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Enviar un mensaje privado Autor amcafe
Perla se llamaba. Bueno, eso es lo que me dijo. Coincidimos en un bar, en la barra. Estaba tomando un café bien cargadito cuando a mi lado se sentó una chica espectacular, de esas que solo ves de vez en cuando. Una chica más bien alta, de piernas esbeltas, bien torneadas, con tacón bastante alto, con un tipo de esos que hacen que vuelvas la cabeza si la ves por la calle, y un rostro algo exótico, pero de rasgos muy regulares. Pude percatarme de la espectacularidad de su tipo al tomar asiento y pedir un gin-tonic. Yo no soy especialmente agresivo en el intento del ligue, y lo suelo hacer muy pocas veces, pero tenía a mi lado a una chica especialmente interesante, al menos en las apariencias, y no era cosa de no intentar algo, al menos llamarle la atención, y lanzar el anzuelo. No tenía nada que perder, y sí mucho que ganar, así que entablé una conversación más bien trivial, como es natural, a la que ella correspondió sin mucho entusiasmo. La conversación iba languideciendo lentamente, yo no podía horadar por ningún lado, parecía que todo estaba perdido, incluso además ella podía estar esperando a otra persona, por lo que mis esfuerzos, de todas maneras, podían acabar como la lluvia en el desierto. Para salir del atolladero, y terminar, al menos, con mi dignidad intacta, y para no tener que arrepentirme en el futuro por no haber puesto toda la carne en el asador, la invité de sopetón, en una maniobra desesperada, ya para certificar mi derrota final, pero al menos con la conciencia de haberlo intentado todo, a cenar, pues, le dije que estaba algo deprimido y que cenar con ella sería mi mejor medicina. Mi audacia le chocó bastante, se me quedó mirando un ratito, y lanzando una carcajada educada y discreta, me dijo que tantas trivialidades que había dicho y al final la invitaba a cenar. Por lo visto le hizo gracia mi falta notoria de diplomacia y mi deficiente estrategia seductora, y aceptó la invitación, después de una presentación mutua, pero que había que dejarlo para otro día, pues esa noche tenía compromiso. Intuí que no era más que una forma delicada y discreta de decirme que no y, tras intercambiar los teléfonos, nos despedimos.
Suponía que no la vería nunca más, y que el teléfono que me había suministrado era falso, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando la llamé al día siguiente y ella misma propuso cenar al día siguiente, recordando mi invitación de la víspera. La veía, para mi satisfacción y sorpresa, interesada en mi modesta persona, y mantuvimos una conversación fluida durante bastantes minutos. Hacía tiempo, quizá incluso muchos meses que no salía con una chica tan espectacular, tan sexy, tan….prometedora, tan…maravillosa. Noté en ella una cierta receptividad que no había notado en el bar. La verdad es que mi invitación a cenar había sido prematura, a la desesperada, sin saber siquiera si la chica estaba comprometida o tenía amigos que hubiesen hecho que mi proposición hubiese sido innecesaria e improcedente. Los hados habían permitido que mi audacia saliese bien. Quizá el destino se portaba muy bien conmigo.
Organicé la cena de forma tópica y típica, una cena romántica, con velas y demás, ramo de flores incluido. La chica me dijo que era gerente y relaciones públicas al mismo tiempo de una boutique de moda, de ropa cara, a la que acudía la alta sociedad. Soslayó el tema de lo novios, era muy reacia a hablar de su vida privada. Le hablé entonces de la mía, hacía muy poco que había roto con mi novia, a instancias de ella y que estaba bajo de moral. Ella me cogió entonces de la mano y me dijo con picardía que el río estaba lleno de peces, de todos los colores. Yo le cogí también de la mano, y ella no me rechazó. Ya fantaseaba con una noche romántica y llena de pasión cuando una nube empezó a turbar mis buenos presentimientos. Noté entonces una cierta masculinidad en sus gestos, y en su figura espectacular aprecié que quizá escondía un secreto. En definitiva, me entraron dudas sobre si Perla era una auténtica chica o era un transexual o un travestido. De repente, y de forma rara, me fijé en sus labios carnosos y sensuales y me entraron ganas de que me practicase una felación, pero luego pensé en el peaje que tendría que pagar, tendría que penetrarla por detrás y tal perspectiva no me hacía demasiada gracia.
