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Mi primera novia

amcafe

Autor amcafe

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Publicado el 08/11/2011 | 93 Visitas | 0 Comentario(s)


Tenía 14 años y una compañera de clase de la misma edad, de nombre Clara. Cuando estábamos juntos me pasaba algo muy especial, pues por un lado me mostraba muy nervioso, lo pasaba muy mal, no sabía bien qué decir, pero al mismo tiempo me encontraba en la gloria, contemplando sus rizos tan dorados, su cara angelical, su sonrisa acogedora, sus ojos tan cálidos y penetrantes. Era muy dicharachera, era ella siempre la que llevaba la iniciativa, yo más tímido, ella más lanzada, siempre alegre, optimista y cuando me tomaba de la mano no cabía en sí de satisfacción. No llegué a declararme nunca, era demasiado tímido para ello, pero era evidente para todo el mundo que había algo especial entre nosotros y cuando íbamos al cine con los amigos y amigas, todos consideraban natural que ella y yo nos separáramos y nos sentáramos aparte, sirviéndonos de cobertura, pues evidentemente sus padres no la hubiesen permitido en ningún caso que hubiese ido al cine con un chico.

            Allí en la oscuridad del cine nos besábamos, allí por primera vez capté la dulzura que emana de una lengua femenina, que se enroscaba con la mía y nuestros labios permanecían cerrados durante buena parte de la película. Yo intentaba acariciarla, pero ella me impuso ciertos límites que nunca dejó traspasar. Le tocaba las rodillas, incluso llegaba a acariciarle los muslos, e incluso tocaba sus braguitas, que notaba muy mojaditas, muy húmedas, pero si intentaba penetrar con mis dedos por dentro de las braguitas, ella se  interponía y me vetaba el camino hacia su tesoro. Si mis caricias iban dirigidas a sus pechitos incipientes, duros y turgentes, pechitos en formación todavía, me dejaba que los acariciara por encima del sujetador, y si yo intentaba penetrar con mi mano por dentro de la piel, ella me lo impedía. Clara tenía las ideas muy claras respecto a lo que se permitía y me permitía, nunca me dejó traspasar esos límites, en el único sitio en el que podíamos estar a solas, en un cine, y siempre se negó a acariciarme a mí. Todo lo más que consintió fue acariciarme el pene por encima del pantalón y una vez que, muy atrevido por mi parte, saqué mi pene para que me lo acariciara y me masturbara, ella se replegó y me recriminó mi conducta audaz de forma muy airada. A mí, un adolescente que empezaba a conocer un paraíso femenino, no me importaba, era el adolescente más feliz del mundo y aquellos meses pasados con Clara, fuera y dentro del cine, fueron los más apasionantes de mi adolescencia.

            Pasaron los años, mi separación de Clara era un recuerdo muy escondido en mi memoria, ni siquiera sabría decirles por qué lo dejamos, qué más da ahora, por cualquier tontería de cualquiera de los dos, cosas de la adolescencia, yo estaba pasando una mala racha después de mi segundo divorcio, y  para divertirme un poco acudía a bares de ligue, para superar aquellos malos momentos. En uno de ellos coincidí con Clara, una mujer ya madura, muy segura de sí misma, hablamos, volvimos a reencontrar aquella empatía que nos había unido en la adolescencia. Clara ahora se veía como una mujer liberada, también salía de un divorcio, hablaba con una desenvoltura que me desconcertaba, pues yo siempre la relacionaba con la Clara de la adolescencia. Después de tomar unos cuantos gin-tonics, llegamos a un punto crucial en el que ella me espetó, con total y absoluta naturalidad, si íbamos a su casa o a la mía. Por un momento mi libido se exacerbó, la lujuria penetró todo mi ser, pues por fin podría acariciar tranquilamente y sin trabas el tesoro de Clara, ver su cuerpo desnudo, disfrutarlo, acariciarlo, lamerlo, chuparlo, comérmelo, mi boca se hacía agua y mi pene experimentaba una erección descomunal. Salimos a la calle a pedir un taxi y entonces me acordé de la Clara de la adolescencia, de nuestras caricias de adolescentes, llenas de misterio, dulzura, insinuación, cariño y no quise prostituir ese bonito recuerdo, no quise que desapareciese de mi mente, incluso al precio de renunciar a una noche de lujuria y placer con la Clara liberal y madura, y aduciendo una absurda e imaginaria dolencia de estómago, le dije que me había sentado mal la bebida y sintiéndolo mucho me tenía que ir solo a mi casa. Clara interpretó correctamente que la había rechazado y ya no volvió a saludarme nunca más cuando nos encontrábamos en algún bar de ligue.      


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