echado de menos
- No me digas... - dijo él mirando a otro lado
- ¿no te alegras de verme?
- Pues no mucho la verdad
Ella no se amilanó ante esas duras palabras y continuó
intentándolo.
- Tenías razón acerca de él
- ¿acerca de Vadim?
- No te hagas el tonto
- Puede haber más hombres
- ¿por qué eres tan cruel?
- Cruel, dices. Olvidas que me dejaste
- Porque no parecías quererme
- ¿más importante es que las cosas parezcan o que sean? - y ella bajó la vista,
frustrada
Mientras hablaban en la puerta, él escondía constantemente las muñecas. Nadia
lo notó y se las agarró con fuerza sin que él se lo esperara.
- Dios mío! - gritó - ¿por qué has hecho eso? ¿sólo porque
cortamos?
- ¿quien dice que sea por eso? ¿quien te dice que te haya querido nunca? ¡Al
fin y al cabo nunca te lo demostré! ¿verdad? Te montas muchas ideas raras
acerca de nosotros
- ¿no me has querido? pero... ¿y las cartas que nos escribíamos cada semana
mientras estabas en el ejército? ¿y todos los momentos que vivimos bajo nuestro
árbol? ¿todo eso no tenía significado?
- ¿quien no aguanta a una mujer y su banal conversación sólo para echar un
polvo? Las cartas te las escribía para poder seguir teniendo algo seguro. Pero
luego me encantaba leérselas a mis camaradas de cuartel para reírnos un rato.
- ¿leías nuestras cartas?
- Claro. Tus ñoñerías hacían que los días pasaran volando, antes de irnos a
algún burdel
- No puedo creer lo que dices
- Pues asúmelo. Nunca te he querido
- Entonces no es que los hombres sean como dices, sino que tú tienes un corazón
retorcido y miserable – dijo ella mientras su voz se apagaba por la tristeza
- Piensa lo que quieras – dijo él con desdén y le cerró la puerta en sus
narices
Ella ya no pronunció palabra. Ahora sí que la había perdido,
contándole mentiras por puro despecho.
2º parte
El KGB
Siguió estudiando en diversas ramas de la ciencia y las
letras, por puro placer intelectual, pero sin vocación alguna. Siguiendo su
inercia ingresó en el KGB, al ver que su experiencia militar había gustado a su
reclutador. No quería vivir más mentiras, pensó y la única forma era aprenderlo
todo sobre el engaño.
Empezó en las fuerzas especiales del KGB, dónde el entrenamiento era de un
sadismo mucho más refinado, volviendo locos a bastantes de los candidatos.
Parte de este entrenamiento consistía en matar a personajes indeseables a ojos
del partido o de Lubjanka. Poco a poco fue escalando, por su frialdad en las
ejecuciones o lo bien que utilizaba sus diversos conocimientos, para manipular
a personajes sospechosos de traición (haciéndoles creer que comulgaba con sus
creencias), reclutar a nuevos miembros o engañar a dobles agentes.
Investigaba también a miembros del partido, normalmente los que estaban cayendo
en desgracia, pero también a muchos otros, pues nadie estaba fuera de sospecha.
Descubrió los mil trapos sucios en los que andaban todos los miembros. Costaba
mucho seguir luchando por la Unión Soviética, viendo lo podrido que estaba el
sistema, dónde los dirigentes aprovechaban sus influencias únicamente para
mejorar sus vidas y las de sus familias. Con la época de Brezhnev, todas las
empresas estatales, estaban controladas por familiares y amigos cercanos y
fieles. El campo no era capaz de producir los suficientes alimentos y había que
importar grano. Mientras tanto, la guerra en Afganistán no iba bien y el
partido prefería enviar soldados de los países satélites, por la alarmante
caída demográfica que sufría el país. La heterogeneidad de las unidades hacía
su entrenamiento más complicado. Todo ello ideado en su momento para que no se
pudieran crear ejércitos dentro de las repúblicas soviéticas.
