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Medio Pollo

bor

Autor bor

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Publicado el 19/02/2008 | 84 Visitas | 0 Comentario(s)


Medio Pollo

 

Medio Pollo (a)

Amanecía en una ciudad, aún un tanto en ruinas. Los árboles de las calles estaban todos quemados y de los edificios, apenas quedaban unas paredes. Se podían ver diversas sombras moviéndose por las calles y las ruinas, en un lento y fatigoso caminar, hacia sus diversos destinos.

Poco a poco, los nuevos edificios fueron apareciendo. Con el paso de los años, la ciudad se reconstruyó, sin mucha belleza, pero de forma constante. Volvían a aparecer la vida, los comercios y las fiestas. Cada cual intentaba sobrevivir en el nuevo orden.

Muchos eran los que se resistían a adaptarse y preferían volver a los bosques o enrolarse en el ejército. La guerra había sido su vida y no entendían otra cosa que matar.

En un barrio cualquiera, había una preciosa casita, construida de forma, casi artesanal, por un hombre. Tuvo algunos amigos para ayudarle. Los pocos que sobrevivieron al conflicto y también, aquellos que le querían ayudar por considerarle un héroe.

Muchos otros en cambio, le miraban con desconfianza. Se decían a sí mismos, que debía ser un hombre vil. Era la única forma, de ocultar la vergüenza en sus corazones. Vergüenza, por haberse escondido cuando tenían que luchar, por estar vivos gracias a su cobardía. No era, en efecto, una vida fácil para el veterano. Pronto la gente se olvidaba de sus méritos y se preocupaba de sus propios asuntos.

Él, no quiso quedarse con los brazos cruzados tras la guerra. A pesar de sus distintas lesiones, decidió trabajar muy duro. Ya fuera porque recibía una pensión miserable, o por mera cuestión de orgullo, se dirigía a trabajar a la fábrica todos los días, donde trabajaba más de diez horas.

Tenía una hija de unos dieciséis años, ciertamente bonita y de inteligentes ojos.

Como un padre más, se desvivía por ella. A pesar de llegar muy cansado del trabajo y notar distintos dolores en los órganos que nunca cicatrizaron, no dudaba en trabajar el jardín, para que su hija estuviera rodeada de preciosos árboles y flores. Quería que su entorno fuera lo más alegre posible. Para que ella no pensara, ni viera los horrores de este mundo y quizás, para él poder olvidar, los suyos.

Desgraciadamente, no podía dedicarle todo el tiempo que deseara, y ella mayoritariamente había pasado el tiempo en la escuela o a cargo de alguna vecina, que recibía un dinero por su ayuda. Seguían siendo tiempos difíciles.

Sin embargo, hacía lo imposible por estar todo el tiempo posible con ella. Desde muy pequeña, le leía innumerables cuentos, para despertar su fantasía y curiosidad. Participaba en todos sus juegos y nunca le replicaba que estuviera demasiado cansado. Como tantos otros, pensaba que su hija era lo más importante, la razón de su existencia. Procuró no ser demasiado inflexible, pero tampoco quería malcriarla y consiguió que ella acatara y entendiera ciertas normas.

Ella le adoraba y sabía que tenía al mejor padre del mundo. Pero como él no podía estar siempre en casa, había aprendido a comportarse de forma muy independiente, y a pesar de no ser desobediente, sí que tomaba sus propias decisiones acerca de multitud de cosas. Su padre estaba encantado con esa predisposición, porque, aunque consideraba que la inocencia tenía cierta belleza, sabía que cuánto antes madurara, de forma natural, mejor soportaría las cosas que le pudieran ocurrir.

Llamó a su hija, Beatrice, en recuerdo de la Divina Comedia de Dante Alighieri. En la obra, Beatrice, era la esposa de Dante, que baja a los infiernos a buscarla. Ella representa la búsqueda de Dios, de lo bueno que hay en cada hombre. A él le gustaba ese nombre y sabía que podría salvarse a sí mismo siendo bueno con su hija y muriendo por ella, si era necesario. No era una cuestión de fe, sino de conciencia. Una búsqueda para redimirse ante sí mismo y alcanzar la felicidad.

