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Medio Pollo
Medio Pollo (a)
Amanecía en una ciudad, aún un tanto en ruinas. Los árboles
de las calles estaban todos quemados y de los edificios, apenas quedaban unas
paredes. Se podían ver diversas sombras moviéndose por las calles y las ruinas,
en un lento y fatigoso caminar, hacia sus diversos destinos.
Poco a poco, los nuevos edificios fueron apareciendo. Con el
paso de los años, la ciudad se reconstruyó, sin mucha belleza, pero de forma
constante. Volvían a aparecer la vida, los comercios y las fiestas. Cada cual
intentaba sobrevivir en el nuevo orden.
Muchos eran los que se resistían a adaptarse y preferían
volver a los bosques o enrolarse en el ejército. La guerra había sido su vida y
no entendían otra cosa que matar.
En un barrio cualquiera, había una preciosa casita,
construida de forma, casi artesanal, por un hombre. Tuvo algunos amigos para
ayudarle. Los pocos que sobrevivieron al conflicto y también, aquellos que le
querían ayudar por considerarle un héroe.
Muchos otros en cambio, le miraban con desconfianza. Se
decían a sí mismos, que debía ser un hombre vil. Era la única forma, de ocultar
la vergüenza en sus corazones. Vergüenza, por haberse escondido cuando tenían
que luchar, por estar vivos gracias a su cobardía. No era, en efecto, una vida
fácil para el veterano. Pronto la gente se olvidaba de sus méritos y se
preocupaba de sus propios asuntos.
Él, no quiso quedarse con los brazos cruzados tras la
guerra. A pesar de sus distintas lesiones, decidió trabajar muy duro. Ya fuera
porque recibía una pensión miserable, o por mera cuestión de orgullo, se
dirigía a trabajar a la fábrica todos los días, donde trabajaba más de diez
horas.
Tenía una hija de unos dieciséis años, ciertamente bonita y
de inteligentes ojos.
Como un padre más, se desvivía por ella. A pesar de llegar
muy cansado del trabajo y notar distintos dolores en los órganos que nunca
cicatrizaron, no dudaba en trabajar el jardín, para que su hija estuviera
rodeada de preciosos árboles y flores. Quería que su entorno fuera lo más alegre
posible. Para que ella no pensara, ni viera los horrores de este mundo y
quizás, para él poder olvidar, los suyos.
Desgraciadamente, no podía dedicarle todo el tiempo que
deseara, y ella mayoritariamente había pasado el tiempo en la escuela o a cargo
de alguna vecina, que recibía un dinero por su ayuda. Seguían siendo tiempos
difíciles.
Sin embargo, hacía lo imposible por estar todo el tiempo
posible con ella. Desde muy pequeña, le leía innumerables cuentos, para
despertar su fantasía y curiosidad. Participaba en todos sus juegos y nunca le
replicaba que estuviera demasiado cansado. Como tantos otros, pensaba que su
hija era lo más importante, la razón de su existencia. Procuró no ser demasiado
inflexible, pero tampoco quería malcriarla y consiguió que ella acatara y
entendiera ciertas normas.
Ella le adoraba y sabía que tenía al mejor padre del mundo.
Pero como él no podía estar siempre en casa, había aprendido a comportarse de
forma muy independiente, y a pesar de no ser desobediente, sí que tomaba sus
propias decisiones acerca de multitud de cosas. Su padre estaba encantado con
esa predisposición, porque, aunque consideraba que la inocencia tenía cierta
belleza, sabía que cuánto antes madurara, de forma natural, mejor soportaría
las cosas que le pudieran ocurrir.
Llamó a su hija, Beatrice, en recuerdo de
Tenía en su conciencia, demasiadas cargas, y su entorno le
daba pocas razones para estar contento. Había luchado por ideas vacías y por
personas vacías. Todo lo que le rodeaba era mediocridad y miseria moral. Una
opresión distinta, que se aprovechaba del sacrificio de muchos que ya no
estaban. Se dirigía cada día a un trabajo duro y poco gratificante, dónde no se
recompensaba el esfuerzo ni la integridad personal. Todo eran apariencias.