Nikita se fue impregnando de toda esa decadencia. Cogió a diversos directivos
de empresas estatales, falseando documentación para dar índices de
productividad más altos. O simplemente, haciendo sus propios negocios para
tener un nivel de vida mejor. Sin contar las mujeres que alquilaban su cuerpo
para ascender dentro del partido o las compañías.
En un principio los denunciaba con diligencia, aunque nunca a miembros
importantes si quería salvar el cuello. Pero al ver que todo el mundo estaba
implicado en algo, optó por caer en los mismos vicios y se aprovechó de su
situación. Mejoró considerablemente su nivel de vida a costa de los sobornos
que recibía de las empresas de todo el estado y de las mujeres que se le
entregaban por terror a que sus maridos se enteraran, o de terminar en una
celda de Lubjanka.
El disciplinado y temido agente del KGB, soldado de élite y miembro de las
fuerzas especiales, pasó a ser como cualquier otro corrupto miembro del
partido, viviendo a todo lujo a costa del terror de sus víctimas. Fue
engordando y mostrando cada vez menos diligencia en su forma de trabajar. Sus
jefes lo notaron y le mandaron comparecer...
- camarada coronel, no estamos contentos con usted
- ¿puedo saber el motivo?
- Han dejado de llegarnos informes de conspiraciones, traiciones y corrupción
en los últimos meses, ¿cuál es el motivo?
- Que la corrupción se ha reducido, además, sigo trayéndole a muchas personas
- No me venga con tonterías y además, ahora sólo coge a aquellas que no tienen
nada que ofrecerle. ¿o cree que somos idiotas?
- No camarada general
- Su incompetencia podría ocasionarle la expulsión del KGB
- Entonces tendría que echar a todos los miembros del partido y casi todos los
miembros de esta organización, camarada
- Si vuelve a decir eso, terminará en Siberia
- Disculpe, camarada
- Vamos a darle una nueva oportunidad, teniendo en cuenta su anterior y
excelente hoja de servicios. No se lo tomará como un castigo sino como un favor
que le hacemos. Le vamos a enviar como agente a Afganistán. Como tiene
conocimientos de lenguas árabes, aprenderá en los próximos meses el Pastún y
será enviado sin demora. ¿alguna pregunta?
- No, mi camarada general. Y gracias, mi camarada general
- Puede retirarse, camarada coronel
Mientras se preparaba para ir a Afganistán, siguió llevando
a cabo sus tareas rutinarias y pasó por su mesa un informe que le resultó de lo
más interesante. El nombre que aparecía en la solapa era el de Vadim. Fue la
primera vez que sonrió en mucho tiempo, pero de forma glacial.
El niño bonito también tenía trapos sucios, como todo el mundo. Por jugar con
las influencias de su padre para evitar el ejército no podía tocarle, pero por
enriquecerse y abusar de su poder, quizás sí podría, si no tenía a nadie
poderoso apoyándole.
Nunca se planteó perjudicarle de forma activa. Incluso cuando se enteró de que
Nadia se había vuelto a largar con él, no hizo ni dijo nada. Ese hombre le
ofrecía cierta seguridad y protección y comprendió que ella se fuera con
alguien así, a pesar de no tener una opinión del todo positiva de él. Supuso
que lo haría por pragmatismo, o por necesidad. No querría quedarse sola o
llevar una vida insustancial, cuando las influencias de ese cobarde, podían
mostrarle un mundo algo más alegre, que el destinado a cualquier trabajador
soviético. Podía entenderlo, aunque le decepcionara profundamente que una mujer
a la que valoró tanto, escogiera a alguien tan mediocre. No podía evitar pensar
que podría haber estado con él, como con cualquier otro que le dijera cosas
bonitas y le ofreciera una vida mejor. Le dolía pensar que su relación había
sido una mentira. Pero sabía, en el fondo de su corazón, cuánta culpa tenía de
lo ocurrido y cómo las personas se mueven por las necesidades, más que por los
principios.
Pero ahora el destino le daba la posibilidad de vengarse, sin ser del todo un
miserable, o peor aún, un débil que cede a sus bajas pasiones porque alguien le
hirió. Su conciencia ya había sido largo tiempo atrás enterrada en su servicio
para el KGB, pero aún había cosas a las que no quería rebajarse.