Bueno, me dije, estás cenando con una chica aparentemente muy apetitosa, no te hagas problema de nada, sigue cenando, la cena es exquisita, la conversación es estimulante y muy inteligente, te estás divirtiendo, pues, entonces, no te hagas problemas, cena, acaba la cena, y luego te despides de ella y recuerda siempre que fue una buena cena. Con tal objetivo, y para olvidarme de mis sospechas, y no torturarme con mis dudas, pedí una segunda botella de vino y luego una tercera…Ella era receptiva al vino, no le hizo ascos y consumimos los dos tres botellas de buen vino. Al acabar la cena, yo no estaba en condiciones de conducir, por lo que llamamos a un taxi. Todavía seguía manteniendo las ganas de que me practicase una felación, pero mis dudas también eran muy grandes, y mi intención era llevarla a su casa, despedirme amigablemente y después ir a la mía, y olvidarme de Perla, y de su quizá condición ambigua. Quizá era conveniente mantenerme siempre en el terreno de la duda, y no ahondar en un desenlace quizá no deseado y frustrante. Al llegar al portal de su casa, nos despedimos, pero me hizo salir del taxi, me dejó pagar y me cogió de la mano dirigiéndose a su casa, y la verdad no pude resistirme, había tomado mucho alcohol, y, también es verdad, una atmósfera erotizante nos envolvía, por lo que subí con ella a su casa, un coqueto apartamento, pequeño, pero armoniosamente decorado, aunque quizá excesivamente recargado, lleno de cuadros eróticos por todos lados…La verdad es que su apartamento podría definirse como un nido preparado para el amor, para los ligues, para los encuentros sexuales, música de fondo, luz de fondo, todo difuminado, envolvente, como para sumergirte en una atmósfera mágica y voluptuosa. Me preparó una bebida exótica que sabía a gloria celestial, un combinado explosivo que me puso muy eufórico. Estuvimos charlando unos minutos, yo estaba paralizado, la atmósfera erótica se contrarrestaba por mis escrúpulos acerca de la condición femenina de Perla. Seguramente ella notó mis escrúpulos y me dijo que me iba a hacer un desnudo para mí solo, para mí como único y privilegiado espectador, y que después podía marcharme a mi casa tranquilamente, ella no se enfadaría, no se molestaría, lo entendería, quizá debió haberme hablado antes en la cena.
Me practicó un baile de aficionada, empezó a quitarse la ropa lentamente, una prenda detrás de otra hasta quedar completamente desnuda, y de espaldas. Era toda una mujer, con las forma contorneadas de las nalgas, las piernas esbeltas, bellas, sin mácula, la espalda femenina, pero después se giró, y pude contemplar unos pechos preciosos, ni grandes ni pequeños, perfectos, amorosos, sedosos, delicados, una barriga lisa, unas caderas hermosas, pero también un….pene en erección, muy tieso, de tamaño más o menos normal. Me quedé de piedra, pero en el fondo ya lo había esperado, lo había intuido en la cena, lo había sospechado todo el rato que estábamos en la casa. ¿Qué hacer? Me entraron ganas inmediatas de marcharme, de irme cuanto antes, pero me vino al mismo tiempo la fantasía de la felación, de correrme en su boca preciosa y tan femenina, por otro lado. Claro que el peaje final que tendría que pagar…Todo lo pensé en unos pocos segundos de indecisión. También pensé que esa maniobra del desnudo ya la habría practicado antes con más hombres, que quizá tenía mucho morbo para ella, y que quizá pocos hombres se habían marchado del piso. La indecisión la rompió Perla al ofrecerme otra bebida, que me dijo que era afrodisíaca, que la probase antes de marcharme, si esa era mi intención …Yo ya no tenía fuerza de voluntad, estaba a merced de ella, haría lo que ella quisiese, y, además, pensé, lo haría voluntariamente, entraría en el infierno de Perla con todas las consecuencias, quizá en la vida había que probarlo todo, después de todo, no perdía nada, me hundía en la aventura, y ya nunca más vería a Perla. No sé si fue una decisión acertada, pero me quedé, me dejé hacer, y unas caricias de ensueño empezaron a corporizarse en mi mente.
