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Paracuellos
Hay un lugar, no muy lejos de Madrid, llamado Paracuellos.
Es un pueblecito, en lo alto de una montaña. Se puede llegar hasta él,
siguiendo la carretera que bordea la parte Este del Parque Juan Carlos I.
Desde las pirámides de este inmenso y moderno parque, se ven dos enormes
antenas esféricas a los lados de dicha localidad. Muchos son los que en su
infancia, subían los 2 Km de carretera empinada, con la bici, sufriendo tanto
como si fuera un puerto de montaña.
En el centro tiene la típica plaza con una Iglesia, casas viejas y algunas
tiendas. No tiene nada de especial, salvo una explanada, más o menos a la mitad
de la cuesta, desviándose a un camino de tierra muy empinado.
A ese insulso lugar avanzaba un coche. Primero pasó al lado de la explanada,
dónde tantas chicos y chicas, destruyen su otorgada juventud con licores
baratos para luego disponer de vejez y amargarse por haberlo hecho. Pero
siempre parecía eso, algo lejano.
Dentro del coche hay dos personas. Un chico y una chica, que rondan los
veintitantos.
La chica parece algo nerviosa y pregunta:
-¿Adónde me llevas?
- Es una sorpresa, pero ya estamos cerca. No temas
La chica se estaba arrepintiendo de haber quedado con este, casi desconocido.
Apenas se habían visto un par de veces y siempre en grupo. Esta vez se dejó
convencer, tras mucho hablar por correo y Messenger. Pero el paso a la
realidad, era otra cosa y no sabía el propósito de todo esto. No se sentía
especialmente atraída por ese chico y aunque le parecía interesante, le asustaba
mucho la idea de que él intentara algo, pero al mismo tiempo se sentía
intrigada.
La excusa fue quedar, para echar una partida de ajedrez pendiente y hablar cara
a cara, de mil cosas que se dijeron a medias en los correos. En cierto sentido,
se sentía obligada porque dijo que no tendría ningún problema, meses antes.
Pero ahora avanzaban por esa carretera, cerca de casas medio abandonadas, hacia
un sitio que no conocía y se iba poniendo nerviosa.
Como se consideraba una chica segura de sí misma, decidió no preguntar más,
para no mostrar su temor. Quería confiar en ese chico, del que tanto oyó hablar
hasta que bajó a la realidad, conociéndole un poco. Viendo sus inseguridades y
contradicciones, ya fuera en su escritura o en su actitud ante la vida. De todos
modos, era consciente de que no le conocía en absoluto y la curiosidad era más
fuerte que el miedo.
El coche llegó a la cuesta que asciende a Paracuellos y se desvió por un camino
arenoso, casi derrapando en el ascenso. Y llegó a la explanada. El coche paró
cerca del borde de esta.
Ambos salieron del coche y ella preguntó, con una voz que intentaba sugerir más
curiosidad que recelo:
- ¿por qué me has traído aquí?
Él se dirigió al maletero, sin mirarla siquiera y mientras
sacaba cosas, le respondió con tranquilidad:
- Desde aquí, hay una vista magnífica de la ciudad. Siempre
que vine aquí, deseé fotografiarla en el atardecer y con los colores de la
noche.
- ¿ y por qué me traes a mí?- repitió ella
- Porque también es un sitio tranquilo dónde podemos echar la partida de
ajedrez y hablar de lo que quieras. Así mato dos pájaros de un tiro
- No pierdes el tiempo – dijo ella con cierto sarcasmo
- En realidad, soy un inmenso perdedor de tiempo, sino no estaría aquí , le
respondió con una sonrisa algo maligna
Ella pensó un poco en esas palabras, intentando pensar cuál de los significados
que entendió, era el que él buscaba.
Sacó del maletero una cámara de fotos, un trípode, un ajedrez y una manta. Los
fue colocando en silencio, mientras ella miraba. Luego sacó una nevera,
sorprendiéndola agradablemente.
-¡Vaya! Has pensado en todo, ¿no?
El chico sonrió sin contestar y le dijo:
- Hay pan, hay jamon, queso. Tambien hay zumo, tinto y sidra. ¿Qué se le
ofrece?
