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Nenete

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Publicado el 19/09/2008 | 81 Visitas | 0 Comentario(s)

Ella tenía una expresión en el rostro que Nenete jamás había visto. Sus ojos inmensos iban del cuerpo del hombre en el suelo al rostro impasible, inalterable, pétreo de Nenete y luego al arma que descansaba sobre el linóleo.

Pero esa mañana era el fin, no el comienzo. Tal vez el origen, indefinido y neutro de esa escena, se vino substanciando lentamente y desde tiempo atrás, cuando ellos preludiaron la poquedad de su cariño.

Por la misma época Nenete había comenzado a notar que los dedos de su mano derecha, que alguna vez sólo tuvieron movimientos reflejos, ahora parecían obedecerlo. Como lo mismo sucedía con su ojo, también derecho, se le ocurrió que quizás podría llegar a comunicarse; un guiño por sí, dos por no. "No es conveniente Nenete... Vendría el médico más seguido, instructores, gente extraña que lo atosigaría constantemente. No Nenete. No podrías demostrar tu fastidio con una mano y un ojo."

Pero Nenete podría sentir, eso si... No esa angustia que ahoga cuando ellos pelean, sentir aquello que ocurre en las yemas de los dedos...

Así que comenzó a ejercitarse cuando estaba solo. Al comienzo oprimiendo el botón de encendido de la silla de ruedas: avanzar, retroceder, girar. Acudir hasta la mesa del control remoto y cambiar de canal, volver y ver el rostro de sorpresa de ella regresando del baño o la cocina.

Cuando no lo veían movía una y otra vez los dedos y luego apoyaba la mano y se afirmaba intentando levantar el brazo. Tiempo después podía hacer que su mente levantara el brazo por si misma y lograr que en su extremo los dedos bailaran. "Lo liso. Lo espeso. Lo suave. Lo rugoso. Lo frío. La pana del sofá. El voile de la cortina... ¡Siente Nenete! ¿Cómo se sentirá acariciar su cabello?"

Un par de meses atrás Nenete notó cierto nerviosismo en ella por primera vez. Parecía pendiente de los sonidos que se generaban más allá de la ventana y sus movimientos carecían de la serenidad habitual.

Cuando vino a realizarle el aseo, después que él se fue, lo hizo con la misma ternura de siempre pero en silencio, atenta a cada pequeño ruido de la calle.

Nenete ahora percibía el pasaje húmedo de la esponja y el frotar del paño en su tez derecha. Tuvo su cabello al alcance de su mano hábil y le hubiera agradado palpar esa tersura dorada; mas temía asustarla, inquietarla al dejar en evidencia su secreto.

Todavía no sabía como haría para dar a conocer su novel aptitud y dudaba de la conveniencia. "Ella tan frágil y dulce... Él fuerte, impetuoso... pero indiferente con Nenete. No amigo. Triste." Le decía "tu hijo" cuando se refería a él y lo miraba con frialdad. "Nuestro" afirmaba ella con una resignación que era para él y no para Nenete. En esas instancias Nenete se ponía nervioso y desgranaba su "ne-ne-ne-ne", gutural y grotesco. Esto los hacía callar y encerrarse a discutir.

Esa mañana, luego de vestir su uniforme azul él había salido llevando una prisa inusual, sin terminar por completo de abotonar su chaqueta ni saludarla después de calzar su gorra.

Ella desayunó y dio a Nenete su alimento con la misma paciencia de siempre. Luego sonó el teléfono y su rostro se iluminó. Aumentó el sonido del televisor y atendió hablando en tono muy bajo. Más tarde busco el canal de dibujos animados. "Nenete no quiere dibujos. Ya no es un chico..."

A Nenete no le extrañó el sonido de un coche al detenerse ni su bocina, pero ella se puso de pié inmediatamente y tras ver por la ventana tomó su abrigo y salió. Demoró mucho, jamás lo hacia sin comentarle donde iba ni cuanto se tardaría, aunque apenas pudiera percibir en los gestos de su hijo que las palabras habían llegado a destino.

Tampoco él solía llegar tan temprano y quedarse sentado simplemente sin hacer nada. Antes, a veces, al quitarse la gorra se la ponía a Nenete y sonreía, pero ahora hacía mucho que no lo hacía; esta vez al ver que ella no estaba la tiró con furia sobre el sofá.

También se quitó el cinturón con el arma y la dejó sobre la mesa. Nenete no podía ladear la cabeza pero por el rabillo del ojo observaba aquel objeto oscuro. Sabia muy bien qué era y para qué servía. Lo había visto en las películas que ellos a veces veían con agrado cuando se olvidaban de él.

Ella demoraba mucho y él estaba impaciente ante la ventana cuando Nenete sintió el arribo de un automóvil. Vio los ojos de él que pasaron de la ventana a la puerta y allí se quedaron hasta que ella entró.

Lo primero que la mujer hizo fue mirar a Nenete y sonreírle levemente, hasta que al girar la vista vio al hombre. Su semblante cambió instantáneamente. Él se abalanzó hacia ella y comenzó a zamarrearla. Mientras le gritaba preguntas relacionadas con su ausencia la llamaba perra. La hizo caer al suelo y le aplicó un tremendo puntapié.

Nenete comenzó con su "ne-ne-ne-ne", más desesperado que nunca y obteniendo menos atención que siempre. Su mano se movía inquieta sobre la silla, que se deslizó algo mas de un metro con un silbido mecánico. Ajeno a eso el hombre continuaba pateando e insultando a la mujer, quién apenas atinaba a llorar tratando de proteger su cabeza con la debilidad de sus brazos menudos.

La torpe mano de Nenete se encontró portando el arma y como cobrando vida propia, independiente de sus ojos que miraban horrorizados a la mujer, disparó sobre el hombre. El arma saltó de su mano y le dio cerca del ojo. El dolor lo aturdió; era algo nuevo. "¡Siente Nenete!"

Ella tenía una expresión en el rostro que Nenete jamás había visto. Los ojos inmensos iban del cuerpo del hombre del suelo al rostro impasible, inalterable, pétreo de Nenete y luego al arma que descansaba sobre el linóleo. Estuvieron mucho tiempo así. Descubriendo, encontrando, tal vez despidiéndose.

Antes de tomar el teléfono ella se acerco llorando a Nenete y lo abrazó; deslizó suavemente su mano sobre el moretón del rostro de Nenete. Ella estaba muy cerca y así fue que Nenete pudo acariciarle el cabello.


Félix Acosta Fitipaldi © 1998

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