Ciertamente los mejores, habían muerto y sólo quedó la escoria, con la que
había que convivir y que heredaba lo que otros consiguieron con su sangre.
Heredaron poco más que un país en ruinas, con gobernantes
cínicos y corruptos, que se enriquecían a costa de la miseria del pueblo. Pero
un alto porcentaje el pueblo en sí, era cínico y vil. Sólo pensaban en sí
mismos, a pesar de haber presenciado tanto honor y sacrificio.
Para él, todo eso ya no tenía importancia, pues sólo le
importaba su querida Beatrice. Ningún sacrificio era lo suficientemente alto,
mientras a ella la viera feliz, progresando cada día para ser una gran mujer.
Todas las noches, intentaba sacar algo de tiempo para leer. Su hija era
consciente de lo cansado que estaba y de lo mucho que trabajaba, por lo que
intentaba aligerar las tareas de la casa, aunque él fuera incapaz de quedarse
sentado viéndola trabajar. Pero gracias a esa colaboración íntima y
voluntariosa, podía él tener breves momentos de placer, leyendo sus adorados
libros, en los que se ensimismaba, cada noche, frente a la chimenea.
Procuraba contarle, siempre a su hija, alguna idea o lección
moral que hubiera sacado esa noche. Así su educación era constante y la
estimulaba para que aprendiera de todo cuánto la rodeaba.
Ella a su vez, también leía mucho, aunque lo compaginaba con
una intensa vida social, pues era de carácter vivaz y aprovechaba su tiempo
como mejor podía.
Su padre en cambio, se había convertido en un completo
misántropo. Ayudaba siempre que podía a sus vecinos, pero tampoco procuraba
intimar con nadie. Parecía que las personas le dieran pavor y solo hiciera
cosas por ellas, por mera cuestión de bondad.
A su hija siempre le extrañó que su padre fuera así, pero lo
asumía y procuraba no preguntarle, pues veía lo tenso que se ponía. Pero era de
carácter inquieto y algunos días su curiosidad era más fuerte que el amor hacia
su padre.
Un día, él estaba, como de costumbre, leyendo en silencio,
en su sillón, en frente del fuego. Ella, a su vez, hacía como que leía en el
tresillo, pero no paraba de mirar a su padre, el modelo de virilidad de su
vida. Contemplaba las manos que sostenían el libro, llenas de cicatrices, al
igual que su rostro. Contrastaba ese aspecto, con el de una persona cultivada,
pues más bien parecía un labriego, curtido bajo el sol y el trabajo duro. Era
esa quizás, la razón por la que, pocos chicos le gustaban en el instituto. Eran
demasiado delicados, criados entre almohadas. Les faltaba carácter, orgullo,
valor. Tenían un aire amaestrado y amanerado, de comportarse, que les
funcionaba muy bien con bastantes chicas. Pero para ella, no eran hombres, no
encontraba en ellos esa persona opuesta que la completara. Quizás de tanto
leer, o de la educación de su padre, diferenciaba bastante bien lo que quería
de lo que no. Y muchas cosas, que pudieran parecer atractivas, para ella eran
bagatelas. Estaba muy por encima de sus amigas y sus amigos, en la percepción
de ciertas cosas, pero eso no le impedía divertirse como la que más, pues se
adaptaba al carácter de los que la rodeaban. La vida de su padre estaba llena
de misterios y más aún porque nunca hablaba de su madre. Por fin un día le
preguntó:
- Papá
- Dime, hija
- ¿cómo murió mamá?
El rostro de su padre se contrajo, resaltando si cabe, los
marcados rasgos de su rostro. Las manos se le pusieron a temblar ligeramente y
tratando de disimular un tartamudeo, dijo:
- ¿por qué me preguntas eso ahora?
- Porque llevas todos estos años evitando contármelo y ya
voy teniendo edad
- ¿tú crees?
