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Racismo

bor

Autor bor

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Publicado el 22/06/2008 | 53 Visitas | 0 Comentario(s)


 

Racismo


Un peregrino gilipollas y descreído, que no tenía nada mejor que hacer que caminar hacia Santiago en busca de una señal, una iluminación espiritual o Dios sabe qué, se encontró con un templario en las montañas de León. Este le comunicó el futuro que se avecinaba.

Pronto llegaría la tercera guerra mundial por conflictos entre Israel y el mundo Islámico, cambiaría el eje polar de la tierra y aparecería la glaciación. Y lo que más asustó al peregrino, de pensamientos misóginos o machistas, fue lo último que dijo el Templario: Que la madre divina nombraría a todas las mujeres sacerdotisas.

¿por qué este peregrino gilipollas y descreído tenía pensamientos tan oscuros? Quizás porque alguna vez amó y nunca se rindió a seguir amando. Porque no le importaba dejar familia, amigos, trabajo, futuro, en pos de ese amor. Irse a otro país, a picar en una obra o poner hamburguesas, con tal de estar con el ser amado. La base del amor es el sacrificio y la base de la vida, el amor. Es lo único que entendió cuando le reventaban las rodillas de dolor avanzando estúpidamente en esos caminos llenos de polvo y moscas.

Pero por otro lado, ¿quien no diría que podía dejar lo demás, porque nada le satisfacía, le llenaba? ¿porque se aferraba a una o varias personas para dar sentido a su vida, para completarla?

Y por dichas razones, estas personas eludían a un pobre diablo, incapaz de ser feliz por sí mismo.

Y él, para no pensar, para olvidarse de sí mismo, para obtener la felicidad que tantos otros tenían, decidió pasar por el aro y entró a trabajar a una gran compañía. A ganar dinero, a comprarse ropa, a castigarse en el gimnasio. A dar a la sociedad lo que esta espera. Un ganador. Y a esperar de esta, exactamente lo mismo, mera satisfacción física o de ego.

Y no le costó mucho. Los mismos trucos de marketing que aprendió con los clientes, los aplicó sobre las personas. Y de repente tuvo infinidad de amigos y amigas. Y todo era genial. Fiesta tras fiesta, una amante distinta cada fin de semana. Pero su ego, no se llenaba. Y necesitó algo más. Dejó su trabajo bien pagado que le consumía horas y decidió usar su cuidado cuerpo de forma más directa.

Se metió a boy y relaciones públicas de locales. Ganaba más dinero y en poco tiempo. Tenía aún a más mujeres. Se lo pasaba mejor. Más fiestas, más copas, más drogas, más ego satisfecho siendo un objeto de deseo y un tipo encantador. Su cabeza estaba a punto de estallar.

De alguna forma llegó a la conclusión, de que ya que tenía que sufrir, mejor hacerlo por remordimientos y vacío sentimental, que por frustración amorosa y despecho.

De la chica a la que amó, no volvió a saber durante mucho tiempo. Ella sí que tuvo siempre algunas noticias suyas, pero se mantuvo al margen. No le amaba, pero tampoco perdía el interés en él. Y de alguna forma, sentía celos o un malestar que ella no sabía explicarse a sí misma, pero que le sucedía cuando tenía vagas noticias de las conquistas de su antiguo pretendiente. Y los años fueron pasando...


Se cumplió la profecía del templario y comenzó la guerra. La peor de todas las guerras. Dos culturas infinitamente distintas chocaron. La de aquellos que no temían a la muerte, dispuestos a dar su vida por Alá y la de los decadentes, que durante décadas les habían humillado, explotado hasta la saciedad y que para compensar su falta de afán guerrero, decidieron establecer un estado de sitio en todo el planeta y utilizar la tecnología nuclear que tantos pensadores consideraron como artífice del fin del mundo. Oriente contra occidente. Coaliciones Asiáticas devoraron a Rusia, su tecnología y su armamento. Millones de hombres se lanzaron a la guerra para dar sentido a sus malgastadas vidas, carentes de futuro, devoradas por el fanatismo y la frustración.

