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Sitio Web del AutorAutor LuisBermer
Desperté. Era de noche. Estaba tendido
sobre la hierba, en la pendiente del valle. La luna brillaba con fulgor verde
en la oscuridad. Las estrellas eran ojos que, extrañamente, se desplazaban en
líneas rectas, parpadeando. Me incorporé, y el olor a podredumbre arrastrado
por el viento me golpeó en el rostro. Bajé la vista hacia la hondonada:
cientos, puede que miles de cabezas empaladas en estacas, que surgían del suelo
como colmillos de madera, se extendían hasta donde la vista alcanzaba. Y en el
centro del valle, solitaria, se erigía una casa de planta estrecha. Su tejado a
dos aguas estaba a gran altura, una altura casi imposible, según me pareció. Y
en la planta de arriba, una de sus ventanas estaba iluminada con luz amarillenta.
Tras los cristales, se distinguía una gruesa sombra que no supe identificar con
nada en concreto, pero me sentí observado desde allí arriba.
Una inmensa nube de moscas, como las olas
de un mar negro, se agitaba entre las cabezas con un zumbido repugnante. Sentí
un impulso ciego, inexplicable, que me conminaba a llegar hasta la casa, aunque
esto supusiese internarme en tan nauseabundo lugar.
Mis pies avanzaron hacia la casa.
Me cubrí nariz y boca con una mano,
intentando que las moscas y el hedor no me asfixiasen. Sorteaba las cabezas,
procurando no fijar mi vista en ellas, pero fue imposible evitarlo. Algunas me
miraban con sus ojos lechosos, mostrándome sus dientes, su carne en jirones
colgantes; otras exhibían sus negras cuencas, de las que entraban y salían
incesantemente las moscas. A mi paso escuchaba lamentos casi inaudibles, quejidos
ahogados, frases sin sentido. El espanto de verme rodeado me dominó por
completo, pero no me detuve. Una de ellas, que parecía de mujer por su pelo,
gorjeó algo que sí comprendí:
-¿Dónde
está mi cuerpo? –me estremecí,
haciendo mía su pregunta.
-Ya
vuelves…–dijo otra, con una sonrisa
de dolor.
Avancé, intentando no rozar siquiera
ninguna al pasar. Las moscas zumbaban rabiosas; chocaban contra mi cara como una
furiosa, repulsiva marea. Y al igual que ellas, el olor a descomposición iba y
venía, intensificándose por momentos en los que contuve a duras penas las
arcadas; todo por no detenerme ni un segundo en la blasfemia que suponía este
campo de pesadilla.
Al
fin, conseguí alcanzar el umbral de la casa. A sus pies –y digo a sus pies
porque sentí estar más ante la presencia de un ser vivo que de un edificio- miré
hacia arriba. Y desde aquí ya no me parecía una casa, sino una torre infinita
que se alzaba hacia los ojos del cielo nocturno. La luna verde, gigantesca,
había engordado como un globo enfermo e innatural. La luz de la ventana, pude
ver, seguía encendida.
El
intenso sentimiento de angustia indeterminada que me acompañaba desde que
desperté se agudizó, aún más. Era la percepción de que un terror incomprensible,
desconocido para la mente me acechaba sin descanso y que estaba a punto de
aparecer. Una alerta de mi cuerpo a la que no había forma de responder o
acallar. El instinto me condujo hacia la entrada de la casa, pero cada uno de
mis pasos flotaba como en un sueño, en una creciente atmósfera de irrealidad
sin sentido ni lógica interna.
La
puerta de la casa era una tapa de ataúd.
Y si
esto era una visión admonitoria de mi destino, un aviso para no internarme
entre esas paredes…mi temor era aún mayor solo de pensar que habría de quedarme
aquí fuera, a disposición de esa amenaza invisible que -estaba seguro- pronto
me daría caza si no hacía algo por evitarlo. A mis espaldas dejaba el rumor del
campo de cabezas, y me dispuse a tirar del asa cubierta de herrumbre que servía
de picaporte, pero mi mano temblaba, cada vez más, según me acercaba. Al
abrirse hacia dentro, observé que la puerta estaba cubierta de diminutas
palabras cinceladas, en un idioma desconocido para mí.
Sentí
que entraba en la boca de un enorme animal; una corriente de aire templado e
impuro me recibió, como una exhalación en la cara, y me pareció que volvía a
respirar por primera vez en siglos. Como siglos llevaba acumulándose el moho,
la suciedad y el polvo en este recibidor de paredes verdosas, que pulsaban
levemente, como si algo hubiese quedado atrapado en ellas. Un estrecho pasillo
se internaba en la oscuridad y, a mi izquierda, una escalera de altos escalones
de piedra conducía al piso de arriba. Eso es todo lo que iluminaba la titilante
llama del candil incrustado en la pared a mi derecha.
