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Sniper
Sniper
A
Nunca pensé que esta forma de vida pudiera
existir, que todos mis pensamientos estuvieran orientados hacia una sola idea.
En realidad suele ocurrir casi siempre. Aprendemos un determinado patrón de
nuestra familia y nuestra sociedad. Difícilmente cambiará nuestro pensamiento y
nuestra condición social a menos que nos esforcemos mucho. Nos educan con un
determinado rol y casi nunca lo violamos. Procuramos ser lo que esperan de
nosotros y consideramos que es un deber moral. Si diferimos, siempre vivimos
con un conflicto, con un sentimiento de culpa. Rara vez he valorado el mérito
de conseguir algo de aquellos que se encuentran rodeados de personas que lo
consiguen. Todo esfuerzo merece ser respetado pero muchas veces lo relaciono
con la falta de personalidad y la obediencia. Tiene mérito quien lucha por algo
distinto a lo que le han educado, a lo que le rodea. Pero hay pocos así y la
mitad de las veces lo hacen por la búsqueda de la excentricidad o del martirio.
Aunque por supuesto hay excepciones. Mi caso es la no excepción. Yo sería un
chico que se deja llevar por las circunstancias y que toma, en cierto sentido,
la lógica fácil para cada situación. Antes de que empezara lo que ahora
contaré, era de lo más normal. Estaba estudiando mi carrera y me disponía a
trabajar. No era ni bueno ni malo, uno más. Tenía mis aficiones, yo diría que
muchas(mi familia que demasiadas) que me hacían soñar y huir de un mundo un
tanto aburrido. No tenía realmente claro lo que quería hacer y por lo tanto, no
ponía demasiado empeño(lo cierto es que nunca puse empeño en nada). Ni siquiera
me esforzaba en seducir a las chicas. Muchas veces, no me importaba ofenderlas
soltando lo primero que se me pasara por la cabeza. Me costaba demasiado
esfuerzo adoptar el rol de chico encantador, que las hace reir. Cuando era más
joven, las veía como criaturas misteriosas que me llenaban de inquietud. Fue
una mera cuestión de ignorancia. Incluso si nunca sabré lo que piensan o lo que
sienten en cada momento, si que fui viendo claro lo que necesitan. Y eso me
llenaba de tristeza y desilusión. Aunque ciertamente, tanto yo, como muchos
otros tampoco escogíamos a la más apropiada, pues nos sentíamos atraídos por
una cara bonita y una excelente figura. Claro que confundíamos menos el amor,
con el deseo, aunque también me ocurrió alguna vez y fueron meses muy largos.
Ahora, que había comenzado todo el lío de la guerra, todos esos pensamientos
servían como entretenimiento, casi como una fantasía lejana de algo imposible.
Pensaba en todos esos problemas cotidianos mientras esperaba, normalmente
durante muchas horas en el mismo sitio. Ahora todo eso resultaba trivial,
aunque curiosamente luchaba por ese pasado que quería que fuera futuro. Pero en
mi caso, como el de muchos, esto se había convertido en una forma de vida.
Realmente no concebíamos algo distinto. Nos habíamos criado entre bombas,
refugiado en alcantarillas. Habíamos visto a nuestras familias fusiladas o
deportadas a un sitio desconocido. Presenciamos las torturas, los asesinatos y los
gritos de horror cada noche que se llevaban a alguna familia. Parecía que el
mundo ya fuera así siempre, por lo que no llorábamos. Casi nos alimentaba más
la sed de sangre. Siempre había pequeñas aberraciones. Un joven, que corriendo
entre las bombas, divisó unos gatitos. Los cogió y acarició, indiferente a las
personas que gritaban heridas, indiferente a los soldados que se le acercaban.
La sangre de su cabeza regó a los felinos. Ahora yo sonreía con cinismo,
mientras esperaba a mi siguiente amigo. Una persona cuya vida me sabía de
memoria y a la que tenía que matar en breve. Semanas estudiando sus hábitos y
averiguando todo lo posible sobre su vida y sus presumibles reacciones. Todo
ello, para finalizarlo con un tiro. La segunda parte consistía en poder
escapar. Cuanto mayor era la presa, menores mis posibilidades. Cada vez me
mandaban a misiones más difíciles. Hacía tiempo que el mando me veía como una
causa perdida a quien ya no importaba perder la vida. Vieron que disfrutaba con
lo que hacía y que ponía todo mi empeño. Casi parecía que quisieran mi muerte,
por si un día cambiaba repentinamente de blanco. Aunque supongo, que la
paranoia es mi oficio, fomentarla es imprescindible y eso conlleva el pensar en
cosas realmente variopintas. Por muy enfermizo que parezca, es cierto que
disfrutaba con ello. Antes aún de la guerra, yo estaba por completo
desencantado de la vida y las personas. Mi (quizás) egocentrismo me impedía ver
que la mediocridad y la mentira que me rodeaban, solo podían vencerme si yo dejaba
de buscar esa chispa de vida que hay hasta en las cosas más triviales. Pero
elegí la opción fácil, la de la desidia y el desprecio. Eso en parte me hizo
meterme en algo como esto más que por el patriotismo o la defensa de la vida de
mi familia(claro, que yo ya no tenía). De alguna forma sabía que iba a morir.
Solo esperaba el momento más sublime para hacerlo.
Resulta realmente entretenido pensar en estas cosas, mientras se observa
detenidamente una ventana durante largas horas, desde un balcón. Lo único que
cuesta es no dormirse, pero supongo que ser paranoico ayuda a no hacerlo. El
mínimo ruido o golpe de viento me hace saltar la adrenalina.
Sigo pensando en las mujeres que han pasado por mi vida. Las esperanzas que
puse en algunas, al igual que en los amigos. La soledad que buscaba
constantemente y sin embargo la añoranza del amor, de abrazar a una persona por
las noches o tomar una cerveza con los amigos. No podía vivir sin esas cosas,
sin embargo, parecía que estuviera en permanente enfrentamiento con ellas. Sin
embargo, sentía fascinación por la vida, por las personas y sus conflictos. Me
encantaba conocer a fondo a todos los que me rodeaban, descubrir sus
inquietudes y emociones. De mi amigo también lo sabía todo. Dónde vivía, quien
era su mujer, sus tres hijas. Dónde estudiaban estas. Conocía incluso las
aficiones familiares prácticamente toda su rutina. Casi me deleitaba observando
la vida tan dichosa que llevaban. Podía observar por las noches, como tocaba
una de las hijas el piano, mientras los padres bailaban. Sus cenas familiares a
la luz de las velas. Y todo lo que puede hacer una familia presuntamente feliz.
En cierto sentido les envidiaba. Tenía una doble razón para matarle. También
pensaba mientras miraba su vida, que todo podía ser una inmensa mentira(como
tantas otras cosas que deseamos creer para que nuestra vida parezca menos
mediocre). Me puse a imaginar cómo se enamoraron. Él, un apuesto oficial, ella,
una chica guapa y de buena familia. Él le ofrecía un uniforme que le hacía
apuesto y que daba renombre a la familia, además de una posición social cómoda.
En buena parte, para ella lo importante sería la imagen proyectada que cumplía
los tópicos sociales y le haría enorgullecerse ante sus familiares y amigas.