- Si
Él suspiró intentando contener unas lágrimas y respondió:
- Hay cosas, que es mejor que no sepas
- Creo que tengo derecho a saberlas, papá
- Cuando seas mayor
- Ya tengo suficiente edad – dijo ella con un cierto aire
osado
- Para determinadas cosas, creo que nunca se tiene
suficiente edad
- Por favor, papá dímelo.
- Tu madre murió, luchando por su país, murió para salvarme.
- Cuéntame más.
- Eso es todo – dijo tajante, su padre
- Por favor
- ¡No puedo decirte más! ¡Es suficiente!
- ¡Tengo derecho a saberlo! – gritó ella
- ¡Ya te lo he dicho todo! ¡Deja el tema ahora mismo!
- ¡No!
- ¡ Por favor, hija! ¡Basta!.
Su padre se arrodilló consternado, dejando caer el libro y
rompiendo a llorar. Ella se acercó corriendo a él y le abrazó, llorando a su
vez.
- Lo siento papá. Te pido mil perdones. No te lo volveré a
preguntar.
- Tienes derecho saberlo, hija mía, pero aún no puedo
contártelo… me odiarías.
- No importa Papá. No quiero hacerte más daño. Siento mucho
lo que he hecho.
- No te preocupes. Te quiero
Abrazó a su hija, con fuerza, llorando sobre su hombro. El
hombre valiente, el padre afectuoso y decidido, que era su completa referencia
como persona, se convirtió por un momento, en un hijo necesitado de cariño y
ella en una madre.
Medio pollo (b)
Era un viernes por la tarde. Beatrice estaba como cada fin
de semana, preparándose para salir con sus amigas. Con sumo detenimiento y
calmal, se observaba cerca del espejo de su tocador, mientras iba maquillándose
con cuidado. Su padre la miraba en silencio. Cada día estaba más hermosa y la
inteligencia de sus ojos, resaltaba la radiante belleza de su rostro. Por un lado
la veía con ternura y orgullo, pero por otro se entristecía y preocupaba al
mismo tiempo. Si hija lo notó al instante:
- ¿qué te ocurre papá?
- Nada. ¿por qué lo preguntas?
- Me miras de una forma triste, como otras veces. ¿no te
parezco bonita?
- Mucho y lo sabes. De todos modos, soy tu padre y sería
incapaz de verte de otra forma
- ¿entonces por qué me miras así?
- No estoy seguro. Quizás porque me preocupas
- ¿preocuparte yo? – respondió con una risita algo pícara
- Si
- ¿por si me acuesto con alguien, como pasa con todos los
padres?
- No exactamente. Te eduqué de forma que pensaras que no
tiene nada de mala la sexualidad.
- ¿entonces qué te ocurre?
- Temo que te entregues por amor y no por placer
Beatrice, dejó por un momento de maquillarse y le miró extrañada,
reflexionando. Por fin dijo con lentitud y quizás una cierta sorpresa
- Esa respuesta no me la esperaba. ¿acaso no es como
debieran ser el amor y el sexo? ¿algo que va siempre unido?
- No a tu edad, hija mía. Ese es el problema. Muchas chicas no se entregan
únicamente por placer o deseo. Lo hacen porque creen dar algo especial a quien
aman.
- ¿qué tiene eso de malo?
- A partir de cierta edad nada. Pero ahora no sabéis
realmente lo que es el amor y lo confundís con deseo. Mucha gente lo hace toda
su vida. Pero cuando os dais cuenta de que vuestro chico no os amaba, vuestro
mundo se derrumba y podéis llegar a odiar a los hombres.
- ¿es que son todos tan malos, papá? – dijo ella conteniendo
una lágrima
- No es que sean malos, sino que no saben lo que quieren y a
esa edad les vence el deseo. En cambio, los que son sensibles y buenos, no
tendrán el suficiente atractivo porque carecerán de seguridad. Una persona
enamorada se muestra débil y respetuosa. Alguien que sólo ve a la mujer como un
objeto, demuestra seguridad, precisamente porque la chica no le importa lo más
mínimo y puede prescindir de ella si se equivoca.
- Lo que dices es muy triste papa – Una lágrima descendió
por los preciosos ojos de Beatrice, estropeándole el maquillaje que la hacía brillar
de juventud.
