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Sniper

bor

Autor bor

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Publicado el 19/02/2008 | 81 Visitas | 0 Comentario(s)


Sniper

 

Sniper

A

Nunca pensé que esta forma de vida pudiera existir, que todos mis pensamientos estuvieran orientados hacia una sola idea. En realidad suele ocurrir casi siempre. Aprendemos un determinado patrón de nuestra familia y nuestra sociedad. Difícilmente cambiará nuestro pensamiento y nuestra condición social a menos que nos esforcemos mucho. Nos educan con un determinado rol y casi nunca lo violamos. Procuramos ser lo que esperan de nosotros y consideramos que es un deber moral. Si diferimos, siempre vivimos con un conflicto, con un sentimiento de culpa. Rara vez he valorado el mérito de conseguir algo de aquellos que se encuentran rodeados de personas que lo consiguen. Todo esfuerzo merece ser respetado pero muchas veces lo relaciono con la falta de personalidad y la obediencia. Tiene mérito quien lucha por algo distinto a lo que le han educado, a lo que le rodea. Pero hay pocos así y la mitad de las veces lo hacen por la búsqueda de la excentricidad o del martirio. Aunque por supuesto hay excepciones. Mi caso es la no excepción. Yo sería un chico que se deja llevar por las circunstancias y que toma, en cierto sentido, la lógica fácil para cada situación. Antes de que empezara lo que ahora contaré, era de lo más normal. Estaba estudiando mi carrera y me disponía a trabajar. No era ni bueno ni malo, uno más. Tenía mis aficiones, yo diría que muchas(mi familia que demasiadas) que me hacían soñar y huir de un mundo un tanto aburrido. No tenía realmente claro lo que quería hacer y por lo tanto, no ponía demasiado empeño(lo cierto es que nunca puse empeño en nada). Ni siquiera me esforzaba en seducir a las chicas. Muchas veces, no me importaba ofenderlas soltando lo primero que se me pasara por la cabeza. Me costaba demasiado esfuerzo adoptar el rol de chico encantador, que las hace reir. Cuando era más joven, las veía como criaturas misteriosas que me llenaban de inquietud. Fue una mera cuestión de ignorancia. Incluso si nunca sabré lo que piensan o lo que sienten en cada momento, si que fui viendo claro lo que necesitan. Y eso me llenaba de tristeza y desilusión. Aunque ciertamente, tanto yo, como muchos otros tampoco escogíamos a la más apropiada, pues nos sentíamos atraídos por una cara bonita y una excelente figura. Claro que confundíamos menos el amor, con el deseo, aunque también me ocurrió alguna vez y fueron meses muy largos.
Ahora, que había comenzado todo el lío de la guerra, todos esos pensamientos servían como entretenimiento, casi como una fantasía lejana de algo imposible. Pensaba en todos esos problemas cotidianos mientras esperaba, normalmente durante muchas horas en el mismo sitio. Ahora todo eso resultaba trivial, aunque curiosamente luchaba por ese pasado que quería que fuera futuro. Pero en mi caso, como el de muchos, esto se había convertido en una forma de vida. Realmente no concebíamos algo distinto. Nos habíamos criado entre bombas, refugiado en alcantarillas. Habíamos visto a nuestras familias fusiladas o deportadas a un sitio desconocido. Presenciamos las torturas, los asesinatos y los gritos de horror cada noche que se llevaban a alguna familia. Parecía que el mundo ya fuera así siempre, por lo que no llorábamos. Casi nos alimentaba más la sed de sangre. Siempre había pequeñas aberraciones. Un joven, que corriendo entre las bombas, divisó unos gatitos. Los cogió y acarició, indiferente a las personas que gritaban heridas, indiferente a los soldados que se le acercaban. La sangre de su cabeza regó a los felinos. Ahora yo sonreía con cinismo, mientras esperaba a mi siguiente amigo. Una persona cuya vida me sabía de memoria y a la que tenía que matar en breve. Semanas estudiando sus hábitos y averiguando todo lo posible sobre su vida y sus presumibles reacciones. Todo ello, para finalizarlo con un tiro. La segunda parte consistía en poder escapar. Cuanto mayor era la presa, menores mis posibilidades. Cada vez me mandaban a misiones más difíciles. Hacía tiempo que el mando me veía como una causa perdida a quien ya no importaba perder la vida. Vieron que disfrutaba con lo que hacía y que ponía todo mi empeño. Casi parecía que quisieran mi muerte, por si un día cambiaba repentinamente de blanco. Aunque supongo, que la paranoia es mi oficio, fomentarla es imprescindible y eso conlleva el pensar en cosas realmente variopintas. Por muy enfermizo que parezca, es cierto que disfrutaba con ello. Antes aún de la guerra, yo estaba por completo desencantado de la vida y las personas. Mi (quizás) egocentrismo me impedía ver que la mediocridad y la mentira que me rodeaban, solo podían vencerme si yo dejaba de buscar esa chispa de vida que hay hasta en las cosas más triviales. Pero elegí la opción fácil, la de la desidia y el desprecio. Eso en parte me hizo meterme en algo como esto más que por el patriotismo o la defensa de la vida de mi familia(claro, que yo ya no tenía). De alguna forma sabía que iba a morir. Solo esperaba el momento más sublime para hacerlo.
Resulta realmente entretenido pensar en estas cosas, mientras se observa detenidamente una ventana durante largas horas, desde un balcón. Lo único que cuesta es no dormirse, pero supongo que ser paranoico ayuda a no hacerlo. El mínimo ruido o golpe de viento me hace saltar la adrenalina.
