Texto a Mis Favoritos
Autor a Mis Favoritos
Suscribirme a este autor
Comentarios (0)
Enviar un mensaje privado Autor Eva
Vivíamos en un segundo piso y él… ¿he dicho ya que estaba pirado? Él saltaba por el balcón. Yo me desesperaba, cada vez que empezaba a buscarlo y no lo encontraba en ninguno de sus rincones preferidos: debajo de mi cama, detrás de mi armario, escondido entre las sábanas… ¿Cómo narices se metería ahí? En fin, era un escalador nato, está visto. El caso es que, cuando no lo veía, acabé por acostumbrarme a mirar por la ventana. Y allí estaba él, dos pisos más abajo, en el asfalto. Mirando hacia arriba, cuellilargo, y bailando de un lado a otro, con expresión angustiada. Creo que si hubiera sido un perro o un gato, habría ladrado o maullado escandalosamente, para que bajara a recogerlo. Pero a él, pobre mudo, no le quedaba más opción que dar vueltas en círculos, rogando en silencio para que me diera cuenta, una vez más, de sus actos enajenados.
Tobías era un incomprendido. Abría su gran boca de manera amenazante, dando la impresión errónea de ser colérico, intratable, arisco… Y, por ello, se ganó fama de que mordía entre los allegados. ¿Qué mordía y a quién? A mí, no, desde luego. Ni a nadie, que yo supiera.
Podía pasarme horas eternas jugando con él, incansables ambos, acariciándole la cabeza, tirándole de las patas, haciéndolo rodar sobre su caparazón pedregoso, mientras él asomaba la cabeza y me contemplaba, pensando: “Aquí la loca eres tú, rica”. Porque Tobías pensaba eso. Y juro que hasta sonreía. “Bicho asqueroso”, lo llamaba la tía Julia. Yo disfrutaba enormemente, cuando ella venía de visita y estaba tan tranquila, plácidamente relajada en el sofá: “Mira, mira, tía: Ahí viene el galápago”, le decía, señalando con el dedo algún punto a su espalda. Picaba todas las veces. Tía Julia realizaba el triple salto mortal. Pegaba un brinco y se subía a lo primero que encontrase. Qué inolvidable esa vez, en que lo único que tuvo a mano fue la mesa. Jesús, qué energía, qué manera portentosa de saltar, limpiamente, hasta el centro de la misma…
Tobías terminó viviendo en una casa baja. Una única planta, desde donde no poder arrojarse al vacío de aquello que lo consumía por dentro y lo impulsaba. Como si de un orate interno en un centro, alejado de sus instintos, se tratara. Paseando, seguro que infelizmente, en un patio, lleno a rebosar de tiestos con geranios colgados en las paredes, fuera del alcance de Tobías. A él nunca le gustaron los geranios, no siendo como postre que luego escupía con desprecio.
Yo acabé teniendo presente su duro caparazón, resistente a cada intento inconsciente de suicidio. Rememorando cómo escondía la cabeza cuando nos conocimos, cómo abría la boca en actitud defensiva. Dándome cuenta de que, con el transcurso del tiempo, aprendemos de lo que conocemos y las tortillas termina por dar la vuelta:
Él aprendió a mostrar su cabecita para que lo acariciara, a buscarme mimoso, a rozarme con suavidad, zalamero, llamando de ese modo mi atención.
Yo aprendí a tener un férreo caparazón y a suicidarme un poco cada día.
© Eva Pardal Borges 2007
Texto registrado en el Registro de la Propiedad Intelectual como parte de la obra “Relatos desde el andén”.Todavía no se hicieron comentarios sobre este texto.
Solo los usuarios registrados pueden agregar comentarios.
Si no esta registrado en VOOTEXT puede registrase gratis y disfrutar de todo el sitio.
Ningún usuario añadió este texto a sus favoritos.
Copyright © 2009 Vootext.com Todos los derechos reservados.