Estaba poniendo la mesa cuando oí el ruido de un
coche que se detenía a la puerta y salí corriendo a recibirles. Mi
cuñada fue la primera que me abrazó. Carlos se bajó después y también él
me acogió en sus brazos con cariño. Me dijeron lo que ya esperaba, que
tenía buen aspecto, que me encontraban muy bien. Sabía que les había
impactado verme con el pañuelo y la cara demacrada, pero se guardaron
muy bien de decir nada que no fuera agradable o que me hiciese sentir
mal.
Nos sentamos a comer y me pusieron al día en las novedades de los
conocidos en común que compartíamos, pero ni yo les pregunté por Arturo
ni ellos me hablaron de él. Tampoco yo quise hablarles de Daniel en
aquella primera comida, ni de mi hermano. La verdad es que eran
demasiadas novedades, y no quería contarlas de golpe. Pero fue Elia la
que me preguntó por Daniel, aún sin saber su nombre ni nada de él; para
ella era simplemente mi inquilino.
-¿Dónde has escondido a tu inquilino? ¿Es un viejo repelente, o
demasiado feo para mostrarlo? ¿O es terriblemente maleducado y no tiene
modales en la mesa?
-Pues ninguna de las tres cosas. Tiene 42 años, con lo cual no podemos
decir que sea viejo, ¿no? No es feo, sino todo lo contrario, o por lo
menos esa es mi opinión. Y es muy educado.
-¿Entonces? ¿Tiene alergia a los desconocidos?
-Todo es bastante más simple. Está de viaje y no regresará hasta dentro de tres o cuatro días. Ya le conoceréis.
-¿Y tiene nombre?
-Si, se llama Daniel. Daniel Mendoza-aclaré. Y es periodista, por si me vas a preguntar a qué se dedica.
-Discúlpala. Ya sabes que el defecto de mi hija ha sido siempre querer estar enterada de todo.
-No hay nada que ocultar-le dije, encogiéndome de hombros.
Elia me dijo que estaba agotada de tanto conducir, que se iba a dormir
una siesta. Cuando me pidió una pastilla para el dolor de cabeza, le
dije que la cogiese en mi baño. Y apenas había salido hacia mi cuarto
cuando me di cuenta de que las cosas de Daniel eran más que visibles
allí.
-Perdona, puede que no encuentre las pastillas; la ayudaré-me disculpé con Carlos.
Cuando llegué ya era tarde, había entrado en mi cuarto y en el baño. La
presencia de Daniel quedaba patente por todas partes; ropa suya colgada
en el armario, con las puertas entreabiertas, artículos de aseo
masculino al lado de mis botes de crema. Elia se giró para mirarme, con
aire de sorpresa.
-No quería decírtelo de sopetón. Tenía pensado hacerlo mañana o pasado.
-¿Es lo que estoy pensando?
-No sé lo que estás pensando, Elia, pero seguramente si.
-¿Te has liado con el periodista?
Creo que me puse colorada; pero intenté calmarme y hablar con firmeza.
-Yo no lo diría así, exactamente. No me he liado con él.
-Pero te acuestas con él.
No me ofendía su manera de hablar, porque más que cuñadas éramos amigas,
y sabía que si me preguntaba tan directamente era porque se preocupaba
por mi.
-Si, nos acostamos por primera vez hace tres noches. Pero te repito que
no estamos liados. Nos queremos. Así de simple, y de complicado.
-Pues me alegro por ti.
-¿No te parece que estoy loca?
-¿Por qué? Más bien me muero de envidia.
-Soy mayor que él; hace apenas un mes que tengo el divorcio, de tu
hermano, por si no lo recuerdas, y me acaban de sacar un pecho. ¿Alguien
da más?
Movió la mano como desechando todo lo que le había dicho.
-Bobadas. Tienes perfecto derecho a rehacer tu vida, y conociéndote, si le quieres será porque se lo merece.
-Sólo te diré que él ha hecho más por mi en apenas cuatro meses que
Arturo en más de veinte años. Ahora, ¿cuándo se lo digo a tu padre?
-Ahora-me dijo, saliendo de la habitación. Yo necesito dormir o me caeré
redonda. Tomaos un café con calma y se lo cuentas. Mi padre nunca se
asombra por nada, ya lo sabes.
Deseé que fuese así. Al fin y al cabo, Arturo era su hijo
Le propuse a Carlos que tomásemos el café en el jardín. Dentro de un par
de horas ya haría frío, pero de momento el sol lucía y se estaba bien.
Llevamos las cosas a la mesa y nos sentamos. Se respiraba calma; el
único ruido eran los pájaros trinando entre los árboles del monte
cercano.
-No me has preguntado por Arturo-me dijo, mirándome fijamente.
-No, no lo he hecho.
-Tal vez porque estáis en contacto o porque no te interesa en absoluto.
La conversación había empezado de una manera que yo no había esperado.
Bebí un sorbo de café. De repente, aunque la temperatura se mantenía
agradable, empecé a sentir algo de frío.
-Arturo me llamó dos días después de la operación, para interesarse por
cómo habían ido las cosas; pero la conversación fue demasiado envarada.
