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NUEVOS Y VIEJOS AMIGOS.

Rafael

Autor Rafael

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Publicado el 02/03/2009 | 527 Visitas | 0 Comentario(s)

NUEVOS Y VIEJOS AMIGOS

Por José Dávila A.

En la vida es difícil hacer nuevos amigos, pero más difícil es hacer
viejos amigos…

Tal razonaba con cierta nostalgia Nicandro Pompeyo Abad, hombre
entrado en años y por consecuencia natural emparentado con las
quejumbres. La soledad que diariamente se había convertido en su
amiga íntima, se lamentaba de que su "señor" se sintiera inútil y
desamparado.

Como testigo mudo de su aislamiento era el teléfono que padecía de
mutismo crónico. Rara era la ocasión en que despertaba su timbre y el
repicar hacia pegar un salto de alegría a Nicandro con la esperanza
encendida de escuchar la voz familiar o de un amigo, sea nuevo o
viejo.

Sin embargo, la llamada no era para platicar o saber de él, para
indagar su salud o conocer de su diario devenir. Se trataba de una
voz impersonal que preguntaba por un tal Nicandro Pompeyo Abad. Al
asentir el aludido, se disparaba un aluvión de índole comercial
advirtiéndole que era uno de los cinco agraciados a suscribirse a un
extraordinario fondo de inversión del Banco "La Buena Fortuna".

Por supuesto que, desilusionado y enfurecido, Nicandro respondió con
un rotundo "¡no me interesa!" y colgó enérgico el auricular.

"Vaya descaro. ¿Con qué derecho se permiten invadir mi privacidad?",
infería para sus adentros, cuando el teléfono de marras despertó de
nueva cuenta. "¿El señor Nicandro Pompeyo? ¿Sí? ¡Buenos días, señor,
le hablamos de los almacenes "Rancho Viejo" para comunicarle que
estamos ofertando a nuestros clientes leche de vaca y una increíble
batidora de cocina que…"

-¡Yo no sé cocinar! –respondió violento.

Sin embargo, lejos estaba de imaginar que se desataría un torrente
publicitario que no le concedería punto de reposo.

"Señor Pompeyo le hablamos de Seguros La Vida Garantizada y…"

-¡Ya tengo seguro! –advirtió con furia.

"Disculpe la molestia, soy representante del Hospital "La Vida
Eterna" y estamos lanzando un nuevo programa de membrecías que
incluye desde el tratamiento de un simple juanete hasta un
trasplante de corazón y…"

-¡Váyanse por un cuerno!

"Queremos hacer de su conocimiento que ya contamos con servicio
funerario con vigilancia de 24 horas a domicilio y con cobertura en
el extranjero".

-¡Que se muera su abuela!

"Le hablamos para notificarle que usted resultó ser uno de los
agraciados de nuestra tienda "Arca de Noé", que le obsequia sin costo
alguno una tarjeta de crédito sin limite de…"

-¡No me interesa!

Sin embargo, pese a sus reiterados rechazos a lo largo del día, por
la noche se volvían a repetir los "promos" y se prolongaban a la
mañana siguiente, incluyendo otras opciones para comprar,
suscribirse, contratar servicios o en su defecto para despertar su
codicia, al hacerle participe de ser candidato a ganar un millón de
pesos o ser el feliz afortunado en la rifa de un automóvil último
modelo, de la cual ni siquiera había comprado un boleto.

Sin embargo, Don Nicandro, curtido como buen lobo de mar no picaba el
anzuelo y ante la riada de promocionales se defendía a capa y
espada: "¡Ya dije que no! ¡Bórreme de su lista! ¡No quiero! ¡No, no
estoy inválido! ¡Basta ya! Otra vez los del mismo banco ¡váyanse al
carajo! ¡¿Qué demonios le importa si soy viudo!? ¡Con mil demonios
que no! ¿Acaso no entienden el español? ¡No, no, no, y mil veces no!"

Mas, indiferentes, con insultante terquedad se repetían los mensajes
de los mismos empresas o se sumaban nuevas propuestas: ofertas de
hoteles, campos de golf, liquidaciones de supermercados, ventas de
computadoras, promociones de automóviles nuevos a cuatro años sin
intereses, opciones de inversión para un futuro promisorio, damas de
compañía, agencias de viajes, ventas de casas, líneas aéreas y, para
variar, más y más bancos. La cruel insistencia se tornaba,
desalmada, enloquecedora.

Y Nicandro seguía descolgando el teléfono con la esperanza de
escuchar el saludo de una voz conocida. La frustración le carcomía.
No le hablaban ni sus hijos. Tras una prolongada cólera, terminó por
suplicar que se olvidaran de él, pero fue tan inútil como querer que
del cielo lloviera dinero. Lo que llovió fue otra novedad:

"Le distraemos un instante de su valioso tiempo para poner a su
disposición un base de datos para que haga nuevos amigos…"

-Por mi santa madre…- suspiraba Nicandro.

Alucinado, decidió poner un "¡hasta aquí!": de un tirón destripo el
cable telefónico. Tras la brutal muerte súbita, impero un profundo
silencio. Por fin, la calma retornaba al hogar de Pompeyo Abad, quien
convencido se dijo asimismo: "Me basta con mis viejos amigos, difícil
convivir con ellos, pero han sido fieles."

Y empezó a hacer un repaso de ellos: "A ver: el lumbago hace más de
30 años que me acompaña día y noche. ¿El estreñimiento? Humm, ¿cuándo
se inició? Ya; creo que hace 15 años. ¿Y qué hay de la presión alta?
En mis años dorados definitivamente la conocí primero que la anemia y
se tornó inseparable. ¿La neuralgia? Caray, no recuerdo bien, pero
quizá hace un par de decenios. ¿Y qué de la taquicardia? De ella si
recuerdo bien, me nació hace un lustro y amenaza con ser un
inquilino perpetuo. ¿La gripe?; bueno esa vino de la mano con la
anterior. ¿Y la mala circulación en mis pies que luego amanecen como
tamales de doña Poncha? ¡Uy!, la verdad que ya ni me acuerdo cuando
tocó a mi puerta. Y de remate hace poco que se asiló la ciática ¡y
esa sí que duele!

Tras unos breves momentos de reflexión, concluyó: "¿Una base de datos
para nuevos amigos? Sería cosa de locos. Me basta y sobra con los
viejos amigos."





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