Ella también cumplía las normas. Una chica preciosa para satisfacer la lujuria,
pero con la apariencia de honradez y buena ama de casa. Lo demás ya no
importaría. En un principio ella no se sentiría frustrada por la
incapacidad(por falta de voluntad o cariño) del marido por satisfacerla. Ni a
él le molestaría estar casado con una estúpida a la que nada podía contar de
sus problemas para que no se pusiera histérica, quien además le forzaría a
hacer constantes esfuerzos para darle todas las comodidades posibles, exigidas
por la posición social. Todo eso, no sería importante al principio. Pero cuando
el opio de la lujuria acabara y el ego de la imagen se esfumara, solo quedaría
la mediocridad de convivir para siempre con un desconocido. Intentando que todo
eso pasara desapercibido antes sus hijas y su entorno de supuestos amigos.
Donde jamás se diría la verdad para creer en la más absoluta normalidad. Me
empecé a reir por dentro mientras pensaba en todo eso, aunque no sin la duda,
de si siempre ha de ser así. Por breves momentos, me frustraba no vivir esa
mentira, al igual que me frustraba en algunas ocasiones, no haber seducido a la
más guapa por no haberle dicho lo que quería oir. Al efectuar ese decisivo
disparo, era como si intentara destruir esa duda, como si negara esa realidad.
Mil veces lo ví y muchas otras lo hice. Cosas como negar a Dios, para no tener
el temor de que observa nuestros crímenes. O de forma mucho más triste, negar
la validez de una persona por la sencilla razón de que nos ignoró. Pensar con
soberbia que si alguien no nos quiere es porque no nos valora. Negar en tantas
ocasiones, ese punto de reflexión de si somos válidos para los demás y no solo
ante nuestro ego.
Lo cierto es que ese punto de autocrítica no era necesario para mi trabajo,
todo lo contrario. Necesitaba visualizar a mi amigo, de la peor forma posible.
Pensar en la repugnante vida que llevaba, aparte de recordar sus crímenes y a
quien servía. No podía pensar que estaba matando a una persona, solo una sombra
de ella. Ni que iba a destruir una familia, sino que la iba a liberar de una
mentira. Aunque lo cierto es que poco importaba lo que fuera a destruir, porque
al fin y al cabo se lo merecían. Todos, incluso las hijas, por formar parte de
una estirpe tan canalla.
A veces pensaba si no era yo igual, porque aunque me justificaba con la idea de
justicia o supervivencia, lo cierto es que disfrutaba haciéndolo y mi vida
cobraba mucha más importancia de la que hubiera tenido antes, aunque fuera a
costa de un gran precio. Por primera vez en mi vida, creía hacer algo importante,
aunque fuera algo horrible. Constantemente se repetía en mi cabeza que ningún
ideal, ninguna verdad es tal, si se tiene que defender por la fuerza. Pero
bueno, ellos empezaron y contra el instinto de supervivencia no hay filosofía
que lo contradiga.
Sin embargo, seguía viendo a personas, con sus ilusiones y miedos, con sus
defectos y mentiras, pero con las mismas ganas de vivir.
Ellos tomaron una decisión y yo ahora tomaba la mía. Acaricié el fusil, sentí
el aceite, el olor a metal y madera. Observaba a través de mi mira telescópica
la ventana de ese hombre. La vida se reducía a un cristal circular, donde se
decidía en breves segundos el destino de un hombre. La sensación de poder,
concentrada en esa máquina al mismo tiempo tan tosca, pero tan perfecta en su
cometido. Acariciaba el cañón y la culata con devoción, buscando la máxima
comodidad y sujeción. Observaba, únicamente visualizando el blanco como un
objeto más del entorno, pero sin olvidar a los guardias de la puerta o
cualquier movimiento en las demás ventanas. Llegaba el momento más crítico,
donde todo el entrenamiento y la preparación psicológica, se concentraban en un
breve instante que llevaría de la calma a la histeria y la locura. En breves
instantes pasaría de cazador a presa y debía tenerlo muy en cuenta. Por fin
pude ver su rostro en la ventana, esperé a que estuviera tan bien posicionado,
que pudiera repetir el disparo si fallaba el primero.
Disparé, cargando con rapidez y volviendo a apuntar, pero ya no quedaba más que
un rastro de sangre en la pared. Me desplacé tumbado hacia atrás para preparar
mi huída. Sabía perfectamente dónde me buscarían y por dónde vendrían. En un
par de minutos estaba a varias manzanas de allí, con el arma escondida y
paseando con la indumentaria de un metalúrgico que se dirige a su fábrica.
Una vez más, acabé con una vida en un intento simultáneo de acabar con una
duda.
Sniper
B
La noche fue desagradable. Aún no había conseguido dejar de
tener remordimientos por más que me esforzaba. Era incapaz de dormirme por lo
que salí a dar un paseo. La nieve estaba en las calles y apenas se veía un
alma. Caminaba entre árboles desnudos, casi en la oscuridad, iluminado por
alguna solitaria farola, intentando no visualizar la cara tan viva que horas
antes había tenido tan cerca de mi vista. También pensaba en lo joven que era,
en cómo hasta hace poco estaba lleno de ilusiones y proyectos y como, en un
determinado momento de mi vida había pasado del sueño a la realidad y la
madurez, en cierto sentido como casi todo el mundo en esta vida. Una realidad
que significa morir por dentro. La pérdida de la inocencia y la entrada en las
obligaciones casi siempre representa una parte frustrante en la vida de una
persona. A menos que ya se tengan las cosas muy claras, las responsabilidades
rara vez son divertidas. Yo no disfrutaba excesivamente con mi trabajo, pero sí
me lo tomaba como algo muy serio, una especie de ritual donde buscaba la
armonía de todo lo que hacía. Cada uno de mis movimientos estaba estudiado e
incluso la repetición de una serie de ideas para concienciarme también. Había
un malévolo placer en hacer algo tan bien, que en realidad era algo horrible.
Pronto volvería a recibir órdenes y la espera siempre era algo desagradable,
como si mi vida no tuviera sentido…
De repente, escuché una música proveniente de un sótano. Me acerqué a escuchar.
Parecía una sala de baile donde sonaba jazz, blues y fox-trot. No tenía ganas
de estar con gente, pero me embriagó el sonido y ví una oportunidad de no
pensar en mis tonterías. Mientras entré capté el olor de la madera de las
paredes y las mesas. Una especie de incienso flotaba en el ambiente y el aire
estaba más cargado aún por el tabaco. Había unas mesas al comienzo, una sala de
baile en el centro y una orquesta tocando una melodía melancólica, al piano y
al saxo, con un contrabajo de fondo y un trombón acompañando. Decidí sentarme
para embriagarme del ambiente. Rara vez ponía atención a la música en si. Me
dedicaba a observar el entorno. La cuidadosa decoración del local y los rostros
de los parroquianos. Ví a una chica sentada en una mesa a solas. Llevaba un
sencillo vestido negro con un corte en la falda que dejaba ver sus jóvenes y
atractivas piernas. Toda mi atención se centró en ella. Era morena, de tez muy
pálida y enormes ojos marrones. Su belleza cobraba fuerza con la luz y la
música del local. No podía parar de mirarla y descubrir que aún había algo vivo
en mí, algo vital. En ese momento no sentía deseo alguno, simplemente estaba
contemplando algo fuera de lo común que rara vez aparecía en mi mente: Veía una
belleza que solo sugería cosas hermosas en la vida. Era incapaz de visualizar a
una persona con miedos y vicios. Solo veía un rostro, un ente que prometía el
cielo y que me hacía olvidar todo lo demás.
