Penélope
tenía diecisiete años y odiaba el colegio y las reglas y la familia y
la moral y las buenas costumbres y sobre todo odiaba el aburrido pueblo
de Epitafio. Epitafio era un pueblo polvoriento, pedregoso, seco, donde
nunca pasaba nada. y esto no gustaba nada a Penélope. ella amaba la
ciudad. y de vez en cuando mandaba a la mierda las aburridas clases del
liceo y hacía dedo hacia la ciudad, y conseguía anfetas y marihuana y
discos de los doors y por las noches volvía al pueblo y se masturbaba
pensando en ruidos de motocicletas y guitarras eléctricas.
el
pueblo moría temprano. a las nueve de la noche todo era silencio y
oscuridad. Y entonces Penélope esperaba que sus padres se durmieran, se
levantaba, se ponías las viejas converse y se escapaba por la ventana.
no ruido. no hombres. no rock and roll. entonces se iba a la orilla del
lago y armaba un pito que fumaba con placer. luego daba un paseo,
pateando piedras, pensando, tarareando canciones de los doors, soñando
con salir de aquel pueblo inerte y romper la ciudad, quebrarla, ser la
reina del puto universo. en eso estaba, sola con su soledad, cuando de
pronto algo ocurrió. algo fuera de lo común: VIO A ALGUIEN. en medio de
toda aquella oscuridad una sombra, una figura incógnita cruzó corriendo
la calle de tierra y saltó el cerco de la casa de Don Mañungo, el
boticario. Penélope se inquietó y se acercó a paso rápido para ver qué
pasaba, excitada, emocionada- pero no vio nada. NADA. y esto la
decepcionó. esperó unos momentos, dando vueltas por ahí, luego volvió.
ENTONCES LO VIO. saltó el cercado y se acercó...
la
mañana siguiente el pueblo despertó conmocionado: a don Mañungo el
boticario le habían matado todos los chanchos. muertos. muertos y
secos. Les habían sacado toda la sangre: SECOS. CHANCHOS SECOS.
Absolutamente inútiles. La mujer del boticario lloraba y lloraba, se le
caían los mocos, y las vecinas de consolarla y los hombres fumaban y
hablaban y hablaban. El vecino trataban Pérez dijo que probablemente se
trataba de afuerinos, seguramente del Valle de la Muerte. el vecino
Pinto dijo que era un ajuste de cuentas por parte de los Sánchez, una
familia de renegados que hacía muchísimos años habían jurado vengarse
de don Mañungo por una partida de brisca perdida. pero nadie sabía
nada. nadie sabía nada, excepto…
…Penélope,
que aquella mañana no se puedo levantar para ir al liceo, se sentía
débil, mal, muy mal. su madre le preparó una sopa de gallina negra,
recién muerta, pero sintió asco y no pudo comerla. Se madre insistía e
insistía, enfermo que come no muere mijita, pero Penélope no podía, no
podía, y su mamá le trajo chuño y un agüita de hierba con un toque de
caquita de pájaro (el secreto de la abuela), pero Penélope sólo quería
dormir, sólo quería dormir.
Esa noche un extraño visitante golpeó el vidrio de la ventana de Penélope. ella lo miró y le sonrió…
La
mañana siguiente pasó algo en Epitafio. En lo del vecino Jacinto
amanecieron muertas sus tres vacas. cosa terrible. las vacas del vecino
Jacinto. muertas. y lo que más consternaba al apacible pueblo de
Epitafio fue la manera en que fueron encontradas: SECAS. sin sangre.
absolutamente inútiles. cosa terrible para don Jacinto y su familia,
que veían su inversión esfumarse de la noche a la mañana. el hijo menor
del vecino Jacinto descubrió dos orificios pequeños en el cuello de las
vaquillas y se lo comunicó a su padre, pero éste no le prestó atención.
Tampoco lo hizo su madre. tampoco sus hermanas mayores. tampoco nadie
en el pueblo.
Las
mujeres comenzaron a asustarse, los hombres fumaban y hablaban, fumaban
y hablaban, los asesinos seguramente venían del Valle de la Muerte, no
había otra explicación, los muy infames les sacaban la sangre para
dejar a los animales inútiles, había que vengarse, había que vengarse.
Pero ¿vengarse de quién? además, ¡quedaba tan lejos! diez kilómetros.
desde Epitafio el Valle de La Muerte no era más que una mancha negra
sobre una lejana colina.
En
eso estaban, fumando y hablando y puteando, cuando alguien dijo que
había visto cerca de medianoche a la hija de la comadre Norma (o sea
Penélope) paseándose cerca de lo de don Jacinto.
Largo silencio.
Más silencio.
