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Sitio Web del AutorAutor LuisBermer
Era un día precioso. El cielo sobre nuestras cabezas
era un mar en calma; el campo resplandecía de un verde luminoso. Paseábamos por
un sendero de tierra, ella me rodeaba la cintura con su brazo. Susurró:
–Te quiero.
Yo la achuché un poco más contra mí.
Después la miré a los ojos, que rebosaban ternura.
–Dicen los expertos que ni siquiera
podemos conocernos a nosotros mismos ¿Cómo estás tan segura de que en verdad me
quieres?
–¿Estás tonto, no? –y sus dientes
rieron.
–Venga, en serio… ¿Por qué me
quieres?
Se paró y me puso una mano en la
mejilla, para acorralarme con su mirada azul.
–Porque lo que sé y veo en ti me
sobra y me basta para quererte con toda mi alma. Presupongo que lo que jamás
llegaré a conocer de ti será, al menos, la mitad de bueno que todo lo demás.
Y lo certificó
besándome en los labios.
La tomé de la mano y seguimos por el
camino hacia mi casa.
Mucho
presuponer, ¿no creen?
Todas las anteriores respondieron de
una forma similar a mi pregunta, pero esta última fue, tal vez, la más
entrañable. Resulta evidente que todas se equivocaron.
En la frescura del sótano guardo sus
ojos, cada par en una cajita de madera con sus respectivos nombres tallados
sobre la tapa. A veces me pregunto qué verán ahora desde el otro lado.
Cuántas presunciones erróneas,
cuántas ideas para transformar la realidad a nuestra conveniencia, para no
verla tal y como es.
Por algo dicen que el amor es ciego.
Plas! Plas! Plas!
Me has tomado por sorpresa en este relato... supongo que no hay más ciego que el que no quiere ver... o tal vez si.
Un saludo, amigo.
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