Tenía en su conciencia, demasiadas cargas, y su entorno le daba pocas razones para estar contento. Había luchado por ideas vacías y por personas vacías. Todo lo que le rodeaba era mediocridad y miseria moral. Una opresión distinta, que se aprovechaba del sacrificio de muchos que ya no estaban. Se dirigía cada día a un trabajo duro y poco gratificante, dónde no se recompensaba el esfuerzo ni la integridad personal. Todo eran apariencias. Ciertamente los mejores, habían muerto y sólo quedó la escoria, con la que había que convivir y que heredaba lo que otros consiguieron con su sangre.

Heredaron poco más que un país en ruinas, con gobernantes cínicos y corruptos, que se enriquecían a costa de la miseria del pueblo. Pero un alto porcentaje el pueblo en sí, era cínico y vil. Sólo pensaban en sí mismos, a pesar de haber presenciado tanto honor y sacrificio.

Para él, todo eso ya no tenía importancia, pues sólo le importaba su querida Beatrice. Ningún sacrificio era lo suficientemente alto, mientras a ella la viera feliz, progresando cada día para ser una gran mujer. Todas las noches, intentaba sacar algo de tiempo para leer. Su hija era consciente de lo cansado que estaba y de lo mucho que trabajaba, por lo que intentaba aligerar las tareas de la casa, aunque él fuera incapaz de quedarse sentado viéndola trabajar. Pero gracias a esa colaboración íntima y voluntariosa, podía él tener breves momentos de placer, leyendo sus adorados libros, en los que se ensimismaba, cada noche, frente a la chimenea.

Procuraba contarle, siempre a su hija, alguna idea o lección moral que hubiera sacado esa noche. Así su educación era constante y la estimulaba para que aprendiera de todo cuánto la rodeaba.

Ella a su vez, también leía mucho, aunque lo compaginaba con una intensa vida social, pues era de carácter vivaz y aprovechaba su tiempo como mejor podía.

Su padre en cambio, se había convertido en un completo misántropo. Ayudaba siempre que podía a sus vecinos, pero tampoco procuraba intimar con nadie. Parecía que las personas le dieran pavor y solo hiciera cosas por ellas, por mera cuestión de bondad.

A su hija siempre le extrañó que su padre fuera así, pero lo asumía y procuraba no preguntarle, pues veía lo tenso que se ponía. Pero era de carácter inquieto y algunos días su curiosidad era más fuerte que el amor hacia su padre.

Un día, él estaba, como de costumbre, leyendo en silencio, en su sillón, en frente del fuego. Ella, a su vez, hacía como que leía en el tresillo, pero no paraba de mirar a su padre, el modelo de virilidad de su vida. Contemplaba las manos que sostenían el libro, llenas de cicatrices, al igual que su rostro. Contrastaba ese aspecto, con el de una persona cultivada, pues más bien parecía un labriego, curtido bajo el sol y el trabajo duro. Era esa quizás, la razón por la que, pocos chicos le gustaban en el instituto. Eran demasiado delicados, criados entre almohadas. Les faltaba carácter, orgullo, valor. Tenían un aire amaestrado y amanerado, de comportarse, que les funcionaba muy bien con bastantes chicas. Pero para ella, no eran hombres, no encontraba en ellos esa persona opuesta que la completara. Quizás de tanto leer, o de la educación de su padre, diferenciaba bastante bien lo que quería de lo que no. Y muchas cosas, que pudieran parecer atractivas, para ella eran bagatelas. Estaba muy por encima de sus amigas y sus amigos, en la percepción de ciertas cosas, pero eso no le impedía divertirse como la que más, pues se adaptaba al carácter de los que la rodeaban. La vida de su padre estaba llena de misterios y más aún porque nunca hablaba de su madre. Por fin un día le preguntó:

- Papá

- Dime, hija

- ¿cómo murió mamá?