El
quinto día de la semana aparecieron secos varios pájaros en medio de
las calles, también algunos conejos, un par de ovejas y muchas
gallinas, muchas gallinas en todos los ranchos del pueblo. comenzó
entonces a aparecer el miedo y la indignación. LA PARANOIA. los vecinos
comentaban en las calles, construían galpones para esconder a los
animales sobrevivientes, planeaban, tomaban vino y hablaban, bla bla
bla, y fumaban y mentían y BLA-BLA-BLA. esa misma tarde el comisario
anunciaba que se iba a implementar un plan de vigilancia nocturna en
los ranchos de Epitafio. jajaja. plan de vigilancia. comisario. jajaja.
Mientras tanto la hija de la comadre Norma mostraba una mejoría asombrosa. como si hubiera vuelto de la muerte…
Un
grito despertó a medio pueblo la mañana siguiente. PENELOPE NO ESTABA.
Su madre fue a su cuarto para despertarla, ya era hora de ir al liceo.
Pero no estaba (cosa que nunca había pasado). Y la ventana estaba
abierta. Entonces gritó. Su marido se levantó rápido, y al notar que su
chiquilla no estaba salió corriendo a la calle (tan rápido que ni se
preocupó de andar sólo en calzoncillos): Penélope, Penélope, gritaban,
pero nadie respondía. Las vecinas miraban de reojo por las ventanas,
pero no se atrevían a salir, ya que cada vez con más fuerza corría el
rumor de que la jovencita era una bruja que recorría el pueblo de noche
y que le robaba la sangre a los animales para quizás qué ritos
satánicos, miren su ropa, miren esas zapatillas, y esa música, esos
cortes de pelo, y dicen que se droga y que se masturba, es una bruja,
es ella la asesina, es ella, es ella. No estaba en el lago, no estaba
en la comisaría, no estaba en la capilla. no estaba en ningún lado.
Decidieron esperar.
Pasó la mañana.
Pasó la tarde.
Cayó la noche
Amaneció y ni señas de Penélope.
Las
vecinas cuchicheaban que se trataba de una de sus brujerías, las niñas
se sonrojaban con tan sólo escuchar su nombre, los hombres respiraban
aliviados porque había desaparecido la bruja mata animales. Bajaban la
voz y la cabeza cuando la comadre Norma y su marido pasaban por la
calle. Ellos lloraban en silencio. Días. Semanas. Y lloraron más
amargamente la mañana en que su humilde casita amaneció rayada con
enormes letras negras: BRUJA. así que tomaron una decisión: irían a
buscarla a Villa de La Muerte, cosa que nadie de Epitafio hacía hace
años y años y años...y fueron
y nunca volvieron
El
plan de vigilancia nocturna y la desaparición de Penélope aquietaron
las aguas en Epitafio, hasta que una mañana aparecieron secos, en medio
del camino, todos los pollos de todos los ranchos del pueblo.
holocausto de pollos. apocalipsis de pollos. pollos y pollos y más
pollos muertos, secos, secos en medio del camino. cada uno con dos
orificios pequeños en su cuerpo. Muuuy muertos, wey. Y no sólo eso
carnales, lo peor estaba por venir:
¡EL BUENO DEL COMISARIO HABÍA DESAPARECIDO!
faltando
cinco minutos para la medianoche la mujer del comisario telefoneó a la
oficina porque su marido aún no llegaba, y era raro, porque jamás se
había atrasado en sus veinte años de matrimonio. la cosa es que le
dijeron que se había marchado hace más de una hora, y entonces ella se
puso nerviosa y se levantó y prendió una vela y se puso un chaleco
delgado y salió a buscar por las calles de tierra, pero nada, nada de
nada. Fue a la comisaría y los guardias de turno le ayudaron en su
búsqueda, pero era como si al buen comisario se lo hubiera tragado la
tierra.
el
tranquilo pueblo de Epitafio comenzó a transformarse en un pequeño
infierno. Ya no se hablaba sólo de la bruja; ahora todos sospechaban de
todos. todo el mundo en tela de juicio. todo el mundo en las calles.
todo el mundo con insomnio. nadie teniendo sexo. Mujeres frígidas.
Hombres impotentes. todo el mundo con miedo a la muerte. Epitafio se
desangraba. y sus oscuros habitantes con él...
Fue
en una tarde muy calurosa. muchas moscas, mucho sol. los vecinos
buscando explicaciones para lo que estaba pasando. muchos crucifijos,
muchos escupos al cielo. las viejas rezaban, los viejos fumaban y
tomaban vino y hablaban y hablaban. La casa, abandonada, de Penélope
había sido apedreada e incendiada. Los animales encerrados en galpones
de madera, bajo doble candado. Una comitiva regresaba desde la ciudad
con un arsenal de rifles para todos los vecinos. Miedo, miedo, miedo,
MIEDO, miedo… el pequeño Epitafio tiritaba de miedo.