Como en cualquier otro caso rutinario, envió a sus agentes, recopiló
documentación y tras el permiso de sus superiores, arrestó al acusado. La
palabra “arresto” era su favorita de toda la terminología del KGB. Era la
guinda a su pastel, a un trabajo concienzudo y bien hecho. Ya había perdido la
cuenta de todas las personas que había ejecutado o enviado a Siberia.
Trajeron al susodicho individuo y lo metieron a una celda en espera del
interrogatorio. Como primera metodología de tortura leve, dejaban una bombilla
colgada del techo, de gran potencia, impidiendo a los interrogados un sueño
placentero. A pesar de que el caso no era tan grave, Nikita se tomó su tiempo
antes de ir a interrogarle, para tenerle nervioso.
Cuando entró, Vadim le reconoció al instante y se aterrorizó sin ser capaz de
decir nada. Nikita estaba imponente con su uniforme del KGB y las
condecoraciones. Sin embargo, Vadim, tras varios días en vela, daba un aspecto
lamentable y se encontraba en completa inferioridad. Incapaz de tener el más
mínimo orgullo y pensando únicamente en su destino, empezó a implorar sin que
aún supiera de qué se le acusaba.
- Por favor, yo no he hecho nada. Déjeme salir de aquí. Soy
inocente
- Todo el mundo es culpable de algo, sobre todo en la Unión Soviética
- Todo esto es por Nadia, ¿verdad?
- No, camarada. Aunque usted querrá pensar que sí
- ¿y qué he hecho entonces?
- Lo sabe muy bien. Ha robado al pueblo soviético.
- Yo no he robado al pueblo soviético
- No mienta, aquí tiene los informes. No me haga perder el tiempo o será peor
para usted
Vadim leyó uno a uno los informes. Eran tan cuidadosos y detallados que se iba
poniendo pálido a medida que veía su estupidez. Le habían estado siguiendo
durante semanas y no se había dado cuenta nunca. Había fotos, documentos
contables, absolutamente todo.
- ¿qué van a hacer conmigo?
- Depende de su colaboración
- ¿colaboración?
- Sí. Parece más estúpido aún de lo que yo pensaba. ¿no sabe a lo que me
refiero?
- No
- Tendrá que darme todos los nombres de las personas implicadas.
- ¿y eso me eximirá de la cárcel?
- No, pero quizás le evite morir en Siberia
- Pero yo no puedo ir a la cárcel
- ¿cómo que no?
- Tengo una esposa, usted bien lo sabe
- ¿y qué? Haberlo pensado antes de venderse
- ¡Pero Nadia va a tener un hijo!
En ese instante Nikita se quedó en silencio y dudó. Salió un
momento y llamó a uno de sus hombres. Al instante, el subordinado salió en
dirección a casa de Nadia y del hospital en el que presumiblemente se haría las
pruebas. Nikita volvió a la sala de interrogatorios con el mismo aspecto grave.
- Creo que usted miente, pero por si acaso he enviado a un
agente a su casa para comprobarlo
Vadim, se quedó de piedra, porque era cierto que mentía. Estaba demasiado
acostumbrado a mentir en todas las charlas de partido y en los informes de su
empresa. Era tan profundamente estúpido que no había pensado en las
consecuencias de mentir a un agente del KGB. De cualquier modo, mientras el agente
indagaba, Nikita fue sacándole uno a uno, los nombres de todos sus
colaboradores y amigos.
Estaba traicionando a muchísima gente que había confiado en él. Algunos de
ellos, ni siquiera sabían que estaban ayudándole en su corrupción. Simplemente
hacían lo que su jefe les decía. Nikita lo sabía, pero mientras el agente
volvía, no le achacaría también ese cargo.
Volvió el subordinado y confirmó que Nadia estaba embarazada. El más
sorprendido pareció Vadim al recibir la noticia. Nikita liberó a su preso,
advirtiéndole que si cometía una sola falta más no podría salvarle. Se enfrentó
a un consejo, por haber liberado a un culpable en contra de las reglas del KGB.