Resulta penoso que después de tantos años juntos no tengamos apenas que
decirnos. Desde entonces no hemos vuelto a hablar. Andrés, su compañero,
que fue quien llevó el divorcio, era quien se ponía siempre en contacto
conmigo.
-No sabes, entonces, que esa chica se ha ido a vivir a vuestra casa.
-A la casa de tu hijo-puntualicé. No, no lo sabía, aunque no puedo decir que me extrañe; es más, lo veo natural.
Ahora fue mi suegro quien dio un sorbo a su café. Miró hacia el
monasterio, con gesto cansado. Por primera vez le ví viejo, triste.
-Pero creo que no le hará feliz. No es la mujer adecuada para él. No sé
porque te dejó marchar y porque tú no luchaste para salvar tu
matrimonio.
-¿Qué matrimonio? No se qué entiendes tú con esa palabra, pero tu hijo y
yo llevábamos dos años sin compartir la cama, sin hablar apenas, sin
tener una relación normal. Lo de Paula, sumado a saber que tenía cáncer,
fue lo que colmó el vaso; pero desde hacía bastante tiempo sabía que
Arturo se veía con otras mujeres.
Carlos pareció sorprenderse; y yo lo entendía. Los padres nunca
conocemos a nuestros hijos, y esos atisbos de lo que pueden ser y no nos
muestran, llenan nuestro corazón de congoja, de zozobra.
-¿Sabes? Yo también le fui infiel a mi mujer, en una ocasión. Duró poco, pero estuve a punto de dejarlo todo por ella.
Ahora fui yo la sorprendida. Carlos había sido siempre para mi el
prototipo de hombre perfecto, del buen esposo y padre. Pero eso venía a
demostrar hasta que punto lo desconocemos casi todo de las personas
cercanas. No le pregunté nada; si él quería decir algo más, lo haría.
-Era una señora viuda, de mi edad, más o menos, cuando yo tenía ya más
de cincuenta años. Vino a mi despacho para que le diseñase una casa en
la playa. Ella estaba sola, y yo supongo que me aburría algo con
Leticia, a pesar de que la quería mucho.
-¿Cuánto duró?
-Cuatro meses, tal vez cinco.
-¿Y se enteró Leticia?
-Nunca llegó a saber quien era ella, pero si, sabía que había otra
persona. Me lo dijo de manera sutil, ya sabes como era. Y también me
amenazó, veladamente, con recoger sus cosas y marcharse si aquello no se
acababa.
-Y tú le pusiste fin.
Asintió con la cabeza, sin decir nada. Y los dos nos quedamos callados
un buen rato. Serví café de nuevo y tomé aire para enfrentar la realidad
y dejar clara mi postura.
-Hay una diferencia entre lo que me has contado y mi historia, Carlos.
Entre vosotros quedaba algo, porque los dos intentasteis arreglarlo.
Pero ni Arturo ni yo teníamos ganas de prolongar una situación perdida
de antemano.
-Bien, si es así, ¿Qué puedo decir? Sólo que lo entiendo, y que tenéis
derecho a ser felices cada uno por vuestro lado. Aunque te repito que mi
hijo no va a ser feliz; al menos no con esta muchacha. Pero-dijo
después de una pausa-creo que tú eres muy feliz. ¿Me equivoco?
-Lo soy, a pesar de todo. Todavía no estoy curada, me queda mucho
camino, y tengo una espada pendiendo sobre mi cabeza. Pero estoy pasando
la mejor etapa de mi vida.
-Y eso tiene que ver con un hombre, creo.
-Si-le dije simplemente.
Se levantó para coger dentro el paquete de cigarrillos. Siempre había
fumado, y lo único que habíamos conseguido sus hijos y yo, era que lo
hiciese al aire libre, para no dañarnos a los demás. Me imagino que sus
pulmones ya estarían afectados, pero él parecía gozar de buena salud.
Encendió el cigarrillo con parsimonia, y cuando ya se había fumado más
de la mitad, habló de nuevo.
-Y creo no equivocarme si pienso que ese hombre es el tal Daniel Mendoza, el misterioso inquilino.
-No, no te equivocas; pero no pensé que fueses tan perspicaz, suegro.
Se rió, supongo que le hacía gracia estar hablando de que había una persona en mi vida y que al mismo tiempo le llamase suegro.
-Perspicaz nunca lo he sido, Elenita-sólo a él le permitía que me
llamase con este diminutivo. Pero te conozco muy bien, y cuando hablas
de él se te enciende la mirada, sonríes sin querer, y vuelves a tener la
misma expresión de chiquilla de cuando te conocimos. ¿Qué te puedo
decir? Que me alegro mucho, que te mereces ser feliz, y que me gustaría
conocerlo, si crees que es oportuno. No te negaré que quiero echarle el
ojo para ver si me convence, si es bueno para ti y si te conviene.
Cuando te dije que seguías formando parte de mi familia, hablaba con el
corazón. Y es normal que me preocupe de los míos.
-Él también quiere conoceros a los dos, a Elia y a ti. Vendrá dentro de tres días, y le conoceréis. Creo que os gustará.
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