Lentamente,
suavemente, tortuosamente cayó la noche, y los vecinos no pensaban
dormir: ¡sus chanchos y vacas estaban en peligro! y todos tenían sus
rifles a la mano. y todos tenían sus crucifijos a la mano. así que
cuando empezó el ruido todos saltaron de sus asientos y don Mañungo el
boticario salió bramando y don Jacinto y el vecino Perez y el vecino
Pinto, salieron disparando al aire, pero el ruido cada vez era más
fuerte y más cercano, bajando desde el Valle de La Muerte, y las
mujeres comenzaron a rezar y los hombres disparaban al aire mientras
que a lo lejos, en medio del vacío, un montón de tierra y ruido se
acercaba, y cada vez más, y las taquicardias, y los crucifijos, y se
acercaban maaás y más y la sangre corría en las venas HASTA QUE:
auuuuuuuuuuuuuuu...¡COMENZÓ EL ATAQUE!
Motocicletas,
ruido, gritos, tierra, velocidad. gritos, gritos, las motos llegaban al
pueblo, chaquetas de cuero, el silencio se vuelve caos. María la
lavandera corría despavorida, igual que doña Susana y la señora Sofía;
los niños lloraban y se metían a sus casas, los hombres no entendían
qué es lo que pasaba, parecía como que el piso se movía. cientos de
motocicletas negras invadían el pueblo, rugiendo, gritando, hombres y
mujeres con chaquetas de cuero, muy rápido, escuchando a los Misfits,
die, die my darling, gritando, riendo, auuuuuuu, bebiendo, quebrando
botellas. los habitantes de Epitafio corren para acá y para allá,
algunos intentan atacar a los intrusos, pero éstos los atropellan sin
pensarlo dos veces, y reían y celebraban. algunos se bajaban de sus
motos y comenzaban a pelear con botellas y cadenas, y las balas no les
hacían daño, los rifles eran inútiles, siempre aullando, siempre
aullando, auuuuuuuuu, y caen heridos don Mañungo y don Jacinto, y los
niños lloran mirando por las ventanas, y las mujeres rezan pegadas a
sus crucifijos, y otros prenden antorchas y atacan a los de negro, pero
a ellos nada los detiene, nada, envueltos en chaquetas de cuero,
mascando chicle, tatuados, escuchando el roadhouse blues, let it roll,
let it roll y todo era un caos, todo se confundía, todo era una
vorágine de carcajadas, sangre, alcohol y rock and roll. La señora
María se abalanzaba sobre uno por la espalda y lo golpeaba en la cabeza
con una botella, pero éste se volteaba, la miraba a los ojos,
carcajeaba y, dejando ver sus filosos colmillos, atacaba directo al
cuello. ella gritaba horrorizada mientras él bebía y bebía toda su
sangre, hasta que ya no gritó más y se quedó seca, SECA. De pronto, en
medio del caos, uno de los hombres de negro se adelanta y se acerca a
la mujer del comisario, que a punta de escopetazos intentaba alejar a
los invasores, y la sorpresa fue mayúscula al ver que el intruso era
nada más ni nada menos que su desaparecido esposo, pero pálido como el
papel y con una expresión demoniaca en los ojos. un grito de horror.
una carcajada diabólica y él que le muerde el cuello y comienza a
chuparle tooooda la sangre, hermanos. golpes, vidrios se quebraban,
muuucha sangre, let it roll, baby roll, patadas voladoras, zombies en
chaquetas de cuero, caos, caos, caos. los padres de Penélope también
estaban ahí, auuuuullando y chupando sangre hermanitos; todo sangre,
todo fuego. Don Jacinto, maltrecho y herido, se acercó por la espalda a
uno de los intrusos y lo golpeó con un palo directo en la cabeza; el
zombie cayó de rodillas por la fuerza del golpe, pero nada más: desde
el suelo miró a los ojos directamente a don Jacinto, quien no pudo
contener un grito de horror al notar que el zombie no era sino otra que
PENELOPE. pálida, muy pálida y con los ojos de un rojo muy intenso,
abrió la boca y mostrando sus ensangrentados colmillos se abalanzó al
cuello de don Jacinto, pero éste, en medio de su desesperación sacó de
su camisa el crucifijo que le había regalado su padre antes de morir y
se lo puso frente a los ojos a Penélope (o a lo que quedaba de ella),
pero ésta al parecer nunca vio películas de vampiros, porque lanzó una
carcajada, mordió a don Jacinto y le chupó toooda la sangre hasta
dejarlo SECO, luego tomó la cruz, se levantó la minifalda de cuero y
comenzó a masturbarse con ella, gimiendo de placer, gritando de placer
al ritmo del rock and roll, mientras la luna era el único testigo del
baño de sangre que caía sobre el apacible pueblo de Epitafio.
Auuuuuuuuuuuuuuuuuu jajaja.
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