Alegó que había obtenido información valiosa del sospechoso y que sus faltas no
eran tan graves. Intentó convencerles de que sería más útil como informador,
aunque eso no era cierto. Posiblemente le salvó el hecho de estar destinado a
Afganistán, por ser de vital importancia su función allí. Todos son
sustituibles, especialmente en el KGB, pero no querían retrasar o poner en
peligro la misión.
El desierto y los soldados de Dios
Para Nikita, el trabajo en Afganistán no se diferenció mucho
de otros que había llevado a cabo en distintos países. Se mezcló con la
población, dejándose barba y gracias a algunos colaboradores, pudo conocer
muchos de los entresijos del país. Gracias a sus informes, algunos de los
cabecillas Afganos fueron eliminados. También murieron sus familias y ardieron
sus aldeas. Su ley les obligaría a vengarse por lo que se convertían
automáticamente en enemigos peligrosos. El gran don de Nikita, consistía en la
adaptabilidad. Pasó de ser un decadente y corrupto agente, a imponerse a sí
mismo la disciplina de los viejos tiempos. De alguna forma renació con el
trabajo que tenía, a pesar de las implicaciones de cada uno de sus actos.
Conspirar, manipular, estar siempre arriesgando la vida, le hacía sentirse más
vivo que cuando sólo satisfacía necesidades y vicios.
Cuando su posición empezó a verse comprometida, le destinaron con una unidad
del ejército, para asesorar a los oficiales en el campo de batalla. Acompañaba
a las fuerzas de asalto, cada vez que entraban en una ciudad o un aldea.
Dirigía los interrogatorios e influía en las decisiones de los mandos para
evitar emboscadas.
En una ocasión, entraron en una aldea afín al gobierno comunista. Sus
habitantes estaban hartos de los muyahidines y de los señores de la guerra, que
les extorsionaban de todas las formas posibles. Los niños se acercaban
correteando a los tanques y APCs soviéticos, mientras los soldados les
sonreían. Poco podían darles, porque nada tenían. Pero se respiraba un ambiente
agradable. Nikita observaba a esos niños detenidamente, viendo sus caras
alegres. De repente se sintió mal y se alejó de la columna dónde nadie le
viera. Se puso a llorar, pensando en que lo más probable es que esos niños
murieran pronto, ya fuera por el castigo de los muyahidines o por los propios
soviéticos. Se sorprendió a sí mismo con esa reacción, después de todas las
muertes que había causado y las vidas que había destruido por una “causa
justa”. Pero antes lo hacía desde un escritorio y ahora estaba mirando los
rostros de esas personas de cuya vida o muerte podía ser responsable. No se dio
cuenta de que había una muchacha a su lado de intensos y hermosos ojos, con un
fino anillo en su nariz. Le observaba con tranquilidad. Se sentó cerca de él,
sin dejar de mirarle, con respeto y complicidad.
Él, por ese gesto, por primera vez en mucho tiempo, fue un poco feliz.
El asalto a la
aldea
Desgraciadamente la calma duró poco, los muyahidines se
rearmaron y reaparecieron en todo el país, exigiendo la colaboración de la
población. Millones de Afganos huyeron, otros se quedaron en su tierra. Tocó
precisamente castigar la aldea que antaño fue aliada, por estar ayudando a los
guerrilleros en su lucha contra el imperio. Una de tantas en una extensa
operación de limpieza llevada a cabo por los tanques y la infantería. Asaltaron
la aldea sin el menor miramiento por la población civil. Todos eran cómplices a
ojos de los soldados. Los tanques abrieron fuego antes de entrar y destruyeron
cada una de las viviendas. Después, la infantería fue llevando a cabo una
limpieza sistemática, mientras las mujeres y los niños corrían, el ganado era
masacrado y los pozos envenenados.
Nikita entró con las tropas, en busca de muyahidines que pudieran darle alguna
información valiosa. Se separó de sus tropas, cuando la zona parecía asegurada.
