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RAIMUNDA

Nieves

Autor Nieves

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Publicado el 26/04/2008 | 63 Visitas | 2 Comentario(s)

Raimunda sabe que los años no hacen sino envejecer a la gente y llenarla de experiencia, nada más. Sabe también que la muerte la va a visitar más pronto que tarde, para llevársela al otro mundo. Vendrá ataviada con una túnica negra y escondiendo su rostro bajo una capucha o un sombrero. Pero todo esto nunca le ha causado pesadumbre alguna. Raimunda ha sido y será ante todo una mujer de campo. Ha trabajado sin hacer caso a la extenuación y ha padecido los avatares de la vida con la cabeza muy alta, y por supuesto, nada la va a amedrentar. Tiene demasiado trabajo para dejarse vencer por los años.

Raimunda, desde que alcanza su memoria, se ha levantado todos los días con el amanecer, en cuanto asoman por entre las ranuras de las ventanas los primeros rayos de sol. Con sus más de ochenta años, bien puede decir que nunca ha dejado de madrugar; ni siquiera cuando parió a Vicente, su pequeño. A ella ese embarazo la pilló con cuarenta años y el niño venía de nalgas. Pero, después de dos días y medio soportando los terribles dolores del parto entre arados y animales, lo tuvo, ¡vaya que si lo tuvo! Era el quinto hijo, y el último. Y también el primero en morir. A pesar de lo grande que se le criaba, la criatura se le fue con cuatro años de unas fiebres. Raimunda creyó morir con él, deseó ser enterrada con él. Pero el destino no lo quiso así y la mujer tuvo que sacar fuerzas para seguir viviendo.

El sufrimiento no abandonó el hogar de Raimunda, porque como dicen en el pueblo: “las desgracias nunca vienen solas” y a los pocos meses, las mismas fiebres se llevaron a Ramona, su segunda. La más guapa. Un año más tarde, Ramón, su marido, moría aplastado por las ruedas del tractor. Nadie supo nunca lo que ocurrió, ni qué hacía el hombre tumbado debajo de la máquina. Hablaban que quizás dormía la borrachera a la sombra, pues su afición al vino era más que conocida en el pueblo. Desde entonces, Raimunda siempre ha sospechado que Dios la castigó por algo malo que había hecho y que nunca llegó a saber qué fue porque nadie se lo supo explicar, ni siquiera don Pío, el cura. Jamás ha querido quitarse el luto, por si acaso.

Raimunda tuvo que criar sola a los tres hijos que le quedaron: dos hembras y un varón. Trabajó duro y peleó como una loba por ellos. Pasó miserias y conoció el hambre y la mezquindad humana, pero los sacó adelante y sin ningún hombre, a pesar de lo que le aconsejaban las vecinas.

- Raimunda, aunque no seas ya una moza, todavía tienes tres niños que criar. Deberías buscarte un buen hombre, honrado y trabajador – le decían.

Pero no les hizo caso. En su casa no entrarían más hombres. Ella sabía arreglárselas sola. Y eso es precisamente lo que ha hecho casi toda su vida, apañárselas sola un día tras otro.

Sus hijos han crecido sanos y llenos de alegría. Aunque, hace unos años tuvieron que marcharse a la ciudad a buscarse un futuro, un futuro que en el campo ha dejado de existir, porque, como bien sabe todo el mundo, la tierra se está muriendo. Y por ello nadie se extraña de que las estrechas callejuelas del pueblo estén desoladas y mustias. Ya sólo transitan unos cuantos viejos y unas pocas mulas. Los únicos jóvenes que quedan son los dos melgos de la Emilia, que, a pesar de que ya andan cerca de los cuarenta, tienen los pobres la mente algo nublada y no pueden valerse por sí mismos. Raimunda recuerda muy bien el día que nacieron porque por entonces ella ejercía de partera del pueblo y de los alrededores. Ayudaba al médico y atendía a las parturientas antes y después del parto, y aquel fue uno de los más complicados y largos que ha asistido, y para colmo, el médico no pudo llegar a tiempo. La llamaron antes del mediodía y, con la caída del sol, Raimunda ya pensaba que ese parto no podía acabar bien: o moría la madre, que era demasiado joven, o lo hacían los niños. Pero ella era mujer con muchos años de experiencia como matrona y al final los consiguió sacar sin que muriera nadie. No tardó en darse cuenta que las criaturas no eran normales, nacieron con la cabeza deformada, pero estaban vivos. Las viejas decían que era por el eclipse de luna que hubo la noche del parto.

