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Sueños
Madrid 1939. Sierra de Guadarrama. Dos hombres juegan al
ajedrez en una trinchera, sin separarse de sus fusiles, mientras otros duermen
o buscan comida. Ya no se entonan canciones ni se emiten discursos. Hay un
silencio gélido entre los milicianos y soldados que allí habitan. Sus rostros
están pálidos, sus estómagos hambrientos y solo se percibe amargura en sus
miradas.
Los dos jugadores observan el tablero con mucha concentración aunque cada uno
piensa en cosas completamente distintas. Uno de ellos es bastante apuesto, se
le ve muy inquieto y por fin pregunta:
-¿qué sentido tiene ya estar aquí? No llegan alimentos, ni
municiones. En Barcelona y Valencia se queda todo para las luchas intestinas de
todos esos locos de mierda, que pretenden llevar a cabo SU revolución mientras
nosotros morimos inútilmente sin que a ellos parezca importarles. Llevamos tres
años soportando el asedio de los nacionales, el hambre y los bombardeos. Y a
pesar de que todos somos camaradas o hermanos, la ayuda no llega, sólo palabras
hipócritas y promesas vacías.
Su amigo, emite una leve sonrisa, se limpia ligeramente las gafas, como un tic
nervioso que hace siempre que está pensando en una respuesta adecuada.
- Lo que hagan los demás, no debería importarte. Si tus
creencias son fuertes, el que los demás no las apliquen, no es asunto tuyo. Yo
estoy feliz de luchar por aquello en lo que creo, aunque los demás hayan
viciado y usado esa idea para su beneficio. Entiendo que te frustre, pero ¿cuál
es la alternativa? ¿rendirse? ¿largarse a otro país? Esta es mi tierra, mi
gente y no podría ser feliz sin ellos, ni mirarme al espejo habiéndoles
fallado, aunque muchos de ellos me hayan podido fallar a mí.
- Pues a mí si me importa y mucho ver cómo todo cae en saco roto. ¡En realidad
no lo soporto! Y luego ver, como ella se fija en ese oficialucho cobarde que
nos lleva a la muerte con su incompetencia y estupidez, pero que tan bien luce
el uniforme y predica ideas proletarias y valientes.
- Quizás debieras fijarte en otra, que sepa valorar cosas distintas a esta.
- No puedo, estoy enamorado de ella.
- ¿por qué esa obsesión? Sólo la has visto un par de veces, hacer cuatro
discursos apasionados. ¿no ves que su fuerza se va por la boca?
- Yo no pienso igual que tú. Además es muy hermosa.
- Toda una razón para enamorarse y odiar a un oficial atolondrado
Suenan los silbatos. Los nacionales cargan otra vez. De
todas partes se oyen gritos de carga, fuego de artillería y ametralladoras.
Aunque de ideas y constitución física distintas, los dos amigos hacen un equipo
perfecto en combate, intuyendo el siguiente movimiento que hará cada uno,
disparando y cubriéndose en perfecto sincronismo, atacando cuando en teoría
están defendiendo, creando el desconcierto entre el enemigo. Corren en
dirección de los nacionales, parapetándose entre los árboles y causando graves
bajas. No gusta a sus mandos, pero sus compañeros les tienen en alta
consideración, conscientes de cuántas veces les han salvado la vida.
Cada vez hay menos soldados para la república y cada vez más nacionales, bien
vestidos, armados y alimentados. ¿cómo se puede explicar que ellos hayan
recibido toda la ayuda y los países democráticos le hayan dado la espalda a la
república? Ante tal injusticia, los hombres están desmoralizados, pero siguen
luchando a pesar de todo, humillando al general Franco, que ha demostrado tras
un sitio de tres años, su incompetencia militar.
A pesar de sentirse abandonados, no pueden evitar pensar en el vergonzoso
comportamiento de los mandos y milicianos que combaten en las calles, y matan a
inocentes a capricho buscando la pureza de pensamiento único. Todo hace pensar,
que la república merece perder, que España no es capaz de entender aún lo que
significa libertad y democracia. Pero aún así combaten, derramando la sangre de
los que pueden ser sus vecinos, sus amigos, sus familiares o sencillamente sus
compatriotas. Y sólo unos pocos parecen sentir vergüenza de sí mismos por lo
que están haciendo.