Sentía la paz observando su calmado rostro y al mismo tiempo la inquietud de no
saber que había tras él. Intenté pensar en otras cosas y atender a la música
para controlar mi turbación.
De repente la música me pareció diabólica, casi como la que me retumbaba en la
cabeza cada vez que hacía una misión. Parecía que la música me incitara al
pecado, a la posesión, a los impulsos más vitales. No pude evitar mirarla otra
vez y pegué un respingo al ver que me estaba mirando fijamente a los ojos. Que
mirada tan desafiante, tan sugerente, tan viva. Apenas podía yo mantener la
mirada unos segundos para apartarla con disimulo, pero ella no la apartaba y
decidí que yo tampoco debía hacerlo.
Se levantó con paso decidido y pude admirar su figura moldeada. Hacía tiempo
que no veía semejante feminidad en unos movimientos. Y unos ojos tan abiertos y
penetrantes. Se acercó a mi y me cogió de la mano para salir a bailar. Yo
admiraba su talle y el vestido que resbalaba por sus redondas caderas mientras
caminábamos a la pista. Comenzamos por el ritmo melancólico que estaba mandando
en ese momento, bailando en silencio y mirándonos fijamente a los ojos. Yo
intentaba mirar hacia otro sitio para controlarme y ella al notarlo apoyó su
cabeza en mi hombro con ternura. Continuamos así durante unos minutos cuando,
de repente comenzó a sonar algo mucho más fuerte y rítmico. Ella se agarró a mi
con fuerza y yo la cogí de la cintura, casi con deseo. Nuestros cuerpos se
aferraban mientras seguíamos un ritmo frenético e increíble. Notaba como nos
íbamos fusionando en un solo cuerpo y sentía toda su presencia…sus movimientos,
su olor, los latidos de su corazón. Nunca me había sentido tan vivo y todo
gracias a la silenciosa presencia de una mujer desbocada en movimientos y
formas. Parecía que en la vida no hubiera otra cosa que ese baile, que esa
mujer, que ese rostro salvaje y esa figura contundente. Me había olvidado por
completo de mí mismo y del objeto de mi vida en la actualidad. Necesité volver
a mirarla y ella me respondió con ojos brillantes, mientras sus labios se
entreabrían húmedos y ardientes. No pude evitar besarla mientras nuestro baile
continuaba, mientras nuestros cuerpos se aferraban casi espasmódicamente. El
deseo llamaba a mis puertas con ese beso y me desvivía por descubrir el cuerpo
que había tras ese vestido, la mente que controlaba ese cuerpo. Acerqué más su
cuerpo al mío y sentí sus pechos contra mí, rebosantes y firmes, casi
maternales. Mis brazos la envolvían y buscaba descubrir todas sus formas
posibles. Era para mí una figura inabarcable e inalcanzable al moverse con esa
violencia. Nuestro beso continuaba y solo veía oscuridad alrededor. Ya no sabía
ni dónde estaba, pues solo veía ese beso. Notaba esa cintura que no quería
soltar, ese movimiento que reflejaba la esencia misma de la vida. Yo ya no era
nada, era ella, su reflejo, una extensión de su cuerpo y de su mente…
Salimos apresuradamente y la llevé a mi habitación, muy cerca de allí. Nos
costó horrores llegar por no parar de besarnos y acariciarnos. Ella subía las
escaleras con un suave meneo de caderas y mirándome seductoramente. Que poder
tenía esa mujer sobre mí. Nos fundimos en un abrazo en la oscuridad de mi
habitación. Aún no habíamos cruzado una sola palabra, pues toda nuestra
comunicación se basaba en gestos, miradas y caricias. Mientras yacíamos en la
cama, éramos como instrumentos de una banda de jazz, donde se improvisaba sobre
la marcha mientras el otro hacía el acompañamiento y la armonía era siempre
perfecta. La guerra nos hacía libres, nos quitaba los prejuicios, los miedos,
las normas sociales y las justificaciones de nuestra mediocridad. Lo que antes
podía ser perversión ahora era descubrimiento e improvisación. No había límites
para el placer y nos embargaba un constante juego de vitalidad. Nunca había
fin, nunca parecía tener fin. Las mentes se comunicaban de todas las formas
posibles, menos la verbal. Había un acuerdo tácito de no hablar y no lo
rompimos incluso cuando terminamos.
Al amanecer, ella no estaba, solo su recuerdo que ya parecía
haber si un sueño. De repente comencé a odiar esta guerra y odiar lo que hacía.
Me parecía que mi misión era algo banal en comparación con la experiencia de
amar. El sexo, el amor, el desenfreno habían conseguido nublar mi mente…
Realmente no era nada de eso, era ella, única entre únicas. Una mujer vital,
pura, libre, increíble.
Me pasé la mañana pensando y mirando por una ventana mientras nevaba. Por la
tarde se pusieron en contacto conmigo. Volvía a la vida, pero ya lo hacía con
náusea. Por la noche me reuní con el mando. Era una misión de lo más peculiar.
En este caso debía matar a un espía, pero aún no tenían datos claros de él.
Había conseguido asesinar a algunos de los mejores hombres de forma fulminante.
Nadie sabía como conseguía la información. Pero era ahora nuestro peor enemigo.
Alguien fuera de lo común de una efectividad espantosa. Me pusieron sobre
alerta para que avisara de cualquier nuevo contacto que adquiriera estos días.
No les comenté lo de la chica. Quería apartarla por completo de mi realidad.
Que no se ensuciara con mi vida, necesaria aunque terrible. Los siguientes días
los pasé esperando órdenes. Estaban vigilando todos los edificios oficiales y
las tapaderas del enemigo para ver si podían averiguar quien era el espía que
nos estaba asesinando. Salí en varias ocasiones a la sala de baile, pero ella
no aparecía. Por fin llegó el material esperado. Las fotos del espía y sus
referencias. Los siguientes días tendría que buscar el sitio ideal para
cazarle. Abrí el sobre con tranquilidad y observé las fotos. Me entró una
convulsión al verlas y las estrujé con mis dedos temblando y apunto de romperse
de la fuerza ejercida. No podía creérmelo, aunque por otro lado tenía que ser
así. El espía era ella. No fue casualidad nuestro encuentro. Posiblemente
llevaba algún tiempo rondándome sin que me diera cuenta y consiguió que
pareciera una casualidad. Lo que no entendía es por qué no me había matado y si
deseaba averiguar más, por qué no la había vuelto a ver. No podía con el dolor
ni la ira. La mujer más auténtica que había conocido era mi siguiente víctima.
No quería hacerlo, pero sabía que debía hacerlo.
Ella había matado a algunos de los mejores y más valientes hombres que había
conocido. Posiblemente también les sedujo como a mí. Así se acercaba a esos
hombres necesitados de una razón para vivir o por la que luchar. Hombres que
preferían no estar casados y a los que se escogía entre otras cosas por no
estarlo. Tardé unos minutos en sobreponerme y salí a la calle a cumplir mi
misión.