Logró ver un rastro de sangre, que se alejaba de la aldea. Lo siguió a solas,
armado eso sí con su AK-74, del que no se separaba nunca. Llegó detrás de unas
rocas, lejos de la aldea. Allí se encontró a la muchacha, que presenció su
momento de debilidad, herida y de parto. Algún soldado le había clavado una
bayoneta y se había olvidado de ella. Por la fuerte impresión rompió aguas y
consiguió alejarse de sus verdugos. No aparentaba tener más de 16 años...
Nikita no sabía que hacer. No podía ayudarla en plena operación. Tampoco podía
matarla, aunque tuviera cierto sentido práctico hacerlo. Decidió irse corriendo
a uno de los camiones de aprovisionamiento y coger algo de comida y ropa. Se la
trajo a la muchacha que le miró sorprendida y asustada. Al instante, se oyeron
disparos en la aldea. Los muyahidines estaban atacando a las fuerzas soviéticas
desde todos los sitios posibles. Supuestamente debiera haber venido la fuerza
aérea para vigilar las montañas de alrededor, pero no habían aparecido y la
operación siguió su curso.
Cayeron cohetes desde todos los lados sobre los tanques. En un fuego cruzado,
los soldados morían sin misericordia alguna. Era una fuerza importante la de
los muyahidines y los soviéticos eran pocos, ya que se habían dispersado por
muchas aldeas. Nikita se limitó a observar cómo mataban a todos los camaradas,
sin saber si debía matar o no a la chica para que no alertara a sus enemigos.
Ella sabía en lo que estaba pensando él con sólo mirarle, pero no decía nada.
Se limitaba a intentar traer su hijo al mundo. Le hizo una señal para que se
fuera corriendo señalándole las montañas.
Nikita conocía bien la zona, pues la había estudiado en sus múltiples visitas.
Sabía que ese era el mejor sitio por el que huir y dónde sería menos probable
encontrar muyahidines al haber sólo desierto. Por lo que decidió confiar en
ella, que al fin y al cabo se sentía en deuda con él, a pesar de todo, por sus
ancestrales leyes, y salió corriendo.
Un grupo de muyahidines le vio y avanzó tras él. Nikita disparaba bien a gran
distancia, por lo que a cada minuto dejaba de correr, se daba la vuelta y con
su AK-74 lanzaba ráfagas a sus enemigos, matando a alguno. Gracias al lento
giro que tenían las balas al salir del cañón, el más leve impacto en el cuerpo
de un enemigo, provocaba heridas espantosas, que llevaban a una muerte certera
en la mayor parte de los casos. Por ello, Nikita sólo tenía que molestarse en
alcanzar a sus oponentes para saber que ya no le podrían seguir. Pero eran
muchos y corrían sin descanso. Nikita sabía que su muerte estaba cerca.
De repente, oyó el ruido de helicópteros. Nikita sacó su lanza bengalas de la
mochila y lo disparó, mientras seguía corriendo monte arriba.
Apareció una pareja de Mi-24 que comenzaron a disparar sobre los muyahidines
sin piedad. Estos lanzaban ráfagas de ametralladora sobre los helicópteros
blindados sin ningún éxito, mientras las balas impactaban en la cabina y el
casco. Hacían pasadas de forma constante y mortífera sobre los Afganos,
disparando sus cohetes y masacrándoles con sus poderosas ametralladoras.
Cuando terminaron de disparar, uno de los Hind se posó para recoger al coronel
del KGB, mientras el otro daba vueltas en círculo protegiéndole. Le preguntaron
si había más supervivientes y dijo que no. Quizás en la aldea había quedado
algún herido, pero lo dudaba, dado el carácter implacable de los Afganos. De
todos modos, aterrizaron en la aldea en busca de alguien. Las fuerzas
especiales “Spetsnaz” que iban en el helicóptero contabilizaron los muertos y
confirmaron que no faltaba nadie. Despegaron en dirección a la base, a muchos
kilómetros de allí.
