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Enviar un mensaje privado Autor Redfield
La tenue luz cubría la sala. La cera de las velas, a medio derretir. La
suave lluvia golpeaba el cristal de la ventana. El viento aullaba fuera, pero
el ligero fondo de jazz me impedía oírlo.
Saboreando los últimos restos del postre y
sorbiendo un poco más de vino clavé mis ojos en él, de la misma forma que él lo
hizo. Con un simple gesto nos levantamos al unísono. No podía dejar de mirar
sus ojos.
Nos quedamos de pie, absolutamente
inmóviles. Pude ver un destello de emoción en su mirada. Lentamente alargó la
mano. Me agarró la cintura. Me acercó a él y nuestros labios se juntaron. Con
su otro brazo rodeó mis hombros aferrándome cada vez más cerca de él. No podía
dejar de mirar sus ojos.
Al separarnos le empujé sobre el sofá. Cayó
como un muñeco de trapo. Me abalancé sobre él, mientras me revolvía el pelo.
Volví a besarle, esta vez agarrándole con fuerza la mano. Él me dio la vuelta
colocándose sobre mí. Sonrió levemente acariciándome las piernas.
Cerré los ojos. Durante ese corto instante
me vino a la mente el momento en que lo conocí. El momento en que me miró por
primera vez. No podía dejar de pensar en sus ojos.
Noté algo punzante en mi espalda. Frío y
áspero, recorrió mi columna. Su respiración se aceleraba. Comenzó a acariciarme
el rostro con nerviosismo. Me cubrió los labios con su mano. Se acercó a mi
oído. Dijo algo, pero su respiración entrecortada me impidió entenderlo. Noté
como aferró con fuerza el cuchillo y lo hincó con furia en mi pecho.
No pude tan siquiera moverme. Quise cubrirme
el cuello, pero mis manos no respondían. Un grito, ahogado, quedó suspendido en
mi garganta impidiéndome respirar. Caí de rodillas al suelo. No podía dejar de
mirar sus ojos.
Con un cuidado casi sexual me agarró. Me
tumbó en el suelo, sobre el parqué. Me curvó la espalda y flexionó mis piernas,
colocándome en posición fetal. Dejó algo sobre mis manos, que se fueron
cerrando lentamente. Se incorporó con naturalidad y, sacudiéndose un poco,
apagó el equipo de música y cruzó la puerta, cerrando suavemente.
Así, fría, inerte y desnuda, es como me has
encontrado. La tenue luz cubría la sala. La cera de las velas, a medio
derretir. La suave lluvia golpeando el cristal de la ventana. Tumbada en el
suelo, sobre un charco de sangre. El viento aullando, mientras crujen las hojas.
Los platos de la cena sobre la mesa sucia. El incesante reloj, que debido al
absoluto silencio resuena cada vez con más fuerza. El sofá aplastado por
nuestra silueta. La puerta del dormitorio abierta, esperando que la noche
hubiera acabado de otra manera.
Y una lágrima resbalando por mi mejilla.
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