Un poco confusa y no sabiendo qué responder, ante tanto detalle por una
estúpida partida de ajedrez, respondió:
- Por ahora nada, gracias.
Él se encogió de hombres y dejó la nevera cerca de la manta.
Tampoco se sirvió nada. Fueron colocando las piezas en silencio y esperó a que
ella sacara.
Mientras, iba colocando la cámara de fotos sobre el trípode y enfocando la
ciudad. Para variar, los intensos colores ocres y púrpuras, ayudados por la
contaminación de Madrid, daban al paisaje un aspecto fabuloso. Se iban
encendiendo las luces de la ciudad y pasaban constantemente los aviones en
dirección a Barajas. Ella por fin movió la primera pieza y él sin pensarlo
demasiado movió a su vez. Ambos estaban callados. Solo se oían el viento y
algún coche que pasaba cerca de allí.
En otras ocasiones, él la acosaba a preguntas. Quería aprovechar el poco tiempo
que pasaban juntos para conocerla un poco.
En realidad, tenía ese hábito con todo el mundo. Le hacía sentirse incómodo, el
estar en silencio y su mayor pasión era hablar y conocerlo todo sobre las
personas.
Ella se sentía intrigada por su falta de conversación y decidió preguntarle
algo:
- ¿cómo es que conoces este sitio? ¿Habías venido aquí en otras ocasiones?
- Sí, unas cuantas. Hacía años que no pasaba y tenía muchas ganas.
- ¿Venías solo?
- No – dijo él, sin levantar la vista del tablero y frunciendo el ceño,
recordando cosas pasadas. Ella le observaba en silencio, adivinando con quien
venía.
Tres años habían pasado. Durante ese tiempo, él deseó
morirse miles de veces. En demasiadas ocasiones, perdió la esperanza, pero rápidamente
la recuperaba al estar con los amigos o algunas amigas. La soledad era lo que
le reconcomía. Era cuando se ponía a pensar y a sentirse culpable. Culpable,
por haber perdido lo que más quería en el mundo. Por no haberlo valorado lo
suficiente, hasta que ya fue demasiado tarde.
Durante esos años, se había desgarrado de dolor, cada vez que se acostaba. No
conseguía acostumbrarse a dormir solo, sin un abrazo, sin una tierna mirada,
con la que se despertaba cada mañana, sin una voz que le susurraba al oído, sin
un alma que parecía pensar en él a todas horas y que tanto amor le daba.
Tampoco era capaz ya de comportarse con las mujeres de forma natural. Casi
siempre les respondía con un sarcasmo o evitaba su conversación. En más de una
ocasión, el comportamiento cariñoso de alguna amiga, le turbó un poco y pensó
que volvía a enamorarse. Salir por las noches era una mezcla de deseo y náusea,
sintiendo que todo estaba podrido, lleno de apariencias y materialismo. Pero al
mismo tiempo, obsesionándose con poseerlo, en la distancia, sin ser capaz
nuevamente de separar, a la persona del objeto.
Tiempo atrás, descubrió, que sólo cuando las mujeres no le importaban, era
cuando conseguía seducirlas. Si las veía como iguales, en vez de cómo presas,
salía toda su forma de ser y perdía el poco atractivo que tenía con discursos
vacíos y discusiones estúpidas.
Ahora tenía delante a la mujer a la que había deseado el último año. La que
llamó potentemente su atención, con algunas cosas que dijo, por un brillo
especial en sus ojos. Quizás le influyera, el que ella le dijera que le veía
atractivo. Eso nunca se lo había dicho nadie antes, ni siquiera las que
cayeron. Quizás sí la que le amó, pero eso ya era natural, tras mucho convivir.
Sin embargo, no quería decirle nada. No quería sentirse estúpido haciendo
preguntas absurdas o empezando conversaciones poco interesantes. Esperaba que
ella diera ese paso.