Sigo pensando en las mujeres que han pasado por mi vida. Las esperanzas que puse en algunas, al igual que en los amigos. La soledad que buscaba constantemente y sin embargo la añoranza del amor, de abrazar a una persona por las noches o tomar una cerveza con los amigos. No podía vivir sin esas cosas, sin embargo, parecía que estuviera en permanente enfrentamiento con ellas. Sin embargo, sentía fascinación por la vida, por las personas y sus conflictos. Me encantaba conocer a fondo a todos los que me rodeaban, descubrir sus inquietudes y emociones. De mi amigo también lo sabía todo. Dónde vivía, quien era su mujer, sus tres hijas. Dónde estudiaban estas. Conocía incluso las aficiones familiares prácticamente toda su rutina. Casi me deleitaba observando la vida tan dichosa que llevaban. Podía observar por las noches, como tocaba una de las hijas el piano, mientras los padres bailaban. Sus cenas familiares a la luz de las velas. Y todo lo que puede hacer una familia presuntamente feliz. En cierto sentido les envidiaba. Tenía una doble razón para matarle. También pensaba mientras miraba su vida, que todo podía ser una inmensa mentira(como tantas otras cosas que deseamos creer para que nuestra vida parezca menos mediocre). Me puse a imaginar cómo se enamoraron. Él, un apuesto oficial, ella, una chica guapa y de buena familia. Él le ofrecía un uniforme que le hacía apuesto y que daba renombre a la familia, además de una posición social cómoda. En buena parte, para ella lo importante sería la imagen proyectada que cumplía los tópicos sociales y le haría enorgullecerse ante sus familiares y amigas. Ella también cumplía las normas. Una chica preciosa para satisfacer la lujuria, pero con la apariencia de honradez y buena ama de casa. Lo demás ya no importaría. En un principio ella no se sentiría frustrada por la incapacidad(por falta de voluntad o cariño) del marido por satisfacerla. Ni a él le molestaría estar casado con una estúpida a la que nada podía contar de sus problemas para que no se pusiera histérica, quien además le forzaría a hacer constantes esfuerzos para darle todas las comodidades posibles, exigidas por la posición social. Todo eso, no sería importante al principio. Pero cuando el opio de la lujuria acabara y el ego de la imagen se esfumara, solo quedaría la mediocridad de convivir para siempre con un desconocido. Intentando que todo eso pasara desapercibido antes sus hijas y su entorno de supuestos amigos. Donde jamás se diría la verdad para creer en la más absoluta normalidad. Me empecé a reir por dentro mientras pensaba en todo eso, aunque no sin la duda, de si siempre ha de ser así. Por breves momentos, me frustraba no vivir esa mentira, al igual que me frustraba en algunas ocasiones, no haber seducido a la más guapa por no haberle dicho lo que quería oir. Al efectuar ese decisivo disparo, era como si intentara destruir esa duda, como si negara esa realidad. Mil veces lo ví y muchas otras lo hice. Cosas como negar a Dios, para no tener el temor de que observa nuestros crímenes. O de forma mucho más triste, negar la validez de una persona por la sencilla razón de que nos ignoró. Pensar con soberbia que si alguien no nos quiere es porque no nos valora. Negar en tantas ocasiones, ese punto de reflexión de si somos válidos para los demás y no solo ante nuestro ego.
Lo cierto es que ese punto de autocrítica no era necesario para mi trabajo, todo lo contrario. Necesitaba visualizar a mi amigo, de la peor forma posible. Pensar en la repugnante vida que llevaba, aparte de recordar sus crímenes y a quien servía. No podía pensar que estaba matando a una persona, solo una sombra de ella. Ni que iba a destruir una familia, sino que la iba a liberar de una mentira. Aunque lo cierto es que poco importaba lo que fuera a destruir, porque al fin y al cabo se lo merecían. Todos, incluso las hijas, por formar parte de una estirpe tan canalla.
A veces pensaba si no era yo igual, porque aunque me justificaba con la idea de justicia o supervivencia, lo cierto es que disfrutaba haciéndolo y mi vida cobraba mucha más importancia de la que hubiera tenido antes, aunque fuera a costa de un gran precio. Por primera vez en mi vida, creía hacer algo importante, aunque fuera algo horrible. Constantemente se repetía en mi cabeza que ningún ideal, ninguna verdad es tal, si se tiene que defender por la fuerza. Pero bueno, ellos empezaron y contra el instinto de supervivencia no hay filosofía que lo contradiga.
Sin embargo, seguía viendo a personas, con sus ilusiones y miedos, con sus defectos y mentiras, pero con las mismas ganas de vivir.
Ellos tomaron una decisión y yo ahora tomaba la mía. Acaricié el fusil, sentí el aceite, el olor a metal y madera. Observaba a través de mi mira telescópica la ventana de ese hombre. La vida se reducía a un cristal circular, donde se decidía en breves segundos el destino de un hombre. La sensación de poder, concentrada en esa máquina al mismo tiempo tan tosca, pero tan perfecta en su cometido. Acariciaba el cañón y la culata con devoción, buscando la máxima comodidad y sujeción. Observaba, únicamente visualizando el blanco como un objeto más del entorno, pero sin olvidar a los guardias de la puerta o cualquier movimiento en las demás ventanas. Llegaba el momento más crítico, donde todo el entrenamiento y la preparación psicológica, se concentraban en un breve instante que llevaría de la calma a la histeria y la locura. En breves instantes pasaría de cazador a presa y debía tenerlo muy en cuenta. Por fin pude ver su rostro en la ventana, esperé a que estuviera tan bien posicionado, que pudiera repetir el disparo si fallaba el primero.
Disparé, cargando con rapidez y volviendo a apuntar, pero ya no quedaba más que un rastro de sangre en la pared. Me desplacé tumbado hacia atrás para preparar mi huída. Sabía perfectamente dónde me buscarían y por dónde vendrían. En un par de minutos estaba a varias manzanas de allí, con el arma escondida y paseando con la indumentaria de un metalúrgico que se dirige a su fábrica.
Una vez más, acabé con una vida en un intento simultáneo de acabar con una duda.

