Opciones

Calificar


  • Calificación 0.
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
Val. Promedio:0
(0 Votos enviados)

Haga click en la estrella para enviar su voto

Sacrificios conyugales

Filoso

Autor Filoso

Calificación Promedio:
estrella grisestrella grisestrella grisestrella grisestrella gris

Publicado el 16/09/2008 | 84 Visitas | 2 Comentario(s)

 

No tenía demasiado qué hacer ese domingo y venía tarareando uno de esos temas de Los Beatles por los cuales mi hija me tilda de anticuado. Al cruzarse conmigo me dedicó su habitual mirada reprobatoria, sugiriendo además que si he de continuar escandalizando lo haga con los Stones, pues luzco tan patético como ellos. Lejos de enojarme y para su satisfacción, comencé a desentonar “Caballos salvajes” con gran sentimiento, indolencia y exceso sonoro.

Arrastrando mis lamentos ante la puerta de la sala detuve el recital pues sentí voces, una de las cuales expresaba la frase que aminoró mi marcha:

–Emplean fango termal volcánico y productos exóticos importados –decía a la mía la esposa de mi vecino. –Créeme, no te miento... Desde que va a la clínica Osvaldo es otro hombre.

En aquél momento lo único que pensé fue que Osvaldo dejaría de ser otro hombre cuando ya no persiguiera películas de cow boys y artes marciales en los canales cable, cambiara la cerveza por agua bendita y controlara sus flatulencias, entre otras varias probidades suyas.

Más tarde no pude dejar de compararme, recordando la apatía en la cual me sentía inmerso desde hacía cierto tiempo, y que él podría decir lo mismo en cuanto a mi afición por National Geografic: que de lo otro estoy libre gracias a dios.

Lo había olvidado todo cuando por la noche, en medio de otra de nuestras frugales cenas de la madurez, mi señora trajo el tema a colación mientras rumiaba con desgano su lechuga. Deslizó entonces un extenso comentario a propósito de la nueva actividad de Osvaldo proponiendo que lo imitara.

Al parecer, mi buen vecino había comenzado a concurrir a una clínica de rejuvenecimiento que basaba su terapia en cosméticos y ejercicios sencillos. No di mayor importancia al comentario pero ella continuó mugiendo: –Es algo oneroso pero a Osvaldo le está dado resultado... aunque igual, con su barriga descontrolada y la incipiente calvicie tendrá para un tiempo. Creo que contigo podría obrar maravillas más pronto, con ir una vez y ver si te resulta no pierdes nada –dijo animándome a la vez que entornaba los ojos con bovina melancolía: –¡Volverías a ser el torito de hace unos años!

No es mi estilo andar por el mundo imitando a los demás, máxime cuando la acción me demanda esfuerzo físico, por lo cual di un pequeño bufido de fastidio agitando mi bigote. Como suele ocurrir, me molestó la insistencia de Carmen con el tema, sobre todo debido a que siempre logra sus propósitos.

Podía mantener mi negativa a ultranza y soportar sus empeños hasta que el cansancio la ganara: tal batalla podía durar de unos días a varios meses, dependiendo de la frecuencia de los comentarios positivos de la vecina y los centímetros de disminución del vientre de Osvaldo.

Soy un tipo práctico, amigo de tomar al toro por las astas y eliminar problemas de inmediato, ya sea resolviéndolos o delegándolos. Además, en los últimos tiempos no le estaba dando mucho gusto a mi señora... Así que al otro día tomé el coche y allá fui con resignada paciencia.

Ingresando al lugar me crucé con Osvaldo. Aquél manejaba su vehículo como si guiara una nube sobre corrientes de aire celestiales. Un inusual semblante de felicidad desbordaba sus facciones y una aureola de placidez angelical lo envolvía. Al pasar ante mí se permitió un guiño de complicidad que me llamó la atención.

Mientras aguardaba turno en una salita muy acogedora –donde para mi regocijo un televisor emitía Discovery Chanel– atribuí la placidez del rostro de Osvaldo a la falta de su habitual sombra de barba. Entonces aun desconfiaba de la eficacia que cualquier tratamiento pudiera lograr con la prominencia de su estómago... duda que hoy ya no tengo.

Había solicitado información pero la recepcionista me convenció de que lo ideal era anotarme en algo denominado DTP, “Demostración terapéutica práctica”; de ese modo podría conocer los alcances del servicio que se prestaba sin el compromiso de una afiliación y a un precio razonable.

En tanto la joven tomaba datos de un tipo que había ingresado después que yo apareció una rubia muy hermosa. Vestía una inmaculada túnica blanca, ajustada y tal vez demasiado corta hasta para una persona como yo, típico adolescente de la era hippie.