Pero lo peor estaba por llegar. Finalizada la guerra, habiéndose exterminado a un gran porcentaje de la población, llegó el cambio climático. Los supervivientes del sur, avanzaron desesperados hacia el norte, en busca de agua. La glaciación no llegó, por culpa del invierno nuclear y el calentamiento global. A la tercera guerra mundial, sucedió una guerra racista. Y los poderosos estados fueron sustituidos por pequeños clanes, que sobrevivían en las ciudades como podían y mataban a todo el que pareciera venir del sur en busca de agua.

No había ley, ni orden, salvo la establecida en cada clan.

En las cuatro torres, cercanas a Plaza de Castilla, sobrevivía uno de los clanes más importantes. En lo alto de sus tejados, los hombres cultivaban la tierra y recogían la poca agua que llovía. Diversos tiradores se posicionaban pudiendo vislumbrar grandes distancias y cazando a todo hombre solitario que avanzara desesperadamente hacia el depósito del Canal de Isabel II. Los clanes tenían delimitados muy claramente sus territorios y todo aquel que avanzara en solitario era cazado como un animal, colgado de un gancho y drenado para poder usar su agua en el riego o la supervivencia. La ley era inflexible. Se mataría a todo extranjero, a todo personaje que no perteneciera a un clan amigo. Millones eran los que vinieron en busca de agua desde el sur, el este y sólo podía sobrevivir el más fuerte.



El brujo


Poco se sabía de su origen. En cierto sentido también era un extranjero, pero le conocían de antes de que ocurriera todo. Vino muchos años atrás, de algún país del Este, cuando España aún existía. Se dedicó a trabajar la tierra con humildad. Taciturno y silencioso, le apreciaban mucho en el pequeño pueblo en el que se asentó. Poco se sabía de su pasado y con el tiempo, se le vio un poco más feliz.

Cuando llegó la sequía y la hambruna, se unió a los supervivientes en las ciudades. Las cataratas le dejaron ciego. No pareció importarle (quizás porque así no tenía que ver en qué se había convertido el mundo), es más, le ayudó a leer mejor en los corazones, a interpretar los pensamientos en función del timbre de voz, a ver más allá en cada persona que acudía a él. Su experiencia como soldado en otra guerra, su oscuro pasado lleno de penurias, le hacían el más indicado para aconsejar a los miembros del clan, cuando la desesperación les asaltaba.

Cultivaba la tierra con meticulosidad y amor, disfrutando al sentir cómo creaba vida dónde sólo había muerte y todo ello a pesar de estar ciego. Se quedaba cerca de sus cultivos, acariciándolos, oliéndolos y escuchando su susurrar. Parecía el más feliz de todo el clan, a pesar de llevar su propio horror.

Todos le llamaban brujo, como muestra de respeto, por parecer casi mágico que entendiera tan bien a las personas.

Un día, uno de los nuevos “cazadores”, acudió a él en busca de consejo:


- Brujo – le dijo con voz queda el joven

- Dime

- No sé si quiero seguir con esto

- ¿con qué?

- Con cazar a extranjeros.

- ¿y qué otra cosa puedes hacer?

- No matarlos

- Cierto, pero tu clan te pide que los mates.

- ¿qué sentido tiene hacerlo?

- La supervivencia. Vienen a por la poca agua que tenemos, a por nuestros alimentos

- ¿acaso no tienen el mismo derecho a vivir que nosotros?

- Sí, pero en este caso son o ellos o nosotros. ¿por qué me haces hoy estas preguntas?

- Hoy he matado a un hombre, como nos enseñaste… No le miré a los ojos, para no dudar. No busqué sentir empatía, ni comprender que era mi igual. Sólo veía carne, un enemigo, alguien que se lleva mi comida, alguien que alimentará a los míos.

- ¿y bien?