 

 

Sniper

B

 

La noche fue desagradable. Aún no había conseguido dejar de tener remordimientos por más que me esforzaba. Era incapaz de dormirme por lo que salí a dar un paseo. La nieve estaba en las calles y apenas se veía un alma. Caminaba entre árboles desnudos, casi en la oscuridad, iluminado por alguna solitaria farola, intentando no visualizar la cara tan viva que horas antes había tenido tan cerca de mi vista. También pensaba en lo joven que era, en cómo hasta hace poco estaba lleno de ilusiones y proyectos y como, en un determinado momento de mi vida había pasado del sueño a la realidad y la madurez, en cierto sentido como casi todo el mundo en esta vida. Una realidad que significa morir por dentro. La pérdida de la inocencia y la entrada en las obligaciones casi siempre representa una parte frustrante en la vida de una persona. A menos que ya se tengan las cosas muy claras, las responsabilidades rara vez son divertidas. Yo no disfrutaba excesivamente con mi trabajo, pero sí me lo tomaba como algo muy serio, una especie de ritual donde buscaba la armonía de todo lo que hacía. Cada uno de mis movimientos estaba estudiado e incluso la repetición de una serie de ideas para concienciarme también. Había un malévolo placer en hacer algo tan bien, que en realidad era algo horrible. Pronto volvería a recibir órdenes y la espera siempre era algo desagradable, como si mi vida no tuviera sentido…
De repente, escuché una música proveniente de un sótano. Me acerqué a escuchar. Parecía una sala de baile donde sonaba jazz, blues y fox-trot. No tenía ganas de estar con gente, pero me embriagó el sonido y ví una oportunidad de no pensar en mis tonterías. Mientras entré capté el olor de la madera de las paredes y las mesas. Una especie de incienso flotaba en el ambiente y el aire estaba más cargado aún por el tabaco. Había unas mesas al comienzo, una sala de baile en el centro y una orquesta tocando una melodía melancólica, al piano y al saxo, con un contrabajo de fondo y un trombón acompañando. Decidí sentarme para embriagarme del ambiente. Rara vez ponía atención a la música en si. Me dedicaba a observar el entorno. La cuidadosa decoración del local y los rostros de los parroquianos. Ví a una chica sentada en una mesa a solas. Llevaba un sencillo vestido negro con un corte en la falda que dejaba ver sus jóvenes y atractivas piernas. Toda mi atención se centró en ella. Era morena, de tez muy pálida y enormes ojos marrones. Su belleza cobraba fuerza con la luz y la música del local. No podía parar de mirarla y descubrir que aún había algo vivo en mí, algo vital. En ese momento no sentía deseo alguno, simplemente estaba contemplando algo fuera de lo común que rara vez aparecía en mi mente: Veía una belleza que solo sugería cosas hermosas en la vida. Era incapaz de visualizar a una persona con miedos y vicios. Solo veía un rostro, un ente que prometía el cielo y que me hacía olvidar todo lo demás.
Sentía la paz observando su calmado rostro y al mismo tiempo la inquietud de no saber que había tras él. Intenté pensar en otras cosas y atender a la música para controlar mi turbación.
De repente la música me pareció diabólica, casi como la que me retumbaba en la cabeza cada vez que hacía una misión. Parecía que la música me incitara al pecado, a la posesión, a los impulsos más vitales. No pude evitar mirarla otra vez y pegué un respingo al ver que me estaba mirando fijamente a los ojos. Que mirada tan desafiante, tan sugerente, tan viva. Apenas podía yo mantener la mirada unos segundos para apartarla con disimulo, pero ella no la apartaba y decidí que yo tampoco debía hacerlo.
Se levantó con paso decidido y pude admirar su figura moldeada. Hacía tiempo que no veía semejante feminidad en unos movimientos. Y unos ojos tan abiertos y penetrantes. Se acercó a mi y me cogió de la mano para salir a bailar. Yo admiraba su talle y el vestido que resbalaba por sus redondas caderas mientras caminábamos a la pista. Comenzamos por el ritmo melancólico que estaba mandando en ese momento, bailando en silencio y mirándonos fijamente a los ojos. Yo intentaba mirar hacia otro sitio para controlarme y ella al notarlo apoyó su cabeza en mi hombro con ternura. Continuamos así durante unos minutos cuando, de repente comenzó a sonar algo mucho más fuerte y rítmico. Ella se agarró a mi con fuerza y yo la cogí de la cintura, casi con deseo. Nuestros cuerpos se aferraban mientras seguíamos un ritmo frenético e increíble. Notaba como nos íbamos fusionando en un solo cuerpo y sentía toda su presencia…sus movimientos, su olor, los latidos de su corazón. Nunca me había sentido tan vivo y todo gracias a la silenciosa presencia de una mujer desbocada en movimientos y formas. Parecía que en la vida no hubiera otra cosa que ese baile, que esa mujer, que ese rostro salvaje y esa figura contundente. Me había olvidado por completo de mí mismo y del objeto de mi vida en la actualidad. Necesité volver a mirarla y ella me respondió con ojos brillantes, mientras sus labios se entreabrían húmedos y ardientes. No pude evitar besarla mientras nuestro baile continuaba, mientras nuestros cuerpos se aferraban casi espasmódicamente. El deseo llamaba a mis puertas con ese beso y me desvivía por descubrir el cuerpo que había tras ese vestido, la mente que controlaba ese cuerpo. Acerqué más su cuerpo al mío y sentí sus pechos contra mí, rebosantes y firmes, casi maternales. Mis brazos la envolvían y buscaba descubrir todas sus formas posibles. Era para mí una figura inabarcable e inalcanzable al moverse con esa violencia. Nuestro beso continuaba y solo veía oscuridad alrededor. Ya no sabía ni dónde estaba, pues solo veía ese beso. Notaba esa cintura que no quería soltar, ese movimiento que reflejaba la esencia misma de la vida. Yo ya no era nada, era ella, su reflejo, una extensión de su cuerpo y de su mente…
Salimos apresuradamente y la llevé a mi habitación, muy cerca de allí. Nos costó horrores llegar por no parar de besarnos y acariciarnos. Ella subía las escaleras con un suave meneo de caderas y mirándome seductoramente. Que poder tenía esa mujer sobre mí. Nos fundimos en un abrazo en la oscuridad de mi habitación. Aún no habíamos cruzado una sola palabra, pues toda nuestra comunicación se basaba en gestos, miradas y caricias. Mientras yacíamos en la cama, éramos como instrumentos de una banda de jazz, donde se improvisaba sobre la marcha mientras el otro hacía el acompañamiento y la armonía era siempre perfecta. La guerra nos hacía libres, nos quitaba los prejuicios, los miedos, las normas sociales y las justificaciones de nuestra mediocridad. Lo que antes podía ser perversión ahora era descubrimiento e improvisación. No había límites para el placer y nos embargaba un constante juego de vitalidad. Nunca había fin, nunca parecía tener fin. Las mentes se comunicaban de todas las formas posibles, menos la verbal. Había un acuerdo tácito de no hablar y no lo rompimos incluso cuando terminamos.