Mientras la partida continuaba, él iba haciendo fotos para estar ocupado y
forzarla a hablar. Cada vez que él tiraba una foto más del paisaje, ella le
miraba de reojo. Él intentaba contenerse en mirarla, precisamente no parando de
hacer cosas. La partida continuaba y por fin ella perdió. No jugó mal, pero
sencillamente no tenía experiencia y él había jugado toda su infancia. Ella
sintió el deseo de volver a intentarlo. Parecían gustarle todos los retos. Fue
colocando las piezas con rapidez. Mientras, él fue sacando algo de la nevera y
le volvió a preguntar:
- ¿ Seguro que no quieres tomar nada? Yo me voy a tomar una copa de vino.
- Venga, me tomaré una copa de vino – se animó ella.
Cuando se llenaron las copas, ella mostró una cierto romanticismo diciendo:
- ¿Por qué brindamos?
Él pensó detenidamente y por fin respondió:
- Por esta partida, posiblemente la última que echemos los dos – dijo con
cierta ironía en su voz o quizás, un pesar.
Ella no supo qué decir.
Volvieron a mover las piezas. Ella se devaneaba los sesos para comenzar una
conversación y superar ese tenebroso silencio que les envolvía. Por fin le
preguntó:
- ¿llevas mucho tiempo haciendo fotografías así?
- Bastante. De pequeño me obsesioné con las nubes y las puestas de sol.
- Parece que se te da bien lo de hacer fotos. Me gustaron mucho algunas de las
que hiciste en tu viaje.
- Bueno, descarté decenas que salieron mal
- ¿sólo fotografías paisajes y edificios?
- Normalmente sí, pero una vez le hice un “book” a una amiga.
- ¿y que tal salió?
- No dominaba hacer fotos con poca luz y además a ella no le gustó como salía
- Eso le pasa a todas
- Tu lo has dicho. Luego se lo enseñé a otra amiga y me dijo que salía preciosa
- A mi nadie me ha hecho algo así – respondió ella con cierta picardía.
- Si quieres, te puedo tomar unas fotos ahora y te las envío. No hay mucha luz
pero puede que salgan bien.
Ella le miró un instante en silencio, sopesándolo. Al final aceptó con la
cabeza y dijo con desenfado:
- Pero solo un par de fotos y no me pidas posturas maliciosas
Él no contestó, sencillamente se puso a fotografiarla, tal y como estaba,
sentada. Ella cambiaba un poco la pose, sin que él le dijera nada. Pasados unos
instantes, ella le preguntó:
- ¿quieres alguna otra pose?
- Si, recuéstate, de lado, dejando caer el cabello hasta el suelo.
Ella estaba arrebatadora en esa postura, con su largo y
ondulado cabello de color castaño, mirando fijamente a la cámara, con sus ojos
verdes, depredadores. El estilizado y delgado cuello resaltaba su feminidad,
amén de unas caderas amplias y un talle bastante estrecho, que le daba aún más
curva, apoyando la cabeza en un brazo.
Las defensas de él iban sucumbiendo ante esa mujer hecha y derecha, que posaba
para él sin ninguna vergüenza. No había timidez en sus ojos, sólo diversión y
curiosidad.
Él no se propuso en ningún momento, en seducirla aquella tarde. Sólo quería
pasar una tarde tranquila, en un sitio del que guardaba tantos recuerdos. Tomar
un vino y jugar una partida de ajedrez, eran cosas pendientes en su anterior
relación, basada mayoritariamente en el sexo. Quería únicamente disfrutar de
una compañía mientras hacía algo que le parecía bonito. Es más, la total falta
de intenciones, le liberaban de culpa y nerviosismo. No estaría todo el rato
pensando si ella querría o no. Así le daba completamente igual y sólo
disfrutaba de ese momento, que le faltó años atrás, por ser tremendamente perezoso
y sin ninguna iniciativa.
Ahora estaba con una mujer que en su día le pareció distinta y que le suponía
un completo misterio. Quizás por eso enloqueció tanto al no poder conocerla
más. Los demás acercamientos eran bastante más superficiales. Simplemente veía
que tenía una buena amistad con alguna chica y que pasaba ratos agradables con
ella. Aún no teniendo casi nada en común, le gustaba y probaba a ver lo que
podía ocurrir. Luego, pasado un tiempo se olvidaba y no sufría demasiado, pues
creía conocerlo ya todo, sobre esas chicas.