- Lo lamento hija, pero ahora eres joven y no sabes
determinadas cosas. Tu juventud es fresca e intensa y eres el centro de todas
las miradas y deseos. Puedes aprovecharlo y divertirte al máximo, pues no
habría nada de malo, salvo opiniones mezquinas y envidiosas. Pero también
ocurrirá que tu juventud se acabe y que vivas el amargo don de la belleza.
- ¿el amargo don de la belleza?
- Si
- ¿qué es lo que quieres decir? ¿desde cuando la belleza es
un amargo don?
Su padre pesó las palabras que iba a decir, para que nada
sonara cruel o estúpido:
- El problema de ser hermosa, es que muchas veces, los
hombres sólo ven belleza. Una presa a la que conquistar y sin mayor valor
añadido. También es cierto, que la belleza a la mujer (como al hombre) le
afecta y le embriaga. Esa mujer deja de fomentar otras aptitudes y muchas veces
destruye su vida por eso. Estar siempre rodeada de gente, siendo el centro de
atención y viéndose colmada de halagos, lleva a un estado en que todo lo demás
deja de tener importancia. Pero esa belleza se acaba y la amistad y el amor,
que se pudieron encontrar durante esos años, no están para ayudar. De ahí que
las chicas que no son tan guapas, encuentren parejas más estables, aunque
muchas veces, todo hay que decirlo, estén con alguien por falta de capacidad de
elección. Desgraciadamente para muchas personas que son conscientes de su
belleza o de su inteligencia, es que consideran como denigrante estar con
alguien que no esté a su altura en ese sentido y se condenan a la más absoluta
infelicidad.
- ¡Yo no haré eso, papá! – gritó ella con desesperación y se
puso a llorar desconsoladamente.
Su padre se acercó a ella, lleno de impotencia y culpa por
no haber sabido decirle las cosas de otra forma.
- ¿por qué tienes que ver siempre el mundo así, papá? – dijo
Beatrice mientras levantaba la mirada para cruzarla con la de su padre.
- El mundo es así, hija mía, pero no por ello deja de ser hermoso.
- ¿entonces por qué me cuentas esas cosas tan horribles?
- Porque forman parte de la vida, pero conociéndolas bien,
se pueden llegar a controlar y entonces, no es tan difícil ser feliz.
- Pues tal como lo dices, pareciera que todo en esta vida es superficial y
carente de sentido – sollozó, mientras su padre intentaba secarle las lágrimas a
ese rostro, tan poco curtido por la vida.
- Eres una chica inteligente y preciosa. Si juegas bien tus
cartas, conseguirás encontrar al amor de tu vida y muchas más cosas si te lo
propones
- ¿tu crees papá?
- Si, por supuesto. Es mi mayor sueño, verte feliz. ¿queda
mucho para que salgas?- le dijo mientras la sonreía con ternura.
- Un par de horas
- ¿ y por qué te maquillabas tan temprano?
- Para estar ya preparada
- ¿quieres dar un paseo con tu padre?
- Por supuesto, dame un minuto y estaré lista – dijo ella
con una espontánea y radiante sonrisa
Al poco rato, caminaban por la gris ciudad, fuertemente agarrados del brazo. Su
padre no paraba de contarle las mismas historias de siempre, de antes de la
guerra. Los sitios donde jugaba, donde creció y maduró. Ella ya se las sabía
todas, pero no dudaba en preguntarle como si fuera la primera vez. Amaba a su
padre por encima de todas las cosas y quería verle siempre feliz. Cualquiera al
verles hubiera pensado que eran un matrimonio. Llegaron al puente. Había músicos
tocando en él, mientras la gente pasaba. Se iba poniendo el sol en aquella
tarde de invierno. Padre e hija se miraron con cariño y observaron el
maravilloso sol, reflejándose en el río, mientras era eclipsado por la luz de
las farolas y
Medio Pollo (c)
El invierno se acabó y fue llegando la primavera. Beatrice, como cualquier
adolescente, adoraba esa estación, tan llena de colorido y vitalidad. Podía
además, ponerse mucho más guapa y sentirse mejor consigo misma.