Al amanecer, ella no estaba, solo su recuerdo que ya parecía haber si un sueño. De repente comencé a odiar esta guerra y odiar lo que hacía. Me parecía que mi misión era algo banal en comparación con la experiencia de amar. El sexo, el amor, el desenfreno habían conseguido nublar mi mente…
Realmente no era nada de eso, era ella, única entre únicas. Una mujer vital, pura, libre, increíble.
Me pasé la mañana pensando y mirando por una ventana mientras nevaba. Por la tarde se pusieron en contacto conmigo. Volvía a la vida, pero ya lo hacía con náusea. Por la noche me reuní con el mando. Era una misión de lo más peculiar. En este caso debía matar a un espía, pero aún no tenían datos claros de él. Había conseguido asesinar a algunos de los mejores hombres de forma fulminante. Nadie sabía como conseguía la información. Pero era ahora nuestro peor enemigo. Alguien fuera de lo común de una efectividad espantosa. Me pusieron sobre alerta para que avisara de cualquier nuevo contacto que adquiriera estos días. No les comenté lo de la chica. Quería apartarla por completo de mi realidad. Que no se ensuciara con mi vida, necesaria aunque terrible. Los siguientes días los pasé esperando órdenes. Estaban vigilando todos los edificios oficiales y las tapaderas del enemigo para ver si podían averiguar quien era el espía que nos estaba asesinando. Salí en varias ocasiones a la sala de baile, pero ella no aparecía. Por fin llegó el material esperado. Las fotos del espía y sus referencias. Los siguientes días tendría que buscar el sitio ideal para cazarle. Abrí el sobre con tranquilidad y observé las fotos. Me entró una convulsión al verlas y las estrujé con mis dedos temblando y apunto de romperse de la fuerza ejercida. No podía creérmelo, aunque por otro lado tenía que ser así. El espía era ella. No fue casualidad nuestro encuentro. Posiblemente llevaba algún tiempo rondándome sin que me diera cuenta y consiguió que pareciera una casualidad. Lo que no entendía es por qué no me había matado y si deseaba averiguar más, por qué no la había vuelto a ver. No podía con el dolor ni la ira. La mujer más auténtica que había conocido era mi siguiente víctima. No quería hacerlo, pero sabía que debía hacerlo.
Ella había matado a algunos de los mejores y más valientes hombres que había conocido. Posiblemente también les sedujo como a mí. Así se acercaba a esos hombres necesitados de una razón para vivir o por la que luchar. Hombres que preferían no estar casados y a los que se escogía entre otras cosas por no estarlo. Tardé unos minutos en sobreponerme y salí a la calle a cumplir mi misión.
Primero estuve observando el edificio al que supuestamente iba cada mañana. Me oculté bien en uno de los muchos pisos abandonados que había enfrente. Mientras observaba las puertas y las ventanas rompí a llorar pensando en lo que debía hacer. Cuanto más tiempo estaba ahí, menos quería hacerlo. Con ella no tenía justificaciones posibles. En los demás clientes siempre me buscaba una historia que inventarme, para no ver a la persona que mataba. Con ella no podía, era la mujer más viva que había conocido en mi vida. Sin lugar a dudas era una persona plena e iluminada. No podía creer que ella estuviera de su parte, ni podía creerme que todo lo que hizo fue una actuación, un juego. No concebía que una persona a quien tanto amé y que tanto pareció amarme, estuviera a favor de hacer cosas tan horribles. Me negaba a mí mismo esa dualidad de la condición humana. Una dualidad que también estaba presente en mi. Pero ella no, ella no podía ser así. Seguía reflexionando hasta que la ví salir. En sus ojos percibí la tristeza y cierta inquietud. No parecía la misma que aquella noche. Parecía que supiera que iba a morir, que se resignaba a ello. Andaba lentamente con la vista muy fija en un punto. La seguí discretamente por la ciudad. Los datos que me dieron fueron de lo más precisos. Todo cuadraba. Me sorprendía que fuera tan previsible en sus itinerarios. Tan visible y fácil de cazar. Quizás en eso radicaba su arte, su naturalidad para ejercer su misión. La estuve siguiendo durante días y dando informes al mando. Uno de esos días que la observaba conseguí abrir los ojos y darme cuenta de que una mujer tan excepcional en lo bueno, también había de serlo en lo malo. Fue una idea dolorosa de asumir, pero muy clara. Con la misma disciplina y precisión que siempre tracé mi plan de caza y de huída. Apunté todos los tiempos y las zonas de peligro. Y llegó el día…
Nuevamente un balcón, nuevamente mi arma(casi mi mejor amigo) en mis brazos, nuevamente la sensación en la espalda, el olor del aceite y del metal, el peso de la máquina. Una nueva misión bien orquestada, o no tanto porque me seguía inquietando la razón de por qué estaba vivo.
La ví salir como cada día por la misma puerta. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y una tremenda duda sobre lo que estaba ocurriendo. Contemplé su precioso rostro por la mira telescópica, el rostro que había besado, acariciado, contemplado y amado. Contuve la respiración, las lágrimas y el temblor de mis dedos. Un instante y la sangre brotó de su cabeza descompuesta. Apenas pude levantarme para huir y cumplir la segunda parte del plan. Por fin me recompuse e hice maquinalmente lo que tantas otras veces. Me dirigí al tránsito…
Esta vez no había intentado matar una duda, esta vez había matado la razón de mi existencia.

 

 Sniper

C

Apenas podía disimular mi desencajado rostro por la calle, rodeado de tantos desconocidos. Esta vez no me dirigí a casa. Estuve caminando durante horas por la ciudad. Recorrí los parques y los puentes, pasé al lado de la catedral y otros edificios antiguos, intentando olvidar lo que había pasado.
Qué cosas tan horribles nos obligaba a hacer la guerra, que desafío a la voluntad suponía hacer cosas así. Sin embargo mi voluntad ya apenas existía. Incluso algo tan duro, lo hice casi sin pensarlo, sencillamente porque tenía que hacerlo y porque podía…
Y además de matar a una persona que por primera vez me hizo sentir vivo, también estaba angustiado ante la duda de por qué había matado a quien me había dejado vivir. No tenía ningún sentido y sin embargo lo hice. La voluntad triunfó sobre el sentido común y los sentimientos. Aunque en el caso del sentido común, también era razonable matar a un enemigo, por mucho que dudara que lo fuera. No podía dejar de ver su hermoso rostro que me miraba desafiante en el salón de baile, ni olvidar como nos abrazábamos por la noche. Como sonreía sin pronunciar palabra. El contacto trémulo de sus labios y la suavidad de su piel, fundiéndonos en un abrazo eterno. La naturalidad y la dicha en la consecución de nuestros actos y deseos y el perfecto entendimiento del otro únicamente a través de una mirada. Sin haber hablado con esa persona, parecía que lo supiera todo de mi, que nada lo hiciera por casualidad sino por conocimiento de causa. Parecía ser la única mujer capaz de entenderme y todo mediante la ficción(o realidad) de un acto amoroso espontáneo y desinhibido. Ella no solo me enloquecía de deseo, sino que me tenía atrapado con la ternura de sus caricias y el brillo de sus ojos. Nada se podía comparar a ese momento único e irrepetible.
Por un momento sonreí con malicia al pensar que era mejor así, habiéndola matado, no existiría la decepción posterior de tantas veces con tantas mujeres, en quienes quise ver algo, pero solo fueron palabras. Nada más tener ese pensamiento me volví a sentir mal y lleno de dudas. Ninguna había amado de esa forma y ninguna me había perdonado la vida. Tenía que haber algo distinto, al menos esta vez.
Seguí caminando por mi hermosa ciudad, llena de nieve, apenas una sombra de lo que fue en sus momentos de esplendor. Había muchos edificios en ruinas, cráteres de bombas y árboles quemados. Era una ciudad enferma por la que estábamos luchando y que en breve, conocería la madre de todas las batallas.
Por fin me dirigí a casa porque ya no podía más con el frío y el hambre. Entré en mi, un tanto lúgubre, cuarto que siempre me evocaba cierta seguridad con su olor a madera y los pocos libros que tenía colgados en unas estanterías, junto a una cocina de campaña.
De repente, pisé un sobre que alguien había pasado debajo de mi puerta. Automáticamente pensé que eran órdenes, pero la forma del sobre y la letra al dorso, bien eran distintas. Parecía la letra de una mujer y además una letra con mucha clase.
Abrí el sobre con un estremecimiento…

