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Sitio Web del AutorAutor LuisBermer
A pesar de sus descomunales dimensiones,
la estancia olía a putrefacción. En la oscuridad casi total, junto a uno de los
rocosos muros y sobre un lecho apelmazado de restos humanos, se erigía el Señor
del Mal, como un dios monstruoso exiliado de todos los panteones. Su mole se
perdía en las alturas, una montaña de carne amorfa, palpitante en algunos de
sus obscenos pliegues y de un verde putrefacto en otros, envuelta en vapores de
corrupción y nubes de moscas rabiosas. Algunos huesos parecían querer rasgar
desde el interior la grasa, la piel correosa cubierta de llagas y cicatrices
que los aprisionaban. Y allá en la cima, donde habría de existir un rostro,
el Señor del Mal exhibía un enorme
agujero abierto en la carne, que se abría y cerraba, se abría y cerraba sin
descanso…boqueando un murmullo gorgoteante, e inaprensible.
La única, escasa iluminación, provenía de
los tres corredores horadados en la roca, cuyas bocas vomitaban tenues
resplandores rojizos y anaranjados en la inmensa oscuridad de la caverna. El
Señor del Mal resultaba, medio vislumbrado, medio intuido, una visión de
pesadilla ante esa luz insuficiente.
Del corredor central comenzaron a llegar
ecos de pasos y voces apagadas, temerosas. Poco después, precedidos por sus
sombras titilantes, emergían hombres de variopinto aspecto, constitución y
catadura, organizados en pulcra fila india. Todos avanzaban mirando hacia su
siguiente paso; era la forma de mostrar respeto y sumisión incondicional ante
el Señor, así como una precaución para no tropezar con ningún desnivel de la
roca o alguna de las criaturas, blanquecinas e indefinibles, que se escabullían
entre sus pies como serpientes. Un rumor grave, contenido, les acompañaba en su
travesía por la oscuridad. Algunos tosían para aclararse la garganta, dominados
por el nerviosismo; y las toses sonaron tan ridículas, patéticas, en aquella
majestuosidad tenebrosa de espacios sólo imaginables, que los abrumados
hundieron –aún más– sus cabezas entre los hombros, como si intentaran
esconderse en sí mismos.
El primero en la fila, un hombre de piel
oscura y ojos gélidos, les guiaba con paso firme; parecía que no era la primera
vez que caminaba por este lugar, pero para muchos de ellos, resultaba evidente
que así era: según se iban acercando, y la masa ingente del ser que habían
venido a buscar se convertía en una realidad irrefutable para sus sentidos,
comenzaban a trastabillar, temblando sin remedio. Nunca imaginaron que su
presencia fuera a ser tan…inhumana.
<<El Señor del Mal detesta a los cobardes>>
–les había advertido su guía, pero a medida que la fila avanzaba, su paso se
iba haciendo lento, cauteloso. Ninguno podía evitarlo. Aquel ser colosal les
hacía sentir indefensos, minúsculos ante su tamaño, y su aura de maldad casi
respirable. De repente, un bramido gutural, atronador, surgió de la montaña de
carne como una erupción sonora, una tormenta cacofónica de voces fundidas en un
tono salvaje, que se expandió en olas de negrura. En la fila, los nervios de
algunos hombres se quebraron definitivamente. Toda la valentía que les impulsó
hasta aquí se desvaneció, quedando en su lugar la esencia pura del miedo
animal. Unos quedaron paralizados, como lívidas estatuas de sal, otros cayeron
al suelo, hechos ovillos fetales, temblorosos. Un joven alto y delgado corrió
despavorido, intentando huir por donde habían llegado. Y a los pocos metros del
umbral, una sombra se interpuso entre él y su salvación. Como una ráfaga de
viento, se lanzó sobre su cuerpo, pegándose a su piel. Su primer grito de
sorpresa pronto aumentó hasta ser un aullido de sufrimiento. Los pocos que se
atrevieron a mirarlo vieron cómo la carne se deshacía lentamente, burbujeando,
cayendo en goterones al suelo; sus ojos eran dos gelatinosas lágrimas blancas,
que se escurrían junto a las pastosas mejillas sobre el pecho. Y así siguió
gritando hasta que dejó de tener garganta para hacerlo. Sus compañeros de fila
caídos se habían unido a él, como bultos negros de brea siseante, en una
sinfonía de dolor. Los demás –aún conmocionados– se pusieron a caminar de
nuevo. Y entonces comprendieron que no era roca lo que estaban pisando desde
que entraron…
El guía de la fila se detuvo, al fin,
frente a un enorme montón de objetos compactados de toda clase: cuerdas,
hachas, telas que habían sido prendas de vestir, piedras…formando un parapeto
que rezumaba sangre como un extraño animal herido, frente al Señor del Mal, que
se alzaba sobre ellos, un océano vertical, imposible, de carne corrupta. El
olor era espantoso, y tuvieron que luchar por retener las arcadas.
El primer hombre se adelantó un paso.
Metió las manos en los bolsillos del pantalón y sacó un cuchillo en un trozo de
tela ensangrentada. Los mostró en alto, justo antes de arrojarlos al montón.
–Violé a una chica. Después, le corté el
cuello con ese cuchillo.
El Señor del Mal se inclinó levemente
hacia él desde las alturas, como si pudiera verlo a través del agujero en la
carne por el que habló, con su voz compuesta de mil voces:
–Cuatro años más de vida –retumbó, con ecos abismales.