El rostro de su padre se contrajo, resaltando si cabe, los marcados rasgos de su rostro. Las manos se le pusieron a temblar ligeramente y tratando de disimular un tartamudeo, dijo:

- ¿por qué me preguntas eso ahora?

- Porque llevas todos estos años evitando contármelo y ya voy teniendo edad

- ¿tú crees?

- Si

Él suspiró intentando contener unas lágrimas y respondió:

- Hay cosas, que es mejor que no sepas

- Creo que tengo derecho a saberlas, papá

- Cuando seas mayor

- Ya tengo suficiente edad – dijo ella con un cierto aire osado

- Para determinadas cosas, creo que nunca se tiene suficiente edad

- Por favor, papá dímelo.

- Tu madre murió, luchando por su país, murió para salvarme.

- Cuéntame más.

- Eso es todo – dijo tajante, su padre

- Por favor

- ¡No puedo decirte más! ¡Es suficiente!

- ¡Tengo derecho a saberlo! – gritó ella

- ¡Ya te lo he dicho todo! ¡Deja el tema ahora mismo!

- ¡No!

- ¡ Por favor, hija! ¡Basta!.

Su padre se arrodilló consternado, dejando caer el libro y rompiendo a llorar. Ella se acercó corriendo a él y le abrazó, llorando a su vez.

- Lo siento papá. Te pido mil perdones. No te lo volveré a preguntar.

- Tienes derecho saberlo, hija mía, pero aún no puedo contártelo… me odiarías.

- No importa Papá. No quiero hacerte más daño. Siento mucho lo que he hecho.

- No te preocupes. Te quiero

Abrazó a su hija, con fuerza, llorando sobre su hombro. El hombre valiente, el padre afectuoso y decidido, que era su completa referencia como persona, se convirtió por un momento, en un hijo necesitado de cariño y ella en una madre.

 

Medio pollo (b)

Era un viernes por la tarde. Beatrice estaba como cada fin de semana, preparándose para salir con sus amigas. Con sumo detenimiento y calmal, se observaba cerca del espejo de su tocador, mientras iba maquillándose con cuidado. Su padre la miraba en silencio. Cada día estaba más hermosa y la inteligencia de sus ojos, resaltaba la radiante belleza de su rostro. Por un lado la veía con ternura y orgullo, pero por otro se entristecía y preocupaba al mismo tiempo. Si hija lo notó al instante:

- ¿qué te ocurre papá?

- Nada. ¿por qué lo preguntas?

- Me miras de una forma triste, como otras veces. ¿no te parezco bonita?

- Mucho y lo sabes. De todos modos, soy tu padre y sería incapaz de verte de otra forma

- ¿entonces por qué me miras así?

- No estoy seguro. Quizás porque me preocupas

- ¿preocuparte yo? – respondió con una risita algo pícara

- Si

- ¿por si me acuesto con alguien, como pasa con todos los padres?

- No exactamente. Te eduqué de forma que pensaras que no tiene nada de mala la sexualidad.

- ¿entonces qué te ocurre?

- Temo que te entregues por amor y no por placer

Beatrice, dejó por un momento de maquillarse y le miró extrañada, reflexionando. Por fin dijo con lentitud y quizás una cierta sorpresa

- Esa respuesta no me la esperaba. ¿acaso no es como debieran ser el amor y el sexo? ¿algo que va siempre unido?
- No a tu edad, hija mía. Ese es el problema. Muchas chicas no se entregan únicamente por placer o deseo. Lo hacen porque creen dar algo especial a quien aman.
- ¿qué tiene eso de malo?

- A partir de cierta edad nada. Pero ahora no sabéis realmente lo que es el amor y lo confundís con deseo. Mucha gente lo hace toda su vida. Pero cuando os dais cuenta de que vuestro chico no os amaba, vuestro mundo se derrumba y podéis llegar a odiar a los hombres.

- ¿es que son todos tan malos, papá? – dijo ella conteniendo una lágrima

- No es que sean malos, sino que no saben lo que quieren y a esa edad les vence el deseo. En cambio, los que son sensibles y buenos, no tendrán el suficiente atractivo porque carecerán de seguridad. Una persona enamorada se muestra débil y respetuosa. Alguien que sólo ve a la mujer como un objeto, demuestra seguridad, precisamente porque la chica no le importa lo más mínimo y puede prescindir de ella si se equivoca.