Mediante un gesto de cordialidad sus ojos vivaces dieron un rápido atisbo a los tres hombres que aguardábamos, luego se acercó a la recepcionista y aquella le entregó un papel: –¿Marcelo Torres? –leyó en voz alta la rubia ceñida y sin frío.

Marcelo Torres se puso de pie como un feliz autómata y desapareció detrás de ella por el pasillo.

Poco después llegó Nené: una morocha con un cuerpo aun más exuberante que la rubia cubierto con una túnica de semejante talla. Sin mirarnos se dirigió a la recepcionista y luego de recibir su esquela leyó mi nombre. Seguí el rumbo de sus caderas hasta llegar a su consultorio. Entramos, cerró la puerta detrás de mí y se aproximó a besarme ambas mejillas, las que tontamente se ruborizaron de inmediato.

–Soy Nené, tu terapeuta de hoy –dijo con afabilidad –Desvístete y toma una ducha, ese es el baño –señaló una estrecha puerta –y regresa envuelto en esta toalla.

Durante un momento me sentí fastidiado por las ocurrencias de mi mujer: en ese preciso instante yo podía estar disfrutando de una buena documental sobre el universo anunciada la víspera en Cosmos TV.

Hice lo indicado y a poco estaba listo para reunirme con Nené. Salí toalla a la cintura, pulcro, bien peinado y fresquito como un pimpollo. Nené me pidió que me sentara en una silla parecida a las empleadas en las peluquerías para los lavados de cabello.

–Trataremos el bulbo capilar con productos exclusivos que te lo fortalecerán devolviéndole la lozanía de sus mejores tiempos –dijo. De inmediato comenzó a masajear mi cabellera casi sin tocarme, con una delicadeza que me hizo erizar. Empleaba una crema de fragancia agradable cuyo exótico aroma me transportó a los mares del sur. Pensé que si se enteraba Pedro –mi peluquero– sus escasas huestes de testosterona pondrían un grito jíbaro en el cielo al tiempo que sus estrógenos clandestinos destilan un mar de resentidas lagrimas.

La tarea no le llevó a Nené más de cinco minutos luego de los cuales sugirió que me recostara de cubito dorsal sobre la camilla. Buscó por allí unos potes y mientras los abría hacía referencia al cuidado del cutis, la eliminación de arrugas y la tersura facial:

–Ésta, por ejemplo, nutre las fibras de colágeno –decía al esmerarse en convertir mi rostro en una máscara horripilante. Yo podía verme en un espejo colocado a esos efectos en el cielo raso. –A los clientes les agrada verse bien –contestó de manera sonriente esta profesional cuando le hice notar que me llamaba la atención la abundancia de ellos en su consultorio.

Estaba aun con la cara embadurnada cuando me solicitó que me colocara boca abajo y me relajara sin preocuparme por la crema: –Ahora trataremos la recuperación del tono muscular y al mismo tiempo estimularemos la circulación de la sangre para eliminar impurezas y toxinas –dijo.

Entonces sus manos comenzaron a deslizarse sobre mi espalda desparramando algo aceitoso, explicando con fuerte tendencia didáctica que se trataba de un producto fabricado con placenta de no sé qué animal a punto de extinguirse: –Aprovecha mientras puedas –recomendó con una picardía que me causó extrañeza.

No puse demasiada atención sobre el animal de marras pues había notado que mientras realizaba su tarea, algo inclinada sobre mí, en uno de los espejos su escote se abría generoso y en otro con sumo esfuerzo asomaba, discreto de entre sus muslos morenos, el negro brillante de su tanga minúscula.

Comencé a ponerme nervioso pues no quería ser indiscreto, mas no había manera en la posición en la que estaba de mirarle la nuca. Aun cuando desvié mi vista hacia sus talones, algo separados del calzado, no pude dejar de inquietarme. Volví a maldecir las ideas de Carmen.

–Este tratamiento agrega vitalidad a los tejidos, abre los poros y facilita la renovación de las células –dijo Nené mientras con delicadeza me quitaba la toalla para continuar aceitando el resto de mi cuerpo, glúteos y piernas.

Había comenzado a disfrutar de la bendita terapia cuando me indicó que me diera vuelta. Lo primero que hice, avergonzado, fue observar en el espejo del techo el inoportuno despertar de mi masculinidad. Ella fingió no haberlo notado y sentí alivio. Me aturdía pensar: ¿Qué pensaría la chica de este veterano libidinoso? ¿Estaría mi cincuentena estampada en el formulario que le entregaron? Tal vez si yo tuviera unos años menos...