A mi amado…

Cuando te llegue este sobre yo estaré muerta y a buen seguro habrás sido tú quien haya acabado con mi vida. Hiciste bien en matarme por todos mis crímenes y además, deseaba que fueras tu y no cualquier otra persona. Ahora te explicaré el por qué.
Desde niña, me educaron para saber vender mi belleza y mi elegancia. Nací agraciada y al llegar la adolescencia descubrí todo el poder que eso suponía. Desde mis compañeros, profesores o familiares, todo eran adulaciones y complacencias por mi simple belleza natural. Yo vivía en esa felicidad ficticia que da el sentirse importante y encantadora, cuando únicamente soy deseada. Los estudios me resultaban fáciles y decidí meterme en ciencias, en vez de lo que esperaba mi familia(algo más acorde a mi posición y mis posibilidades sociales). La universidad también me resultó sencilla y por supuesto siempre estaba rodeada de hombres. Fue por entonces cuando descubrí mi auténtico poder. Ya no solo disfrutaba gustándoles sino poseyendo por completo sus voluntades mediante el sexo y la seducción. Entré en ese oscuro placer que me llenaba de satisfacción. En breve me desinhibí y pude alcanzar cotas de placer y un conocimiento del comportamiento masculino, fuera de lo común. Obviamente no me enamoraba. No conseguía respetar a quien caía con tanta facilidad en mis redes y al poco tiempo conocía la vida íntima de casi todos mis compañeros(los hombres hablan mucho en la cama). No podían atreverse a contar que habían estado conmigo porque quien lo hizo, vio su vida destruida con mis revelaciones. Así al entrar en cada clase, veía como sus miradas se centraban en mí y bajaban con vergüenza cuando se las devolvía. No te imaginas lo que eso me excitaba. Yo era el tercer estado y todos lo sabían, pero no lo confesaban. Llegó un momento en que eso no fue suficiente. Mientras estaba terminando mis estudios, el afán patriótico y belicista me embargó como una marea. Como tantos otros, estaba convencida en la justa defensa de nuestros ideales y la venganza por afrentas históricas. Por mi excelente expediente académico y mi experiencia en temas de “infiltración” pensé que podía aportar algo a mi país y también a mí misma por las enormes posibilidades que estarían a mi alcance. Decidí ingresar en el servicio secreto y estuvieron encantados con mi iniciativa y mi preparación. Yo sabía de sobra lo que me tocaría hacer en muchas ocasiones, pero no me suponía escrúpulo alguno, todo lo contrario, me suponía un placer y casi una justificación patriótica. No sólo aprendí formas de asesinato, sino idiomas, historia, más ciencia, ingeniería y por supuesto, mil trucos que no se me hubieran ocurrido para seducir a un hombre. Yo estaba encantada con todo lo que aprendía. Por primera vez pensaba en un conocimiento útil y directo.
Empezó la guerra. Meses antes yo ya estaba trabajando en tu país, recabando información. Era un trabajo duro, pero fascinante, además de que me permitía llevar una vida realmente cómoda y lujosa, a costa de los hombres poderosos de quienes obtenía la información. Mi tapadera consistía en un trabajo en un laboratorio sin excesivos vínculos con el ejército, pero si con científicos de renombre y también algunos militares, amigos de éstos. Ahora el placer no residía en hacer ver mi poder sobre otros hombres, sino todo lo contrario. Aparentar inocencia y fragilidad, pero con la suficiente madurez sexual para que nunca quisieran dejarme.
Cuando las tropas de mi país invadieron el tuyo, todo se volvió vertiginoso. Hubo constantes traslados de personal y no volví a ver a mucha gente. Cuando por fin entraron las tropas en la capital, ellos ya tenían una lista de todas las personas importantes que capturar, gracias a mi y a otros colaboradores. Muchos de ellos fueron torturados y asesinados. Yo creía en mi misión y ellos no eran más que los mismos hombres de siempre, pensando en lo mismo y cuya vulgaridad me enfermaba. No me importaban excesivamente sus muertes. Es más, había descubierto el siguiente nivel de excitación. Ya no solo les controlaba sexualmente y psicológicamente. Ahora tenía sus vidas en mis manos. Decidía cuando y cómo morían. Pensar que el hombre que tan seguro y masculino se sentía mientras me estaba poseyendo y que creía dominarme con su fuerza, iba a morir con que yo pestañeara, me volvía loca. Pero llegó la segunda etapa de la guerra, la más dura y cruenta. Aparecieron los partisanos y la represión del ejército con los ciudadanos. No me hacía tanta gracia ver como sacaban familias enteras por las noches y que muchas de ellas no volverían. O cómo fusilaban a toda una familia si uno de sus miembros pertenecía a los rebeldes. Pero yo seguía creyendo en lo que hacía y en lo que me decían. Ellos eran unos terroristas que no querían entender nuestra verdad. Eran unos cobardes y asesinos que mataban y se escondían, sin ningún respeto al código militar(que cosas pensaba una cuando estaba concienciada). Empezó un nuevo trabajo para mí. Tenía que infiltrarme lo máximo posible hasta la cúpula de la resistencia. Me dieron posibles nombres de sospechosos e hice extensos perfiles de ellos. Fui conociéndolos uno a uno y también a sus familiares y amigos. No renunciaba a ningún contacto. Daba por sentado que si uno era miembro de la resistencia, a buen seguro sus amigos lo serían y también muchos de sus familiares. Mandaba periódicos informes al mando e iba penetrando en las vidas de esas personas. Pero descubrí un nuevo tipo de hombres. No eran los prepotentes dignatarios, eminentes científicos y altos mandos, que consideraban casi un honor para mi, el acostarse conmigo, como si su sola presencia supusiera para mi la mayor experiencia vital y un orgullo para alguien tan insignificante como yo.
