Texto a Mis Favoritos
Autor a Mis Favoritos
Suscribirme a este autor
Comentarios (0)
Enviar un mensaje privado
Sitio Web del AutorAutor LuisBermer
Bajo el légamo
caliente, protector, del lecho marino surgió la célula. Era minúscula, por lo
que pronto creció para convertirse en gusano. Este se alimentó, durante largo
tiempo, de otras células que proyectaban devenir en semejantes. Sus movimientos
eran penosamente lentos, torpes y dificultosos; apenas conseguía desplazarse
-mediante tremendos esfuerzos- un poco más allá de su reducido círculo de
nutrición asegurada. Además, las poderosas corrientes -cada vez más frecuentes
y vigorosas- llegaban a sacarlo y arrastrarlo lejos de su círculo, su seguridad,
dejándolo en lugares desconocidos e inhóspitos. Por ello hubo de evolucionar,
por alcanzar cierto control sobre sí mismo y su medio. Desarrolló aletas y
otros órganos complejísimos que el mundo observó por vez primera. El pez que
ahora cortaba las aguas arrogante siguió creciendo, devorando indefensos
gusanos, germen aún vivo y espejo de su pasado reciente. Su expansión y dominio
de los amplios océanos fue total, multiplicando sus formas para hacerlo
efectivo y eterno.
Pero uno de ellos llegó a
sentirse aburrido de todo lo que le ofrecía su imperio, y un día extraño
desafió a su terror cerval, venciéndolo, y atravesó con su cuerpo la delicada
lámina transparente que consideraba límite y cielo. Caído sobre un nuevo mundo
que le negaba la respiración, la osada criatura se retorció de dolor justo al
borde de la extinción. La experiencia del dolor y la visión de la muerte
supusieron la primera herida, incurable, profunda, que por siempre guardaría
tras sus metamorfosis el pez-reptil que caminó por la tierra. Las escamas se
secaron al contacto con el aire que era el agua de este lugar. Entre
innumerables dificultades se adentró más y más en las vísceras de esta parte
sólida del cielo –que a su vez poseía otro cielo, azul e inalcanzable-, y poco
a poco fue olvidando su cuna subacuática, como él mismo fue olvidado en su
antiguo hogar. Los territorios de su próximo imperio no descansaban bajo las
aguas ni alcanzaban tan vastas proporciones, pero sus relieves y climas
extremos forzaron nuevos, radicales cambios sobre las características del ser,
que fue fragmentado en multiplicidad masiva de especies. Sólo así podría
expandirse y abarcar su reino por dominar. Las épocas se sucedieron, el mundo
se templó en el fluir del tiempo, la criatura crecía, mutaba, conocía...El mono, subido a la copa del
árbol más alto de la jungla, se sintió en la cima de la creación. Hasta que
observó algo por encima de él. Uno de sus hermanos
había adquirido alas que le permitían surcar libremente los cielos. Fue
entonces cuando el mono sufrió su segunda herida irrestañable, provocada por
emociones de bautismo futuro como frustración y envidia. Su puño amenazador se
agitó impotente en el aire, en dirección al pájaro de la distancia. Desde aquel
día, su objetivo sería derrocar a esa criatura que le sobrevolaba,
devolviéndolo a la dura tierra que tan bien conocía.
Y el puño se abrió en mano pensante, creadora instrumental. El pájaro
cayó, muerto. Su cuerpo ensangrentado no sirvió de alimento. Así se fracturó en
dos la unidad, convertida ahora en hermanos enfrentados perpetuamente. Nunca
volvió a restablecerse la anterior armonía, la paz; y la semilla de la
aniquilación quedó enterrada entre los estratos del ente cambiante. Al alba, el
mono despertó Hombre. En su interior nació la mente identificativa, destinada a
separar definitivamente al hermano del hermano y crear las armas, único vínculo
en adelante, mediante las cuales buscaría saciar el objetivo que el mono se
propuso como primer fin de su existencia. Bañado en su sangre fraterna, el
hombre creció como lo hicieron sus armas, y el mundo –agua, tierra y aire- fue
al fin enteramente suyo, rey imbatible de su reino desgastado. Pero la batalla
no se detuvo por ello. Entonces volvió a elevar su vista hacia los cielos
libres de vida, y se prometió atravesarlos para poder mirar hacia abajo, y
contemplarlos así, subyugados, como a los gusanos que horadan la tierra. La
mano del hombre creó los medios y cumplió, una vez más, su promesa. Pero tras el
inocente azul se encontró con algo que no esperaba: negritud y vacío de
espacios infinitos, insondables, abrumadoramente superiores a su capacidad de
victoria y a su insignificancia. Allí se topó con los barrotes de la jaula que
nadie podría abrir. El mono-hombre alzó su puño armado hacia las estrellas,
sabiendo que había sido derrotado para siempre, con el recuerdo de su condición
mortal clavado en el pecho como un retorcido puñal envenado, mientras retornaba a su otrora reino glorioso,
devenido en tumba de su grandeza. Esta tercera herida marcó el principio de su
decadencia. Entre chillidos rabiosos de renegado masticó su derrota. Las armas
cobraron vida propia, independizándose de la mano del que fuera su creador que,
anulado por la desgracia, se postró de rodillas, sin control sobre el poder
evolucionado de sus instrumentos de muerte. La mente que en él habitara escapó
quebrada, dejando en la cavidad solamente los ecos del horror que reflectaba su propia obra. Las
armas hablaron con voluntad de supremacía. La construcción del imperio
artificial comenzó por arrancar sus raíces orgánicas, y el hombre que fue mono
que fue reptil que fue pez que fue gusano tembló aterrado, viéndose reducido en
cuestión de días a su estado de célula primordial, aquella que nació millones
de años atrás. Sus últimos representantes arrastraron la carne condenada por el
polvo sin memoria de jardines o palacios, antes de que los estertores fueran
silenciados por un fuego de luz pura.
Reinos dispares se sucedieron sobre
la superficie del planeta impertérrito en el pozo de los eones.
Hasta que el trono quedó vacío.
Y su verdadero Rey-Juez volvió para
ocuparlo.
Ante su presencia, las almas
dormidas entre cenizas de los últimos caídos despertaron sin creerlo. Tras el
trono del Creador se abrió la esfera radiante, y todas las almas se alinearon
con la ferviente esperanza de poder fundirse con ella, en la luz, viva y
purificadora, de un nuevo amanecer. Pero antes habrían de mirarle a los ojos.
El miedo invocado por los recuerdos espantó a muchas de la línea, aunque el
encuentro fuese obvio e inevitable. No fueron pocos los que, frente a su
mirada, quedaron enclaustrados en conductas animales, gritando sin razón ni
esperanza, y así se hundieron en la tierra o desaparecieron como si nunca
hubiesen existido. Dos de aquellas almas que siguieron caminando se hablaron
con sus voces etéreas frente a la luz:
-Jamás imaginé que fuera a ser algo
así.
-Yo tampoco. Pero...¿tú que has
visto exactamente?
-Te lo diré dentro. Aquí empieza a
hacer frío.
Y entraron.
Todavía no se hicieron comentarios sobre este texto.
Solo los usuarios registrados pueden agregar comentarios.
Si no esta registrado en VOOTEXT puede registrase gratis y disfrutar de todo el sitio.
Ningún usuario añadió este texto a sus favoritos.
Copyright © 2008 Vootext.com Todos los derechos reservados.