El hombre hizo una leve reverencia antes
de dirigirse hacia la derecha de la deidad, donde se abría la boca de uno de
los tres corredores iluminados. Una vez vio salir a su compañero, el siguiente
en la fila ocupó su lugar. Intentó que su mano dejase de temblar mientras
sacaba un revolver de su chaqueta. Lo elevó sobre su cabeza, y lo echó al
montón. Allí quedó entre los pliegues de un saco.
–Disparé a mi hermano hasta matarlo –dijo
con voz medio estrangulada.
–Cinco años más –sentenció el Señor.
El tercer hombre era de baja estatura,
casi calvo y con una expresión de odio perenne grabada en las facciones. Con
una inclinación, empezó a exponer sus actos:
–Ordené el genocidio de una odiosa
minoría en mi país. Murieron miles, no
sabría decir cuántos exactamente.
El Señor del Mal se removió, acompañado
de un sonido de humedad pegajosa según se volvían a asentar las masas de carne
en su nueva posición.
–¿Los mataste a todos tú, en persona? –La
pregunta cayó como un alud furioso y ensordecedor sobre él.
El
hombre se inclinó un poco más. Unas gotas de sudor empezaban a resbalarle por
la frente.
–Yo
di todas las órdenes a los comandantes, mi Señor –consiguió decir, sin saber
dónde mirar.
El
Señor del Mal volvió a tronar, escupiendo rabia aterradora.
–¿No
manchaste tus manos de sangre?
–No…de
forma directa; pero sin mi or…–no pudo terminar la frase.
En
la montaña de carne se abrieron varias pústulas, largas y serpenteantes, y una
miríada de tentáculos fue expulsada al exterior, lanzándose sobre el genocida.
Uno de ellos le rodeó la cabeza, a la altura de los ojos, mientras otros lo
tomaban por las piernas y la cintura, elevándolo sobre el suelo. La fila
retrocedió espantada, ante los gritos angustiosos del hombre que intentaba
zafarse sin conseguirlo. Entonces los tentáculos comenzaron a presionar. Y los
gritos de dolor, entrecortados, aumentaban de volumen para horror de todos los
que lo observaban debatirse. Su agonía pasó a un alarido mantenido de
sufrimiento, mientras los tentáculos empezaron a tirar en sentidos opuestos,
sin soltar a su víctima. Unos crujidos amortiguados pero audibles,
escalofriantes, salían del hombre, cuyas cuerdas vocales debían haberse
quebrado ya en el éxtasis del dolor. De súbito, el cuerpo se partió en dos con
un restallido de huesos y músculos; los tentáculos arrojaron las dos mitades,
casi con desprecio. En la fila les dio tiempo a ver cómo se descolgaban los
pulmones, cómo se vertían las vísceras, antes de desaparecer en la oscuridad.
Los gritos del pequeño hombre se acallaron.
Ahora
quedaban once en la fila. Y el siguiente tuvo que ser empujado por los de atrás
para avanzar.
Y de
ellos, sólo seis dijeron aquello que el Señor del Mal deseaba oír.
Transcurrieron
muchas horas antes de que sonidos humanos volvieran a escucharse en la caverna.
Llegaban por el corredor opuesto al que los seis afortunados habían tomado para
salir de allí, conservando su vida y un poco más. Pasos, carraspeos y algún
estornudo anunciaban a la muchedumbre que se acercaba. Eran no menos de veinte cuando
al fin aparecieron. Todos ancianos, que avanzaban a duras penas, y algunos de
ellos, que casi no podían mantenerse en pie. Se dirigían hacia su Señor con
extrema cautela, uno tras otro, tanteando con sus bastones la roca de
sedimentos humanos para evitar cualquier caída que pudiera resultar fatal. Iban
flanqueados por sombras inquietas, como charcos de petróleo viviente.
–¡Hablad!
–retumbó la montaña de carne.
–Mi
Señor –dijo el primero, con voz cascada, apenas audible–, venimos a pedir tu
clemencia. Ya no podemos matar para ti como antes; nuestros cuerpos lo impiden.
Pero sabes que nuestro deseo y nuestra devoción siguen intactos. Déjanos morir
en paz, y perdona que no podamos traer ya las ofrendas que mereces, mi Señor.
El
anciano inclinó el rostro, y cerró los ojos.
Algo
sonó en el interior de la carne inmensa, como un trueno bajo tierra. Todos se
estremecieron. Y desde las alturas cayó la voz:
–No
temáis. Es el regalo de la eternidad lo que os voy a conceder…
Y
largas tiras de carne hedionda se desprendieron sobre ellos, aferrándolos con
fuerza, alzándolos entre gritos de desesperación como colgajos patéticos. Tres
tropezaron para caer sobre las sombras devoradoras; pero el resto, uno por uno,
desaparecieron pataleando por el abismo que era la boca, la cima, del Señor del
Mal.
Y
mientras caían, mientras los recibía en su interior infinito, su pensamiento
–que era un fluido cambiante conformado por millones de mentes fragmentarias–
entonaba un mantra desquiciado, una oración oscura que siempre fue la misma,
pero cada vez más profunda, nunca igual.
<<Somos Legión. Somos el Mal>>
<<Somos Uno>>
Como siempre fue.
Como siempre será.
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