El
miedo y la sensación irreal de estar viviendo una pesadilla colapsaban mi
mente; pero mis sentidos eran los de la vigilia, ajustados y precisos,
obedientes a mi voluntad y firmes en la definición de todo cuanto me rodeaba.
La voz de la intuición me sugería que
tal vez encontrase una salida en el piso de arriba, donde vi la habitación
iluminada. Así que comencé a subir por los escalones, cuando distinguí una
forma en la pared, bajo la luz del candil.
-Cielo
santo…-susurré.
Medio
enterrado bajo la inmundicia que cubría la pared estaba el cuerpo de Daniel y,
a su lado, un poco más abajo, la cara de Alberto. Dos amigos de la infancia que
hacía décadas que no veía. Estaban tal y como los recordaba, aunque sus
expresiones eran extrañas. Alberto clavó sobre mí su mirada, durante unos
segundos que fueron como esos años que habían pasado, antes de bajarla hacia el
suelo. Creo que dejó un mensaje plantado en mi cerebro, que no supe interpretar
en ese justo momento.
Seguí
subiendo los escalones de piedra podrida.
Y
según subía, trabajosamente, y a pesar del deseo irracional de llegar arriba y
mis esfuerzos, sentí que apenas avanzaba. La débil luz del recibidor aún
iluminaba el trecho que pisaba, aunque pronto la dejé atrás, sumergiéndome en
la oscuridad total. Tanteaba con cuidado el siguiente escalón antes de apoyar
el pie, con una mano siempre en el muro, y de vez en cuando, echaba la vista
atrás para tener al menos la referencia de la luz, que era ya como una
moneda en el fondo de un pozo. ¿Cómo
podía ser tan alta, tan innaturalmente alta esta casa?
Con
prudencia, avanzaba por esta absurda escalera infinita. De repente, vi algo por
delante de mí, en los escalones que pronto habría de alcanzar. Era una luz y,
sobre ella, se recortaba una silueta humana, que comenzó a bajar –al igual que
yo, apoyándose en la pared-. Me quedé parado, a medida que la luz que
acompañaba a esta figura -que se me hizo de mujer- iluminaba los escalones,
acercándose a mí. Sus pasos eran inseguros y extraños, como a saltos, y pronto
descubrí por qué. Quedé boquiabierto al reconocer sus rasgos, al estar ya casi
a mi lado: era mi abuela -la única que conocí- y en sus ojos había un reproche
amargo, desgastado por el tiempo; pero lo que me horrorizó fue comprobar que no
tenía manos, como si hubiesen sido cortadas, al igual que sus pies, por lo que
bajaba sobre sus muñones planos, diría que aún sangrantes.
Y no
se detuvo ni por un segundo, mientras me atravesaba con su mirada. Pegué mi
espalda contra la pared, sobrecogido.
-¿Por qué ya nunca vienes a verme? Eso es
porque no me quieres.
-Ab…abuela,
es que yo no pu…-intenté explicarme.
-No…no…ya no me quieres…-dijo para sí
misma, y en su voz había dolor, inmensa tristeza y amargura.
El
corazón se me encogió de pena, mientras la observaba en su descenso, bajando a
trompicones, acompañada por su luz. En ese instante supe que no la volvería a
ver jamás. Trastornado, emprendí mi marcha, sintiendo como si la oscuridad de
la escalera fuese una cascada etérea de aguas negras, que inundó todo mi ser,
mi razón, mis sentidos…Ignoro durante cuánto tiempo seguí subiendo, con la
mente perdida en un torbellino de confusión, donde el presente y el pasado se
alternaban por segundos, y los recuerdos de infancia se hilvanaban con los
sueños de una noche ancestral, fragmentos de memoria y pesadillas, imágenes de
momentos dolorosos que creía olvidados…en un caótico telar de angustia que me envolvía…
El
telar se difuminó levemente, dejándome comprobar que había llegado a lo alto de
la escalera. Me encontraba en mitad de una sucia sala en penumbras. El techo,
pude vislumbrar, estaba oculto bajo una repulsiva masa de telarañas grises.
Algo se movía dificultosamente por dentro, de un lado a otro. Un escalofrío
eléctrico me recorrió la espalda, intentando imaginar qué podría ser. En cada
pared de la sala –y eran cinco- había dos puertas. Solo por una de ellas se
derramaba una luz amarillenta. La luz que había visto desde el exterior. Entré,
sin saber lo acertado o no de mi elección.