- Lo que dices es muy triste papa – Una lágrima descendió por los preciosos ojos de Beatrice, estropeándole el maquillaje que la hacía brillar de juventud.

- Lo lamento hija, pero ahora eres joven y no sabes determinadas cosas. Tu juventud es fresca e intensa y eres el centro de todas las miradas y deseos. Puedes aprovecharlo y divertirte al máximo, pues no habría nada de malo, salvo opiniones mezquinas y envidiosas. Pero también ocurrirá que tu juventud se acabe y que vivas el amargo don de la belleza.

- ¿el amargo don de la belleza?

- Si

- ¿qué es lo que quieres decir? ¿desde cuando la belleza es un amargo don?

Su padre pesó las palabras que iba a decir, para que nada sonara cruel o estúpido:

- El problema de ser hermosa, es que muchas veces, los hombres sólo ven belleza. Una presa a la que conquistar y sin mayor valor añadido. También es cierto, que la belleza a la mujer (como al hombre) le afecta y le embriaga. Esa mujer deja de fomentar otras aptitudes y muchas veces destruye su vida por eso. Estar siempre rodeada de gente, siendo el centro de atención y viéndose colmada de halagos, lleva a un estado en que todo lo demás deja de tener importancia. Pero esa belleza se acaba y la amistad y el amor, que se pudieron encontrar durante esos años, no están para ayudar. De ahí que las chicas que no son tan guapas, encuentren parejas más estables, aunque muchas veces, todo hay que decirlo, estén con alguien por falta de capacidad de elección. Desgraciadamente para muchas personas que son conscientes de su belleza o de su inteligencia, es que consideran como denigrante estar con alguien que no esté a su altura en ese sentido y se condenan a la más absoluta infelicidad.

- ¡Yo no haré eso, papá! – gritó ella con desesperación y se puso a llorar desconsoladamente.

Su padre se acercó a ella, lleno de impotencia y culpa por no haber sabido decirle las cosas de otra forma.

- ¿por qué tienes que ver siempre el mundo así, papá? – dijo Beatrice mientras levantaba la mirada para cruzarla con la de su padre.

- El mundo es así, hija mía, pero no por ello deja de ser hermoso.
- ¿entonces por qué me cuentas esas cosas tan horribles?

- Porque forman parte de la vida, pero conociéndolas bien, se pueden llegar a controlar y entonces, no es tan difícil ser feliz.


- Pues tal como lo dices, pareciera que todo en esta vida es superficial y carente de sentido – sollozó, mientras su padre intentaba secarle las lágrimas a ese rostro, tan poco curtido por la vida.

- Eres una chica inteligente y preciosa. Si juegas bien tus cartas, conseguirás encontrar al amor de tu vida y muchas más cosas si te lo propones

- ¿tu crees papá?

- Si, por supuesto. Es mi mayor sueño, verte feliz. ¿queda mucho para que salgas?- le dijo mientras la sonreía con ternura.

- Un par de horas

- ¿ y por qué te maquillabas tan temprano?

- Para estar ya preparada

- ¿quieres dar un paseo con tu padre?

- Por supuesto, dame un minuto y estaré lista – dijo ella con una espontánea y radiante sonrisa


Al poco rato, caminaban por la gris ciudad, fuertemente agarrados del brazo. Su padre no paraba de contarle las mismas historias de siempre, de antes de la guerra. Los sitios donde jugaba, donde creció y maduró. Ella ya se las sabía todas, pero no dudaba en preguntarle como si fuera la primera vez. Amaba a su padre por encima de todas las cosas y quería verle siempre feliz. Cualquiera al verles hubiera pensado que eran un matrimonio. Llegaron al puente. Había músicos tocando en él, mientras la gente pasaba. Se iba poniendo el sol en aquella tarde de invierno. Padre e hija se miraron con cariño y observaron el maravilloso sol, reflejándose en el río, mientras era eclipsado por la luz de las farolas y la Luna.