- Le di en el cuello, pero no le maté al instante. Se apretó la herida con una mano, y avanzó arrastrándose con la otra, agarrándose a la vida a pesar de que sabía que estaba ya muerto. Ni un gemido, ni un grito, sólo un hombre desesperado por sobrevivir. Que aspiraba a lo mismo que nosotros. He matado a alguien como yo

- Comprendo cómo te sientes, mejor de lo que crees – le dijo el brujo con pesar – mañana hablaré con el jefe para que te excluya del equipo de tiradores. No habrá problema, pues muchos son los que quieren estar ahí arriba, al igual que tú al principio. Volverás a ser agricultor y tu aportación al clan será distinta y menos privilegiada, si es lo que deseas.

-Gracias brujo


Al fondo, se oían gritos, insultos. Una escuálida figura era arrastrada hacia el cadalso.


- Van a matar a esa traidora – dijo con desprecio el joven cazador

- ¿por qué traidora? - increpó el brujo

- Se acostó con ese extranjero y defendió que no les matáramos – dijo el joven, con un tono de voz que iba bajando según pensaba sus palabras

- ¿ves? ¡Tú precisamente te atreves a juzgarla!. A quien no piensa como nosotros, le mandamos a la muerte, con desprecio y luego resulta, que esa persona posiblemente tuviera algo de razón, o al menos, alguna razón.

-Sí, brujo. Lo siento brujo.


El joven inclinó la cabeza con una mezcla de humildad y vergüenza pensando obsesivamente en el sentido de lo que hacían. Ni siquiera cuando el mal parecía estar justificado, le podía agradar al tener un mínimo de pensamiento propio.



El jefe del clan


El peregrino descreído y gilipollas, que se hartó de amar inútilmente a mujeres imposibles. Que creía que lo importante era el amar en sí, y no sólo en ser correspondido, encontró en el nuevo mundo, la horma de su zapato. De trabajar en una importante multinacional, devorando a compañeros para ascender y conquistar dinero y mujeres, para luego vender su cuerpo y su encanto en pos de ir animalizándose cada vez más, dejándose llevar por sus instintos más primarios, pasó a la siguiente fase para saciar su hambre.

Con su experiencia, con su amoralidad, con su capacidad para manipular, para jugar con las necesidades emocionales de las personas, no le costó terminar siendo el líder del clan. Era duro, inflexible, temido y hasta tiránico. Pero todos creían que era el único que podía salvarles. Varias veces había acertado. Siempre se crió en un mundo de lobos corporativos o mediáticos. Ahora lo hacía entre cazadores y desesperados, por lo que sabía manejarlos. Y era feliz, con la chica más guapa del clan, inteligente, perversa, sabiendo siempre como conseguir lo que quería y utilizando todo su arte y su belleza para vivir lo mejor posible en ese mundo de perdición.

Un día, vino un emisario del clan de Gran Vía. Habían sufrido un ataque de extranjeros y perdido a su líder, entre múltiples bajas. Necesitaban una alianza. Olvidar viejas rencillas y unirse al clan de las cuatro torres para poder sobrevivir. Como no se fiaban muy bien los unos de los otros, aunque aceptaran tener por su líder al jefe de las cuatro torres, intercambiaron rehenes. Mujeres y hombres de ambos clanes pasarían a vivir en el clan del otro y se casarían allí, afianzando la alianza con su sangre.

Una de las mujeres que vino, era el antiguo amor de él. La mujer por la que hizo el Camino de Santiago, a quien tuvo presente en sus oraciones, cuando apoyó sus doloridas rodillas en la catedral, para pedirle al santo una oportunidad. La mujer por la que lo hubiera dejado todo, en la que pensó durante todos estos años y que había sido su única y verdadera meta en esta vida. La mujer por la que no le importase arrastrarse y sufrir, con tal de hacerla feliz, aunque no recibiera de ella nada más que una leve sonrisa. Esa mujer.

Ya no era la de antes, su belleza se había marchitado rápidamente en circunstancias tan difíciles. No se podía comparar a su actual compañera, privilegiada y más joven. Pero seguía teniendo una gallarda belleza, poderosas curvas, intensos ojos que reflejaban vida. Y él, ante ella, volvió a sentirse de nuevo vulnerable, por primera vez en muchos años.