Su padre le había comprado un vestido precioso, lleno de flores. Aunque lo
normal era ir con pantalones vaqueros, ella disfrutaba con ese toque de
diferenciación, de estilo retro. El vestido moldeaba su figura, sugería más que
provocaba y sabía, que aún así, podía volver locos a los hombres, pues a una
chica guapa, todo le sienta bien.
En las clases, observaba de refilón quien la miraba. Unos como queriendo
comérsela, con decisión. Otros con cierta timidez. Como cualquier otra chica
prefería a los valientes y decididos, los que no se avergonzaban de mirar a una
mujer, pero no podía evitar sentir un cierto cariño por quienes la veían como
algo misterioso e intangible.
Era buena estudiante, había dado solfeo desde los 7 años, los chicos giraban en
torno a ella y sin embargo sentía un enorme desasosiego. Seguía faltándole
algo. Los estudios no le suponían un reto y veía tan fáciles a los chicos que
tampoco la tentaban. El pasado de su padre seguía siendo un misterio y sobre
todo no sabía nada de su madre. La mujer que la había traído al mundo, que
debería haberla educado y amado. Que la hubiera enseñado a ser mujer.
Cada día le reconcomía más todo esto y decidió un día averiguarlo de una vez
por todas. Como su padre apenas tenía vida social, era casi imposible hacer algo
en casa a menos que estuviera en el trabajo. Decidió ausentarse un día de
clase, para poder hacer averiguaciones con calma. Su padre ya se había ido una
hora antes a trabajar y era libre de hacer lo que quisiera en casa. Se dirigió
sin dudarlo a su despacho. Allí tenía una enorme mesa de cajones con cerrojo.
Primero buscó la llave. Sabía, que lo más lógico era, que estuviera en la misma
habitación. Buscó entre los libros más cercanos a la mesa y tras una tediosa
revisión de cada uno de ellos, por fin encontró la llave.
Abrió el cajón con nerviosismo y encontró diferentes papeles. En ellos, se
podía leer una maraña burocrática de adopciones y pruebas de la legitimidad del
padre sobre un recién nacido. Figuraba el nombre de una madre, de origen
extranjero y como declaraba quien era el padre y le encomendaba la custodia.
Todos estos documentos estaban firmados por ella y constataban que deberían ser
tramitados en caso de su defunción.
Hasta ahí nada parecía extraño, salvo que su padre y su madre no debían estar
casados. Casi se alegró pensando, que sencillamente fue un accidente en una
noche de fiesta. Pero siguió indagando y encontró un sobre, bastante arrugado
al igual que la carta que contenía. La carta la escribía una mujer, que contaba
un poco como empezó su vida y como terminó. Lo que la estremeció fue leer nada
más empezar, que era el destinatario quien la había matado*. Se estremeció de
dolor, pero siguió leyendo con lágrimas en los ojos. Tardó poco en descubrir,
que su madre había sido una espía, una asesina, que quiso redimirse y fue
asesinada por su padre.
Rompió a llorar amargamente y sus lágrimas destiñeron algunas letras de la
carta, como ya lo hicieron las de su padre, tantos años atrás. Ahí se quedó,
arrodillada al lado de la mesa, sin parar de llorar, sin entender nada.
Su padre llegó del trabajo y al llegar a su despacho, entendió de golpe lo que
había ocurrido. Los dos se miraron en silencio, pero ella esta vez le
transmitió una mirada distinta, en esos inmensos ojos salpicados por lágrimas. Era
una mirada de odio. Se levantó con lentitud y pasó al lado de su padre sin
decirle nada, encerrándose en su cuarto.