El desierto
Atardecía en Afganistán mientras los helicópteros volvían a
casa. El paisaje de las montañas era fabuloso, con colores cobrizos que
reflejaban el sol. Nikita observaba esas vistas, pensando en lo poco que
estaban ayudando a ese país tan hermoso y el daño que hacían. No se podía
luchar en contra de todo un pueblo, no se podía vencer así. Pero en el fondo le
daba ya todo un poco igual. Al fin y al cabo su vida era eso. No tenía a nadie
a quien amar, ni ningún otro objetivo en la vida, que no fuera este tipo de
actividades, por un lado horrorosas, pero por otro estimulantes.
De repente, se dispararon las alarmas en la cabina... les estaban apuntando con
misiles Stinger. Los helicópteros giraron con brusquedad mientras lanzaban
contramedidas para esquivar los misiles. Al principio lo consiguieron, pero
seguían surgiendo los cohetes en el cielo. Uno de ellos impactó en la misma
cabina del helicóptero acompañante y estalló en mil pedazos. Otro golpeó en la
cola del Mi-24 haciéndole perder el rotor de cola, por lo que el helicóptero
empezó a girar sobre sí mismo, fuera de control. El piloto lo hizo descender
con toda la suavidad que pudo, pero el impacto fue fuerte y quedaron aturdidos
por breves momentos o muertos.
Nikita se puso a gritar órdenes para defenderse del inminente ataque muyahidin.
Sacó a los soldados a rastras, o a patadas si era necesario y les hizo alejarse
del helicóptero, sacando toda la munición y provisiones posibles antes de que
estallara. Se ocultaron tras unas rocas y ordenó que guardaran silencio, para
preparar una emboscada a los afganos que vendrían a comprobar si había
supervivientes. Dispuso a los soldados alrededor del pájaro caído.
Los muyahidines aparecieron con cautela, pero de forma desordenada, ávidos por
saquear el helicóptero. Para engañarles, Nikita había sacado los cadáveres de
los que no lo consiguieron y los dispuso de tal forma que fueran vistos y
pareciera que todos habían muerto. Aún así los afganos, intentaron no confiarse
y se acercaban con lentitud, pensando que no le había dado tiempo a los
soviéticos a salir del aparato. Cuando estuvieron suficientemente cerca y a
tiro, el coronel dio la orden y los Spetsnaz abrieron fuego con precisión.
Inspeccionaron los cadáveres y sacaron toda la comida y agua que pudieron.
También buscaron en el helicóptero y partieron en dirección a su base que
estaba a días de camino. No disponían de radio para avisar a nadie. Les tocaba
enfrentarse al desierto y los afganos en soledad.
La caravana
Caminaban a paso ligero, dirigidos por el coronel. Uno de
los tripulantes del aparato, se quejó del ritmo exigido. No estaba preparado
como los spetsnaz.
-¡no puedo más! ¡¿por qué tenemos que ir tan rápido?! ¡a
este ritmo moriremos antes de llegar a ningún sitio!
El coronel, molesto, le respondió con condescendencia
- Porque sino, los afganos nos alcanzarán
- ¿pero acaso no los matamos a todos?
- Mira el horizonte, en las crestas de esas montañas
- No veo nada
- ¿no ves el polvo levantándose?
- Si
- Pues eso, son los afganos que van en nuestra caza. Y no creo que caigan en
ninguna otra trampa
El tripulante, se calló y siguió avanzando con fuerzas renovadas. Llegaron a
una zona escarpada y prepararon la defensa para poder dormir. Se turnaron para
que todos descansaran un poco. No se encendió ningún fuego y la noche pasó con
calma. Posiblemente los afganos también se pararan al ser incapaces de seguir
el rastro de noche. Aún tenían mucho desierto para alcanzarles.
Primero hizo la guardia el Spetsnaz Boris, proviniente de Georgia. Como tantos
otros, dejó una esposa en casa, con la que se había casado recientemente. La
echaba mucho de menos y pensaba en que volver con ella, sería su única
expiación por todas las cosas horribles que había hecho. Como saltar del
infierno al cielo.
Una mujer muy hermosa, de fuerte carácter, con la que disfrutaba discutiendo
por las cosas más triviales. Ahora, en la calma de la noche, podía pensar en
ella, en la vida que dejó atrás en pos de llevar el socialismo a otras
naciones. En las frías noches de Afganistán, mientras el enemigo iba en su
caza, él encontraba una breve paz en esa oscuridad, en esa calma absoluta del
desierto y reflexionaba sobre sus crímenes en nombre de la Unión Soviética y si
podría volver a ser un sencillo obrero o campesino tras sentir tanto poder y
horror.