Pero apenas hablaron, aunque no fingieron no conocerse. Cada cual siguió con sus funciones en el clan. Ambos se acordaban el uno del otro. Ella seguía siendo fría y distante con él. Él, intentaba no darle importancia, al tener ya todo lo que quería. Pero en el fondo de su corazón, no era así.


Un tiempo más tarde, la cogieron acostándose con un extranjero. No la juzgaron tanto por con quien se acostaba, sino por haber escondido a un extranjero en vez de matarle o denunciarle.


- ¡todo el mundo tiene derecho a vivir! - increpó ella – incluso un extranjero, y yo tengo derecho a amar.

El grito de los miembros del clan no se hizo esperar.


- Y nosotros tenemos unas leyes, que se cumplen para supervivencia del clan. Y tenemos la obligación de aplicarlas con todos. Pero veremos si nuestro jefe te concede clemencia. Al fin y al cabo, él es la ley.


Fue llevada ante él. En los ojos de ella, no había miedo, todo lo contrario, parecía haber amor y orgullo. Él se acercó a ella solemnemente, la miró fijamente a los ojos y le acarició ligeramente la barbilla mientras le preguntaba...


- ¿por qué?

- Por amor – respondió ella con decisión

- ¿hacia un extranjero?

- Yo no he dicho eso – dijo ella casi en un lamento

- ¿y por qué?

- No te lo puedo decir – Y su voz se hizo débil, como un suspiro de una vida que se va, una impotencia implícita que no se podía mostrar.


Él se retiró a deliberar. Mirarla a los ojos, le había turbado. Pocas mujeres en su vida habían conseguido eso. Se puso a recordar como alguna vez que cenaron juntos, ella se quedó mirándole en silencio y al final, era él el que bajaba la mirada o decía cualquier cosa para romper ese momento que le estaba destrozando. Ahora tenía que condenar al exilio o la muerte, a la razón de su existencia. Si no se cumplían las leyes, el clan moriría irremisiblemente. No se trataba sólo de sus sentimientos sino del bien común. Su pareja se le acercó para indagar...


- ¿y bien? ¿qué has decidido?

- Creo que la devolveré a su clan y que decidan ellos

- ¿te das cuenta de lo que eso significa? - dijo ella intentando ocultar su turbación.


Lo vio desde el primer día. Había algo entre ellos dos, incluso estaba convencida de que ella le amaba, aunque nunca se lo hubiera demostrado. Su supervivencia, estaba en juego. Si esa mujer vivía, podría conquistarle al final y perdería su nivel de vida. Volvería a ser una más. No le costaría sobrevivir con otro, pero no sería tan agradable estar en un segundo plano. Esa mujer, tenía que ser eliminada, por esa razón y por otras aún más poderosas.


- Exiliarla, ya es de por sí un castigo. Además, quizás los de su clan sean más severos al contarles lo que ha pasado

- ¡no digas tonterías! ¡no les concierne lo que haya hecho! ¡les contará cualquier historia! ¿desde cuándo las mujeres no lo hacemos para sobrevivir?

- No quiero matarla

- ¿por qué? ¿es que la amas? - ahí se le escapó

- N... ¡no!

- ¿entonces por qué quieres salvarla? Es la ley

- La ley dice que hay castigo, pero que yo decido el castigo.

- Pero tiene que ser un castigo ejemplar. No sólo ha metido a un extranjero en el clan, sino que se ha acostado con él. Y peor aún, ha practicado la sedición, afirmando que no se debería matar a extranjeros. Sólo por eso merece la muerte.

- Sí, tienes razón – dijo él con pesar

- ¿entonces?

- No puedo

- ¿cómo que no puedes? ¡Eres un débil! ¡No mereces ser líder de este clan y yo no puedo estar con un hombre pusilánime que no afronta sus obligaciones!

- ¡no digas eso! - dijo él con un quejido, y aquí perdió toda su fuerza y dignidad.

- ¡Es cierto! ¡Cuando dices cosas así, ya no veo a un hombre al que deseo, sólo veo a uno más!

Él tenía ya la cabeza confusa y la total falta de apoyo de su pareja, le desmontó aún más...