Hay sangre por todas partes, gritos de los hombres heridos. Cada día se repite
el mismo cuadro de muerte y dolor, de disparos y miedo, del recuerdo de tantas
ideas hermosas hundiéndose en el barro y la sangre, mientras en otros sitios,
la gente baila, come, bebe y jode. Ambos amigos, caen extenuados a gran
distancia de su trinchera, rodeados de los hombres que acaban de matar.
Sintiendo cerca el calor de esos cuerpos, el vapor que emanan en esa fría
mañana.
En medio del combate, cuando los nacionales parecen retirarse, el oficial
odiado, asoma la cabeza ligeramente fingiendo poner interés en el combate en el
que no ha participado. El amigo que tanto le odia, coge un arma de los
nacionales, le apunta y le dispara sin dudarlo, pensando que nadie le ve a
tanta distancia.
- !¿pero qué has hecho?¡
- Justicia
- ¡No seas hipócrita! Le has matado para poder quedártela
- Quizás, pero él simbolizaba todo lo que hay de podrido en nuestra lucha.
¡Llevo tres años luchando aquí, dejándome la vida, el alma para ver como un
gilipollas se queda a la mujer que amo sin haber hecho nada en su vida! ¡No quiero
aceptarlo!
- Pues así es la vida. El gilipollas siempre se lleva a la chica, pero hay
otras chicas. No tan guapas, no tan encantadoras, pero quizás no tan difíciles
o caprichosas, con las que se puede ser feliz.
- ¡¿y tu qué coño sabes del amor? ¡Te has pasado la mitad de la vida haciéndote
pajas mentales con las mujeres que veías pasar delante de ti, sin los cojones
que hacen falta para entrar a alguna de las que se pavoneaban ante tus ojos.
- Sí que las entraba, pero de otra forma – repuso él con una mirada triste
- ¿y qué conseguías? Que jugaran contigo, que te tomaran como amigo, que sólo
vieran en ti un personaje interesante y gracioso. Porque la seducción es muy
fácil. Únicamente hay que tener muy claro lo que se quiere, mostrar un poco de
hombría y seguridad y rápidamente ellas lo notan.
- Quizás yo no disfruto fingiendo algo que no soy. Diciendo únicamente lo que
quieren oír.
- Es la excusa con que la que justificas tu cobardía. Y ninguna mujer soporta a
un cobarde.
- Es posible – dijo él con resignación y no volvió a decir palabra. Se dirigió
a solas hacia las trincheras sin mirar a su amigo, con el corazón en un puño.
Cuando volvió el otro, rápidamente le detuvieron. Todos
sabían del odio que sentía por el oficial y también de la rivalidad que existía
por esa mujer. Dieron por sentado que había sido él puesto que los nacionales
ya se habían retirado. Le metieron en una celda en espera del juicio sumarísimo
que le llevaría a un pelotón de fusilamiento. Al poco tiempo dos hombres le
llevaron esposado ante el tribunal del pueblo. Diversos compañeros declararon
contra él. En vez de estarle agradecidos por su valor y entrega al combate,
estaba claro que le envidiaban y odiaban en secreto, mientras fingían
admirarle. Eso es lo que más le dolió y no pudo evitar que le cayeran las
lágrimas en silencio, mientras sus camaradas de armas le señalaban con el dedo
y todo reducto de honor se hundía en el estiércol. Para finalizar llamaron a su
amigo, a quien había humillado hace tan poco tiempo. Todo apuntaba a que él
también le señalaría, guardándole rencor por su comportamiento anterior.
Avanzó con decisión al tosco e improvisado estrado, con una enorme bolsa. Uno
de los “jueces” le preguntó lo que contenía la bolsa. Él respondió:
- Un arma
- ¿y por qué la trae ante este tribunal?
- Porque es el arma con la que maté al oficial
Todos se quedaron sin habla. Y el acusado se quedó pálido y
horrorizado. Sacó el arma de la bolsa y se la entregó a los oficiales allí
presentes para que comprobaran que el tipo de bala coincidía con la que mató al
oficial. Casualmente el arma usada no era la más típica entre los nacionales.
Era un arma muy rara y tras esa confesión, les quedó bastante claro que fue él.
El acusado no dijo nada, no pudiendo entender el comportamiento de su amigo.
