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Sitio Web del AutorAutor LuisBermer
Y
aunque ya nadie lo llama así, salvo Segadora, hubo un tiempo en el que fue
conocido como Prometo. Pero eso fue antes, mucho antes, de estar encerrado en
Semidiós,
persona, monstruo…ahora era todos esas cosas…y ninguna.
Su
cuerpo seguía siendo el de un hombre fuerte, con la peculiaridad de las espinas
metálicas que asomaban por algunas de sus articulaciones. Sin embargo, su
cabeza apenas podía reconocerse humana: carne y hueso se entremezclaban para
formar una máscara aterradora, donde músculos y arterias palpitaban a la vista,
como si hubiese recibido un baño de ácido. En su mano derecha portaba un hacha
de doble hoja, y en la izquierda una espada pesada con parte de su filo
dentado. Todo él estaba cubierto de sangre seca.
Prometeo
caminaba sobre el enrejado del suelo y, de pronto, sintió frío. Era la señal.
Ella se acercaba de nuevo. Y, en efecto, como un espectro envuelto en su capa
de sombras,
Segadora
flotó hasta la única puerta de
-Aquí
llegan los próximos –siseó, como una suave brisa de escarcha.
Y
con un chirrido metálico, abrió la puerta y desapareció tras ella.
Por
el oscuro corredor no tardaron en llegar gritos, llantos y lamentos de toda
clase. Prometeo cruzó varias veces sus potentes brazos sobre el pecho, a modo
de calentamiento. Resopló como una
bestia y se preparó, a unos metros de la puerta.
El
primero en entrar fue un niño, muy delgado. En cuanto vio el monstruo de
pesadilla que se abalanzaba sobre él, comenzó a abrir por completo sus ojos, su
boca, en un grito que nunca llegó. La espada cortó su frágil cuerpo por la
mitad como un rayo invisible. Sus intestinos se escurrían por el enrejado cuando
su madre entraba. Su chillido de horror infinito resonó por toda
Y
como niños enfrentados a un adulto, no tuvieron la menor posibilidad de
victoria. La pericia de prometeo con sus armas se había afinado durante toda
una eternidad de carnicerías constantes; hasta el extremo de que sólo dos de
sus adversarios comprendieron que habían muerto antes de caer hechos pedazos.
El resto de personas que contemplaron aquella lucha fugaz volvieron a gritar,
aún más fuerte, aterrorizados por completo. Prometeo resolló, y se dirigió
hacia ellos…
En
Para
los habitantes de este mundo,
Prometeo,
ya más relajado, caminó a lo largo del escalón de la pared, apartando con el
pie algunos restos, hasta llegar a una de las esquinas. Tanteó entre unos
remaches, hasta dar con el interruptor oculto que buscaba. Al pulsarlo, un zumbido
mecánico se hizo audible, mientras el enrejado se abría lentamente hacia abajo
en dos mitades. Los cuerpos, piernas y brazos seccionados –como dotados de una
repentina semivida– comenzaron a rodar sobre sí mismos, precipitándose hacia la
parte media de la Sala en una avalancha de carne fresca irreconocible, y de ahí
al vacío…
Prometeo
andaba de un lado para otro, con las manos a la espalda, meditabundo.
Esperando. Chasqueaba las mandíbulas, como si estuviese royendo un pensamiento
especialmente duro. Se quedó mirando su extensa colección de armas sujetas en
sus soportes alineados, por todas las paredes. Todas del rojo oscuro de la
sangre seca. De pronto, el aire comenzó a enfriarse. Lo sintió en la piel, en
los huesos, como un viento helado llegado de las nieves perpetuas. Se
estremeció.
Ella
volvía de nuevo.
Envuelta
en su espectral manto negro, Segadora atravesó la pared frente a Prometeo. No
dejaba de ser una visión escalofriante, por más que la contemplase millones de
veces. Esa sonrisa cruel, en su blanco rostro de hueso.
-¿Listo,
Prometeo? Aquí te traigo más.
-No…espera.
Segadora
se giró bruscamente hacia él. La sorpresa ardía en las llamas de rubí de sus
cuencas sin fondo.
-¿Qué?
¿Qué ocurre?
La
voz de Prometeo sonó extraña.
-Debo…debo
abandonar este lugar. No puedo seguir con esto, Segadora.
La
siniestra figura no llegó a abrir la pesada puerta, como pensaba, y se encaró
con Prometeo.