La segunda guardia la hizo Bogdán, el piloto, el único de
los allí presentes que no tenía nada malo en su conciencia. Siempre había sido
escrupuloso a la hora de luchar. Jamás disparó desde su helicóptero a nadie que
no fuera con total seguridad un guerrillero. Al volver a casa le esperaba su
prometida, deseosa de casarse con él y unos suegros que también le adoraban. No
había frustración o rabia en su vida y trataba de actuar según su conciencia y
con ello, ser feliz incluso entre tanto horror.
Por la mañana ascendieron a lo más alto de las montañas que querían atravesar y
vieron una caravana. Debían ser refugiados. El agua se les había acabado por lo
que el coronel decidió asaltarles. Bajaron corriendo por la ladera de la
montaña, controlando siempre su retaguardia y evitando que ninguno de los
afganos de la caravana pudiera escapar. Les pusieron en fila, de rodillas y los
refugiados comenzaron a encomendarse a su Dios, colocando las palmas de sus
manos hacia arriba e inclinando las cabezas.
Mientras, los soldados inspeccionaban los animales y las alforjas en busca de
alimento y agua. De repente, el coronel dio una terrible orden.
- Matadlos a todos
Los spetsnaz ya se lo esperaban, pero Bogdán se horrorizó
-¿por qué tenemos que matar a estos civiles? ¡no nos han
hecho nada!
El coronel Nikita, a pesar de todo, no perdía el temple al
tener que dar explicaciones
- Porque le pueden decir a nuestros perseguidores cuántos
somos, qué armas portamos, cuánta agua nos queda y lo más importante, la
dirección que hemos tomado.
- De cualquier modo, esto no está bien
- Obedecerás las órdenes que se te den
- ¡no quiero participar en una matanza! ¡vinimos a este país para ayudarles!
El coronel le dio un fuerte puñetazo al soldado rebelde y disparó por sí mismo
a todos los refugiados, al mismo tiempo que los demás soldados
-¡eres un monstruo! ¡todos lo sois! - gimió
- Para vencer al desierto, hay que llevarlo en el corazón. Si me vuelves a
desobedecer, te ejecutaré sin dudarlo – dijo Nikita con frialdad y sin mirarle
a los ojos
Bogdán se quedó en silencio y la columna de soldados retomó
el avance lo más rápido que podía en dirección a la base. Los siguientes días
sufrieron diversas escaramuzas, pero siempre consiguieron repeler a sus
enemigos, gracias al excelente mando del coronel del KGB. Pronto les localizó
una patrulla de helicópteros y fueron rescatados sin más incidentes. Al llegar,
todos miraron al coronel con una muestra de respeto y agradecimiento. Incluso
Bogdán se disculpó ante él y le dio las gracias de que no informara de su
insubordinación.
4 º parte
La vuelta a la madre patria
Al poco de volver de la guerra, la URSS comenzó a
desintegrarse. El, en un principio, demócrata Boris Yeltsin, que apoyó a
Gorbachev en contra del golpe de estado, demostró ser un colaboracionista de
los americanos y vendió el país, disgregándolo y saltándose el mando del jefe
del estado Gorbachev sin ningún miramiento. Su familia, hizo una gran fortuna
en el gobierno, mientras el estado social moría y millones de personas caían de
golpe en la miseria.
El propio Nikita se quedó en paro y no volvió a saber nada de sus camaradas de
la guerra. Sabía dónde había terminado cada uno de ellos, por tener un completo
dossier de sus vidas, pero ni él ni nadie, se molestó en mantener un contacto.
Con el tiempo, estableció relaciones con la mafia local y empezó a trabajar
para ellos en negocios de drogas y prostitución. También en la exportación
ilegal de armas así como otros negocios. Desempeñaba bien su trabajo de sicario
y gestor, como buen agente que fue, pero sabía que necesitaba rodearse de gente
en la que pudiera confiar en la medida de lo posible, o terminaría muerto.
