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Primera Vez

Ricardo_Ramo

Autor Ricardo_Ramo

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Publicado el 28/01/2008 | 186 Visitas | 0 Comentario(s)

Hola:


    Antes de presentarme y hacer de tu conocimiento la razón por la que esta carta llega a tus manos, me gustaría contarte algo sobre mi, algo muy personal, tanto que seguramente te parecerá extraño que yo, un perfecto desconocido, te diga semejantes cosas. Quiero hablarte de mi primera vez.

    Tendría doce años. Era un niño normal, tal vez algo maduro en comparación con la mayoría de los niños de mi edad. Crecí en una localidad pequeña en la zona norte del país, uno de esos lugares en los que rara vez pasa algo y que cuando así sucede, toda la gente se entera del incidente. En este lugar la agricultura aun tiene significativa importancia, aun que la economía no se basa por completo en ella; sí tuviera que mencionar la principal fuerte de ingresos de las familias, no creo estar equivocado sí afirmo que se trata de las remesas de los jóvenes que preferimos salir de allí en busca de mayores emociones.


    Aquel verano de julio de mis doce años, fue uno de los más calurosos que recuerdo, o puede ser que sólo se debiese a que me encontraba en el despertar de mi adolescencia, sea como que fuere el calor de la tarde me parecía insoportable. Como ya mencione, la agricultura juega un papel importante, por lo que algunos arroyos aumentan su caudal en esas épocas, para regar los sembradíos. Es común que los niños aprovechen la ocasión para disfrutar de algún chapuzón. Yo no era la excepción, aun cuando mi madre no era muy dada a permitirme ir solo, pero aquella tarde logre persuadirla de que no pasaría nada, alegando que ya tenia doce años y sabría cuidarme solo, además me acompañaría Andrés.


    Andrés era un vecino que vivía a tres casas de la mía, era un par de meses menor que yo, pero para esas fechas los dos teníamos los doce cumplidos. No teníamos una relación muy estrecha, pero solíamos jugar juntos por las tardes, dábamos largas caminatas a la orilla del arroyo o en los día de mayor ocio íbamos a los sembradíos a cazar ardillas que después matábamos a pedradas. Aquel día ambos logramos convencer a nuestras madres de que nos permitiesen ir a nadar. Aquella tarde de mí primera vez, mí primera vez con Andrés.

 

    Llegamos al sitio en el que se reunían todos los niños a jugar en el agua turbia con color a tierra y aroma a distancia. De momento el bullicio me pareció emocionante, ver a todos divirtiéndose, salpicándose unos a otros, pero enseguida aquella sopa hirviente de extremidades y torsos flotando y moviéndose en el agua, la encontré grotesca. Andrés debió  pensar lo mismo, por que me aconsejo sería mejor buscar otro lugar. La idea no me disgusto en lo más mínimo. Y así emprendimos el camino, alejándonos tal vez unos doscientos o trescientos metros.