Con ella era eso distinto y temía, que al poco tiempo de conocerla, fuera a ser
lo mismo. Una nueva decepción. Creía tener más en común con ella y ante todo,
la admiraba mucho por su carácter emprendedor e independiente.
En muchas ocasiones, se sintió decepcionado hacia ella, por la indiferencia que
manifestaba a veces o alguna que otra estupidez que dijo en sus conversaciones
por Internet. Pero si lo sopesaba objetivamente, no conocía a nadie de sus
amigos más cercanos, que no se comportara así de vez en cuando y que no le
prestara la suficiente atención por pensar en otros problemas.
Es por ello que nunca renunció a pensar en ella, como en alguien válido y
especial. Y ahora, recordaba cómo le prendó hace ya tiempo, con su sensualidad
y su valiente mirada. El deseo le embriagaba, pero hacía lo imposible por
aparentar seriedad y seguir haciéndole fotos, a cada cual más sugerente que la
anterior. Ella seguía posando sin que pareciera que eso, fuera a tener fin,
riéndose al jugar con meras provocaciones ante la cámara.
No debía haber nada picante en la escena, puesto que no se mostraba nada
íntimo, pero aún así ambos jugaban con la sugestión de ese momento.
Él no pudo más y dijo:
- Bueno, creo que son suficientes fotos
Ella le miró con una leve sonrisa y se sentó sin decir nada
Se sirvieron otra copa de vino, mientras él intentaba disimular su turbación.
Ella le miraba fijamente mientras sorbía la copa de vino, divertida e
intrigada, mientras él esquivaba su mirada.
Hizo un movimiento precipitado en el ajedrez y le regaló una figura. Ella se
sorprendió agradablemente, pero le dijo, que le dejaba retroceder (algo que le
explicó él en su día, es que no se puede ganar por errores tontos del
adversario, ya que no tiene ningún mérito). Él se mantuvo en su jugada por mero
orgullo, dándose cuenta que había dejado de pensar fríamente. Ella parecía
darse cuenta de ello.
Mientras, soplaba el viento Otoñal, mezclado con el del
invierno que ya llegaba, pero hacía una temperatura estupenda. La noche se fue
cerrando y él sacó un potente foco, que llevaba siempre en el coche,
conectándolo al encendedor.
La ciudad aparecía ante ellos, completamente iluminada, en todo su esplendor.
No sin cierta tristeza, recordó él cuando la contemplaba, abrazado a su chica,
sin pensar en que todo acabaría tan de repente.
Miraba con nerviosismo, las manos de ella, moviendo las piezas. Como en
cualquier mujer hermosa, las manos eran largas, suaves y delicadas. Suponía una
delicia cada uno de sus movimientos, al igual que el de sus pestañas, cuando
parpadeaba o cerraba un poco los ojos para ver mejor la jugada.
Continuaron en silencio y ella una vez más intentó hablar de cualquier cosa
trivial:
- ¿cómo fue tu viaje?
- Muy bonito, aunque muy cansado. Demasiados kilómetros y demasiada tensión.
Aunque curiosamente, el momento que más disfrutaba, era conduciendo. Es cuando
había más silencio, más soledad mientras todos dormían. Podía ver el paisaje
con cierta calma y pensar en mis cosas.
- No te gusta estar con personas, ¿verdad?
- Me gusta, pero en dosis pequeñas. No actúo como deseara, cuando estoy en
grupo. Y pierdo por completo mi libertad de acción.
- Tener compañía, requiere condicionarse. Es la base de toda convivencia.
- Cierto, pero subjetivamente, todos pensamos que nos condicionamos más que el
resto y eso nos hace sentirnos en inferioridad.
- Eso es un pensamiento muy negativo. ¿no sería mejor, no darle tanta
importancia a cosas así?
- Por supuesto e intento no dárselas. Es más, objetivamente hay personas que transigen
mucho más que yo
- ¿entonces?
- Sencillamente no me siento cómodo. Me agobia la compañía, si es en exceso.
- ¿hasta con tu pareja?
Los ojos se le pusieron tristes y se quedó un instante en silencio. Ella dijo:
- Perdona, no quise ser tan indiscreta
- No hay problema. No estoy seguro. En general, con mi chica podía pasar horas
y sentirme el más feliz del mundo, ya fuera hablando o mirándonos en la noche,
aunque…
- ¿si?