Contactó con sus antiguos camaradas que le respondieron con entusiasmo,
sabiendo el trabajo que les esperaría. Cada uno de ellos se había encontrado
una realidad igual de triste a la suya o incluso peor...
Boris volvió a su vida anterior, con su esposa. Le recibió entusiasmada en la
estación. Los demás reclutas le silbaban por su hermosura. Larga melena rubia,
grandes ojos azules y unas piernas larguísimas le hacían destacar entre toda
esa multitud de familiares anhelantes. Todo parecía que iba a ser estupendo.
Pero Boris había cambiado tras todos sus crímenes. Se despertaba cada noche
pegando gritos y asustando a su mujer. Buscó trabajo pero no lo encontraba.
Solamente tenían dinero antiguos miembros del partido, que habían hecho
negocios redondos expoliando las empresas estatales vendidas y cerradas. Por
todas partes había gente sin trabajo que caía en la bebida. Boris hizo lo
mismo. Su mujer estaba desesperada al verle siempre borracho, triste, paranoico
y violento.
Cuando Boris no soportaba más las quejas de su mujer, la golpeaba como si de un
enemigo se tratara. Ella, que se valoraba lo suficiente como para no aguantar
nada así, le dejó al poco tiempo, sin dudarlo excesivamente y a pesar de todo
el amor que sentía por él. Él le quiso echar la culpa de todo a la guerra, a un
país que los despreció y a una mujer que no comprendía su dolor y su horror.
Cuando Nikita contactó con él, se quejó de lo mala que había sido su mujer con
él y que no quería volver a saber nade de ella mientras viviera, por lo que se
puso a su completa disposición
El tripulante quejica del helicóptero, también esperaba casarse al volver. Su
novia le esperó fielmente todo ese tiempo, pero cuando, de repente se encontró
con una vida junto a su hombre, obligaciones familiares y laborales, la dura
convivencia y tolerancia, no pudo soportarlo y se largó con otro, de costumbres
más frívolas. El tripulante no pudo soportarlo y mató al amante. Por lo que
tuvo que huir y la oferta anteriormente rechazada de Nikita, se convirtió en su
única salvación y le volvió en el más fiel de los subordinados.
El caso más sorprendente fue el de Bogdán, el único que no se rebajó durante la
guerra y que volvía a su vida ideal, con su estupenda mujer y una familia que
le quería. Además, pudo encontrar trabajo, por lo que nada le faltaba. Sin
embargo, tanta felicidad, le afectó de algún modo.
Quizás necesitaba la sensación de que su vida pendía de un hilo, oír como las
balas impactaban en su helicóptero o las alarmas se disparaban cada vez que les
apuntaban con un Stinger. Puede que fuera la conciencia de que hacía lo
correcto en un mundo desgarrador y sin principios. Ahora, en su vida monótona,
dónde la vida era siempre igual de insípida y nada le gustaba o disgustaba,
todo carecía de sentido. Sus principios de nada le valían. Sus actos de buena
fe no se podían poner a prueba. Por lo que llegó a una decisión racional y se
pegó un tiro.
Nikita fue creando su pequeño ejército de hombres desesperados y amorales.
Incapaces de adaptarse a la nueva realidad y anhelantes del poder que tuvieron
antaño, justificaban sus crímenes en las supuestas traiciones de sus mujeres y
de sus compatriotas. Con la misma despiadada disciplina y meticulosidad crearon
un pequeño imperio a costa de los vicios de los poderosos y del dolor de los
débiles.
Un día Nikita le hizo un encargo especial a Boris. Tenía que
traer mujeres más exóticas a petición de los clientes. Le dio total libertad de
elección mientras fueran hermosas y tuvieran un particular encanto. Boris tenía
muy claro lo que quería: Mujeres a las que la vida se lo había dado todo y cuyo
único objetivo en su vida, consistía en gustar a los hombres y sentir su poder
sobre ellos. Quería castigar la vanidad de las mujeres, aunque sólo su
mediocridad le hubiera hecho perder a la suya.
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