Cuando ya está la mesa puesta, oigo la puerta
trasera, la que da al garaje. Eso quiere decir que Arturo ha vuelto; y
me extraño, porque es temprano; pero quizá querrá cenar y luego saldrá;
lo ha hecho ya muchas veces. Creo que le parece raro que nunca le pida
explicaciones, ni le llame si tarda mucho; que no le agobie con
preguntas como hacen la mayoría de las esposas. Pero lo que él no sabe
es que yo no me siento ya esposa; más bien me veo como un ama de llaves
privilegiada.
Arturo, quizá por costumbre, me besa en la mejilla al entrar; o más bien
ambos besamos el aire; eso que se hace en los saludos por compromiso.
-Llegas temprano-le digo
-Si, estoy cansado, quiero cenar pronto y acostarme.
-Vaya, pensé que ibas a salir.
Me mira, como sospechando que quiera sonsacarle, y se limita a decir que
no, que hoy le apetece quedarse en casa y quizá ver una película.
-Pues yo había pensado que podíamos hablar.
-¿Hablar? –Creo que si le hubiera propuesto que nos lanzásemos en
paracaídas no se hubiese sorprendido más. ¿De qué tenemos que hablar?
La verdad es que no pensaba tratar el tema en la cocina, pero decidí que era un momento tan bueno como cualquier otro.
-Arturo, el lunes me iré a Galicia, tal vez me quede una semana en la casa del pueblo.
-Pero está alquilada, ¿Qué vas a hacer allí?
-Bueno, ya sabes que llegamos al acuerdo de que en verano o vacaciones
podríamos usar la parte libre de la vivienda. El inquilino solo utiliza
la habitación de huéspedes. En realidad quiero conocerle, porque tengo
que hacerle una propuesta.
Se quedó callado, esperando que yo continuase.
-Después de que pase la Navidad-empecé a decir- cuando Ursula se marche de nuevo a Estados Unidos, me iré a Galicia.
-¿Por cuánto tiempo?
-Para siempre.
Arturo me miró, asombrado, como si me hubiera vuelto loca.
-¿Qué bobadas dices? ¿Qué significa para siempre?
-Se que tienes una amante, Arturo, lo se desde hace tiempo, así que no
necesitas hacer una comedia delante de mi. No te voy a montar ninguna
escenita, ni te haré reproches. Creo que tienes derecho a vivir tu vida
como quieras, pero debes entender que yo también soy libre de elegir la
mía. Y quiero marcharme a mi tierra; estoy harta de la ciudad, y como mi
hija ya no está, nada me ata a Madrid. No soy feliz aquí.
-Has vivido aquí más de veinte años, Elena. ¿Desde cuándo has descubierto que no eres feliz?
-Desde que no tenemos nada que decirnos, desde que me he vuelto
invisible, y desde que he pasado a ser tu criada en vez de tu mujer.
Pero no creas que te estoy culpando de nada, ni que te estoy
reprochando. Los dos, o quizá ninguno, somos los culpables. El amor es
como una planta que hay que cuidar con cariño, y nosotros la hemos
dejado sin agua y sin alimento mucho tiempo. Y se ha muerto, así de
sencillo.
-Entonces, debo entender que me estás proponiendo que nos divorciemos.
-Eso me da igual; lo dejo a tu elección. Después de todo, tú eres el abogado. Yo lo único que quiero es marcharme.
-¿Y por qué tanta prisa? ¿No prefieres pensarlo?
-Tengo prisa, si, porque no se de cuanto tiempo dispongo.
-No entiendo.
-Tengo cáncer, Arturo. En un pecho. Y parece ser que está avanzado; así
que comprenderás que no voy a ponerme ahora a pensarlo mejor. Ya está
todo dispuesto; si no me marcho ya es porque no quiero que Ursula se
entere todavía. Cuando me haya ido de aquí se lo diré. Quizá la llame
por teléfono o le escriba. Hay cosas que es más fácil hacer con una
distancia.
No me contestó nada; supongo que eran demasiadas novedades para que las digiriese tan rápido. En el fondo, me dio lástima.
Si, porque Arturo ha sido siempre un hombre débil. Yo, que le conozco
tan bien, lo se. La gente le ve como el abogado de éxito, el hombre con
la solución para todo, con la palabra adecuada a cada momento; pero en
su yo interior, es débil y miedoso. Yo tampoco soy demasiado valiente,
pero cuando ya he tomado una decisión, sigo adelante con ella, aunque me
cueste.