No, aquí había personas de otra pasta. Eran gentes de todas las condiciones sociales y culturales, pero muy pocos habían sido importantes antes de la guerra. Los gallitos que se cacareaban antes de la guerra, huyeron siempre que pudieron, pues sabían la vida que les esperaba. Sólo unos pocos decidieron sacrificar sus vidas a pesar de que sus familias tiempo atrás ya habían partido a sitios más seguros. Esta gente tenía una tierra, una familia e incluso una dignidad que defender. Algo que no había visto antes y que me llenó de admiración. Ya no eran hombres que me hacían un favor, los que se acostaban conmigo, sino personas con una vida llena de incertidumbres, miedos y sentimientos encontrados. Cuánto más les conocía, menos me apetecía destruirles.
Cuando me hablaban de sus aspiraciones y sueños al terminar la guerra, tenía que contener una sonrisa maliciosa, pero poco a poco fueron calando en mí todos esos sentimientos y fui viendo que no éramos tan diferentes y que me estaba aprovechando de personas que sólo querían vivir. Muchos eran los que se enamoraban de mi y que no solo querían acostarse conmigo. Disfrutaban dando un paseo mientras me cogían de la mano y querían averiguar lo que pensaba, lo que sentía, lo que amaba…
Todo ello en un ambiente de muerte, de destrucción, de asesinatos y suicidios. Ellos no mataban por un ideal: mataban para vivir, mataban para amar, mataban por necesidad. La fuerza de esas personas, me impresionó más que todas las ideologías que me habían inculcado y que todo ideal patriótico. Supe que muy pocas cosas les doblegarían y que tarde o temprano vencerían, porque tenían de su parte la mayor verdad de todas. Solo se les podía exterminar, no había otra salida posible. Y por primera vez, no quise participar en aquello.
Durante los siguientes meses seguí indagando todos los posibles contactos. Así tuve conocimiento de tu existencia. Meses antes de verte ya sabía lo que pensaban de ti tus amigos y antiguos amigos. Con casi todos habías perdido el trato para llevar mejor a cabo tu misión. Los pocos que te veían hablaban de lo mucho que habías cambiado. Recordaban con añoranza todas las veces que os juntabais, que hablabais de mil cosas, que cantabais de felicidad y como la vida era más sencilla.
A todos cambió la guerra, pero en tu caso constataron que fue mucho peor. Según comentaban, toda tu cabeza esta orientada a la guerra, ya no existía lo demás. Había muerto el chico enamoradizo, vital, viajero, lleno de entusiasmo que hacía revivir las mejores tertulias y que siempre le encontraba un lado positivo a la vida. Un hombre que se conformaba con muy poco y que quería mucho a sus amigos y familiares. Ahora solo eras un recuerdo de eso y por alguna razón quise conocerte.
Muchos de tus amigos murieron gracias a mí Cuando ya no podía sacarles más información y veía que eran solo peones, me las arreglaba para que cayeran en alguna emboscada y fueran capturados o muertos. Mi trabajo no resultaba tan excitante, pero lo seguía cumpliendo con diligencia. Me fui acercando a ti poco a poco, aunque esta vez no a través de familiares o amigos. Sencillamente te observaba salir y entrar de tu casa. Incluso entré varias veces, mientras sabía que estarías fuera largo rato. No pude evitar mirar los libros que tenías en las estanterías y ver cuántos de ellos me encantaron, cuando aún era una chica inocente, llena de aspiraciones e inconsciente de los placeres y maldades del mundo adulto. Por alguna razón sentí que teníamos algo en común, algo especial, motivado por lo mucho que ya te conocía y por todas las personas que aún te querían a pesar de que os fuisteis separando. También sabía que intentabas buscarle el lado interesante a todo lo que hacías y que posiblemente disfrutarías asesinando a personas, a pesar de que te atormentarían los remordimientos. Creo que eso fue lo que teníamos en común y empezaste a obsesionarme, por primera vez en mi vida. Nunca había hablado contigo y ya creía conocerte del todo. Ya no quería matarte, ya no podía hacerlo. Todo mi mundo se venía abajo, todas mis ideas, la causa de mi lucha. Estaba tomando conciencia de que mataba a un ser hermoso, una persona, a pesar de sus vicios y debilidades. Iba viendo realmente lo que suponía una persona para mí y me veía incapaz de seguir matando.
Tú representabas lo que le faltaba a mi vida, lo que siempre había estado buscando mediante el morbo de controlar a otros hombres o dominar por completo sus vidas. Pero sabía que lo nuestro era algo imposible. Yo había matado o ayudado a matar, a muchos de tus amigos y compatriotas. Era una asesina, una carnicera que se había aprovechado de las debilidades de personas que solo querían vivir y amar. Tampoco podía huir y traicionar a mi país y mi pueblo. Además de que el mundo sería demasiado duro sin poder tenerte a mi lado. Solo se me ocurrió la alternativa de morir, pero que fueras tu quien lo hiciera. También pensé en pasar una única noche contigo para saber si me transmitirías todo lo que pensaba. Sabía que tus creencias no te harían dudar al dispararme, por lo que te sometí a ese siniestro juego. Fui una egoísta horrible, pero quería conocer el amor a tu lado y deseaba morir por ti. Te envío esta carta, para liberarte de dudas y de culpa. Yo tenía que morir por mis crímenes y para no mentirte, ni someterte a un tremendo dilema. Quise que solo fuera una vez para que aún tuvieras fuerzas para disparar. No pienses que has hecho algo malo. Tu vida y la forma en que la llevaste, junto a la de muchos otros de tus seres queridos, me hicieron despertar y liberarme de todo mal. Es por ello que decidí morir, pero conocer el éxtasis a tu lado por una vez y para siempre. Por primera vez en mi vida, fuiste todo lo que pude soñar en un hombre y te estoy muy agradecida por ello.
Siempre tuya