Pero no se quedó quieta, pues esa noche había quedado con todas sus amigas para
salir de fiesta. Se puso más guapa que nunca, sugerente hasta enloquecer a
cualquier hombre. Ninguna podría rivalizar con ella en esa noche. Salió por la
puerta sin preocuparse siquiera dónde estaba su padre, se encontró con sus
amigas y a pesar de su palidez, saludó y sonrió a todas. Se dirigieron a una de
las discotecas más populares de la ciudad. Allí había muchos chicos del
instituto con los que habían quedado. Como en otras noches, sus amigos habían
pillado medio gramo de coca, para cada uno, o como lo llamaban coloquialmente,
medio pollo. Siempre le habían ofrecido y siempre lo había rechazado. Quizás
por cómo la había educado su padre o por su concepción de la vida, consideraba
algo realmente triste buscar la diversión y la felicidad de forma tan
artificial. Sentía náuseas al ver a sus amigos y amigas comportarse de forma
tan ridícula y poco natural, comprobando lo envenenadas que estaban sus
cabezas.
Las reacciones de violencia o llanto, que eran provocadas por los fantasmas
interiores de cada uno. El cambio que suponía en esas personas, a las que
apreciaba y que sacaban lo peor y más oscuro de sus corazones.
Pero esta noche ya todo le daba igual, ya había muerto todo aquello en lo que
creía. Se fue enzarpando con toda calma, mientras las luces y la música
rebotaban en su cabeza. Iba bailando con cada vez más fuerza, más sensualidad.
Los chicos la rodeaban. Jugaba con ellos, les provocaba con miradas y salvajes
movimientos de cadera y pelvis. Sabía que les tenía a su merced, se iba
excitando mientras ellos la agarraban de la cintura y la miraban tan fijamente
a los ojos. También observaba de cuándo en cuándo a los infelices que no se
había atrevido a sacarla a bailar, que miraban con envidia e incluso con cierta
tristeza, pues le constaba que estaban perdidamente enamorados de ella, no sólo
por su belleza. Pero su moral había muerto. Ya todo le era indiferente y le
hacía gracia. Tenía el mundo en sus manos, controlaba a los hombres, al igual
que había hecho su madre. El alcohol, la coca, el baile, la música, las luces,
la lujuria, desbordaban su mente…
De repente, sintió que todo eso no valía nada, sintió náuseas de sí misma al
ver lo que estaba haciendo, se sintió sucia y como un objeto que solo luce su
brillo.
Se le atravesó como un rayo, la imagen de su padre, apuntándola directamente a
la cabeza, desde una ventana. Vio claramente su rostro, lleno de dolor y
decisión, mientras apretaba el gatillo. Cayó de rodillas en medio de la pista
de baile, con un grito de dolor y saltándole las lágrimas de los ojos. La
sacaron rápidamente de la pista, pensando que se había metido demasiado. Ella
rápidamente recuperó la cordura y les dijo que no pasaba nada, pero que
necesitaba irse. Les pidió a todos que se quedaran. Ninguno insistió, pues
preferían seguir con la fiesta y ella había perdido automáticamente todo su atractivo.
Quizás alguno de los chicos más reprimidos hubiera querido, pero no se atrevió.
Salió de la discoteca, con el cuerpo envuelto en sudor, el maquillaje corrido
por las lágrimas y una inmensa taquicardia.
Se dirigió andando hacia su casa y poco a poco se fue relajando. Caminaba por
esas calles vacías y oscuras, pensando en todo y en nada. No conseguía
materializar una idea. Sólo se le aparecían imágenes a gran velocidad. Llegó a
casa. Su padre parecía no estar. Quizás fue a dar uno de sus paseos, aunque
este fuera tan tarde. La verdad es que no le importó. Fue al servicio. Se miró
en el espejo. Por un momento se preguntó si se parecería a su madre…
Con un repentino impulso, rompió el cristal con su cabeza.
Cogió uno de los cristales y se cortó las venas a lo largo del brazo. Mientras
la sangre brotaba, caminó por la casa con la mirada perdida. Encontró el piano,
que su padre compró para que aprendiera. Se puso a tocar “Claro de Luna” de
Beethoven. De su frente caía un hilo de sangre, que se mezclaba con las
lágrimas. A su vez, las venas abiertas de sus brazos, iban salpicando las
teclas del piano, sin que ella se inmutara. La cabeza le daba cada vez más
vueltas, pero seguía tocando. Cuando llegó al final de la pieza, cayó inerte al
suelo.