- ¡está bien! Ella morirá


A ella le brillaron los ojos de satisfacción y le besó intensamente.

Al día siguiente, la mujer fue ahorcada y su cuerpo se dejó colgado en lo más alto de una de las torres, como muestra de que la ley se tenía que cumplir. Aquel día, hubo un ataque de extranjeros desesperados por obtener el agua del depósito. Los tiradores se pusieron las botas cazando a desesperados desde sus cómodas posiciones. Por la Castellana y demás avenidas, había decenas de cadáveres y se oían los gemidos de los moribundos que no habían sido rematados.

Ebrias sus conciencias por tanta muerte, el jefe y la chica, fornicaron salvajemente, mientras se oían los lamentos desesperados en la calle y se veía desde su ventana el cuerpo de la traidora colgada en lo más alto y pudriéndose al sol.



La traidora


Una chica de tantas, atractiva a su modo, de sueños y aspiraciones. Buena hija, buena estudiante, buena hermana. Luchadora y ambiciosa. No tuvo mucha suerte con los hombres. Quizás aspiraba a demasiado o quizás sólo le atraían aquellos que la despreciaban, a los que veía más inalcanzables. Aunque también se dejaba engatusar por los que eran demasiado encantadores, olvidando siempre que son los peores. En cualquier caso, tuvo diversas aventuras en su vida, muchos éxitos, pero en el fondo, no encontraba lo que buscaba, al igual que su fallido pretendiente.


No era capaz de amarle. Demasiado peculiar, demasiado inseguro o maniático, se alejaba de su prototipo de hombre, decidido e indiferente a todo. Le apreciaba, le necesitaba, pero siempre había algo que hacía que perdiera el deseo hacia él.

Tenía ese hombre, el don de fastidiarlo todo en el mejor momento y eso a ella le hacía despertar de su ligera ensoñación hacia él. Y además, al tener siempre tantos pretendientes, consideraba que no tenía por qué tolerar esas estupideces. Su orgullo o su forma de defenderse frente al dolor, hizo que al final él decidiera desaparecer de su vida, cansado de ese juego que le destruía. Ella tardó un tiempo en darse cuenta de que le necesitaba, que nadie más la amaría como él, pero su orgullo le siguió impidiendo dar el primer paso. Y así pasaron los años, mientras ella rechazaba a un hombre tras otro al descubrir al poco tiempo, que sólo la usaban o que eran unos débiles necesitados de cariño.

Sobrevivió a la guerra y entró a formar parte del clan de gran vía. Su fuerza, su capacidad de trabajo y de superación, le hicieron ganarse el respeto entre los suyos. Cuando tocó el intercambio de rehenes, nadie entendió por qué se presentó como voluntaria. Era muy apreciada y deseada.

Pero su determinación era firme. Y tuvieron que respetarlo.

Llegó al nuevo clan, ilusionada por encontrar al hombre que estuvo a sus pies, convertido en gran líder. Deseaba pensar, que el poder no le habría cambiado, que sería el mismo chico de siempre. Supo nada más verle, que no sería fácil, sobre todo al ver a su consorte. Una mujer inteligente, ambiciosa que no se perdía nada de su entorno. Tenía que actuar con cautela o podría perder la vida.

Por lo que siguió siendo hacia él, como antaño, fría y distante, desagradable en algunos casos, para mantener las distancias. Aunque en este caso, se le rompía el corazón al hacerlo.


Mientras se integraba en el mundo del clan, trabajando como siempre dúramente, fue descubriendo algunas cosas desagradables. Pilló a la consorte quedando a escondidas con un extranjero, al que llevaba comida y agua. Y por supuesto tenía relaciones con él.

Mujer a la que solo importaban el poder y las comodidades, necesitaba saciar sus instintos más primarios con un bello extranjero que cedía encantado a sus proposiciones viendo que así sobreviviría un tiempo al menos.

