Casi sin darnos cuenta, entretenidos por la charla,
llegamos a la ermita que quería enseñarle a Daniel; porque era uno de
mis lugares favoritos, adonde mis abuelos me trajeron cuando era muy
pequeña y que nunca olvidé. Hacía ya muchos años que no estaba aquí,
pero no había olvidado San Andrés de Teixido, un pequeño pueblo cercano a
Cedeira; un lugar ventoso, frío y dejado de la mano de Dios, donde se
yergue, tímida y solitaria, una pequeña capilla en honor al santo.
Cuenta la leyenda que San Andrés se encontraba muy triste y abandonado
por tener su santuario en tan lejano y desabrido lugar, nada menos que
en la sierra conocida como A Capelada, donde los únicos seres vivientes
eran los pocos lugareños y los caballos salvajes. Pero Dios se apiadó de
él y le prometió que recibiría tantas visitas como el propio Santiago,
en la gran Compostela, porque ningún cristiano podría entrar jamás en el
Reino de los Cielos sin haber visitado al santo. El que no fuere en
vida, estaría condenado a ir de muerto, en forma de sapo, culebra o
lagarto. Por eso todos los gallegos, y muchos que no lo son, se
esfuerzan por hacer, al menos una vez en la vida, el peregrinaje hasta
este hermoso e inhóspito lugar, para presentar sus respetos al santo.
Bajamos de la mano hasta la capilla, que yo pensé encontrar cerrada,
pero por suerte estaba abierta, y pudimos entrar y permanecer un momento
en su interior. A la salida nos encontramos con una señora que vendía
las típicas figuritas hechas de miga de pan, y pintadas de colores:
rojo, amarillo y azul. Hay diversas figuras; las más comunes son la flor
del deseo, una barca, un pescador, una sardina o una mano. Nos llevamos
una de cada y bajamos hasta el mar, para coger una de las plantas
típicas de la zona, las hierbas de enamorar y el junco del buen parir.
-No quiero pensar que te crees estas tonterías-me dijo Daniel cuando ya volvíamos al coche.
-No es que las crea o no; se trata de mantener las tradiciones; de
recordar el pasado. La última vez que estuve aquí debía de tener unos
quince años, e hice lo mismo que ahora, también bajé hasta la orilla del
mar y recogí las plantas. Aunque entonces tenía más motivos, al menos
por los juncos. Ahora es evidente que ya no volveré a parir; no los
necesito.
Me callé, porque era un tema que pretendía esquivar. Cuando empecé el
tratamiento yo todavía era capaz de tener hijos, aunque fuese discutible
la conveniencia de quedarme embarazada a mi edad; pero la quimioterapia
había acabado con esa remota posibilidad. Yo tenía una hija, pero le
estaba robando a Daniel la posibilidad de ser padre, y eso no me hacía
sentir precisamente bien. Él era demasiado inteligente para no darse
cuenta de lo que pasaba por mi cabeza, y empezó a hablarme del viaje,
para esquivar conversaciones espinosas.
Decidimos comer en Cedeira, el pueblo más cercano, porque ya eran casi
las dos de la tarde, y no queríamos llegar a casa demasiado tarde.
Mañana tendríamos que madrugar.
-¿A qué hora tengo que llevarte al aeropuerto?-le pregunté mientras comíamos.
-No te preocupes, vendrá Diego temprano y me dejará a mí en el
aeropuerto y a ti te llevará a la clínica para la sesión. Y te volverá a
dejar en casa por la tarde.
-No es necesario. Ya soy perfectamente capaz de conducir.
-No lo dudo, pero lo hemos hablado y los dos nos quedaremos mucho más tranquilos haciéndolo como te he dicho.
No le contesté, sabía que no tenía posibilidad alguna de salirme con la
mía frente a ellos dos. Me preguntaba de qué hablarían cuando estaban
solos, y cuanto habría que yo ignorase.
A la mañana siguiente, cuando apenas eran las siete, Diego estaba ya
sentado en mi cocina, tomándose un café y metiéndonos prisa para salir.