Era
una habitación pequeña, que de inmediato me transmitió una inexplicable
sensación de familiaridad, pues nunca había estado allí. No encontré ninguna
fuente de luz –una lámpara, como esperaba-; simplemente, emanaba del lugar. Vi
el objeto que proyectaba su sombra, junto a la ventana: era un sillón de
respaldo alto, tapizando con lo que me pareció piel estirada. Sentí que había
allí alguien sentado, mirando al exterior; pero no podía verlo desde donde
estaba. En la otra esquina de la habitación había una mesa camilla, con sus faldones
carmesí. Me acerqué un poco más, sin poder creer lo que veía: allí sentada
estaba mi madre, mi pobre, encogida madre. Su cara en un ovillo concentrado de
profundas arrugas, que habían desdibujado cruelmente todas sus facciones. La
reconocí gracias a que, en sus ojos, brillaba su amor incondicional de siempre,
su ternura, su preocupación…
Me
aproximé con veneración, temeroso de que mi abrazo pudiera romper algo en su
cuerpo, tan frágil, tan menudo. Y cuando ya casi estaba a su lado, escuché algo
tras el respaldo del sillón, como un susurro de papel. Me dispuse a rodearlo, a
ver quién estaba ahí sentado. Pero mi madre habló:
-No…déjalo, que está ocupado –dijo su
voz triste, cansada…
La
volví a mirar, conmocionado por su aspecto, por lo que el tiempo había hecho
con ella.
-Ya tienes la comida en la mesa. Y la ropa
limpia en el armario –me dijo con voz trémula.
Comenzó
a llorar, cubriéndose los ojos con una mano.
-¿Por
qué lloras, madre? –la congoja oprimiéndome la garganta. No llores madre.
-Por
favor, no llores.
Pero
ella siguió llorando, inconsolable. Yo la veía a través del velo de mis propias
lágrimas.
De
repente, un rumor llegó desde el exterior, acompañado de un temblor leve y
continuo, que recorrió toda la casa. Fui a apoyarme en el respaldo del sillón,
intentando mirar lo que ocurría a través de las ventanas. A pesar del cristal,
escuchaba perfectamente los gritos de las cabezas. Todas gritaban, como en un
mar de absoluta desesperación. Algo inconmensurable se aproximaba tras las
montañas del horizonte, precedido de una luz rojiza, hipnótica. Quien se
sentaba en el sillón añadió sus chillidos a los de las cabezas.
Entonces,
con los ojos abiertos como platos, comprendí…comprendí…
Desperté. Estaba sentado en un sillón,
con un libro entre las manos, casi pegado a una ventana. Sentí que alguien se
había apoyado en el respaldo, pero lo que estaba ocurriendo fuera me impidió
girarme: la visión de lo que se desarrollaba más allá del horizonte, su
magnitud, su significado…
Las
piezas absurdas que guardaba en mi mente comenzaron a ensamblarse.
Las
incontables cabezas empaladas ahí abajo gritaban en un frenesí de locura. Al
principio solo oía su clamor inconexo, pero al poco ya entendí lo que todas
chillaban:
-¡Ha llegado! ¡Ha llegado! –cientos de tonos
desgarrados, horrenda cacofonía.
Entonces
comprendí…
Lo
comprendí todo.
Y mis gritos se sumaron para siempre a los suyos.
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Amigo Luis, se nota que le pones corazón y mucha imaginación a tus textos, que final¡¡¡. Very Good. Todavía me queda la duda si quien estaba sentado en esa silla ocupada, era finalmente el mismo personaje que al final despertó. Lo leeré otra vez. Saludos
Hola Fito. Muchas gracias por tu apoyo, y por tu comentario. Desde luego, tu duda es más una certeza ;)
Volveré con más :D
Apoteósico relato, digno de pesadilla...me quedaré para siempre con la intriga de cual era el terror rojo que se acercaba... es la magia y la maldición de estos buenos relatos que quedan abiertos a la imaginación.
Me ha hecho pensar en la llegada del sol, y con ella el silencio de esos demonios que nos acechan hasta bien entrada la madrugada... cabezas cortadas que gritan, sabiendo que está por llegar su silencio.
Saludos.
Este relato fue un intento de plasmar todo lo que uno vive durante una pesadilla: la angustia, el sin sentido, ese terror incierto...quién sabe...puede que no tenga razón de ser o...¿nos previene de un horror que no estamos dispuestos a asumir?
Saludos, Aroint.
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