- Muchas veces también me agobiaba. Me arrastraba a su tristeza. No soportaba
verla siempre así. Me veía reflejado en ella y no me gustaba. Lo mismo me pasa
con los amigos.
- ¿con cuáles?
- Con todos. Veo sus debilidades y me irritan porque les conducen al completo
fracaso. Luego me doy cuenta, de que también son las mías y por eso no soporto
verlas.
- Todos tenemos debilidades.
- Sí. El problema está en que las personas, sólo buscan justificarlas y casi
nunca aspiran a superarlas. Aún no he conocido a casi nadie que haya pasado de
malo a bueno en algo. Los que destacan, lo hicieron siempre. Estuvieron
predispuestos a ello y por esa razón, no despiertan la suficiente admiración en
mí.
- Hacer las cosas bien, siempre requiere esfuerzo
- A nivel físico sí, pero si nos han educado para ello, no a nivel personal.
- ¿crees que todo el que es bueno en algo, es porque le han educado para ello?
¿no existe el libre albedrío?
- Creo que existe, pero lo veo muy pocas veces. Casi todo el mundo es víctima
de sus circunstancias y presa de su condicionamiento social, en vez de servirle
como estímulo para ser mejor.
- Eso es muy pesimista, ¿no crees?
- Es posible, pero es lo que he visto y vivido. De todos modos no me considero
pesimista. Siempre creo que al menos, yo puedo mejorar – dijo ladeando una
sonrisa- Y ya procuro que no me importe, si mejoran otros. Es su decisión.
A ella pareció satisfacerle esa respuesta y le miró, como si
intentara entrar en sus pensamientos. Por fin volvió a centrarse en la partida.
Quizás en esta ocasión sí ganaría.
Ya fuera con el vino o con la impaciencia, ella empezó a hacer preguntas más
directas:
- Este sitio es muy bonito. ¿Cómo lo conociste?
- De pequeño lo subía en bici con los amigos. En una ocasión llevamos a uno que
casi nunca montaba y casi le matamos con el ascenso.
- ¿ y subíais a esta explanada?
- No, eso lo descubrí más tarde, buscando un sitio íntimo, dando vueltas por la
Alameda de Osuna.
- ¿ y por me qué has traído a mí? – dijo desafiante
- Digamos que era algo que tenía pendiente
- ¿con quien?
- Conmigo mismo. Tenía muchas ganas de mostrarle a alguien este sitio, que
significa tanto para mí, por su belleza y sus recuerdos
Otra vez pasó por su rostro una mirada triste, mientras hacía el siguiente
movimiento y se quedaba en silencio, observándola, cuando ella parecía no
mirar.
Ella se sentía observada y al mismo tiempo, la situación le inquietaba y le
gustaba. Rara vez había hecho algo tan original como esa noche y deseaba que no
acabara ese momento, aunque todo estuviera lleno de incertidumbres.
Él notó que ella empezaba a tener frío y fue a por una blusa al coche.
- No se te olvida nada
- Cuestión de experiencia. Ya me ha tocado dormir en el coche y hacer bastantes
improvisaciones, por lo que llevo agua, manta, almohada y algo de ropa de
invierno.
- ¡Ni que vivieras en el coche!- exclamó ella
- En alguna fiesta algo prolongada, sí – dijo él con una sonrisa, ni humilde ni
pretenciosa.
- Menudas fiestas te has corrido, ¿no?
- Bueno. He salido con bastante gente y algunas veces se prolongaba. Pero
tampoco han sido tantas. Me suelen aburrir bastante.
- ¿y por qué sales?
- Salgo muy de cuando en cuando. Y supongo que para ver a los amigos. Cada vez
tienen menos tiempos para quedar y sólo les veo si salgo con ellos
- ¿ tu que prefieres hacer?
- Cosas más tranquilas. Un paseo, un cine, quizás alguna cena. Y por supuesto,
cosas como lo de hoy, que no había hecho en mi vida.
- ¿esta es la primera vez?
- Si. En estas circunstancias sí.
- ¿en qué circunstancias?
- Pues… jugando al ajedrez, con un vino, con una mujer con la que no tengo
ninguna relación.