 

Medio Pollo (c)


El invierno se acabó y fue llegando la primavera. Beatrice, como cualquier adolescente, adoraba esa estación, tan llena de colorido y vitalidad. Podía además, ponerse mucho más guapa y sentirse mejor consigo misma.
Su padre le había comprado un vestido precioso, lleno de flores. Aunque lo normal era ir con pantalones vaqueros, ella disfrutaba con ese toque de diferenciación, de estilo retro. El vestido moldeaba su figura, sugería más que provocaba y sabía, que aún así, podía volver locos a los hombres, pues a una chica guapa, todo le sienta bien.
En las clases, observaba de refilón quien la miraba. Unos como queriendo comérsela, con decisión. Otros con cierta timidez. Como cualquier otra chica prefería a los valientes y decididos, los que no se avergonzaban de mirar a una mujer, pero no podía evitar sentir un cierto cariño por quienes la veían como algo misterioso e intangible.
Era buena estudiante, había dado solfeo desde los 7 años, los chicos giraban en torno a ella y sin embargo sentía un enorme desasosiego. Seguía faltándole algo. Los estudios no le suponían un reto y veía tan fáciles a los chicos que tampoco la tentaban. El pasado de su padre seguía siendo un misterio y sobre todo no sabía nada de su madre. La mujer que la había traído al mundo, que debería haberla educado y amado. Que la hubiera enseñado a ser mujer.
Cada día le reconcomía más todo esto y decidió un día averiguarlo de una vez por todas. Como su padre apenas tenía vida social, era casi imposible hacer algo en casa a menos que estuviera en el trabajo. Decidió ausentarse un día de clase, para poder hacer averiguaciones con calma. Su padre ya se había ido una hora antes a trabajar y era libre de hacer lo que quisiera en casa. Se dirigió sin dudarlo a su despacho. Allí tenía una enorme mesa de cajones con cerrojo. Primero buscó la llave. Sabía, que lo más lógico era, que estuviera en la misma habitación. Buscó entre los libros más cercanos a la mesa y tras una tediosa revisión de cada uno de ellos, por fin encontró la llave.
Abrió el cajón con nerviosismo y encontró diferentes papeles. En ellos, se podía leer una maraña burocrática de adopciones y pruebas de la legitimidad del padre sobre un recién nacido. Figuraba el nombre de una madre, de origen extranjero y como declaraba quien era el padre y le encomendaba la custodia. Todos estos documentos estaban firmados por ella y constataban que deberían ser tramitados en caso de su defunción.
Hasta ahí nada parecía extraño, salvo que su padre y su madre no debían estar casados. Casi se alegró pensando, que sencillamente fue un accidente en una noche de fiesta. Pero siguió indagando y encontró un sobre, bastante arrugado al igual que la carta que contenía. La carta la escribía una mujer, que contaba un poco como empezó su vida y como terminó. Lo que la estremeció fue leer nada más empezar, que era el destinatario quien la había matado*. Se estremeció de dolor, pero siguió leyendo con lágrimas en los ojos. Tardó poco en descubrir, que su madre había sido una espía, una asesina, que quiso redimirse y fue asesinada por su padre.
Rompió a llorar amargamente y sus lágrimas destiñeron algunas letras de la carta, como ya lo hicieron las de su padre, tantos años atrás. Ahí se quedó, arrodillada al lado de la mesa, sin parar de llorar, sin entender nada.
Su padre llegó del trabajo y al llegar a su despacho, entendió de golpe lo que había ocurrido. Los dos se miraron en silencio, pero ella esta vez le transmitió una mirada distinta, en esos inmensos ojos salpicados por lágrimas. Era una mirada de odio. Se levantó con lentitud y pasó al lado de su padre sin decirle nada, encerrándose en su cuarto.