Mi hermano es la persona más puntual que he conocido; se dejaría
torturar antes de llegar tarde a algún sitio. Confieso que yo no soy tan
puntual, y a menudo suelo llegar con retraso, por más que me proponga
no hacerlo. Por fin nos subimos al coche y estuvimos en el aeropuerto
con mucha anticipación para facturar el equipaje y sacar la tarjeta de
embarque. No se que tienen los aeropuertos para que me desagraden tanto;
pero apenas veo los paneles luminosos que anuncian los vuelos y oigo
los altavoces, algo se encoge en mi estómago y hace que desee marcharme.
Diego tuvo la delicadeza de decir que se iba al coche para hacer unas
llamadas importantes; aunque yo sabía que era para dejar que Daniel y yo
nos despidiésemos tranquilamente. Le dio un abrazo a Daniel y me dijo
que estaría en el coche esperándome.
Nunca he sabido manejar la situación en las despedidas, y por más que
intentase convencerme de que eran tan solo cinco días, las lágrimas
igualmente me empañaban los ojos. Daniel todavía estaba a mi lado, pero
yo ya me sentía completamente perdida. Me había acostumbrado a no estar
sola; yo que había sido siempre una solitaria. Llamaron para embarcar,
así que ya no podíamos dilatar más el momento de separarnos. Nos
fundimos en un abrazo y ninguno de los dos dijo nada. No esperé para ver
como entregaba su tarjeta de embarque; me di media vuelta y caminé lo
más deprisa que pude hacia el aparcamiento, intentando no tropezar con
mis propios pies, a causa de las lágrimas que apenas me dejaban ver.
Diego tuvo el detalle de arrancar el coche y no decirme nada; se limitó a
darme un pañuelo. Cuando ya estábamos llegando a la clínica me
recompuse.
-Pensarás que soy patética.
-¿Por qué? A mi tampoco me gustan las despedidas.
-No solo por eso. Quiero decir que no te he preguntado lo que opinas de
que me haya enredado en una relación con alguien que acabo de conocer,
en mi situación y por si fuera poco, más joven que yo.
Aparcó el coche en la plaza que tenía reservada y sólo entonces habló.
-No seas absurda, Elena. Ya te dije que me parecía que ese chico te
quiere de verdad, y que serías una boba si le dejaras marchar. Tienes
derecho a ser feliz; las segundas oportunidades no abundan, y por eso no
se pueden desperdiciar. ¿Cuántos años hay de diferencia entre vosotros?
Aparentemente no se nota nada.
-Cinco.
-Lo que he dicho. Eres tonta de remate y estás llena de prejuicios estúpidos. Si fuese al revés no te extrañaría, ¿verdad?
Me encogí de hombros, no supe que contestarle, porque tenía razón. Las
mujeres de mi generación nos encontramos en una posición ambivalente y
difícil, pues nos hemos enfrentado al mundo, hemos salido a trabajar,
intentamos ser mujeres modernas, pero todavía nos pesa demasiado la
educación que hemos recibido de nuestras madres, y nos cuesta abandonar
los estereotipos. Hemos recogido todos los deberes que nos impone la
nueva sociedad, pero nos cuesta admitir que también podemos reclamar los
derechos.
-En cualquier caso, soy muy feliz, como nunca lo había sido. Y te ruego
que no permitas que me muera, ahora no. Reconozco que hace unos meses
estaba dispuesta a aceptar la muerte, pero ahora quiero vivir, tengo que
vivir.
-Todos moriremos algún día, ya lo sabes. Pero a ti no te toca todavía,
aún no. No lo permitiré. Y ahora, déjame un poco en paz. Soy oncólogo,
no Elena Francis. Lárgate a la sesión. Cuando acabes recógeme en el
despacho y te llevaré a casa. Hoy no tengo consultas ni me toca operar, y
puede que hasta tenga tiempo para invitarte a comer.
http://elrinconletrasperdidas.blogspot.com/
Todavía no se hicieron comentarios sobre este texto.
Solo los usuarios registrados pueden agregar comentarios.