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Enviar un mensaje privado Autor Nieves
Parece mentira, pero realmente no sé qué ha ocurrido. De pronto mi mundo se ha vuelto oscuro, incierto. No puedo moverme, pero siento que mi cuerpo, rígido y frágil, está aquí. Deseo hablar pero mi voz parece apagada. Sin embargo, de vez en cuando, un suave rumor viene con palabras que me hacen pensar. ¿Qué ha pasado? En mi cabeza un nombre me atormenta: Raúl.
Recuerdo que conocí a Raúl en un mal día, frío y lluvioso. Pero, ¿cuánto hace de eso?, ¿unos meses, unos años? Creo que una eternidad. Yo desayunaba pensativa en una cafetería alejada de mi casa. Mi novio se había ido con otra y me habían echado del trabajo. Él se acercó con paso seguro e insistió en pagarme el café que me estaba tomando. La verdad es que enseguida me enamoré de él. Nunca creí en el flechazo, pero ocurrió así, de golpe, con fuerza. Raúl me pareció el hombre perfecto, educado y muy atractivo. Era alto, de espaldas anchas y ojos grandes de un verde cristalino. Reconozco que al principio intuí algo incierto en su mirada y debí hacer caso a mis instintos. Tras un breve interrogatorio sobre mi vida, se dio por satisfecho y centró el resto de la conversación en él. Me dijo que trabajaba en una inmobiliaria y que era aficionado a la caza. Al acabar el día aceptaba salir con él, ilusionada como una chiquilla.
Después de un mes de citas me fui a vivir a su casa. Un pequeño apartamento, algo viejo pero bien arreglado, situado en un barrio de clase media. Al principio la pasión encendía nuestros cuerpos de manera intensa y descontrolada. El sólo contacto con su piel me excitaba como jamás nadie lo había hecho. Nos amábamos como animales, devorándonos. Advertí que él tenía todo el control sobre mí y yo consentía que me poseyera. Y ese fue mi error. Me sentía feliz y vivía ciega, ciega de amor.
Raúl trabajaba casi todo el día y nunca quiso que yo me buscara un empleo.
- Con lo que gano es suficiente para los dos. No me gusta que trabajes para nadie - me confesó una noche mientras cenábamos.
Y como una estúpida pensé que lo decía por amor. Era por egoísmo. Yo pasé a ser de su propiedad, como el coche, la casa o la ropa; algo para su uso y disfrute.
Apenas salíamos a cenar, o al cine, o a dar un simple paseo. No soportaba que me miraran, o que pudiera conocer a otras personas. No teníamos amigos, no teníamos a nadie.
-Y, ¿para qué? Si nos tenemos el uno al otro. Estamos bien en casa, cariño. Los dos solos y sin que nadie nos moleste – me susurraba al oído.
Los celos le comían y yo, como una tonta, me sentía halagada.
Sin embargo, la tranquilidad se rompió cuando algunas noches empezó a telefonear a casa para decirme que llegaría tarde y que no le esperara despierta. Asuntos del trabajo. Mentiras y más mentiras. Cuando regresaba el olor a alcohol era evidente. Al principio yo permanecía muda, me hacía la dormida. Pero cada día llegaba más tarde y más borracho. Una noche le esperé levantada, decidida a terminar con esa situación. Iba muy bebido.
- ¿De dónde vienes? Estás borracho - le dije sin ocultar mi enfado.
De pronto, una fuerte bofetada me hizo caer de espaldas contra la mesa. No la vi venir. Su mano saltó sobre mi cara como salta la serpiente sobre su presa, son silenciosa rapidez. Me quedé paralizada, no supe reaccionar. El labio me sangraba y notaba cómo se me hinchaba. Jamás me imaginé que aquel hombre, mi hombre, me haría algo así. Eso siempre les pasaba a otras; a otras como yo.
- No consentiré que me interrogues, ni que me insultes. ¿Entiendes?