 

 Sniper

D

Arrugué con fuerza la carta y luego otra vez la estiré y releí varias veces. Eso lo explicaba todo. Pero la explicación no suponía ningún consuelo, porque mostraba la grandeza de esa mujer que acababa de asesinar. Y por mucho que ella decidiera hacerlo y se lo mereciera, para mí era un vano consuelo.
Envolví la cara en mis manos, llorando sin parar. Cogí una caja de botellas que tenía escondidas y comencé a beber compulsivamente. Me quedaba horas mirando el techo de mi cuarto, tirado en el suelo y mareado de tanto beber. De vez en cuando iba al servicio por las náuseas que sentía de tanto alcohol y ningún alimento.
Abrazaba mi rifle, tantas veces desmontado y engrasado con devoción y mi apuntaba a la cara, para darle un último uso, pero no me atrevía o no le encontraba sentido a hacer algo así. Ese rifle había sido durante años mi único amor. Era la razón de mi existencia, lo único que tenía en mente cada vez que salía de mi casa. Matar por un ideal, por una necesidad o por un mero placer. No podía evitar disfrutar con lo que hacía porque creía en mi misión y me sentía importante al tener tanto poder, pero al mismo tiempo sentía náuseas. Y desde que apareció ella, ese rifle no era más que un juguete, una mentira que me había creado para olvidar el sentido verdadero de mi existencia.
Pasados unos días era un completo despojo humano.
Antes, cada mañana me levantaba y me ponía una camiseta. Salía a mi pequeño balcón y respiraba el aire gélido de mi ciudad mientras se me refrescaban los hombros. Me encantaba ese instante, en el que aún no pensaba en nada, en que estaba completamente liberado de mis penas, mientras miraba mi ciudad en ruinas y captaba la esencia de muerte que llevaba. Seguía siendo una ciudad hermosa y me deleitaba viendo a algunas personas caminar por sus calles y levantarse en los pisos de enfrente.. Recuerdo que un día entraron los soldados en el bloque que había delante de mi balcón. Se llevaron a una familia a excepción de una niña, que no debía estar o se habría escondido. Poco después ví a la niña, sentada en el suelo y abrazada a sus piernas. Lloraba desconsoladamente porque sabía que su familia no volvería. Ví como los vecinos querían ayudarla, darle de comer. La trasladaron a vivir con ellos. Se quedaba mirando por el balcón y yo cada mañana la miraba a su vez. Nunca nos saludamos, solo nos acostumbramos a vernos cada mañana.
Un día me miró fijamente, sonrió de forma radiante y saltó por el balcón precipitadamente. Nunca supe por qué me sonrió, quizás porque era feliz de acabar con su agonía.
Ahora yo me arrastraba por mi habitación únicamente para coger otra botella o desalojar el alcohol de mis venas en el servicio (si es que conseguía llegar). Daba pena verme. Días antes era un disciplinado profesional del asesinato y la defensa de un ideal, una tierra, lo que me parecía justo. Ahora solo un individuo que se compadecía de si mismo. Mi vida había dejado de tener sentido. Ella había sido la única persona que me recordó lo hermosa que podía ser la vida, después de que la niña y mil historias más me dijeran lo contrario.
De repente, al recordar eso, hice una breve reflexión. Ella no murió para que yo terminara así. Quiso transmitirme algo. Me levanté con dificultad y me metí en la ducha. Sentí sobre mi piel el agua helada que descendía por una piel seca y cuarteada por tantos días de borrachera.
Salí silenciosamente a la calle para comer algo y pensar en ello.
Al volver, nada se me había ocurrido.
Mientras me sentaba en la cama y volvía a entristecerme, noté debajo de mis pies una caja, que llevaba allí años. Era mi viejo violín, que no había tocado desde antes de la guerra. Algún día lo intenté, pero no me salía ni una nota. Cada que vez que me ponía, algún recuerdo desagradable me obsesionaba y me impedía concentrarme. Pero esta vez lo cogí con otra actitud.
Intenté tocar una nota y no me salió. Decidí salir al tejado, desde donde había una hermosa vista de la ciudad que tanto amaba.
El sol se estaba poniendo y su lengua naranja, hacía surgir los colores más vivos de las nubes, los edificios y el horizonte. Los colores ocres y rojos eran pura poesía.
Sentí el momento y por fin me salió una nota, luego otra y otra.
Me sentí seguro y me brotaron de memoria melodías completas de Bach y Haendel. El momento era glorioso mientras el sol se escondía tras la silueta de los edificios.
Me puse a pensar en todo lo que ella me había dicho con su carta y con su sacrificio.
Ella descubrió ambos lados de la vida. Vio como el poder de la violencia, la intimidación y la conspiración, son sugerentes y placenteros en un principio, pero que nunca perduran. Los tiranos son tan necios que se sienten seguros en su dominación, pero muchas veces son inconscientes de que no es respeto lo que tienen y que en cuanto muestren debilidad se les lanzarán encima. Vivirán siempre con el terror y la fragilidad que da ese poder tan superfluo. No sabrán nunca lo que es ser amado y creerán no necesitarlo, por estar encima de todo tipo de sentimiento. Pero si necesitarán de esa demostración constante ante todos y ante sí mismos, de su poder. Quizás nunca se den cuenta, del mérito que tiene conseguir ser amado por los que te rodean y como, nunca te dejarán caer, si sus sentimientos hacia ti son sinceros. Todos disfrutarán en cambio, con la derrota del tirano y este solo podrá rodearse con personas de la misma ralea.
Eso es lo que también ella debió descubrir, y es que era tratada bien por los suyos, mientras fuera útil. Pero no podía esperar agradecimiento, lealtad, cariño, de quienes justificaban el crimen, la mentira y la conspiración mediante aparente patriotismo. Sabía, que ella seguiría, con cierta probabilidad, el destino de sus víctimas, si por casualidad, parecía demasiado ambiciosa o independiente para los suyos. No tenía un buen final su historia y lo que es peor, tampoco iba tomando un buen desarrollo.
Ya no hacía lo que le parecía justo. Los placeres dados por el poder, eran muy superficiales con el mérito, el sacrificio y el esfuerzo que suponía dejarse querer y luchar por los seres queridos. Eso descubrió en esas personas tan sencillas y tan inferiores en apariencia.
La verdad no estaba en la superioridad intelectual o económica, sino en las cosas más básicas de la vida que todos buscamos de forma instintiva. Había experimentado lo más complejo y retorcido de la vida, para descubrir que un mero abrazo o el desinterés de alguien por ella, supondrían la mayor felicidad de todas.
La Biblia siempre valora a las personas que se arrepienten, que toman conciencia de sus errores.
Ciertamente no tiene mucho mérito ser bueno en algo o de principios correctos, si así le fue inculcado o simplemente fue innato de esa persona.
Pero por encima del arrepentimiento por temor a Dios, está el mérito de descubrir nuestro error dentro de la ética que teníamos ya en nuestras cabezas y con la que justificábamos nuestros actos. Un cambio en esa forma de ver la vida, basándose en la razón y en la experiencia, es lo más grandioso que puede existir.
Ella tenía esa grandeza. Y con su sacrificio le enseñó algo tantas veces repetido y rara vez escuchado. Que la vida merecer ser vivida, por los que amamos, por lo que amamos, por nuestras creencias.
Ella murió por amar demasiado la vida, por el conocimiento de que nuestros actos tienen sus consecuencias y también, porque encontró a alguien parecido a ella, que había olvidado todo eso y por quien quiso hacer un último sacrificio por amor a la verdad y la condición humana.
Todo esto pensé mientras seguía tocando, mientras la melodía se fusionaba con mis pensamientos y el increíble paisaje. Esta vez, una idea tan obvia, me golpeó con contundencia y sentí paz y alegría, mientras las estrellas arropaban la ciudad milenaria con su luz y la música del violín evocaba todas las cosas hermosas de la vida.