Primero estuve observando el edificio al que supuestamente iba cada mañana. Me
oculté bien en uno de los muchos pisos abandonados que había enfrente. Mientras
observaba las puertas y las ventanas rompí a llorar pensando en lo que debía
hacer. Cuanto más tiempo estaba ahí, menos quería hacerlo. Con ella no tenía
justificaciones posibles. En los demás clientes siempre me buscaba una historia
que inventarme, para no ver a la persona que mataba. Con ella no podía, era la
mujer más viva que había conocido en mi vida. Sin lugar a dudas era una persona
plena e iluminada. No podía creer que ella estuviera de su parte, ni podía
creerme que todo lo que hizo fue una actuación, un juego. No concebía que una
persona a quien tanto amé y que tanto pareció amarme, estuviera a favor de
hacer cosas tan horribles. Me negaba a mí mismo esa dualidad de la condición
humana. Una dualidad que también estaba presente en mi. Pero ella no, ella no
podía ser así. Seguía reflexionando hasta que la ví salir. En sus ojos percibí
la tristeza y cierta inquietud. No parecía la misma que aquella noche. Parecía
que supiera que iba a morir, que se resignaba a ello. Andaba lentamente con la
vista muy fija en un punto. La seguí discretamente por la ciudad. Los datos que
me dieron fueron de lo más precisos. Todo cuadraba. Me sorprendía que fuera tan
previsible en sus itinerarios. Tan visible y fácil de cazar. Quizás en eso
radicaba su arte, su naturalidad para ejercer su misión. La estuve siguiendo
durante días y dando informes al mando. Uno de esos días que la observaba
conseguí abrir los ojos y darme cuenta de que una mujer tan excepcional en lo
bueno, también había de serlo en lo malo. Fue una idea dolorosa de asumir, pero
muy clara. Con la misma disciplina y precisión que siempre tracé mi plan de
caza y de huída. Apunté todos los tiempos y las zonas de peligro. Y llegó el
día…
Nuevamente un balcón, nuevamente mi arma(casi mi mejor amigo) en mis brazos,
nuevamente la sensación en la espalda, el olor del aceite y del metal, el peso
de la máquina. Una nueva misión bien orquestada, o no tanto porque me seguía
inquietando la razón de por qué estaba vivo.
La ví salir como cada día por la misma puerta. Un escalofrío me recorrió el
cuerpo y una tremenda duda sobre lo que estaba ocurriendo. Contemplé su
precioso rostro por la mira telescópica, el rostro que había besado,
acariciado, contemplado y amado. Contuve la respiración, las lágrimas y el
temblor de mis dedos. Un instante y la sangre brotó de su cabeza descompuesta.
Apenas pude levantarme para huir y cumplir la segunda parte del plan. Por fin
me recompuse e hice maquinalmente lo que tantas otras veces. Me dirigí al
tránsito…
Esta vez no había intentado matar una duda, esta vez había matado la razón de
mi existencia.
C
Apenas podía disimular mi desencajado rostro por la calle,
rodeado de tantos desconocidos. Esta vez no me dirigí a casa. Estuve caminando
durante horas por la ciudad. Recorrí los parques y los puentes, pasé al lado de
la catedral y otros edificios antiguos, intentando olvidar lo que había pasado.
Qué cosas tan horribles nos obligaba a hacer la guerra, que desafío a la
voluntad suponía hacer cosas así. Sin embargo mi voluntad ya apenas existía.
Incluso algo tan duro, lo hice casi sin pensarlo, sencillamente porque tenía
que hacerlo y porque podía…
Y además de matar a una persona que por primera vez me hizo sentir vivo,
también estaba angustiado ante la duda de por qué había matado a quien me había
dejado vivir. No tenía ningún sentido y sin embargo lo hice. La voluntad
triunfó sobre el sentido común y los sentimientos. Aunque en el caso del
sentido común, también era razonable matar a un enemigo, por mucho que dudara
que lo fuera. No podía dejar de ver su hermoso rostro que me miraba desafiante
en el salón de baile, ni olvidar como nos abrazábamos por la noche. Como
sonreía sin pronunciar palabra. El contacto trémulo de sus labios y la suavidad
de su piel, fundiéndonos en un abrazo eterno. La naturalidad y la dicha en la
consecución de nuestros actos y deseos y el perfecto entendimiento del otro
únicamente a través de una mirada. Sin haber hablado con esa persona, parecía
que lo supiera todo de mi, que nada lo hiciera por casualidad sino por
conocimiento de causa. Parecía ser la única mujer capaz de entenderme y todo
mediante la ficción(o realidad) de un acto amoroso espontáneo y desinhibido.
Ella no solo me enloquecía de deseo, sino que me tenía atrapado con la ternura
de sus caricias y el brillo de sus ojos. Nada se podía comparar a ese momento
único e irrepetible.
Por un momento sonreí con malicia al pensar que era mejor así, habiéndola
matado, no existiría la decepción posterior de tantas veces con tantas mujeres,
en quienes quise ver algo, pero solo fueron palabras. Nada más tener ese
pensamiento me volví a sentir mal y lleno de dudas. Ninguna había amado de esa
forma y ninguna me había perdonado la vida. Tenía que haber algo distinto, al
menos esta vez.
Seguí caminando por mi hermosa ciudad, llena de nieve, apenas una sombra de lo
que fue en sus momentos de esplendor. Había muchos edificios en ruinas,
cráteres de bombas y árboles quemados. Era una ciudad enferma por la que
estábamos luchando y que en breve, conocería la madre de todas las batallas.
Por fin me dirigí a casa porque ya no podía más con el frío y el hambre. Entré
en mi, un tanto lúgubre, cuarto que siempre me evocaba cierta seguridad con su
olor a madera y los pocos libros que tenía colgados en unas estanterías, junto
a una cocina de campaña.
De repente, pisé un sobre que alguien había pasado debajo de mi puerta. Automáticamente
pensé que eran órdenes, pero la forma del sobre y la letra al dorso, bien eran
distintas. Parecía la letra de una mujer y además una letra con mucha clase.
Abrí el sobre con un estremecimiento…
A mi amado…
Cuando te llegue este sobre yo
estaré muerta y a buen seguro habrás sido tú quien haya acabado con mi vida.
Hiciste bien en matarme por todos mis crímenes y además, deseaba que fueras tu
y no cualquier otra persona. Ahora te explicaré el por qué.
Desde niña, me educaron para saber vender
mi belleza y mi elegancia. Nací agraciada y al llegar la adolescencia descubrí
todo el poder que eso suponía. Desde mis compañeros, profesores o familiares,
todo eran adulaciones y complacencias por mi simple belleza natural. Yo vivía
en esa felicidad ficticia que da el sentirse importante y encantadora, cuando
únicamente soy deseada. Los estudios me resultaban fáciles y decidí meterme en
ciencias, en vez de lo que esperaba mi familia(algo más acorde a mi posición y
mis posibilidades sociales). La universidad también me resultó sencilla y por
supuesto siempre estaba rodeada de hombres. Fue por entonces cuando descubrí mi
auténtico poder. Ya no solo disfrutaba gustándoles sino poseyendo por completo
sus voluntades mediante el sexo y la seducción. Entré en ese oscuro placer que
me llenaba de satisfacción. En breve me desinhibí y pude alcanzar cotas de
placer y un conocimiento del comportamiento masculino, fuera de lo común.
