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Enviar un mensaje privado Autor amcafe
Tenía 14 años y una compañera de clase de la misma edad, de nombre Clara. Cuando estábamos juntos me pasaba algo muy especial, pues por un lado me mostraba muy nervioso, lo pasaba muy mal, no sabía bien qué decir, pero al mismo tiempo me encontraba en la gloria, contemplando sus rizos tan dorados, su cara angelical, su sonrisa acogedora, sus ojos tan cálidos y penetrantes. Era muy dicharachera, era ella siempre la que llevaba la iniciativa, yo más tímido, ella más lanzada, siempre alegre, optimista y cuando me tomaba de la mano no cabía en sí de satisfacción. No llegué a declararme nunca, era demasiado tímido para ello, pero era evidente para todo el mundo que había algo especial entre nosotros y cuando íbamos al cine con los amigos y amigas, todos consideraban natural que ella y yo nos separáramos y nos sentáramos aparte, sirviéndonos de cobertura, pues evidentemente sus padres no la hubiesen permitido en ningún caso que hubiese ido al cine con un chico.
Allí en la oscuridad del cine nos besábamos, allí por primera vez capté la dulzura que emana de una lengua femenina, que se enroscaba con la mía y nuestros labios permanecían cerrados durante buena parte de la película. Yo intentaba acariciarla, pero ella me impuso ciertos límites que nunca dejó traspasar. Le tocaba las rodillas, incluso llegaba a acariciarle los muslos, e incluso tocaba sus braguitas, que notaba muy mojaditas, muy húmedas, pero si intentaba penetrar con mis dedos por dentro de las braguitas, ella se interponía y me vetaba el camino hacia su tesoro. Si mis caricias iban dirigidas a sus pechitos incipientes, duros y turgentes, pechitos en formación todavía, me dejaba que los acariciara por encima del sujetador, y si yo intentaba penetrar con mi mano por dentro de la piel, ella me lo impedía. Clara tenía las ideas muy claras respecto a lo que se permitía y me permitía, nunca me dejó traspasar esos límites, en el único sitio en el que podíamos estar a solas, en un cine, y siempre se negó a acariciarme a mí. Todo lo más que consintió fue acariciarme el pene por encima del pantalón y una vez que, muy atrevido por mi parte, saqué mi pene para que me lo acariciara y me masturbara, ella se replegó y me recriminó mi conducta audaz de forma muy airada. A mí, un adolescente que empezaba a conocer un paraíso femenino, no me importaba, era el adolescente más feliz del mundo y aquellos meses pasados con Clara, fuera y dentro del cine, fueron los más apasionantes de mi adolescencia.
Pasaron los años, mi separación
de Clara era un recuerdo muy escondido en mi memoria, ni siquiera sabría
decirles por qué lo dejamos, qué más da ahora, por cualquier tontería de
cualquiera de los dos, cosas de la adolescencia, yo estaba pasando una mala
racha después de mi segundo divorcio, y
para divertirme un poco acudía a bares de ligue, para superar aquellos
malos momentos. En uno de ellos coincidí con Clara, una mujer ya madura, muy
segura de sí misma, hablamos, volvimos a reencontrar aquella empatía que nos había
unido en la adolescencia. Clara ahora se veía como una mujer liberada, también
salía de un divorcio, hablaba con una desenvoltura que me desconcertaba, pues
yo siempre la relacionaba con
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