Me quitó la ropa con mimo, lentamente, como si fuese una operación ya diseñada y esperada, y con voracidad buscó y encontró mi pene que tenía una erección de caballo, todo tieso, todo recto. Empezó a lamerlo con la lengua de arriba abajo, por toda la extensión, no dejando ningún milímetro del mismo por acariciar y lamer, con una pericia inenarrable. Jugaba con él, incluso lo mordía con una delicadeza morbosa y deliciosa, introduciéndoselo dentro de su divina boca, tragándoselo entero, y cerrando la boca en torno suyo, lamiéndolo con avaricia, con fruición, con pasión, con morbo, con mucho vicio, como si fuese lo último que tuviese que hacer en esta vida. De vez en cuando interrumpía sus lamidas prodigiosas para lamerme mis muslos, besármelos, pero yo esperaba también con mucha pasión la embestida de su extraordinaria boca. Su pericia lamedora era descomunal, no recordaba ninguna chica tan hábil como ella. Además lo hacía, se notaba, por placer, no por contentarme, no por ponerme caliente para penetrarla, sino que completó sus ejercicios lamedores permitiendo que me corriera en su boca, y se tragó a continuación toda mi miel blanca, y luego me limpió el pene de semen con su lengua, continuando las caricias con esa misma finalidad.
La continuación ya la suponía, ya la intuía, era de esperar. Sin decirme nada, después de concederme unos minutos de reposo en los que me susurró palabras deliciosas, alabando lo rico que había estado mi pene y lo a gusto y placentero con que lo había disfrutado y saboreado, se puso a cuatro patas, mostrándome el trasero, invitándome de forma palmaria a que la penetrase por detrás. Era el tan temido y temible peaje que tenía que pagar por su formidable felación. La verdad, he de reconocerlo, mis escrúpulos fueron perdiendo consistencia al contemplarla, pues parecía una auténtica mujer, con esas nalgas tan mórbidas, esas piernas tan esbeltas, esa espalda tan armoniosa. Cariño, cariño, por favor, soy toda tuya, llévame al paraíso, me decía entre susurros, al tiempo que se ponía una crema para lubrificar su caverna placentera. A pesar de la crema me costó un poco penetrarla, pero al final lo conseguí y apreté sus nalgas con mis manos para que el contacto fuese más íntimo. Cómo gemía Perla, cómo le gustaba mi penetración, empezó a jadear, y me decía, más fuerte, más fuerte, pero no tan aprisa, con más calma. Ella dirigía la operación. Su cuerpo se electrificaba con mi penetración. Yo paraba de vez en cuando para mortificarla, para prolongar mi placer, para no correrme tan pronto, y ella me insultaba, me decía de todo, cabrón, hijo de tal, continúa, no te pares, por favor, por favor, mezclaba los insultos y las súplicas. Yo notaba que a pesar de que eyaculaba, eyaculó al menos un par de veces antes de que me corriera yo, me pedía más y más, parecía, daba la impresión de que con sus eyaculaciones su potencial erótico y placentero se acrecentaba. Muchas chicas hetero no tenían tanto placer en su clítoris como tenía ella en su caverna posterior, es como si tuviese un gran clítoris en la parte de atrás. Yo me interrumpí algunas veces para alargar el proceso en medio de sus insultos y súplicas, pero al final no pude más y con una gran exhalación me corrí al tiempo que noté que Perla disfrutó de una eyaculación, más copiosa que las anteriores, creo, en medio de unos gritos salvajes y atronadores…
Perla quería continuar las maniobras sexuales, pero yo estaba ya exhausto, me había bebido botella y medio de vino, al menos, más otro tipo de bebidas sofisticadas, y mi cuerpo dijo ya basta, ante la decepción de Perla, que parecía inagotable. En último extremo aún intentó una maniobra sexual con su…pene, no sé, no me interesó con qué finalidad e intención, pero yo no solo estaba cansado, sino que era una maniobra ya poco apetecible y que no entraba dentro de mis consideraciones.
Perla me invitó a quedarme en su casa, pero consideré más conveniente volver a la mía. Ya nunca más volví a ver a Perla. No volví a llamarla por teléfono, ni ella me llamó a mí. Yo no calificaría aquella noche de maravillosa, pero sería un hipócrita si no la calificase de placentera, y en grado sumo.
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