Lo que hizo ella en esa posición fue quitarme la crema facial con un paño húmedo para lo cual, lamentándolo con fastidio, debí cerrar los ojos.

Luego le tocó a mi torso la capa aceitosa. Como tenia su escote tan cerca de mi vista decidí mantenerla cerrada y al hacerlo pensé en Nené. ¿Cómo era su vida? Seguramente tenía a su lado a un hombre muy afortunado, aunque algo débil y ojeroso. Él disfrutaría los beneficios de su profesión al máximo, pues ella sumaría a sus conocimientos amor y pasión. Sentí un poco de envidia por ese venturoso desconocido mientras ella llegaba a las inmediaciones de mí ombligo.

Cuando advertí que continuaba con mis piernas sentí pesar, pensé en cuan grato hubiera sido si ella también hubiera rozado... Mucho no pude lamentarme pues de pronto estuvo allí, con la misma suavidad y dedicación. Veía sus manos en el espejo, envolviéndolo y casi creí que soñaba. ¡Qué bien lo hacía! ¡Hurra por mi esposa! ¡Hurra! ¡Hurra! ¿Estaba prevista esta ceremonia en el servicio? No tonto, contestó mi socarrona voz interior: lo hace pues tú eres maravilloso y ella lo ha notado.

Mientras pensaba en eso y en qué pasaría si llegaba al orgasmo noté que ella continuaba con una sola mano; es que al parecer con la otra desabotonaba su túnica y antes de dejarla caer al piso extraía un preservativo del bolsillo. Estupefacto acepté que con celeridad calzara el adminículo y se instalara sobre mí. No debió esforzarse demasiado.

Mis ojitos allá en el cielo raso no eran más que dos cuentas de vidrio resplandecientes caídas en el semblante de un idiota.

–Descansa mientras preparo el jacuzzi –dijo Nené llevándose las pruebas de la infamia unos minutos más tarde.

Al volver tomó mi mano y me guió hacia el agua tibia y burbujeante. No soy locuaz ni profundo con personas que no conozco, por lo cual hablamos bastante del tiempo, de un crimen de la semana anterior y del Oscar del año pasado.

En algún gris momento sugirió salir: de ser por mí podríamos estar allí todavía. Me secó y animó entre risitas a que la secara. Lo hice en silencio, trasladándome alguna decena de años atrás, y no por carecer de cosas para decir sino por tenerlas en demasía: ya no era una desconocida.

–Espero que nuestro servicio te haya satisfecho, estaríamos muy complacidos de contarte entre nuestros clientes habituales. –dijo Nené al despedirme. Fue un momento triste, algo similar a cuando dicen: “al menos compartimos un café aunque supiera a jugo de paraguas”. Me sentí como si estuviese a punto de huir con algo que no valía nada fuera de dónde se hallaba. ¡Es tan difícil explicarlo!

Camino de regreso venía pensando en las razones que tendría Carmen para enviarme a un lugar como ese. No había conocido a persona más celosa en toda mi vida. ¿Tanto había cambiado? ¡Bien por ella! Pero no... No era posible semejante dádiva, en alguna parte un tipo había mentido a su esposa sobre el sitio de rejuvenecimiento y otros habíamos recibido una especie de "obsequio colateral".

De vuelta en casa mi mujer me preguntó qué tal me había ido: –Bien... –contesté lacónicamente al tiempo que hacía un leve movimiento de hombros. No encontré razones para denostar la experiencia, por cierto: me sentía más joven y vuelto a un cálido estío olvidado... También algo melancolico, semejante anacronismo parecía no pertenecerme.

Esa noche marché a la cama cansado y satisfecho, seguro de que caería dormido como un lirón acosado por los primeros frescos del otoño. Mas los designios de mi esposa no habían terminado y no tardaron en aflorar ambiciosos planes tras el subterfugio de su idea. Por primer vez en mucho tiempo era ella quien aguardaba en el dormitorio.

Una suave música bogaba en las penumbras, el perfume era exquisito y flamante su lencería. Caí en la cuenta del dinero que nos estaba costando el rejuvenecimiento incluidas terapias, parafernalia y cotillón; también en lo remiso que había estado los últimos tiempos en cuanto a obligaciones maritales se refiere. Me reconfortó pensar que al menos el costo de los músicos no habría de sumarse al presupuesto.

Al comienzo creí que no podría hacerlo... pero lo hice. A ella también la había reverdecido mi visita a la clínica. Si la fe mueve montañas... ¡Indudable es que mueve personas!

