No tengo hambre, pero son las dos de la tarde, y
tengo que comer, aunque sea por obligación. Bastante peso he perdido ya.
Acabo de mirarme en el escaparate de una tienda y parezco un
espantapájaros con este abrigo negro que me baila en los hombros. Por
primera vez en mi vida, no estoy contenta de haber adelgazado. Me siento
en una mesa al lado de la ventana; ya que estoy sola, me gusta ver
pasar a la gente por la calle. Cuando llega el camarero le pido una
ensalada y un vaso de agua. No soy capaz de comer nada más; la comida me
produce náuseas y lo único que mi estómago tolera son las sopas y
ensaladas. Me entretengo mirando a la gente que come en las mesas de al
lado. La pareja de enfrente está discutiendo; ella se aguanta las
lágrimas mientras él a duras penas contiene las ganas de gritar. Me
entran ganas de decirle a ella que no se lo permita, que no tiene porque
aguantar sus improperios en un sitio público. Sin embargo, los que
están sentados a mi derecha son novios; eso se nota enseguida; porque
comen con las manos entrelazadas y se susurran cosas al oído. Y a mi
izquierda están dos ejecutivos de traje y maletín, comiendo deprisa un
bocadillo y discutiendo detalles de algún negocio. La única que está
sola soy yo; pero no es nada nuevo. Creo que hace ya mucho tiempo que
vivo en soledad, aunque comparta mi vida con alguien. Por eso no me
arrepiento de la decisión que he tomado, porque creo que es la mejor
para todos. Solo me queda tener la suficiente presencia de ánimo para
exponer mis ideas, y cuando llegue el momento, defenderlas.
Son poco más de las seis cuando llego a casa; a la que hasta ahora
consideré mi casa, pero que pronto dejará de serlo. Es hermosa; está en
una zona tranquila, en las afueras de la ciudad, con árboles bordeando
la calle ancha; con el jardín, ahora despojado de flores y cubierto por
el manto invernal; pero que pronto se adornará con rosas, prímulas,
tulipanes y azucenas. Yo creé ese jardín de la nada, cuando vinimos a
vivir aquí, hace más de veinte años. Cuando entro en la casa, cada paso
que doy me cuenta desvelos y preocupaciones por mantener un hogar
acogedor, por hacer de un edificio sin alma un lugar agradable para la
familia; para una familia que se desgaja, que ya no existe. Dejo el
bolso en el vestíbulo y me adentro en mi territorio, en la cocina. Yo
elegí los armarios de madera de roble, la mesa, las sillas. Las grecas
de la pared y cada palmo de suelo fueron escogidos con mimo y ternura.
¿Seré capaz de dejarlo todo de lado y marcharme? Se que me costará; por
más que sean tan solo cosas materiales todo tiene para mi un
significado, ha sido parte de mi trabajo, de mi quehacer diario. En mi
habitación, que ahora es solo mía, pues Arturo hace dos años que duerme
en el cuarto de invitados, está todo aquello que me define, que habla de
mis gustos y de cómo soy. Mis libros en la salita contigua, mi ropa,
mis zapatos, el cuarto de baño con cada bote de crema, de champú o de
perfume. Las fotos de mis padres, de mi hija; toda mi vida en unos
metros cuadrados que me han envuelto y protegido del exterior durante
mucho tiempo; como si fueran un cálido edredón. Pero la crisálida que me
protege ha de romperse, yo misma tengo que romperla, para salir a la
luz y disfrutar de claridad el poco tiempo que me quede. Solo me falta
el valor necesario para contarlo a las personas que deben saberlo. Esta
noche daré el primer paso; y lo demás tendrá que ir poco a poco. Nunca
he sido valiente, y me cuestan mucho los cambios.
Para calmar mis nervios me meto en la cocina, en mi reino protector, y
entre fogones, ralladores, cuchillos y perolas, me olvido de los
problemas que me acechan y doy rienda suelta a mi creatividad. Me gusta
cocinar, me ayuda a evadirme de la realidad, y al aferrarme a cosas tan
cotidianas como un trozo de buena carne, unas setas, un par de chalotas o
el trabajo de ligar una salsa, hacen que me olvide de todo lo demás.
Solo existo yo y los olores que se desprenden de mis fogones.
Solo los usuarios registrados pueden agregar comentarios.
Ningún usuario añadió este texto a sus favoritos.