Me miró clavándome los ojos como puñales. Entonces supe qué era aquello extraño que había visto en él: la bebida. Ésta formaba parte de su naturaleza. Aunque, al parecer lo había dejado durante algún tiempo, estaba claro que volvía a caer en el abismo y yo debí haberlo intuido antes, pues mi padre también fue alcohólico. Al cabo de unos segundos se calmó y sus ojos volvieron a ser como antes. Me ayudó a levantarme. El olor a alcohol me asfixiaba, como cuando era pequeña y mi padre me escupía su asqueroso aliento.
- Lo siento, cariño, no sé qué me ha pasado. Sabes que te quiero más que a nada en el mundo, te juro que no volverá a ocurrir - me dijo.
Esa noche me hizo el amor como nunca. Y esa noche comenzó mi infierno. Me creí sus falsas promesas y le perdoné el primer aviso. Y ya no volvió a ser el mismo, ni yo tampoco. Pasó de ser el amante perfecto al más despiadado de los carceleros.
Me prohibió salir a la calle. Él compraba la comida, la ropa, se encargaba de todo. Me cortó el teléfono, me quitó la televisión, la radio y hasta el equipo de música. Y, lo que es peor, cuando salía, me encerraba con llave. Sus borracheras pasaron a ser diarias y sus palizas también. Yo deambulaba todo el día en bata, dando vueltas por la casa, asustada, sin parar de llorar. Cuando le oía llegar, mi cuerpo entero temblaba. No sabía qué decirle ni cómo, porque estaba segura que cualquier cosa le sentaría mal.
El tiempo pasó y yo me fui acostumbrando a una vida sin vida y a un amor sin amor. La dignidad se pierde cuando menos te lo esperas, y la esperanza se diluye como el azúcar en el agua. Yo era un adorno más de la casa, un florero de flores secas, un cuadro tosco y feo.
Las ausencias de Raúl fueron cada vez más largas y a veces tardaba en regresar dos o tres días. Hasta que desapareció. Ahora me parece un mal sueño, pero ocurrió así: un día salió por la mañana y no regresó. Al principio no le di importancia, no era la primera vez. Me di cuenta que sus partidas me hacían más libre, podía respirar sin que me pegara. La quietud se adueñaba de la casa y yo lo agradecía plenamente.
Pasaron los primeros siete días. Siete días pensando, riendo o llorando, sin poder hablar con nadie, sin ver a nadie. Pero, y aunque sea absurdo, sólo cuando se me terminó la comida caí en la cuenta de que la puerta estaba cerrada con llave. Me encontraba atrapada en el infierno.
Ahora veo lo estúpida que fui. Mi amor hacia él me había transformado en una inútil. Qué ironía. Yo, que me creía tan fuerte y valiente, tan segura de mí misma. Aquella, a quien su racionalidad nunca le había permitido obrar con el corazón, se encontraba encerrada por un hombre en su apartamento, sin nada que llevarse a la boca y sin posibilidad de escapar. La vida a veces te sorprende.
Mis recuerdos son claros, pero mi alma está confusa. Floto en un mar de dudas, intento gritar pero no puedo. Sin embargo el ambiente me resulta conocido y esas voces que van y vienen me parecen tan reales... Intento escuchar, desde la lejanía se introducen en mi cabeza unos sonidos, pero no los entiendo. Es de locos, pero creo que me encuentro en el límite de algún lugar. Más allá de la línea no se ve nada, sin embargo, en este lado, sé que hay alguien. La agonía de este sentimiento me persigue implacable. Debo seguir recordando.
