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Enviar un mensaje privado Autor amcafe
No me acuerdo exactamente, pero tendría unos 10 u 11 años y pasaba el verano en una casa rural de unos tíos míos, adonde mis padres me habían enviado para huir del sofocante calor de la capital y para que me familiarizara con la vida campestre, mucho más sana en general que la vida urbana. Mis tíos tenían una hija un poco mayor que yo, a la que acompañaba una amiga, también invitada como yo a pasar parte del verano, pero esta vez no por motivos familiares, sino por simple amistad con mi prima.
Las dos chicas me discriminaban en sus juegos, más bien femeninos, claro, pero en otros más bien neutros, como pasear y explorar la zona, también estaban más cómodas yendo solas o con alguna otra amiga, por lo que yo no tuve más remedio que buscar la compañía de otros niños, a pesar de que yo, gustosamente, hubiera preferido la compañía de mi prima y de su amiguita.
Solíamos hacer siesta todas las tardes después de la comida, como era habitual, y mi habitación estaba al lado de la de mi prima que la compartía con su amiga, pared con pared. Una tarde, al principio de mi estancia, oí unos ruidos raros que venían de la habitación de mi prima, ahora diría que eran gemidos, pero en aquellos momentos se trataba de sonidos que no podía catalogar, nunca antes los había oído. Espoleado por la curiosidad, como niño curioso que era, me acerqué, para husmear y curiosear, al agujero de la cerradura, bastante grande, pues se trataba de una cerradura grande, de esas que se abren con una llave grande. Desde el ojo de la cerradura se veía casi toda la cama en la que dormían las dos chicas, pero a mi prima solo se la veía de un poco de la cintura para arriba, y tenía el camisón remangado de forma que estaba desnuda por completo de la cintura para abajo. La amiga tampoco se había quitado el camisón, pero lo tenía también arremangado, pero lo increíble para mí, que me dejó alucinado, es que estaba apoyada sobre el cuerpo de mi prima y tenía la cabeza entre las piernas de ella, cuya expresión no podía captar, pero emitía unos sonidos raros, como si estuvieran haciéndole daño, claro que ahora entiendo que eran grititos intensos de placer. Captaba a lo lejos alguna pelusilla en la entrepierna de mi prima, pero veía muy poco porque la amiga tenía la cabeza hundida en su entrepierna. Me quedé anonadado y perplejo, no entendía lo que pasaba, qué le estaba haciendo la amiga a mi prima. Quizá en algún momento lo relacioné con las cosas que hacían los papás en la cama, como una vez que sorprendí a mis padres que estaban haciendo cosas en la cama, pero nunca supuse ni por asomo que esas cosas pudieran hacerlas también las personas no casadas y menos los niños y las niñas, y menos aún las niñas entre sí. Por lo tanto descarté una interpretación sexual y lo atribuí a un simple juego entre las dos niñas, un juego que les placía a ambas, sobre todo a mi prima, e interpreté sus grititos como placenteros. A la amiga de mi prima parecía gustarle también el juego, pues se aplicaba con intensidad y con frenesí. En un momento dado los grititos de mi prima aumentaron de intensidad y movía las piernas y las caderas de forma rítmica, como si fuese la culminación del juego. Pero en ese momento oí unos ruidos y era que el abuelo iba camino de los lavabos, por lo que me retiré a mi habitación, y una vez en ella me percaté que los ruiditos habían acabado, pero lo que había visto me había perturbado tanto que ya no pude dormir. Los ruiditos se prolongaron durante casi todos los días que permanecí en la casa y me causaron una gran perturbación. En algún momento tuve la tentación de decirles que les había descubierto su juego secreto y que yo también quería participar en él, pero mi timidez pudo más y no les dije nada. Solo algunos años después interpreté correctamente lo que pasaba en la habitación de mi prima, y descubrí que la sexualidad era mucho más compleja de lo que nos decían los papás y los curasTodavía no se hicieron comentarios sobre este texto.
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