- Los eclipses son un mal presagio y sobre todo si vienen gemelos – decía Jacinta, la más anciana del pueblo.

Pero Raimunda nunca ha creído en esas tonterías, fue la voluntad de Dios y nada más. Al día siguiente el médico examinó a Emilia y a los dos niños. Confirmó que las criaturas habían nacido con un problema en la cabeza y que no pasarían de los diez o doce años. Ya han cumplido los treinta y ocho, y siguen vivos. Un poco faltos, eso sí, pero nada más. Ahora ya no es igual, porque las mujeres paren en los hospitales con médicos y enfermeras y además, ella hace ya muchos años que dejó de ayudar en los partos. Y es que todo ha cambiado y seguirá cambiado cuando ella no esté.

Raimunda ha salido temprano al campo. Ha ido al huerto que tiene junto a la acequia para ver cómo van los tomates. Pronto estarán listos para ser recogidos. Luego se tirará todo un día escaldándolos para quitarles bien la piel, metiéndolos en los botes de cristal y, tras cerrar las tapas, poniéndolos al baño María. Así tendrá tomates para varios meses. Incluso sus hijos se llevarán unos cuantos botes cuando vengan a visitarla. También se ha pasado por los tres bancales que tiene con cebada. Este año habrá una buena cosecha, la espiga está hermosa y el grano crece gordo y con peso.

De regreso a su casa, la anciana se ha tenido que sentar a la sombra de los almendros de su primo José. Está muy fatigada y la respiración le sale floja. Le cuesta reconocerlo, pero, sabe muy bien que ya no tiene años para andar por ahí sola; sin embargo, nunca ha podido estarse en su casa quieta y sin hacer nada, además, ahora esa casa está tan consumida por los años como ella y los recuerdos que la habitan le producen una gran tristeza, y ella no es mujer que permita que la tristeza le encoja el alma. Aunque, a veces, la pena es demasiado grande como para soportarla, y es entonces cuando su mente se debilita y la angustia le hace sentirse vacía y muerta.

Raimunda cierra los ojos cuando siente en su cara el aire fresco del atardecer.

- Puede que llueva – se dice en voz alta.

Levanta la cara y mira un puñado de nubes oscuras que empiezan a asomar por el horizonte. “Puede que sí”, piensa. Intenta levantarse, pero la artrosis le recuerda que va a necesitar un buen rato para conseguirlo.

- Hola, Raimunda.

La mujer tuerce la mirada hacia la voz. Una figura vestida de negro y con un gorro de ala ancha, bastante viejo y descolorido, se ha colocado muy tiesa entre ella y el sol. A la anciana no le hace falta preguntar nada, sabe muy bien quién es. Porque es tal y como ella se la había imaginado, vestida de negro y con los ojos sin vida, como hechos de porcelana. Se fija en sus manos, son alargadas y huesudas, aunque no son las manos de un esqueleto. Afortunadamente, la Muerte no es un esqueleto que va por ahí enseñando sus huesos a todo el mundo, para Raimunda eso hubiera sido de muy mal gusto.

- Me parece que va a romper a llover en menos de una hora – dice volviendo a mirar los nubarrones del horizonte.

- Puede – le responde la Muerte.

- Hágase a un lado, si no le importa, me tapa los últimos rayos de sol – añade la mujer con la voz bien templada.

La Muerte se aparta y se sienta junto a Raimunda. Las dos, en silencio, contemplan cómo el sol enrojece de sangre las nubes que cabalgan sobre la línea del horizonte.



Comentarios

VOOTEXT

VOOTEXT

27/04/2008

# 1

Nieves, es un texto precioso.

La dignidad y coraje de Raimunda son inspiradores.

Me encanta cuando al final del texto ella le dice a la muerte: "Hágase a un lado, si no le importa, me tapa los últimos rayos de sol "

Ella nunca se ha dejado amedrentar por nada ni nadie y la muerte no iba a ser diferente ¿verdad?

Enhorabuena por el texto. Me ha gustado mucho.

amandaclavel

amandaclavel

29/04/2008

# 2

Muy ajustado, y adios a la muerte.

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