Humillada en el apartamento, pensé mil veces en cómo salir de esa prisión. Me acercaba a la entrada y miraba por la mirilla. A pesar de que el rellano siempre estaba vacío y silencioso, mi garganta se empeñaba en lanzar una especie de aullidos roncos y algo apagados pidiendo ayuda, mientras mis puños golpeaban con fuerza la puerta. Pero nadie me escuchaba. Dios mío, todo aquello era ridículo; no me lo podía creer. En un edificio como ese debería haber alguien. Esa situación parecía más una pesadilla que una realidad. Estaba aislada del mundo en pleno centro de una gran ciudad y no tenía nada que me pusiera en contacto con la vida de ahí fuera. Intenté romper alguna ventana pero me resultó imposible, pues los cristales eran especiales. Impotente, yo observaba el exterior donde, cinco pisos más abajo, la gente caminaba ignorando mi sufrimiento. El muy canalla lo tenía todo planeado.
Transcurrieron varios días más, y mi estómago no dejaba de protestar. Me aterraba morir de hambre. Me acostumbré a hablar sola, a reír sola, a llorar sola. Me estaba volviendo loca. Todos los días golpeaba la puerta durante varias horas, hasta caer dormida junto a ella, como un perro esperando la llegada de su amo, del mío, de Raúl. Tantos hombres en el mundo y me topé con ese ser cruel y despiadado.
Y entonces sucedió. Oí pasos en la escalera y empecé a golpear, de nuevo, la puerta. Chillaba y lloraba a la vez. Miré y vi una figura acercarse. Me aparté de golpe, como si una descarga eléctrica me hubiera lanzado hacia atrás. Era él. Raúl introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Yo corrí hacia el salón, buscando dónde esconderme, pero comprendí que ya todo me daba igual. No me importaba lo que me hiciera. Me senté en el sofá y esperé a que entrara. Las fuerzas me fallaban, estaba débil. No tenía ganas de luchar.
Irrumpió en la sala, más atractivo que nunca, con una escopeta en la mano.
- Hola, cariño. ¿Me has echado de menos? He estado cazando con unos amigos - me dijo, mostrándome unas cuantas liebres que traía atadas como un inerte manojo de pelo gris.
Al ver su mano izquierda alzada con los trofeos sangrientos sentí náuseas, pero de mi estómago sólo salieron arcadas, convulsiones y fuertes calambres. Raúl se encaminó a la cocina.
- Esta noche te haré una cena para chuparte los dedos - me dijo elevando la voz.
Me parecía increíble. Era como si no hubieran transcurrido tres semanas desde su desaparición. Él me hablaba tranquilo, como si nada. Y yo estaba paralizada, confusa. De pronto la sensatez se adueñó de mi cabeza. Vi la puerta abierta y salí corriendo. Mi libertad estaba próxima. Pero un ruido fuerte y seco seguido de un violento impacto en mi espalda me lanzó contra el suelo. Miré hacia atrás y allí estaba él, empuñando su arma humeante. Se acercó lamentándose de mi actitud.
- Lo siento, cariño. Pero no puedo dejar que te vayas. Te quiero demasiado y no consentiré que me abandones. Te hubiera recompensado, ¡te lo juro!; pero mira lo que has conseguido.
El muy cabrón me había disparado con una incomprensible sangre fría. Mi amor, mi carcelero, mi ejecutor.
Lo vi llorar, mientras yo me desangraba en el suelo. La oscuridad lo envolvió todo. Y, cuando el silencio se adueñaba de mí, oí un segundo disparo.
Ahora todo es distinto. Creo que él está muerto, las voces dicen que se voló la cabeza: el segundo disparo. En cuanto a mí, los recuerdos se me amontonan para después evaporarse formando nubes de vida. Puede que todo sea fruto de mi mente perturbada y nada sea real, o puede que todavía esté tirada a los pies de la maldita puerta, ¿quién lo sabe? Quizás duerma tranquila, pues en este momento mi alma está serena; sin embargo, palpo la muerte, huelo su esencia, la siento muy cerca.
Impresionante relato. Tan crudo como la realidad que describes. Espero que algún día se extingan todos los Raúles.
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