- Alguna relación, tenemos, ¿no crees?
- La que yo pueda tener con cientos de personas más.
A ella pareció molestarle esta respuesta. Aun sabiendo que
era cierto y que él no tenía más importancia en su vida, que muchas otras
personas, en ese momento deseó ser especial para él. Posiblemente, como todos,
que desean ser especiales para el resto de las personas, aunque nada les
importen.
- ¿ tan poco te sientes atado a las personas? – preguntó con
cierto nerviosismo
- Desgraciadamente, me suelo sentir muy atado
- ¿entonces?
- Que me implico demasiado en la vida de esas personas que aprecio y luego en
cambio, me siento bastante solo y abandonado, cuando tengo mis propios
problemas.
- ¿ crees que la gente te debe algo?
- Procuro no pensar así. Pero precisamente para que no me amargue, intento
asumir que así es la vida y que sólo yo saldré de mis problemas. La gente no
gira entorno a mí.
- Bien dicho
- Además, yo mismo no he estado pendiente de algunos de mis amigos cuando
tenían problemas. Les intenté ayudar un poco, pero me centré en mi propia vida,
hasta que fue demasiado tarde.
- No puedes sentirte culpable por todo lo que le ocurra a los demás
- Tienes razón y por eso, me vinculo cada vez menos a las personas. Deseo
disfrutar de su compañía, sin más esperanzas que ese placer directo y sencillo
– le repuso con su mejor sonrisa. No le gustaba el cariz que tomaba la
conversación. Estaba harto de dar una imagen triste y desganada, ante las
personas. Quería demostrarse, y quizás demostrarle a esa mujer, todo su
potencial, la fuerza que había en su espíritu y las ganas de vivir.
Cuando pensaba seriamente en ello, era consciente de no ser tan fracasado
(aunque siempre sintiera estar a un paso de ello) y que ni mucho menos su vida
había sido mediocre. Había viajado (en parte gracias a su familia), había
trabajado en algún que otro oficio, leído sobre distintas materias, vivido
muchas amistades, diversiones y amores. A su vida, prácticamente no le faltaba
nada nuevo. Quizás consumar, lo que ya había probado y ahora le destruía. Era
consciente, de que la base de la felicidad era el conocimiento, el éxito, el
amor y la ética. Y no había conseguido ninguno de ellos como debiera. El rencor
y la culpa le perseguían (muchas veces por estupideces de infancia) y en lo
demás, siempre se había quedado a medias.
Ella podía ser una fuente para su propia mejora. Podía tener el poder, de
mejorar a un hombre que quisiera realmente hacerlo. Él posiblemente se sintiera
atraído por ella, más por lo que ella representaba que lo que era realmente. Y
representaba, todo lo que él soñó ser y que le educaron para que fuera. Una
persona ambiciosa, valiente, que conseguía lo que se proponía. Al menos en
apariencia, también era una chica independiente. Aunque él cada vez más,
pensara lo contrario, en vista de cómo parecía necesitar quedar bien con todo
el mundo, aunque no les hiciera ningún caso en meses. De todos modos, sabía que
era un razonamiento subjetivo y que si no hubiera estado tan pendiente de lo
que ella hiciera, no notaría esos cambios bruscos de actitud hacia él.
Se iba haciendo tarde y él no se atrevía a sugerir que se fueran.
Sorprendentemente, ella tampoco. Todo vendría, de cuánto duraría la partida.
Tuvo la maliciosa idea de prolongarla todo lo posible, aunque no estaba seguro
de hacerlo de forma que no se notara. Sabía que ella querría terminar, costara
el tiempo que costara. Formaba parte de su carácter. La cosa estaba empatada.
Él decidió, que en vez de buscar un mate fácil, intentaría ir avanzando y
acorralando sus piezas. Eso le daría a ella la iniciativa, acosando a su rey,
pero pensó que era la única forma y quizás a la defensiva, conseguiría hacerla
caer en una trampa, o al menos alargar ese momento.
Ella no parecía ser consciente de la hora, estaba absorbida por la partida.
Mientras se lo pensaba, él continuaba haciendo alguna foto. También de ella,
jugando, que sonreía con encanto.