Obviamente no me enamoraba. No conseguía respetar a quien caía con tanta
facilidad en mis redes y al poco tiempo conocía la vida íntima de casi todos
mis compañeros(los hombres hablan mucho en la cama). No podían atreverse a
contar que habían estado conmigo porque quien lo hizo, vio su vida destruida
con mis revelaciones. Así al entrar en cada clase, veía como sus miradas se
centraban en mí y bajaban con vergüenza cuando se las devolvía. No te imaginas
lo que eso me excitaba. Yo era el tercer estado y todos lo sabían, pero no lo
confesaban. Llegó un momento en que eso no fue suficiente. Mientras estaba
terminando mis estudios, el afán patriótico y belicista me embargó como una
marea. Como tantos otros, estaba convencida en la justa defensa de nuestros
ideales y la venganza por afrentas históricas. Por mi excelente expediente
académico y mi experiencia en temas de “infiltración” pensé que podía aportar
algo a mi país y también a mí misma por las enormes posibilidades que estarían
a mi alcance. Decidí ingresar en el servicio secreto y estuvieron encantados
con mi iniciativa y mi preparación. Yo sabía de sobra lo que me tocaría hacer
en muchas ocasiones, pero no me suponía escrúpulo alguno, todo lo contrario, me
suponía un placer y casi una justificación patriótica. No sólo aprendí formas
de asesinato, sino idiomas, historia, más ciencia, ingeniería y por supuesto,
mil trucos que no se me hubieran ocurrido para seducir a un hombre. Yo estaba
encantada con todo lo que aprendía. Por primera vez pensaba en un conocimiento
útil y directo.
Empezó la guerra. Meses antes yo ya estaba
trabajando en tu país, recabando información. Era un trabajo duro, pero
fascinante, además de que me permitía llevar una vida realmente cómoda y
lujosa, a costa de los hombres poderosos de quienes obtenía la información. Mi
tapadera consistía en un trabajo en un laboratorio sin excesivos vínculos con
el ejército, pero si con científicos de renombre y también algunos militares,
amigos de éstos. Ahora el placer no residía en hacer ver mi poder sobre otros
hombres, sino todo lo contrario. Aparentar inocencia y fragilidad, pero con la
suficiente madurez sexual para que nunca quisieran dejarme.
Cuando las tropas de mi país invadieron el
tuyo, todo se volvió vertiginoso. Hubo constantes traslados de personal y no
volví a ver a mucha gente. Cuando por fin entraron las tropas en la capital,
ellos ya tenían una lista de todas las personas importantes que capturar,
gracias a mi y a otros colaboradores. Muchos de ellos fueron torturados y
asesinados. Yo creía en mi misión y ellos no eran más que los mismos hombres de
siempre, pensando en lo mismo y cuya vulgaridad me enfermaba. No me importaban
excesivamente sus muertes. Es más, había descubierto el siguiente nivel de
excitación. Ya no solo les controlaba sexualmente y psicológicamente. Ahora
tenía sus vidas en mis manos. Decidía cuando y cómo morían. Pensar que el
hombre que tan seguro y masculino se sentía mientras me estaba poseyendo y que
creía dominarme con su fuerza, iba a morir con que yo pestañeara, me volvía
loca. Pero llegó la segunda etapa de la guerra, la más dura y cruenta. Aparecieron
los partisanos y la represión del ejército con los ciudadanos. No me hacía
tanta gracia ver como sacaban familias enteras por las noches y que muchas de
ellas no volverían. O cómo fusilaban a toda una familia si uno de sus miembros
pertenecía a los rebeldes. Pero yo seguía creyendo en lo que hacía y en lo que
me decían. Ellos eran unos terroristas que no querían entender nuestra verdad.
Eran unos cobardes y asesinos que mataban y se escondían, sin ningún respeto al
código militar(que cosas pensaba una cuando estaba concienciada). Empezó un
nuevo trabajo para mí. Tenía que infiltrarme lo máximo posible hasta la cúpula
de la resistencia. Me dieron posibles nombres de sospechosos e hice extensos
perfiles de ellos. Fui conociéndolos uno a uno y también a sus familiares y
amigos. No renunciaba a ningún contacto. Daba por sentado que si uno era
miembro de la resistencia, a buen seguro sus amigos lo serían y también muchos
de sus familiares. Mandaba periódicos informes al mando e iba penetrando en las
vidas de esas personas. Pero descubrí un nuevo tipo de hombres. No eran los
prepotentes dignatarios, eminentes científicos y altos mandos, que consideraban
casi un honor para mi, el acostarse conmigo, como si su sola presencia
supusiera para mi la mayor experiencia vital y un orgullo para alguien tan
insignificante como yo.
No, aquí había personas de otra pasta. Eran
gentes de todas las condiciones sociales y culturales, pero muy pocos habían
sido importantes antes de la guerra. Los gallitos que se cacareaban antes de la
guerra, huyeron siempre que pudieron, pues sabían la vida que les esperaba.
Sólo unos pocos decidieron sacrificar sus vidas a pesar de que sus familias
tiempo atrás ya habían partido a sitios más seguros. Esta gente tenía una
tierra, una familia e incluso una dignidad que defender. Algo que no había
visto antes y que me llenó de admiración. Ya no eran hombres que me hacían un
favor, los que se acostaban conmigo, sino personas con una vida llena de
incertidumbres, miedos y sentimientos encontrados. Cuánto más les conocía,
menos me apetecía destruirles.
Cuando me hablaban de sus aspiraciones y
sueños al terminar la guerra, tenía que contener una sonrisa maliciosa, pero
poco a poco fueron calando en mí todos esos sentimientos y fui viendo que no
éramos tan diferentes y que me estaba aprovechando de personas que sólo querían
vivir. Muchos eran los que se enamoraban de mi y que no solo querían acostarse
conmigo. Disfrutaban dando un paseo mientras me cogían de la mano y querían
averiguar lo que pensaba, lo que sentía, lo que amaba…
Todo ello en un ambiente de muerte, de
destrucción, de asesinatos y suicidios. Ellos no mataban por un ideal: mataban
para vivir, mataban para amar, mataban por necesidad. La fuerza de esas
personas, me impresionó más que todas las ideologías que me habían inculcado y
que todo ideal patriótico. Supe que muy pocas cosas les doblegarían y que tarde
o temprano vencerían, porque tenían de su parte la mayor verdad de todas. Solo
se les podía exterminar, no había otra salida posible. Y por primera vez, no
quise participar en aquello.
Durante los siguientes meses seguí
indagando todos los posibles contactos. Así tuve conocimiento de tu existencia.
Meses antes de verte ya sabía lo que pensaban de ti tus amigos y antiguos
amigos. Con casi todos habías perdido el trato para llevar mejor a cabo tu
misión. Los pocos que te veían hablaban de lo mucho que habías cambiado.
Recordaban con añoranza todas las veces que os juntabais, que hablabais de mil
cosas, que cantabais de felicidad y como la vida era más sencilla.