Pero no se quedó quieta, pues esa noche había quedado con todas sus amigas para salir de fiesta. Se puso más guapa que nunca, sugerente hasta enloquecer a cualquier hombre. Ninguna podría rivalizar con ella en esa noche. Salió por la puerta sin preocuparse siquiera dónde estaba su padre, se encontró con sus amigas y a pesar de su palidez, saludó y sonrió a todas. Se dirigieron a una de las discotecas más populares de la ciudad. Allí había muchos chicos del instituto con los que habían quedado. Como en otras noches, sus amigos habían pillado medio gramo de coca, para cada uno, o como lo llamaban coloquialmente, medio pollo. Siempre le habían ofrecido y siempre lo había rechazado. Quizás por cómo la había educado su padre o por su concepción de la vida, consideraba algo realmente triste buscar la diversión y la felicidad de forma tan artificial. Sentía náuseas al ver a sus amigos y amigas comportarse de forma tan ridícula y poco natural, comprobando lo envenenadas que estaban sus cabezas.
Las reacciones de violencia o llanto, que eran provocadas por los fantasmas interiores de cada uno. El cambio que suponía en esas personas, a las que apreciaba y que sacaban lo peor y más oscuro de sus corazones.
Pero esta noche ya todo le daba igual, ya había muerto todo aquello en lo que creía. Se fue enzarpando con toda calma, mientras las luces y la música rebotaban en su cabeza. Iba bailando con cada vez más fuerza, más sensualidad. Los chicos la rodeaban. Jugaba con ellos, les provocaba con miradas y salvajes movimientos de cadera y pelvis. Sabía que les tenía a su merced, se iba excitando mientras ellos la agarraban de la cintura y la miraban tan fijamente a los ojos. También observaba de cuándo en cuándo a los infelices que no se había atrevido a sacarla a bailar, que miraban con envidia e incluso con cierta tristeza, pues le constaba que estaban perdidamente enamorados de ella, no sólo por su belleza. Pero su moral había muerto. Ya todo le era indiferente y le hacía gracia. Tenía el mundo en sus manos, controlaba a los hombres, al igual que había hecho su madre. El alcohol, la coca, el baile, la música, las luces, la lujuria, desbordaban su mente…
De repente, sintió que todo eso no valía nada, sintió náuseas de sí misma al ver lo que estaba haciendo, se sintió sucia y como un objeto que solo luce su brillo.
Se le atravesó como un rayo, la imagen de su padre, apuntándola directamente a la cabeza, desde una ventana. Vio claramente su rostro, lleno de dolor y decisión, mientras apretaba el gatillo. Cayó de rodillas en medio de la pista de baile, con un grito de dolor y saltándole las lágrimas de los ojos. La sacaron rápidamente de la pista, pensando que se había metido demasiado. Ella rápidamente recuperó la cordura y les dijo que no pasaba nada, pero que necesitaba irse. Les pidió a todos que se quedaran. Ninguno insistió, pues preferían seguir con la fiesta y ella había perdido automáticamente todo su atractivo. Quizás alguno de los chicos más reprimidos hubiera querido, pero no se atrevió. Salió de la discoteca, con el cuerpo envuelto en sudor, el maquillaje corrido por las lágrimas y una inmensa taquicardia.
Se dirigió andando hacia su casa y poco a poco se fue relajando. Caminaba por esas calles vacías y oscuras, pensando en todo y en nada. No conseguía materializar una idea. Sólo se le aparecían imágenes a gran velocidad. Llegó a casa. Su padre parecía no estar. Quizás fue a dar uno de sus paseos, aunque este fuera tan tarde. La verdad es que no le importó. Fue al servicio. Se miró en el espejo. Por un momento se preguntó si se parecería a su madre…
Con un repentino impulso, rompió el cristal con su cabeza.
Cogió uno de los cristales y se cortó las venas a lo largo del brazo. Mientras la sangre brotaba, caminó por la casa con la mirada perdida. Encontró el piano, que su padre compró para que aprendiera. Se puso a tocar “Claro de Luna” de Beethoven. De su frente caía un hilo de sangre, que se mezclaba con las lágrimas. A su vez, las venas abiertas de sus brazos, iban salpicando las teclas del piano, sin que ella se inmutara. La cabeza le daba cada vez más vueltas, pero seguía tocando. Cuando llegó al final de la pieza, cayó inerte al suelo.

