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Miradas de ocasión

Eva

Autor Eva

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Publicado el 07/02/2008 | 134 Visitas | 0 Comentario(s)

Hoy, vuelve a suceder. Son, apenas, unos instantes al día. Cada día. Cada bendito día.

Pablo estaciona su coche rojo frente al parque.

Ana lee un libro, sentada cómodamente en uno de los bancos.

Él ha mirado el reloj del salpicadero, unos cinco minutos antes, pensando que sólo faltan esos cinco minutos para verla.

Ella ha dejado de leer realmente hace cinco minutos. Consulta con miradas disimuladas su reloj de pulsera. Cuenta los segundos, expectante, sin ver ya las letras ante sus ojos.

Pablo maldice en silencio el color rojo del semáforo. Tamborilea con los dedos sobre el volante, impacientándose.

Ana gira la cabeza un tanto, buscándolo con la vista, simulando observar el ajetreo de los transeúntes. Esperando, inquieta, su llegada.

Él detiene el vehículo en el mismo sitio de cada tarde.

Llueva o luzca el sol, Ana está sentada siempre en el mismo banco. Aunque la lluvia la esté calando.

Se regalan lo que dura una vida, en mirarse a los ojos. En un simple intercambio de miradas, se cuentan años de soledades.

Hasta que uno de los dos rompe el contacto visual. Pablo vuelve la vista. Ana fija la suya de nuevo en el libro.

Él arranca y se va.

Ella se levanta del banco y comienza a caminar.

Pablo llega a su cuarto desordenado, aparta la ropa revuelta que hay sobre la cama y se deja caer en ella.

Ana se acomoda en el sofá, estira las piernas, se arrebuja con la manta y se queda de costado, pensativa, melancólica.

Él no deja de pensar en cuántas cosas le diría a esa chica tan bonita, si la tuviera acostada a su lado. "Mañana le diré hola. De mañana no pasa que le diga algo..."

Ella piensa: "¿Seré tonta? Mañana me levantaré. Mañana me acercaré y le diré algo. De mañana no pasa..."

Llevan mucho tiempo jugando al mismo juego. Muchos días. Muchos meses... No saben nada el uno del otro, excepto que cada tarde se ven en el mismo sitio. Ninguno recuerda bien cómo empezó.

Cuando alguno de ellos faltó un día, el otro se angustió pensando en qué podría haberle ocurrido. Ana lo desconoce, pero Pablo pasó una noche durmiendo en su banco, después de cuatro días sin verla aparecer, preso de una aflicción indisoluble. Cuando ella acudió de nuevo, él no llegó en su coche, como siempre, porque estaba observándola, oculto tras un árbol, suspirando aliviado.

Hoy piensa que no debe preocuparse. No está, pero volverá. Seguro que volverá...

* * * * * * * * * * * * * * * * * *

Han pasado tantos años, que no recuerda cuántos han sido. Un día, se cansó de ir cada tarde al parque, tan sólo esperando que estuviera.

El coche de Pablo ya no es rojo. Ni siquiera aquella habitación, donde tantas veces soñó con Ana, existe en el presente. Oyó, en alguna parte, que convirtieron esa planta del edificio en oficinas.

Esta tarde, algo lo ha impulsado a volver, dando un paseo, hasta el parque. Se sienta en el banco en que Ana se sentaba. Baja la mirada al suelo, perdido en multitud de pensamientos.

No la reconoce en el otro extremo. El tiempo no ha pasado en balde, para ninguno de los dos. Ahora no es rubia. Se tiñó el pelo de negro y lo cortó. Lleva unas grandes gafas de sol y lo observa, discretamente, a través de los cristales oscuros. También ella ha vuelto hoy por primera vez, desde que se marchó.

Tentada por decirle algo, lo que sea, juguetea nerviosa con una arruga de la camiseta.

Lo ve garabatear en el banco con un rotulador negro.

Como movida por un resorte interior, se levanta y avanza un par de pasos en dirección a Pablo.

Finalmente, se para. Desiste. Espera, agobiada, a que él se vaya.

En la madera del que era su acostumbrado asiento, existe un número que Ana grabó, acompañado de su nombre, antes de decidir no volver.

Hoy, aparece escrito un texto debajo de ese número:

"Querida Ana: No se puede destruir lo que sólo ha ocurrido en nuestra imaginación. Y tú has sido lo mejor que me ha ocurrido. Por eso, nunca te llamé. Pablo".

 

© Eva Pardal Borges 2007 - Texto inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual como parte de la obra “Relatos desde el andén”.

 



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