    Nos metimos al agua en ese lugar, en el que estábamos completamente solos, me sentí aliviado de no tener que estar rodeado de todo aquel movimiento, y escuchar el bullicio únicamente como un lejano murmullo.  Aun recuerdo como si hubiese sido ayer, la sensación del agua fresca y las llamas ardientes del sol de media tarde. Andrés y yo nadábamos y hablábamos poco, pasaron algunos minutos, tal vez un hora, comencé a aburrirme, y por la actitud de Andrés, supuse que él también. “¿Por que no jugamos a algo?” me preguntó él, y con el tono apático que siempre me ha caracterizado le pregunté a que; después de pensarlo un poco propuso que jugásemos al “ahogado”. Me pareció algo muy entupido, pero Andrés se mostraba muy animado, él sería el ahogado y yo debía salvarlo, después cambiaríamos los papeles. Traté de hacerle ver que era un juego tonto, pero no logré convencerlo, así que comenzó a dar manotazos a diestra y siniestra, y gritar el clásico “auxilio”, yo no pude contener la risa ante tan tonto espectáculo, parecía mas un ganso graznando para ahuyentar a un depredador, que un niño ahogándose. “¿De que te ríes?”,  quiso saber,  “de lo tonto que te ves, gritas como una niña” y reí estrepitosamente, lo cual no puedo menos que molestar a Andrés. “¿Ah si?, ¿y como quieres que grite sí se supone que me estoy ahogando?” “Yo no creo que los que se ahogan griten” le contesté. “¿Cómo lo sabes?, “no sé, sólo lo creo”. Permanecimos en silencio durante unos minutos, había algo en mi mente que no me dejaba tranquilo, pero no lograba filtrar la emoción para entender de que se trataba, sentía esa sensación de pesadumbre que es provocada por algo que sabemos que deberíamos hacer y no hemos hecho. De pronto vi a Andrés con su cara de inocencia y su pecho descubierto sobre el agua, y entonces lo supe, supe que es lo que tenia que hacer. Me acerque a él, una vez me hube acercado lo suficiente, me zambullí en el agua y desaparecí bajo ella. A tientas, en el agua turbia, alcancé los tobillos de Andrés y los halé, haciéndolo hundirse, sentí su pataleo frenético y un hormigueo invadió mi cuerpo. En sólo segundos salí nuevamente a flote, al igual que Andrés, que con desesperación daba amplias bocanadas de oxigeno sacudiendo su cara con ambas manos para retirar el agua que escurría por sus pardos cabellos. “¿Qué te pasa?” me preguntó con ira, “¡no me gusta jugar así!”, yo no contesté nada, mi corazón latía apresuradamente, sentí temblar mi mandíbula y escuche castañear mis dientes, mi respiración era profunda y sonora, como si acabase de correr algunos kilómetros sin descanso, Andrés seguía reponiéndose del tremendo susto, molesto se dio la vuelta dispuesto a marcharse. ¡Se iba! Nadé con agilidad hacia él y antes de que se diera cuenta tenia mis manos sobre sus hombros, hice presión para hundirlo, él puso algo de resistencia, pero el factor sorpresa estaba a mi favor. Ahí lo tenía, bajo el agua manoteando con desesperación, y no, no gritaba, sólo trataba de salir a flote, de buscar oxigeno, no gritaba ni pedía auxilio, únicamente pataleaba con desesperación y enterraba sus uñas en mis brazos. Veía sus manos saliendo una y otra vez del agua, buscando una superficie de la cual poder asirse, entonces recordé la imagen de todos los brazos y piernas efervescentes que momentos antes me había parecido grotesca. En cambio en ese instante me sentía fascinado, había una sensación en mi cuerpo que nunca antes había sentido, y que ahora me es tan familiar.


    Lentamente los manoteos de Andrés fueron menos fuertes y más distanciados, hasta que pude sentir como su cuerpo se relajaba completamente. Lo solté.
    Yo respiraba profundamente, mis manos temblaban y entonces comencé a sentir el ardor de los rasguños de Andrés en mis brazos. Pasé mis manos sobre mi rostro, como tratando de apartar el velo de dudas que me cubría. Lo vi.


    El cuerpo inerte de Andrés flotaba parcialmente sobre la superficie, boca abajo, veía su espalda estrecha y morena, y sus cabellos pardos agitados por el agua como cientos de pequeñas y delgadas serpientes. Estaba a poco mas de un metro de mí y lentamente la corriente seguía llevándolo. No pude moverme, no sé si pasaron minutos o segundos hasta que me decidí a nadar hasta el cadáver de mi difunto amigo. Toque su hombro cenizo con color a muerte y le di la vuelta. Frente a mi estaba su mirada de horror, de desesperación, sus ojos carecientes de brillo, opacos como los de una muñeca, me miraban; puede ver salir agua de su nariz y de su boca abierta en su ultimo y desesperado intento de respirar. En ese instante me sentí desfallecer de satisfacción y placer, sentí una excitación repentina y fuerte, como un golpe, una sensación de entera satisfacción que se concentró en mi entrepierna, no pude evitar soltar un sonoro gemido.


    Hay quienes dicen que la primera vez nunca es tan satisfactoria como las siguientes, y me veo obligado a compartir esa opinión, sin embargo, jamás habrá algo como esa primera vez, jamás se repetirá esa sensación de descubrimiento, de encuentro conmigo mismo. Jamás olvidaré a Andrés.
 

    Tal vez te cause interés el saber que pasó depues, pero creo que el resto de la historia carece de importancia. Me es suficiente contarte esta primera e intima experiencia.

    Probablemente todo sea claro para ti ahora, o puede ser que aun no comprendas la situación, o no quieras entender por que te cuento todo esto, por que a ti.


    Sólo quiero que sepas un poco de mí, que puedas reconocerme cuando me veas, y poder ver en el último destello de tu mirada el temor que estas acumulando desde este instante.

 


    Se despide de ti, tu nuevo amigo.

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