Era una gran ocasión para poderla apartar de él y conseguir a su hombre. ¿pero a qué precio? ¿a costa de romperle el corazón otra vez? ¿de deshonrarle? Las leyes del clan eran muy estrictas y se aplicaban a todo el mundo. Si caía en desgracia un miembro de una familia, entonces toda la familia era deshonrada y castigada. Era la única forma, mediante ese horror, para que todos contuvieran sus impulsos, si no por ellos, por los que amaban. Pero esta mujer no le amaba, sólo le usaba para vivir mejor, o quizás despertaba su deseo por poder, aunque claramente tuviera otras preferencias.

¿cómo condenarla a ella sin condenarle a él? ¿y cómo mancillar el amor que sentía por él, mediante la delación, el escarnio público e hiriéndole? Estaba en un callejón sin salida. Si acaso, tenía primero que conseguir que él la repudiara o se enterara antes que nadie para que tomara la decisión correcta de forma discreta.

Apenas tuvo tiempo para meditar en ello, ya que las circunstancias precipitaron los acontecimientos y su inmediata resolución. Justo cuando ella estaba observando a los amantes, vio acercarse a una patrulla. La consorte en ese momento se estaba yendo, pero es seguro que la patrulla cogería al extranjero y antes de ser sacrificado este, posiblemente la delataría a ella, condenando a su vez al jefe. Le entró el pánico y decidió sin dudar.

Se acercó al extranjero desnudándose a gran velocidad. Aún era muy hermosa, grandes eran sus pechos, bella su boca y de fuego sus ojos. Cualquier hombre la desearía. Y el extranjero, confuso no dijo nada y la aceptó sin pensarlo. Les cogieron a ambos, abrazados, besándose.

Al extranjero le mataron directamente al intentar escapar, pero a ella había que juzgarla antes. Quizás no hubiera hecho falta ese sacrificio, pero ya era demasiado tarde. A los pocos minutos de llegar, ya sabía todo el mundo lo que había pasado y salieron a insultarla por ello.

Tras el encuentro con el jefe, sabía cuál era su destino y lo aceptó sin ningún miedo. Mejor morir por amor que no amar, mejor morir que matar, pensó.


La consorte fue a verla, llena de miedo. Era imposible que ella no supiera nada de su relación con el extranjero. Demasiada casualidad. Entró en la celda de ella. Esta se encontraba encadenada, pero tranquila, sin que nada pareciera importarle.


- ¿qué hacías con ese extranjero?

- Vaya pregunta más estúpida – respondió ella con una carcajada

- ¿cómo te encontraste con él?

- Ah, veo que quieres averiguar lo que sé – dijo la presa sintiendo ligeramente su poder.

- ¿saber qué? - dijo la consorte fingiendo

- Que poco antes de pillarme la patrulla, tú estuviste con ese extranjero, al que por lo visto, llevas un tiempo visitando y manteniendo

- ¡pruébalo! - dijo con nerviosismo

- no quiero hacerlo – repuso con una sonrisa triste

- ¿por qué? - dijo confusa

- Porque hice que me cogieran con él, para que no te cogieran a ti.

- ¿por qué hiciste tal cosa?...

- piensa

- ¿para que no pagara él mi error? - la presa no respondió. Sólo bajó ligeramente la vista.

- ¿tanto le amas como para sacrificar tu vida?


Más silencio. La consorte empezó a reírse maquiavélicamente, de forma obscena, vulgar, exagerada.


- Te sacrificas, sólo pensará que eres una furcia y yo terminaré mis días con él, haciendo lo que me da la gana

- Te compadezco si no eres capaz de entenderlo

- ¡me meo en tu compasión!


Otro silencio.


- En fin, hasta la vista. Dicen que la horca es una muerte horrible. Te retuerces durante bastante tiempo mientras tu cuerpo lo expulsa todo. Será divertido verlo en una chica tan guapa y valiente como tú. Una chica... “enamorada” - dijo con sarcasmo


Salió de la celda, con una sonrisa, sabiendo que su secreto estaba a salvo.


Aquella noche, sus guardianes se dieron un último festín a su costa y por la mañana, la sacaron de la celda, con las vestiduras rasgadas y varias heridas en su rostro y cuerpo.