A todos cambió la guerra, pero en tu caso
constataron que fue mucho peor. Según comentaban, toda tu cabeza esta orientada
a la guerra, ya no existía lo demás. Había muerto el chico enamoradizo, vital,
viajero, lleno de entusiasmo que hacía revivir las mejores tertulias y que
siempre le encontraba un lado positivo a la vida. Un hombre que se conformaba
con muy poco y que quería mucho a sus amigos y familiares. Ahora solo eras un
recuerdo de eso y por alguna razón quise conocerte.
Muchos de tus amigos murieron gracias a mí
Cuando ya no podía sacarles más información y veía que eran solo peones, me las
arreglaba para que cayeran en alguna emboscada y fueran capturados o muertos.
Mi trabajo no resultaba tan excitante, pero lo seguía cumpliendo con
diligencia. Me fui acercando a ti poco a poco, aunque esta vez no a través de
familiares o amigos. Sencillamente te observaba salir y entrar de tu casa.
Incluso entré varias veces, mientras sabía que estarías fuera largo rato. No
pude evitar mirar los libros que tenías en las estanterías y ver cuántos de
ellos me encantaron, cuando aún era una chica inocente, llena de aspiraciones e
inconsciente de los placeres y maldades del mundo adulto. Por alguna razón
sentí que teníamos algo en común, algo especial, motivado por lo mucho que ya
te conocía y por todas las personas que aún te querían a pesar de que os
fuisteis separando. También sabía que intentabas buscarle el lado interesante a
todo lo que hacías y que posiblemente disfrutarías asesinando a personas, a
pesar de que te atormentarían los remordimientos. Creo que eso fue lo que
teníamos en común y empezaste a obsesionarme, por primera vez en mi vida. Nunca
había hablado contigo y ya creía conocerte del todo. Ya no quería matarte, ya
no podía hacerlo. Todo mi mundo se venía abajo, todas mis ideas, la causa de mi
lucha. Estaba tomando conciencia de que mataba a un ser hermoso, una persona, a
pesar de sus vicios y debilidades. Iba viendo realmente lo que suponía una
persona para mí y me veía incapaz de seguir matando.
Tú representabas lo que le faltaba a mi
vida, lo que siempre había estado buscando mediante el morbo de controlar a
otros hombres o dominar por completo sus vidas. Pero sabía que lo nuestro era
algo imposible. Yo había matado o ayudado a matar, a muchos de tus amigos y
compatriotas. Era una asesina, una carnicera que se había aprovechado de las
debilidades de personas que solo querían vivir y amar. Tampoco podía huir y
traicionar a mi país y mi pueblo. Además de que el mundo sería demasiado duro
sin poder tenerte a mi lado. Solo se me ocurrió la alternativa de morir, pero
que fueras tu quien lo hiciera. También pensé en pasar una única noche contigo
para saber si me transmitirías todo lo que pensaba. Sabía que tus creencias no
te harían dudar al dispararme, por lo que te sometí a ese siniestro juego. Fui
una egoísta horrible, pero quería conocer el amor a tu lado y deseaba morir por
ti. Te envío esta carta, para liberarte de dudas y de culpa. Yo tenía que morir
por mis crímenes y para no mentirte, ni someterte a un tremendo dilema. Quise
que solo fuera una vez para que aún tuvieras fuerzas para disparar. No pienses
que has hecho algo malo. Tu vida y la forma en que la llevaste, junto a la de
muchos otros de tus seres queridos, me hicieron despertar y liberarme de todo
mal. Es por ello que decidí morir, pero conocer el éxtasis a tu lado por una
vez y para siempre. Por primera vez en mi vida, fuiste todo lo que pude soñar
en un hombre y te estoy muy agradecida por ello.
Siempre tuya
D
Arrugué con fuerza la carta y luego otra vez la estiré y
releí varias veces. Eso lo explicaba todo. Pero la explicación no suponía
ningún consuelo, porque mostraba la grandeza de esa mujer que acababa de
asesinar. Y por mucho que ella decidiera hacerlo y se lo mereciera, para mí era
un vano consuelo.
Envolví la cara en mis manos, llorando sin parar. Cogí una caja de botellas que
tenía escondidas y comencé a beber compulsivamente. Me quedaba horas mirando el
techo de mi cuarto, tirado en el suelo y mareado de tanto beber. De vez en
cuando iba al servicio por las náuseas que sentía de tanto alcohol y ningún
alimento.
Abrazaba mi rifle, tantas veces desmontado y engrasado con devoción y mi
apuntaba a la cara, para darle un último uso, pero no me atrevía o no le
encontraba sentido a hacer algo así. Ese rifle había sido durante años mi único
amor. Era la razón de mi existencia, lo único que tenía en mente cada vez que
salía de mi casa. Matar por un ideal, por una necesidad o por un mero placer.
No podía evitar disfrutar con lo que hacía porque creía en mi misión y me
sentía importante al tener tanto poder, pero al mismo tiempo sentía náuseas. Y
desde que apareció ella, ese rifle no era más que un juguete, una mentira que
me había creado para olvidar el sentido verdadero de mi existencia.
Pasados unos días era un completo despojo humano.
Antes, cada mañana me levantaba y me ponía una camiseta. Salía a mi pequeño
balcón y respiraba el aire gélido de mi ciudad mientras se me refrescaban los
hombros. Me encantaba ese instante, en el que aún no pensaba en nada, en que
estaba completamente liberado de mis penas, mientras miraba mi ciudad en ruinas
y captaba la esencia de muerte que llevaba. Seguía siendo una ciudad hermosa y
me deleitaba viendo a algunas personas caminar por sus calles y levantarse en
los pisos de enfrente.. Recuerdo que un día entraron los soldados en el bloque
que había delante de mi balcón. Se llevaron a una familia a excepción de una
niña, que no debía estar o se habría escondido. Poco después ví a la niña,
sentada en el suelo y abrazada a sus piernas. Lloraba desconsoladamente porque
sabía que su familia no volvería. Ví como los vecinos querían ayudarla, darle
de comer. La trasladaron a vivir con ellos. Se quedaba mirando por el balcón y
yo cada mañana la miraba a su vez. Nunca nos saludamos, solo nos acostumbramos
a vernos cada mañana.
Un día me miró fijamente, sonrió de forma radiante y saltó por el balcón
precipitadamente. Nunca supe por qué me sonrió, quizás porque era feliz de
acabar con su agonía.
Ahora yo me arrastraba por mi habitación únicamente para coger otra botella o
desalojar el alcohol de mis venas en el servicio (si es que conseguía llegar).
Daba pena verme. Días antes era un disciplinado profesional del asesinato y la
defensa de un ideal, una tierra, lo que me parecía justo. Ahora solo un
individuo que se compadecía de si mismo. Mi vida había dejado de tener sentido.
Ella había sido la única persona que me recordó lo hermosa que podía ser la
vida, después de que la niña y mil historias más me dijeran lo contrario.
De repente, al recordar eso, hice una breve reflexión. Ella no murió para que
yo terminara así. Quiso transmitirme algo. Me levanté con dificultad y me metí
en la ducha. Sentí sobre mi piel el agua helada que descendía por una piel seca
y cuarteada por tantos días de borrachera.