Aunque lo pensé, por elementales razones descarté la idea de sugerirle hacer un tratamiento similar al mío: –¡Machista asqueroso! –diría sin dudarlo mi cuñada lesbiana, segura de tener dos o tres amigas que darían a su hermana mejor compañía que la mía.

Por la mañana Carmen me preguntó si había decidido continuar asistiendo a las sesiones de rejuvenecimiento. –No sé –fue mi respuesta, esta vez agónica, al tiempo que hacía un leve movimiento de hombros: –¿Cuál es tu idea? –agregué esbozando resignación.

–¡Que un día no es nada! –exclamó dando un fuerte matiz de obviedad a sus palabras –Es un tratamiento. Para que los resultados sean duraderos hay que hacerlo íntegro.

–Por mí no hay problema –contesté en el borde de mi dichosa agonía y haciendo un nuevo pero algo más leve movimiento de hombros. Me pareció que ella estaba extrañada con mi actitud, ante lo cual manifesté: –Si me dan a elegir preferiría no hacerlo –en esta oportunidad debí darle sensación de firmeza a mis argumentos y no moví los hombros.

–¡Siempre el mismo! –dijo ella –Lo harás, es por tu bien.

Me sentí reconfortado de que alguien se preocupara por mí de ese modo y hubiera querido agradecerle, pero tanto no podía rejuvenecer con sólo una consulta.

Unos tres días más tarde nos visitó el primo de mi mujer con su señora. Arturo es muy amable y me cae bien, ella no, es algo presuntuosa. Ellas charlaban en la sala mientras Arturo y yo servíamos unos tragos. Volvíamos con ellos cuando escuché la voz de mi mujer: –¡Y vino de esa clínica con diez años menos!

Al vernos llegar cambiaron de tema pero yo sentí alegría por Arturo. Sonreí.

–Se te ve feliz –me dijo la prima de mi esposa. –Y me alegro mucho.

Yo nunca tomaba en serio sus palabras, las cargaba de tanta sutileza que a veces daban a entender lo contrario o parecían llevar doble intención.

–¡No exageres! Reía de una ocurrencia de Arturo: es un gran conversador... –dije procurando esquivar el tema.

–¡Lo era! –se apresuró a decir ella. Ahora anda bastante apagado, apático, débil...

Mi señora salió entonces con lo de las begonias que había plantado y tomé nota de su intención de eludir el tema. Mejor así. La discreción en estos casos resulta esencial. Me dije que de continuar ese rumor balsámico todos los maridos de la ciudad acabarían bajo terapia.

A la semana siguiente lo primero que hice fue anotarme, preguntando con ansiedad cuantos meses insumía el tratamiento. Se me contestó que dependía del paciente y que esos detalles se evaluaban sobre la marcha. Mientras la escuchaba me pareció descubrir un rictus de complicidad en la gesticulación de la recepcionista.

–No olvide que también puede acceder a la opción VIP –agregó.

¿Es que había más? ¿O acaso yo había demostrado demasiado entusiasmo durante la inscripción? Contuve un silbido de asombro.

–Por ahora no, muchas gracias –contesté, evitando preguntar por aquél plus que se me ofrecía. No fuera que luego me enterara que existía también algo así como un Súper VIP.

Esta vez mi terapeuta fue la rubia, pero vi que también había una pelirroja, una morena y varias más. ¿Se podría elegir o eso era para los VIP? ¡Qué importa! Le sugerí que fuera más breve la parte inicial y más extensa la última y la rubia manifestó alborozo: –Eres de los míos –dijo. Así que pasé otra tarde agradable.

Al salir con el coche me crucé con Arturo. Manejaba mirándolo todo y pareció sorprendido de verme. Quise llamarle la atención y de seguro fue exagerando el aspecto de felicidad de mis facciones y la mansedumbre angelical que envolvía mi semblante. Como si guiara una nube sobre corrientes de aire celestiales me permití un guiño de complicidad.

 

 

Del libro de relatos "Trampas al solitario" © Félix Acosta Fitipaldi

http://jolibud.bubok.com


Comentarios

Rafael

Rafael

16/09/2008

# 1

Es indudable que con tan exclusiva terapia, renazca hasta un anciano de anclado en una casa de retiro.

adela

adela

17/09/2008

# 2

Todos tenemos derecho tiene carisma el relatico.

Dejar un comentario

Solo los usuarios registrados pueden agregar comentarios.

Si no esta registrado en VOOTEXT puede registrase gratis y disfrutar de todo el sitio.


Usuarios que añadieron este texto a sus favoritos


Copyright © 2009 Vootext.com Todos los derechos reservados.

Sedo - Buy and Sell Domain Names and Websites project info: vootext.com Statistics for project vootext.com etracker® web controlling instead of log file analysis