-Si estás enferma-dijo cuando se recuperó de la sorpresa-razón de más para que no te vayas. ¿Quién cuidará de ti?
-Aquí también estoy sola, no lo olvides.
-Eso no es verdad. Esta es tu casa. No te voy a dejar sola ahora, a
pesar de que si, es verdad, reconozco que estoy viendo a una mujer.
-Es Paula. No le estaba preguntando, la mía era una afirmación.
Si la situación no fuese trágica, me reiría en su cara; se le quedó la
boca abierta de la impresión, y buscó el apoyo de una silla.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque no soy idiota del todo, aunque tú creas que si. Cuando empezó a
trabajar en el despacho, hablabas de ella sin cesar; te llamaba la
atención por su gran valía como abogada, pero en cuanto empezasteis otro
tipo de relación, se acabaron los comentarios. Y eso me puso sobre la
pista. Y además, las dos veces que he tenido que acompañarte a comidas y
cenas de empresa, ella se pasó todo el tiempo rehuyendo mi mirada;
cuando antes era la primera que se acercaba a saludarme. Blanco y en
botella…
-¿Y no dices nada?
-¿Qué quieres que diga? Hace dos años que no nos acostamos juntos, que
no tenemos una vida de pareja normal; pues la verdad es que no ha sido
una sorpresa. Ya me lo esperaba; y me alegro por ti. Mereces ser feliz.
Estaba anonadado; le costaba hasta respirar.
-¿No me odias?
Me eché a reír
-No lo tomes a mal, Arturo, pero no me importas tanto como para eso. Te
quiero mucho, pero como a un amigo, me atrevería a decir que casi como a
un hermano, no te veo como mi marido o mi amante. Por eso no hay sitio
para el odio. Reconozco que cuando me enteré me sentí algo dolida, pero
sobre todo por tu engaño, por tu deslealtad y tu falta de confianza. Si
yo me enamorase de otro hombre, te lo diría, no llevaría una doble vida.
-No es fácil confesar esas cosas a una mujer que ha compartido veinticinco años con uno.
-¿Es más fácil engañarla y tratarla como a una tonta?
-No se, Elena. Te pido perdón, te he fallado. Pero ya está hecho. Lo que
ahora quiero es ayudarte; no pienso permitir que pases sola esa
enfermedad.
-La pasaré sola porque no quiero a nadie a mi lado, Arturo. Es mi
decisión, y no hay más que hablar. La enfermedad siempre es dura, pero
cuando hay amor, todo se supera. Cuando se cuida de alguien por
obligación, es insoportable para las dos partes.
-Pero, ¿Qué harás en Galicia? Allí ya no conoces a nadie.
-Conozco a un buen oncólogo, que es todo lo que me hace falta. Y cuando
me encuentre peor, contrataré a una enfermera que se ocupe de mí.
-Por el dinero no te preocupes.
Le toqué el brazo para que dejase de hablar.
-No quiero nada tuyo. Simplemente, he hecho un cálculo de cuanto te
cobraría un ama de llaves, cocinera, niñera, anfitriona y secretaria,
por los años que hemos estado juntos. Y el montante, que ahora no
recuerdo, pero que he anotado en mi agenda, será lo que me lleve en el
reparto de bienes. Inmediatamente se lo cederé a Ursula. Yo tengo lo
suficiente para vivir.
-¿El qué? Nunca has trabajado, ¿piensas vivir de la renta de la casa de tu madre y de alquilar la del pueblo?
-No. Pienso vivir de una herencia que he recibido hace un año, de la
cual no te he dicho nada. Tengo la mitad de una clínica privada en La
Coruña, que deja unos rendimientos bastante altos, y dos gasolineras.
Se quedó callado, sin habla. Era la noche de las sorpresas.
Quizá aquella noche tuvimos la cena más animada desde hacía muchos años,
porque al menos hablamos. Arturo quería saber quien me había dejado la
herencia, pero tan sólo le dije que era un familiar del cual no sabía ni
que existía hasta que murió el año anterior. Se quedó con la mosca tras
la oreja, pero era cuanto pensaba contarle. Ese secreto me pertenecía
tan sólo a mí, y también a mi hija, claro. Ella se enteraría cuando yo
faltase, porque una de las cosas que tenía pensado hacer en Galicia era
escribir cuanto recordaba de la historia de mi familia. Sería un regalo
para Ursula, para que recordase de donde provenía, y también era una
especie de confesión de aquellos secretos que todas las familias
guardan, y de los que yo me había enterado hacía poco tiempo.
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