Avanzaba entre la muchedumbre que la insultaba, escupía, tiraba piedras y arena a la cara. Ella avanzaba erguida, sin ningún temor, segura de sus convicciones y sin miedo a morir. Sus pechos, sobresalían vigorosos de sus vestiduras y por ellos caían finos hilos de sangre. Estaba más hermosa que nunca, irradiando fe en sí misma y el amor que sentía. Y esto irritaba más aún a los que la intentaban humillar, pero no conseguían quebrantar su espíritu.

Pero ella le buscó con la mirada, y encontró la de él, llena de desprecio e inmisericordia. Quizás algo de vergüenza había en sus ojos. Pero al ver todo lo demás, su fuerza se quebró y dejó su decidido avanzar hacia al cadalso postrándose de rodillas, saltándole las lágrimas de los ojos, cayendo su larga melena que tapó su hermoso rostro. Ahora ya no tenía ningunas de vivir, pero tampoco de hacer ningún sacrificio por él. Se sintió estúpida, frustrada y la llevaron a rastras al cadalso, dónde fue ahorcada, ante el éxtasis de la muchedumbre que vio colmados sus deseos al contemplar a la hereje siendo doblegada.

El brujo escuchó el griterío, con lágrimas en los ojos.


Epílogo



El jefe, no volvió a ser el de antes. Sentía vergüenza de sí mismo por haberse dejado convencer en matarla. En el fondo le daba igual con quien se hubiera acostado o que hubiera incumplido la ley. Y lo que le carcomía, era esa sensación de impotencia, al no poder ayudarla, a no haberla ayudado. ¿cómo pudo despreciarla así? Si la amaba, no podía entregarla a las hienas. Y sin embargo lo hizo, dejándose manipular por su cruel consorte.

Todo empeoró cuando la cogieron con otro extranjero. Llamaron al brujo para que la interrogara. No creyó su versión y sugirió que la torturaran. Salió toda la historia y el clan supo la verdad. En cada uno de ellos, hubo vergüenza, lágrimas, frustración por haber matado y humillado a una mujer maravillosa. El brujo habló...


- ¡arrodillaos! - gritó, y todos lo hicieron

- ¿ya no es tan divertido juzgar, verdad? Ya no hay decisión en vuestros ojos, ni fuerza en esas manos que tiraban piedras a una persona indefensa. Si hoy sobrevivimos cazando a nuestros semejantes, es porque nuestros antecesores, no supieron comprender a los demás y sólo pensaron en sus propios intereses, su orgullo y sus necesidades más vitales. Y ahora estamos aquí, extinguiéndonos poco a poco, porque no somos capaces de amar y perdonar.

- Ahora nos callaremos todos e intentaremos rezar, cada uno a quien le plazca, hasta que descubramos el error de nuestros corazones.

Se hizo un silencio espantoso. Todos y cada uno, arrodillados en la arena, bajo la sombra de las cuatro torres, miraron en lo más profundo de sí, llorando desconsoladamente, bajo un sol de justicia.


Y de repente, ocurrió algo inesperado. El cielo se nubló y en lo alto de una de las torres, el cadáver putrefacto de la mujer linchada, se convirtió en una preciosa dama de blanco que empezó a elevarse. El jefe, al verlo, estaba convencido de que era la madre divina que le mencionó el templario de las montañas de León... tanto tiempo atrás.

Su luz era brillante y cegaba los ojos de los miembros del clan, iluminando a su alrededor y convirtiendo la torre en un gran faro. Todos miraron a la madre divina, con lágrimas en los ojos.

Y se puso a llover, como nunca había llovido en décadas. Se arrancaron sus vestiduras y se quedaron desnudos bajo la lluvia, frotándose con el agua que caía con fuerza sobre sus cuerpos, intentando limpiarlos en un intento de limpiar sus almas, la sangre que había en las manos de cada uno de ellos. El brujo sintió como su vista volvía y su primer impulso fue coger un rifle para probar su puntería, pero al hacerlo sintió náuseas y lanzó el rifle lejos de sí.

Todos sintieron volver la vida, el amor y el perdón a sus corazones durante unos instantes.


Quizás el mundo… sería un poco mejor a partir de ahora.








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