* Léase Sniper(C)
Medio Pollo (d)
Su padre llegó al poco de caer ella. De alguna forma sabía
que esto ocurriría y entró en la habitación en silencio y sin parecer
inmutarse. Se arrodilló al lado del cuerpo de su hija y lo abrazó con ternura.
Miraba esos preciosos ojos, cerrados, con las pestañas pegadas por la sangre.
Los fríos y delgados brazos, caían lánguidamente entre los suyos. Apenas era
una marioneta en sus brazos. Silenciosas lágrimas caían de su rostro mientras
acariciaba el rostro de su hija de pálida belleza. Nada había tan importante y
hermoso en su vida como su hija, pero no se molestó en llevarla al hospital,
aunque aún tenía algo de pulso. Se limitaba a mesar su pelo en silencio, a
abrazarla y mecerla monótonamente.
Sabía que esto ocurriría, que ella le juzgaría sin piedad. Llevaba años
esperando el momento en que ocurriera. Quiso intentar que ella lo entendiera,
pero no hubo forma. Si ahora ella viviera, tendría para siempre ese odio hacia
su padre y hacia sí misma que la haría permanentemente infeliz. Creía más
correcto que ella muriera, pues es lo que había decidido y tenía que respetar
su decisión.
Él hizo lo correcto en su momento, lo que las circunstancias le obligaron a
hacer. Supo desde el primer instante que la otra posibilidad era inviable, era
incorrecta y le mataría lentamente. No podía estar con la mujer que había
matado a tantos inocentes, que había defendido ideas tan crueles. Y además,
precisamente ella quiso que la matara para redimirse de sus crímenes. Sabía que
había hecho lo que le dictaba su conciencia, por encima de sus emociones, de
sus sentimientos más profundos. Poco importaba lo que él deseaba. Ahí había una
decisión que tomar o jamás podría mirarse a sí mismo a un espejo. Ella le pidió
que la liberara de su tormento y le ofreció el mayor regalo de todos como
agradecimiento…
Una hija, en la que volcar todo su amor, sanar todas las cicatrices de su alma.
Sacar todo lo bueno que podía haber escondido en él.
Pero su hija le había juzgado. Poco importaba todo lo que hizo por mostrarle su
amor, su afecto. Era la persona a la que más quería, a la que más tenía en
cuenta y sin embargo le había juzgado, injustamente a su parecer. Podía
entenderla, podía entender su ira, su frustración cuando le había arrebatado
algo tan preciado como una madre. La quería tanto, que era incapaz de no
entenderla, fuera cual fuera su determinación.
Pero ahí estaba, inerte en sus brazos, en una situación que el destino dictaba
que ocurriría. Sabía que algo así iba a pasar, pero no quiso verlo. Quiso tener
fe una vez más, luchar por algo hermoso, vivir por alguien y para alguien,
después de tanto tiempo de soledad, de amargura, de desprecio por sí mismo y su
entorno. Quiso ser feliz contra el destino impuesto años atrás, quizás desde su
nacimiento. Ahora lo había perdido todo una vez más, pero esta era la
definitiva.
Jamás volvería a amar a nadie, jamás buscaría amistad. Ahora todo sería mera
supervivencia hasta que llegara el día de su muerte. Asumió que la felicidad
era imposible para él, que estaba destinada a otros. Que el mundo solo le
podría ofrecer apenas unos placeres materiales. Ya no volvería a creer en
nadie, ni a esperar nada de las personas. La vida es así, pensó. Y ya sería
incapaz de sentir piedad, pues es lo que le atormentó durante toda su vida. Sin
conciencia no había culpa. Y si había dejado morir a su hija en sus brazos ya
nada le importaría.
Durante tres días, estuvo abrazado al cuerpo de su hija en la penumbra, sin
emitir un gemido o un lamento. La enterró en el jardín, en el que tanto trabajo
puso. Plantó hermosas flores alrededor, que florecieron con la misma frescura
que ella una vez tuvo.
Nadie volvió a verle más.
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