Quiso gritar que no era cierto, pero no se atrevió. Por alguna razón su amigo
se sacrificaba por él y no haría nada hasta saber por qué. O quizás no tenía
agallas para ir al patíbulo por su crimen. Llevaron a su amigo a una celda, que
sonrió al que, hasta hacía un momento, le quedaban unas pocas horas de vida.
En cuánto le dejaron, le fue a ver.
- ¿por qué lo has hecho?
- Porque tenías razón
-¿desde cuándo yo tengo razón en algo? - dijo él con lágrimas en los ojos, ante
respuesta tan imposible tras mucho conocer a su amigo
- Pues mira, por una vez la has tenido – repuso él con una sonrisa algo triste
- ¿en las tonterías que te dije? No eran verdad. Sólo estaba nervioso por lo
que acababa de hacer
- Sí que la tenías. Hablaste de corazón. Toda mi vida, he creído luchar por
unos principios, sin importarme si eso me beneficiaba o no, mientras creyera
hacer lo correcto. Y no he obtenido nada. Sólo tu amistad y el desprecio de los
demás. Así que he preferido que vivas tú, que aún puedes disfrutar de la vida
con esa chica que tanto quieres y que posiblemente te pueda salvar gracias a su
familia, de lo que puedan intentar hacerte los nacionales.
- Pero yo no quiero que mueras
- O tú o yo y mi vida valía bien poco. No aportaba nada a nadie. Sólo era como
un estorbo en este mundo.
- Eso no es cierto. Eres mi mejor amigo. Tu forma de pensar siempre fue mucho
más sabia, más esperanzadora y valiente que la mía.
- No hay sabiduría dónde no hay felicidad. Únicamente soledad y anhelo
- No puedo permitir que mueras. Hablaré con ellos y les diré que he sido yo
- No tienes pruebas y yo sí. Ya que cogí el arma que usaste y se la dí delante
de todos como pudiste ver. Ahora disfruta de la vida, cómo has sabido hacer
mucho mejor que yo, aunque tus ideas pudieran parecer menos claras que las
mías.
- ¡No. Esto no está bien!
Su amigo se dio la vuelta y gritó:
-¡Guardias! ¡La visita ha terminado!
Los guardias se llevaron por la fuerza a su amigo mientras
este gritaba
La guerra finalizó, cayendo Madrid cuando ya estaba tomado el
resto de España. Comenzaron los juicios, los fusilamientos y el éxodo. Toda
persona con opinión propia, preparación, cultura, fue perseguida, fusilada,
exiliada o marginada. En cambio para él, todo fue distinto. La chica de ideas
revolucionarias, rápidamente acudió al regazo de su poderosa familia que a su
vez le salvó a él de la cárcel o la muerte, mediante el soborno. Muchos de los
que no tuvieron esas cantidades de dinero, fueron pasados por las armas. Pronto
él se puso a trabajar en alguno de los negocios de su suegro y gracias a la
posguerra su riqueza se hizo espantosa, pero no por ello era feliz.
Un día, tras una gran fiesta celebrada en un importante hotel de Madrid, ella
se lo encontró en un rincón, bebiendo en silencio.
- ¿qué te ocurre querido?
- Nada.
- Entonces, ¿por qué no estás hablando con los demás? Es una falta de educación
- ¿no entiendes por qué?
- No, claro que no. ¿para qué te lo preguntaría sino?
- Hace unos años, hubiera matado a esa gente por ser quienes mataban de hambre
a los pobres y ahora les estoy estrechando la mano, tomando Champagne y caviar,
mientras el resto del país vive con cartillas de racionamiento
- Pero tú no tienes la culpa de eso. Has prosperado más que otros. Eso es todo.
Sabes que todo eso de la igualdad que defendíamos era una mentira imposible de
llevar a cabo
- ¿tú crees? ¿y de verdad piensas que tenemos más porque lo merecemos? ¿porque
somos más inteligentes o hemos trabajado más?
- En buena parte sí
- Yo en cambio creo, que las personas inteligentes y buenas, reposan en alguna
fosa común, porque regalaron sus vidas por aquello en lo que creían, mientras
yo he traicionado todo eso por cobardía y miseria moral
- Piensas en tu amigo
- Si, en él y en muchos más. Pero sobre todo en él. Porque yo le maté
- ¿por qué dices eso?
- Da igual. Volvamos a la fiesta
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