Sniper

E


Poco a poco se acercaba el día del levantamiento, aquel para el que llevábamos preparándonos varios años. Tenía que estar perfectamente coordinado para que cientos de miles de hombres alzaran sus armas y se jugaran sus vidas por ganar su libertad. No pocas dudas nos surgían sobre si debíamos o no hacerlo. El enemigo reaccionaría con crueldad y cuando se reagrupara atacaría con contundencia sin importarle la muerte de cientos de miles de civiles. Sobre nuestras conciencias estarían esas muertes, que habríamos provocado. Arderían nuestras principales ciudades y había muchas posibilidades de que fuera un sacrificio en vano. Carecíamos de su logística y nuestra única ventaja era el factor sorpresa y la momentánea facilidad para escondernos.
Facilidad que compensarían con artillería y lanzallamas con los que nos sacarían de nuestros escondites para cazarnos como conejos.
Al finalizar la guerra, victoriosos o no, surgirían mil voces críticas por nuestra actuación, desde cierto punto de vista, desconsiderada hacia los que perderían la vida por nuestra culpa. No éramos Dioses para decidir sobre todas esas vidas y no teníamos la seguridad de que eso fuera a mejorar un ápice la vida de nuestros compatriotas. En cierto sentido nuestra decisión era fascista. Incluso si triunfábamos, al terminar la guerra se nos olvidaría, se intentaría minimizar nuestro sacrificio. Éramos la prueba viviente de la cobardía de los demás y aunque aparentarían admirarnos, en el fondo nos odiarían, por haberse quedado de brazos cruzados mientras otros arriesgaban sus vidas por un poco de dignidad.
Los mismos que llegarían al poder, nada más regalárselo nosotros con nuestro sacrificio, también intentarían hacernos caer en el olvido. Al fin y al cabo no llega al poder aquel que lucha por algo sino quien sabe servirse de los demás sacrificándolos por el camino, traicionando todo tipo de ideas y volviéndolas ambiguas para abarcar un pensamiento único.
Nosotros, de una forma u otra éramos instrumentos de toda esa gentuza, que mediante las apariencias y la mentira alcanzarían el poder ganado por otros. Eran la prueba viviente de que casi nada se consigue mediante el esfuerzo y el valor, salvo sentirse bien con uno mismo. Pero…¿cuál era la alternativa?
¿quedarnos mirando mientras nuestro pueblo y nuestra tierra agonizaban? ¿Escoger el camino de la sumisión y la mediocridad?¿Hacer lo que el resto de la sociedad creía que era lo realista?
Cuando pensaba en todas las voces reaccionarias que se alzaban para impedir que algunos defendiéramos nuestra dignidad, un desprecio y una ira tan fuertes me embargaban que me ponía a pensar en lo sanas que son las guerras para purgar la escoria que subyace entre nosotros. Es ahí donde se mostraban las verdaderas personas. Pensaba en lo poco que valía una persona cobarde, que se justificaba de todas las formas (intelectuales o de sentido común) posibles para no hacer nada, para dejarse llevar por la inercia y no pelear por aquello que era lo justo. La cobardía y la mentira a uno mismo y a los demás, para mi, eran sinónimos de una misma vergüenza. Y pensando todo eso perdía por un momento la sensación de culpabilidad por todas las personas que morirían por mis actos. En cierto sentido algo así era necesario, como una especie de lección para recordarnos lo que somos y las cosas por las que merece la pena vivir y luchar. Pero por otro lado, preferiría sinceramente, que las personas decidieran libremente si ser o no mediocres ya que yo no era dueño de ninguna verdad, salvo aquella que me dictaba la ira, el odio y la intuición de lo que debía ser bueno para todos.
Llegó el gran día. Mi arma estaba preparada y todo mi pensamiento orientado hacia la matanza. Llevábamos años recopilando información sobre los movimientos del enemigo. Conocíamos al detalle todos sus acuartelamientos, la forma de actuar según que circunstancias y habíamos ponderado su capacidad de respuesta. De todos modos habría muchos imprevistos y errores de cálculo, que nos costarían muchas vidas y posiblemente la batalla.
Amaneció en el día señalado y he de decir que era precioso y soleado, lo que me hizo levantarme de buen humor a pesar de que ese día posiblemente conocería la muerte yo y cientos de miles más.
Me puse en el lugar indicado por mis comandantes, para apoyar a una unidad que trataría de detener mediante barricadas y bombas, la división acorazada que con seguridad aparecería por esa avenida. Me subí a lo alto de un edificio en un piso presumiblemente abandonado. En varias ocasiones había pasado por allí para comprobarlo, pero esta vez encontré una familia escondida: Unos padres con sus dos jóvenes hijas. Se aterrorizaron al verme entrar. No les permití salir de allí mientras no hubiera empezado la batalla, cuando ya no pudieran delatarme por la confusión que surgiría entre las tropas. Intenté explicárselo pero estaban muertos de miedo, casi como si yo fuera el enemigo. Prácticamente les tuve que amenazar para que estuvieran callados en un rincón sin molestar. De todos modos, al ver lo demacrados que estaban les di mi ración de comida a pesar de lo mucho que la iba a necesitar si se prolongaba varios días. Al menos así les conseguí tranquilizar.
Mientras esperaba para la hora señalada daba vueltas en círculos sin decir nada, intentando concentrarme en lo que iba a ocurrir y en mi pequeño cometido en toda esa orgía de destrucción que llegaría. La familia me observaba con curiosidad mientras engullía los alimentos. Había un cierto temor y respeto en sus ojos. Les dije que en cuanto todo comenzara podrían irse. No intenté contarles el cuento del sacrificio que hacía por la patria y todas esas bobadas. De sobra podían ellos pensar lo que quisieran mientras no me estorbaran. No buscaba justificarme ni ser amable, solo cumplir mi cometido. Bastante carga moral tenía ya pensando en la masacre que iba a haber.
Llegó la hora y en distintos puntos de la ciudad y del país, se lanzaron bombas sobre los cuarteles. Aparecieron como por arte de magia barricadas donde más podrían molestar a los tanques posicionados en ellos y también a las afueras de la ciudad. Se colocaron francotiradores en todos los tejados y se sincronizaron cientos de ataques simultáneos a los puntos débiles del enemigo, en especial a sus fuentes de comunicaciones y suministros. Mientras unos perpetraban ataques, casi suicidas, otros esperaban los inminentes refuerzos enemigos que atacarían con contundencia salvaje. Yo me encontraba en uno de esos puntos de contención. Supuestamente atraparíamos a los tanques e infantería en un fuego cruzado desde todas las ventanas. Recibirían fuego de mortero, granadas, cohetes e incluso ladrillos si era necesario.
Desde mi ventana podía oír los disparos y las bombas y veía como se alzaba el humo en distintas partes de la ciudad. Los primeros objetivos no serían difíciles de conseguir por haber sabido de antemano todas las rutinas del enemigo, pero en cuanto vinieran los refuerzos conoceríamos otro tipo de guerra, completamente imprevisible y sangrienta.
Poco a poco el ruido de bombas se iba acercando y la tierra comenzó a temblar. Los tanques se acercaban por la avenida principal. La familia de mi cuarto, ya no estaba tan asustada pues había comprendido la razón de que yo estuviera allí (aunque se lo expliqué no quisieron creerme) y se sentían más tranquilos a pesar de lo que se nos venía encima (quizás porque de no haber un levantamiento les cogerían en breve).
Pude vislumbrar por fin los tanques que se acercaban. Me puse a disparar a los soldados que se guarnecían tras ellos, intentando que no fuera de forma indiscriminada para que no averiguaran mi posición. De todos modos, las barricadas centraban la atención de los carros blindados y yo me podía permitir hacer una carnicería redonda. Los tanques avanzaban inexorablemente hacia la barricada que se encontraba debajo de mi ventana, a pesar de los muchos esfuerzos que hacían mis compañeros por atacarlos por los flancos. Yo me centraba especialmente en los puestos de mortero y en los francotiradores del enemigo, bien escondidos tras esquinas o escombros. Eran ellos mi peor enemigo y también el de los que se enfrentaban a los tanques lanzando granadas a pecho descubierto.
Las avenidas se iban regando con sangre mientras miles de hombres explotaban al son de las granadas y yo disparaba de forma mecánica e inmisericorde a todo lo que se movía. Iba comprobando a gran velocidad todas las esquinas y ventanas para que nadie me pudiera cazar y cambiando mi posición a cada disparo. Los dedos me sangraban y la piel se me oscurecía por el sudor y el polvo. Me iba convirtiendo en un animal que hacía todo por puro instinto. Los tanques iban siendo detenidos por las granadas que destrozaban sus orugas o que provocaban incendios en su interior, haciendo salir a los conductores envueltos en llamas. Yo disparaba sin piedad a los conductores que salían asfixiados de sus carros y un puesto de mortero pareció localizarme. Cayó una bomba sobre el tejado de mi piso y los escombros me sepultaron en parte. Los cristales se me clavaron en el cuerpo, pero yo no sentía nada gracias a la adrenalina despertada por la batalla y la sed de sangre. Me quedé inmovilizado bajo los ladrillos, que se me clavaban en la espalda. Oía las explosiones de forma lejana y el ruido de las ametralladoras. Creí oír una música en mi cabeza, que iba al son de ese lamento ininterrumpido de muerte. Como si ya mi pensamiento estuviera completamente invadido desde todos los sentidos por lo que ocurría a mi alrededor. Me levanté con todas mis fuerzas y la familia que se había dirigido a ayudarme vio como se elevaban unas piedras y salía mi cuerpo ensangrentado de el


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