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Enviar un mensaje privado Autor krol
Me gustaba mi nuevo maestro. Recuerdo el primer día de clase, yo tenía 11 años y él no debía llevarme más de 10; apareció como si de un fantasma se tratara, en medio de la tarima, mientras mi compañero Luís y yo discutíamos sobre la conveniencia o no de engrasar el hilo de la peonza.
Cuando el grupo percibió su presencia, se hizo un silencio absoluto. Creo que todos estábamos impresionados por esa cara de niño, mal disimulada por un bigotito que asomaba tímidamente bajo su nariz recta, de poeta o filósofo, eso lo pensé años más tarde.
Me gustaba mi nuevo maestro porque me miraba a los ojos y me transmitía confianza en mí mismo cada vez que las palabras se atoraban en mi lengua. Por aquel entonces yo era tartamudo, hecho agravado por mi extrema timidez y por las burlas de algunos de mis compañeros. Avanzados los primeros días de clase de ese curso y dándose cuenta de mis dificultades para hablar en público, don Miguel, que así se llamaba, decidió que se habían terminado los turnos de lectura colectiva de la lección y que yo era el encargado de dicho cometer para toda la eternidad, así lo pensé, de inaugurar cada jornada escolar, leyendo sentado en su mesa. Me acuerdo de los momentos previos a tal hazaña, cuando rogaba a todos los santos, de los que podía recordar el nombre, que la lectura no llevara muchas palabras que comenzaran por “c” y “p”, mis letras malditas, en cuya pronunciación mi lengua se encontraba especialmente atormentada.
Yo disfrutaba en sus clases, bueno, creo que todos lo hacíamos en mayor o menor medida. Eusebio Sanromán, quizás el que menos, porque siempre se había jactado de poner a los maestros al borde de un ataque, con sus malas bromas y su cara necia de provocador profesional. Don Miguel lograba, con una actitud serena y aquella mirada un tanto burlona, que Eusebio pasara noches y noches en blanco, pensando en cómo desquiciar a ese hombre, hecho que provocaba que al día siguiente fuera dando cabezadas de sueño por todos los rincones, y malditas las ganas que le quedaban de esconder lagartijas en el cajón de don Miguel, ni tampoco de pegar unas con otras las páginas de
Así fue trascurriendo el curso de 1937. Pasado su ecuador, era como si todos estuviéramos deseando que llegara el lunes para emprender y aprender, animados por ese hombre. Tengo que confesar que se convirtió en una figura esencial en mi vida, le admiraba y hubiera dado mi mejor tirachinas y hasta ese camión con volquete que me fabriqué a partir de las tablas viejas del cobertizo, para que pudiera haber sido, de alguna extraña manera, mi padre.
En casa notaron el cambio en mi actitud hacia la escuela, mi madre estaba feliz de no tener que arrastrarme todos los días hasta la puerta, luchando con mis dolencias fantasmas, que pretendían salvarme de otra deprimente jornada de agotadores esfuerzos para que mi defecto pasara lo más desapercibido posible para todos.
A pesar de eso, algo no andaba bien allí, por aquel entonces yo sabía muy poco de esa guerra que contaban los mayores haría que hasta los hermanos se mataran entre sí.
Muchos mozos del pueblo se habían ido al combate, pero la quietud se mantenía, eso sí, como en ese estado que antecede a las peores tormentas. Parecía que hasta la respiración se hacía más silenciosa.
Alguna vez escuché retazos de conversaciones entre mi madre y mi tía que hablaban de don Miguel: “Que se ande con cuidao, que mi prima
Yo no entendía nada, ¿quiénes se llevaban a los maestros? ¿Para qué? Si se los llevan, nosotros seremos unos cabezas de chorlito para toda la vida. No sé, en esa época mi cabeza daba vueltas y vueltas y, al final, como no llegaba a ninguna conclusión medianamente lógica, me dormía pero, eso sí, con la boca muy seca y con un sabor muy extraño y desconocido hasta entonces… Años después entendí que era a pólvora.
Este verano, mi hijo Miguel, que es ingeniero, y mi nuera me han llevado al pueblo. Nada que ver con mis recuerdos, sólo una cosa: la tapia del viejo cementerio. El sábado por la mañana me fui allí y me senté en un pedrusco frente a ella, no sé cuánto tiempo estuve, el suficiente para recordar la tarde del 15 de junio de aquel curso.
Don Miguel explicaba la regla de tres en la pizarra y yo intentaba retener en mi cabeza todos esos pasos (las matemáticas nunca fueron mi fuerte). La noche anterior no había dormido casi nada, me tuve que levantar más de diez veces a beber agua, ese sabor pastoso en la boca… Así que no me era fácil concentrarme en todos esos números, además, me dolía el estómago y había vuelto a tartamudear como una vieja locomotora de tren. Decididamente, no era el mejor de mis días.
Todo sucedió en menos de cinco minutos: las sombras se deslizaron bajo la puerta, o por la ventana, o por donde diablos fuera.
– Miguel Martínez Jiménez, acompáñenos, está detenido.
Veintitrés pares de ojos puestos en las sombras
– ¡Vamos a mirarlas todos, vamos!- gritaba yo sin tartamudear. – ¡Vamos a mirarlas todos, que así se irán!, ¿verdad don Miguel? Don Miguel, no se vaya, que seré un cabeza de chorlito, que lo dice mi padre, vamos, compañeros miradlas con fuerza, no dejéis de mirarlas…
Me gustaba mi nuevo maestro porque me miraba a los ojos cuando me hablaba y también porque con él aprendí que las sombras con fusiles no son más fuertes que los corazones grandes, que las mentes libres.
Y el pueblo… Nada que ver con mis recuerdos, sólo una cosa: la tapia del viejo cementerio, donde las sombras que se deslizaron bajo la puerta, o por la ventana, o por donde diablos fuera, sacaron de mi vida a mi nuevo maestro.
Krol
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