-¿Por qué dices eso? –Él sintió cómo su cuerpo
se helaba–. Llevas toda una eternidad haciéndolo, sin el menor problema. Es tu
deber. Tu trabajo.
-Tal
vez sea esa la cuestión. No puedo pasar otra eternidad matando, casi sin cesar.
Mi futuro es un presente cristalizado y sin cambios; necesito modificar este
horizonte estéril. Como ves, tantos milenios de brutalidad continuada no han
conseguido extinguir ese resquicio de humanidad que aún debo conservar.
Segadora
le observaba con fiereza, como si fuese un niño estúpido y obcecado.
Él
le dedicó un amago de sonrisa, casi una mueca, mientras se dirigía a la esquina
que ocultaba el interruptor. Sabía que ya nada serviría, ninguna palabra la
haría cambiar su parecer, ni siquiera todo lo que habían superado juntos. La
conocía bien. Siempre se había adaptado mejor que él a las circunstancias. Y,
aunque eran idénticos en muchos sentidos,
ahora lo veía claro: le había acompañado a través de tantos horrores
solo para estar a su lado, nunca hubiera caído tanto de haber estado sola.
Ahora, por su culpa, a ella le esperaba una eternidad mucho más cruel de lo que
le correspondía. Solo por seguirle en su rebelión absurda, suicida. Y aún le
pedía que siguiese cayendo…maldito egoísta. Ella se quedaría aquí y sería lo
correcto; bastante había hecho ya por él. Sin embargo, no podía evitar que en
su pecho todavía latiese esa mezquina esperanza: que le acompañase otra vez en
su locura, juntos de nuevo en la caída por el abismo infernal, hasta el fondo
de la más abyecta degradación del alma, sin que nada importase. Juntos para
siempre, como al principio…
-No
lo hagas, Prometeo…o te arrepentirás –dijo Segadora, con la certeza en su voz.
Sin
dejar de observarla, pulsó el interruptor. El enrejado del suelo comenzó a
partirse en dos.
-Vamos…Segadora…
–susurró.
Ella
le devolvió la mirada. Sabía que nada de lo que dijese cambiaría el curso del
destino; porque en eso eran iguales: el orgullo, la desmedida, la sinrazón…Era
la última vez que sentiría el calor de su presencia.
El
enrejado se abrió por completo.
-Puede
que volvamos a vernos, Segadora…–dijo Prometeo. Y saltó.
Segadora
contempló cómo desaparecía en el mar de sangre. Para él no sería el Mar de la
Resurrección, sino la puerta al dolor infinito, a la tortura de su mente, a las
formas irreconocibles de sufrimiento que aguardan a aquellos que, como él,
susurran en sueños la canción del abismo…Prometeo, tal y como lo conocía, había
dejado de existir.
Con
un zumbido, el enrejado comenzó a cerrarse lentamente.
La
Sala del Acero estaba desierta. Segadora ya había dejado abierta la puerta
metálica, pero aún no había llegado quien esperaba. Escuchó unos ruidos por el
corredor oscuro. Pasos precipitados, asustados. Al fin, por la puerta emergió
aquel cuya voluntad había marcado este destino, aun sin saberlo. Era un hombre
escuálido, de piel blanca. Trastabilló al entrar y cayó de bruces sobre el
enrejado.
Segadora
no pudo evitar una sonrisa de amargura ante la comparación. Puede que Prometeo
y este…pobre diablo fuesen los seres más opuestos de toda la Creación. Ante las
llamas de sus ojos, su alma simple era transparente. Sintió un vacío que se
expandía dentro de su manto de oscuridad…
El
hombre se levantó como si el enrejado estuviese al rojo vivo. Aterrado, miraba
con sus grandes ojos en todas direcciones; y cada golpe de vista acentuaba su
lividez extrema, su terror: un abismo de aguas rojas, un encierro de acero,
esas incontables armas ensangrentadas y…Ella, majestuosa y terrible, flotando
ante él entre sombras de hielo, riéndose de su horror…
-Coge
tus armas, Prometeo…Se están acercando –siseó como el viento en la noche.
Pero
el hombre, con las manos aferradas a su cabeza, solo gritaba y gritaba…
Ella
dudaba de que pudiera llegar a blandir siquiera una maza. Segadora se
desvaneció a través del muro de metal herrumbroso a sus espaldas.
Pero
ya aprendería.
Tenía
toda una eternidad para aprender.
__________________
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