Salí silenciosamente a la calle para comer algo y pensar en ello.
Al volver, nada se me había ocurrido.
Mientras me sentaba en la cama y volvía a entristecerme, noté debajo de mis
pies una caja, que llevaba allí años. Era mi viejo violín, que no había tocado
desde antes de la guerra. Algún día lo intenté, pero no me salía ni una nota.
Cada que vez que me ponía, algún recuerdo desagradable me obsesionaba y me
impedía concentrarme. Pero esta vez lo cogí con otra actitud.
Intenté tocar una nota y no me salió. Decidí salir al tejado, desde donde había
una hermosa vista de la ciudad que tanto amaba.
El sol se estaba poniendo y su lengua naranja, hacía surgir los colores más
vivos de las nubes, los edificios y el horizonte. Los colores ocres y rojos
eran pura poesía.
Sentí el momento y por fin me salió una nota, luego otra y otra.
Me sentí seguro y me brotaron de memoria melodías completas de Bach y Haendel.
El momento era glorioso mientras el sol se escondía tras la silueta de los
edificios.
Me puse a pensar en todo lo que ella me había dicho con su carta y con su
sacrificio.
Ella descubrió ambos lados de la vida. Vio como el poder de la violencia, la
intimidación y la conspiración, son sugerentes y placenteros en un principio,
pero que nunca perduran. Los tiranos son tan necios que se sienten seguros en
su dominación, pero muchas veces son inconscientes de que no es respeto lo que
tienen y que en cuanto muestren debilidad se les lanzarán encima. Vivirán
siempre con el terror y la fragilidad que da ese poder tan superfluo. No sabrán
nunca lo que es ser amado y creerán no necesitarlo, por estar encima de todo
tipo de sentimiento. Pero si necesitarán de esa demostración constante ante
todos y ante sí mismos, de su poder. Quizás nunca se den cuenta, del mérito que
tiene conseguir ser amado por los que te rodean y como, nunca te dejarán caer,
si sus sentimientos hacia ti son sinceros. Todos disfrutarán en cambio, con la
derrota del tirano y este solo podrá rodearse con personas de la misma ralea.
Eso es lo que también ella debió descubrir, y es que era tratada bien por los
suyos, mientras fuera útil. Pero no podía esperar agradecimiento, lealtad,
cariño, de quienes justificaban el crimen, la mentira y la conspiración
mediante aparente patriotismo. Sabía, que ella seguiría, con cierta
probabilidad, el destino de sus víctimas, si por casualidad, parecía demasiado
ambiciosa o independiente para los suyos. No tenía un buen final su historia y
lo que es peor, tampoco iba tomando un buen desarrollo.
Ya no hacía lo que le parecía justo. Los placeres dados por el poder, eran muy
superficiales con el mérito, el sacrificio y el esfuerzo que suponía dejarse
querer y luchar por los seres queridos. Eso descubrió en esas personas tan
sencillas y tan inferiores en apariencia.
La verdad no estaba en la superioridad intelectual o económica, sino en las
cosas más básicas de la vida que todos buscamos de forma instintiva. Había
experimentado lo más complejo y retorcido de la vida, para descubrir que un
mero abrazo o el desinterés de alguien por ella, supondrían la mayor felicidad
de todas.
Ciertamente no tiene mucho mérito ser bueno en algo o de principios correctos,
si así le fue inculcado o simplemente fue innato de esa persona.
Pero por encima del arrepentimiento por temor a Dios, está el mérito de
descubrir nuestro error dentro de la ética que teníamos ya en nuestras cabezas
y con la que justificábamos nuestros actos. Un cambio en esa forma de ver la
vida, basándose en la razón y en la experiencia, es lo más grandioso que puede
existir.
Ella tenía esa grandeza. Y con su sacrificio le enseñó algo tantas veces
repetido y rara vez escuchado. Que la vida merecer ser vivida, por los que
amamos, por lo que amamos, por nuestras creencias.
Ella murió por amar demasiado la vida, por el conocimiento de que nuestros
actos tienen sus consecuencias y también, porque encontró a alguien parecido a ella,
que había olvidado todo eso y por quien quiso hacer un último sacrificio por
amor a la verdad y la condición humana.
Todo esto pensé mientras seguía tocando, mientras la melodía se fusionaba con
mis pensamientos y el increíble paisaje. Esta vez, una idea tan obvia, me
golpeó con contundencia y sentí paz y alegría, mientras las estrellas arropaban
la ciudad milenaria con su luz y la música del violín evocaba todas las cosas
hermosas de la vida.
Sniper
E
Poco a poco se acercaba el día del levantamiento, aquel para el que llevábamos
preparándonos varios años. Tenía que estar perfectamente coordinado para que
cientos de miles de hombres alzaran sus armas y se jugaran sus vidas por ganar
su libertad. No pocas dudas nos surgían sobre si debíamos o no hacerlo. El
enemigo reaccionaría con crueldad y cuando se reagrupara atacaría con
contundencia sin importarle la muerte de cientos de miles de civiles. Sobre
nuestras conciencias estarían esas muertes, que habríamos provocado. Arderían nuestras
principales ciudades y había muchas posibilidades de que fuera un sacrificio en
vano. Carecíamos de su logística y nuestra única ventaja era el factor sorpresa
y la momentánea facilidad para escondernos.
Facilidad que compensarían con artillería y lanzallamas con los que nos
sacarían de nuestros escondites para cazarnos como conejos.
Al finalizar la guerra, victoriosos o no, surgirían mil voces críticas por
nuestra actuación, desde cierto punto de vista, desconsiderada hacia los que
perderían la vida por nuestra culpa. No éramos Dioses para decidir sobre todas
esas vidas y no teníamos la seguridad de que eso fuera a mejorar un ápice la
vida de nuestros compatriotas. En cierto sentido nuestra decisión era fascista.
Incluso si triunfábamos, al terminar la guerra se nos olvidaría, se intentaría
minimizar nuestro sacrificio. Éramos la prueba viviente de la cobardía de los
demás y aunque aparentarían admirarnos, en el fondo nos odiarían, por haberse
quedado de brazos cruzados mientras otros arriesgaban sus vidas por un poco de
dignidad.
Los mismos que llegarían al poder, nada más regalárselo nosotros con nuestro
sacrificio, también intentarían hacernos caer en el olvido. Al fin y al cabo no
llega al poder aquel que lucha por algo sino quien sabe servirse de los demás
sacrificándolos por el camino, traicionando todo tipo de ideas y volviéndolas
ambiguas para abarcar un pensamiento único.
Nosotros, de una forma u otra éramos instrumentos de toda esa gentuza, que
mediante las apariencias y la mentira alcanzarían el poder ganado por otros.
Eran la prueba viviente de que casi nada se consigue mediante el esfuerzo y el
valor, salvo sentirse bien con uno mismo. Pero…¿cuál era la alternativa?
¿quedarnos mirando mientras nuestro pueblo y nuestra tierra agonizaban? ¿Escoger
el camino de la sumisión y la mediocridad?¿Hacer lo que el resto de la sociedad
creía que era lo realista?