Lo que no sabía, es qué hacer ahora. No tenía pensado intentar nada, pero
tampoco quería que ella se fuera. Este sería, posiblemente el último día en que
se verían. Él no quería volver a insistir más. No deseaba perder más el tiempo,
ni estar obsesionado con nadie. Ese día, era un punto y aparte en su vida. El
fin de tanto amor platónico, de tanto anhelar la compañía de nadie. Era como
una última oportunidad o una despedida, de su anterior forma de ser, de lo que
siempre le pareció hermoso y bueno. Pretendía matar una parte de sí mismo y ya
quizás, con el tiempo, recuperarlo si valía la pena.
Ella hizo una inteligente jugada y le acorraló al rey. En pocos movimientos le
hizo mate. Estaba radiante de felicidad, pues apenas había jugado a ese juego.
Él sonreía a pesar de haber perdido, simplemente por verla contenta y
despreocupada.
Al instante, se le pasó la alegría y pensó en la hora, por lo que dijo:
- Que tarde es, ¿podemos irnos ya?
- Por supuesto - dijo él
Ella parecía estar poniéndole a prueba, juzgando según como él respondiera. La
rapidez con la que él asintió, sin insistir lo más mínimo, la descolocó un
poco. Ni siquiera sugirió otra partida o hablar un poco. Parecía, como si él
deseara terminar todo esto de una vez. Estaba en una encrucijada. Deseaba que
él insistiera, que mostrara más interés, pero al mismo tiempo no quería pensar
que sólo había montado todo esto, para acostarse con ella. Subieron en silencio
al coche, pero ella justo antes de entrar, miró la lejanía y exclamó:
- Es un sitio precioso, valía la pena venir. Muchas gracias por traerme.
- De nada – dijo él con una voz un tanto apagada y quizás algo triste, aunque
sonriéndola con afecto.
El coche volvía por el camino de ida y ella estaba feliz. Él un tanto metido en
sus pensamientos. Decidió poner algo de música, para que ella no pensara que
estaba frustrado (cosa que no estaba); todo había ocurrido como él esperaba.
Ahora era ella la que se impacientaba un poco, porque quizás no repetiría algo
así y le había gustado mucho el detalle que tuvo él. Por lo que le preguntó:
- ¿conoces más sitios así?
- Alguno más. He dado muchos paseos
- Podríamos echar una partida algún otro día.
- De ti depende.
La dejó en casa. Como ya en otra ocasión, se quedó mirándola, mientras ella se
dirigía hacia su portal. Esta vez sí se dio la vuelta, captando toda la
tristeza de la mirada de él. Este arrancó el coche y se marchó sin hacer un
solo gesto.
Fue a recoger a un amigo al trabajo. Siempre quedaban de esa forma e iban a
tomarse algún vino o salir en plan más bestia. Algunas de sus aventuras en
pareja pudieron terminar mal, pues ambos hacían algunas locuras cuando bebían
demasiado. Pero hasta ahora habían tenido suerte. Esta vez quería algo
exagerado y descontrolado. El comienzo de una vida más directa, más clara, sin
ataduras ni ilusiones vanas. Fueron a pillar coca. Para él era la primera vez,
para su amigo una de tantas. Se pasaron toda la noche bailando y dando saltos,
golpeándose en la calle a modo de juego. Entraron a varios grupos de chicas,
con total confianza, agarrándolas de la cintura, hablándolas como si las
conocieran de toda la vida. No tardó en caer alguna, que quizás también estaba
enfarlopada. Se metieron en el coche, dispuestos a hacerlo como animales.
También esto lo tenía él planeado y se propuso, que costara lo que costara,
fuera ella la que dijera, basta. No fue fácil. Era una mujer ardiente y parecía
algo dopada, pero lo consiguió, aún pensando que le iba a dar un infarto. Ella
le dio su teléfono sin pensárselo dos veces. Continuó la fiesta con su amigo,
hasta la hora de comer. Entonces se dirigió a casa, satisfecho en su orgullo,
por haber conseguido exactamente lo que se propuso. Se pasó un día entero
durmiendo. Al despertarse, vio alguna llamada perdida de ella.
No contestó
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