* Léase Sniper(C)

 

Medio Pollo (d)

Su padre llegó al poco de caer ella. De alguna forma sabía que esto ocurriría y entró en la habitación en silencio y sin parecer inmutarse. Se arrodilló al lado del cuerpo de su hija y lo abrazó con ternura. Miraba esos preciosos ojos, cerrados, con las pestañas pegadas por la sangre. Los fríos y delgados brazos, caían lánguidamente entre los suyos. Apenas era una marioneta en sus brazos. Silenciosas lágrimas caían de su rostro mientras acariciaba el rostro de su hija de pálida belleza. Nada había tan importante y hermoso en su vida como su hija, pero no se molestó en llevarla al hospital, aunque aún tenía algo de pulso. Se limitaba a mesar su pelo en silencio, a abrazarla y mecerla monótonamente.
Sabía que esto ocurriría, que ella le juzgaría sin piedad. Llevaba años esperando el momento en que ocurriera. Quiso intentar que ella lo entendiera, pero no hubo forma. Si ahora ella viviera, tendría para siempre ese odio hacia su padre y hacia sí misma que la haría permanentemente infeliz. Creía más correcto que ella muriera, pues es lo que había decidido y tenía que respetar su decisión.
Él hizo lo correcto en su momento, lo que las circunstancias le obligaron a hacer. Supo desde el primer instante que la otra posibilidad era inviable, era incorrecta y le mataría lentamente. No podía estar con la mujer que había matado a tantos inocentes, que había defendido ideas tan crueles. Y además, precisamente ella quiso que la matara para redimirse de sus crímenes. Sabía que había hecho lo que le dictaba su conciencia, por encima de sus emociones, de sus sentimientos más profundos. Poco importaba lo que él deseaba. Ahí había una decisión que tomar o jamás podría mirarse a sí mismo a un espejo. Ella le pidió que la liberara de su tormento y le ofreció el mayor regalo de todos como agradecimiento…
Una hija, en la que volcar todo su amor, sanar todas las cicatrices de su alma. Sacar todo lo bueno que podía haber escondido en él.
Pero su hija le había juzgado. Poco importaba todo lo que hizo por mostrarle su amor, su afecto. Era la persona a la que más quería, a la que más tenía en cuenta y sin embargo le había juzgado, injustamente a su parecer. Podía entenderla, podía entender su ira, su frustración cuando le había arrebatado algo tan preciado como una madre. La quería tanto, que era incapaz de no entenderla, fuera cual fuera su determinación.
Pero ahí estaba, inerte en sus brazos, en una situación que el destino dictaba que ocurriría. Sabía que algo así iba a pasar, pero no quiso verlo. Quiso tener fe una vez más, luchar por algo hermoso, vivir por alguien y para alguien, después de tanto tiempo de soledad, de amargura, de desprecio por sí mismo y su entorno. Quiso ser feliz contra el destino impuesto años atrás, quizás desde su nacimiento. Ahora lo había perdido todo una vez más, pero esta era la definitiva.
Jamás volvería a amar a nadie, jamás buscaría amistad. Ahora todo sería mera supervivencia hasta que llegara el día de su muerte. Asumió que la felicidad era imposible para él, que estaba destinada a otros. Que el mundo solo le podría ofrecer apenas unos placeres materiales. Ya no volvería a creer en nadie, ni a esperar nada de las personas. La vida es así, pensó. Y ya sería incapaz de sentir piedad, pues es lo que le atormentó durante toda su vida. Sin conciencia no había culpa. Y si había dejado morir a su hija en sus brazos ya nada le importaría.
Durante tres días, estuvo abrazado al cuerpo de su hija en la penumbra, sin emitir un gemido o un lamento. La enterró en el jardín, en el que tanto trabajo puso. Plantó hermosas flores alrededor, que florecieron con la misma frescura que ella una vez tuvo.
Nadie volvió a verle más.

 



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