Cuando pensaba en todas las voces reaccionarias que se alzaban para impedir que
algunos defendiéramos nuestra dignidad, un desprecio y una ira tan fuertes me
embargaban que me ponía a pensar en lo sanas que son las guerras para purgar la
escoria que subyace entre nosotros. Es ahí donde se mostraban las verdaderas
personas. Pensaba en lo poco que valía una persona cobarde, que se justificaba
de todas las formas (intelectuales o de sentido común) posibles para no hacer
nada, para dejarse llevar por la inercia y no pelear por aquello que era lo
justo. La cobardía y la mentira a uno mismo y a los demás, para mi, eran
sinónimos de una misma vergüenza. Y pensando todo eso perdía por un momento la
sensación de culpabilidad por todas las personas que morirían por mis actos. En
cierto sentido algo así era necesario, como una especie de lección para
recordarnos lo que somos y las cosas por las que merece la pena vivir y luchar.
Pero por otro lado, preferiría sinceramente, que las personas decidieran
libremente si ser o no mediocres ya que yo no era dueño de ninguna verdad,
salvo aquella que me dictaba la ira, el odio y la intuición de lo que debía ser
bueno para todos.
Llegó el gran día. Mi arma estaba preparada y todo mi pensamiento orientado
hacia la matanza. Llevábamos años recopilando información sobre los movimientos
del enemigo. Conocíamos al detalle todos sus acuartelamientos, la forma de
actuar según que circunstancias y habíamos ponderado su capacidad de respuesta.
De todos modos habría muchos imprevistos y errores de cálculo, que nos
costarían muchas vidas y posiblemente la batalla.
Amaneció en el día señalado y he de decir que era precioso y soleado, lo que me
hizo levantarme de buen humor a pesar de que ese día posiblemente conocería la
muerte yo y cientos de miles más.
Me puse en el lugar indicado por mis comandantes, para apoyar a una unidad que
trataría de detener mediante barricadas y bombas, la división acorazada que con
seguridad aparecería por esa avenida. Me subí a lo alto de un edificio en un
piso presumiblemente abandonado. En varias ocasiones había pasado por allí para
comprobarlo, pero esta vez encontré una familia escondida: Unos padres con sus
dos jóvenes hijas. Se aterrorizaron al verme entrar. No les permití salir de
allí mientras no hubiera empezado la batalla, cuando ya no pudieran delatarme
por la confusión que surgiría entre las tropas. Intenté explicárselo pero
estaban muertos de miedo, casi como si yo fuera el enemigo. Prácticamente les
tuve que amenazar para que estuvieran callados en un rincón sin molestar. De
todos modos, al ver lo demacrados que estaban les di mi ración de comida a
pesar de lo mucho que la iba a necesitar si se prolongaba varios días. Al menos
así les conseguí tranquilizar.
Mientras esperaba para la hora señalada daba vueltas en círculos sin decir
nada, intentando concentrarme en lo que iba a ocurrir y en mi pequeño cometido
en toda esa orgía de destrucción que llegaría. La familia me observaba con
curiosidad mientras engullía los alimentos. Había un cierto temor y respeto en
sus ojos. Les dije que en cuanto todo comenzara podrían irse. No intenté
contarles el cuento del sacrificio que hacía por la patria y todas esas
bobadas. De sobra podían ellos pensar lo que quisieran mientras no me
estorbaran. No buscaba justificarme ni ser amable, solo cumplir mi cometido.
Bastante carga moral tenía ya pensando en la masacre que iba a haber.
Llegó la hora y en distintos puntos de la ciudad y del país, se lanzaron bombas
sobre los cuarteles. Aparecieron como por arte de magia barricadas donde más
podrían molestar a los tanques posicionados en ellos y también a las afueras de
la ciudad. Se colocaron francotiradores en todos los tejados y se sincronizaron
cientos de ataques simultáneos a los puntos débiles del enemigo, en especial a
sus fuentes de comunicaciones y suministros. Mientras unos perpetraban ataques,
casi suicidas, otros esperaban los inminentes refuerzos enemigos que atacarían
con contundencia salvaje. Yo me encontraba en uno de esos puntos de contención.
Supuestamente atraparíamos a los tanques e infantería en un fuego cruzado desde
todas las ventanas. Recibirían fuego de mortero, granadas, cohetes e incluso
ladrillos si era necesario.
Desde mi ventana podía oír los disparos y las bombas y veía como se alzaba el
humo en distintas partes de la ciudad. Los primeros objetivos no serían
difíciles de conseguir por haber sabido de antemano todas las rutinas del
enemigo, pero en cuanto vinieran los refuerzos conoceríamos otro tipo de
guerra, completamente imprevisible y sangrienta.
Poco a poco el ruido de bombas se iba acercando y la tierra comenzó a temblar.
Los tanques se acercaban por la avenida principal. La familia de mi cuarto, ya
no estaba tan asustada pues había comprendido la razón de que yo estuviera allí
(aunque se lo expliqué no quisieron creerme) y se sentían más tranquilos a
pesar de lo que se nos venía encima (quizás porque de no haber un levantamiento
les cogerían en breve).
Pude vislumbrar por fin los tanques que se acercaban. Me puse a disparar a los
soldados que se guarnecían tras ellos, intentando que no fuera de forma
indiscriminada para que no averiguaran mi posición. De todos modos, las
barricadas centraban la atención de los carros blindados y yo me podía permitir
hacer una carnicería redonda. Los tanques avanzaban inexorablemente hacia la
barricada que se encontraba debajo de mi ventana, a pesar de los muchos
esfuerzos que hacían mis compañeros por atacarlos por los flancos. Yo me
centraba especialmente en los puestos de mortero y en los francotiradores del
enemigo, bien escondidos tras esquinas o escombros. Eran ellos mi peor enemigo
y también el de los que se enfrentaban a los tanques lanzando granadas a pecho
descubierto.
Las avenidas se iban regando con sangre mientras miles de hombres explotaban al
son de las granadas y yo disparaba de forma mecánica e inmisericorde a todo lo
que se movía. Iba comprobando a gran velocidad todas las esquinas y ventanas
para que nadie me pudiera cazar y cambiando mi posición a cada disparo. Los
dedos me sangraban y la piel se me oscurecía por el sudor y el polvo. Me iba
convirtiendo en un animal que hacía todo por puro instinto. Los tanques iban
siendo detenidos por las granadas que destrozaban sus orugas o que provocaban
incendios en su interior, haciendo salir a los conductores envueltos en llamas.
Yo disparaba sin piedad a los conductores que salían asfixiados de sus carros y
un puesto de mortero pareció localizarme. Cayó una bomba sobre el tejado de mi
piso y los escombros me sepultaron en parte. Los cristales se me clavaron en el
cuerpo, pero yo no sentía nada gracias a la adrenalina despertada por la
batalla y la sed de sangre. Me quedé inmovilizado bajo los ladrillos, que se me
clavaban en la espalda. Oía las explosiones de forma lejana y el ruido de las
ametralladoras. Creí oír una música en mi cabeza, que iba al son de ese lamento
ininterrumpido de muerte. Como si ya mi pensamiento estuviera completamente invadido
desde todos los sentidos por lo que ocurría a mi alrededor. Me levanté con
todas mis fuerzas y la familia que se había dirigido a ayudarme vio como se
elevaban unas piedras y salía mi cuerpo ensangrentado de el
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