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Enviar un mensaje privado Autor Rafael
MATAR A LA MUERTE
Por Rafael.
(Texto en memoria de los estudiantes masacrados el 2 de octubre de 1968)
–Traigo la muerte cerca.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque la siento resollar detrás de mí; resopla lento, pero frío...
-¿Ya la viste?
-Ahora no, ayer sí. Estaba parada en la puerta de mi recámara: recta y tiesa como un patriarca.
-¿Cómo sabes que era la muerte?
-Porque nunca una visión me había asustado tanto; era alta y robusta, encamisada en una larga funda de seda gris que, sin embargo, bien le dibujaba el rostro. ¿Cómo era? Una máscara sin pómulos ni nariz, pero la boca tan abierta como una tumba sin difunto.
-¿Le viste los ojos?
-Aunque tapados, eran dos cuencas abismales, tan abismales que se podían navegar en ellas.
-¿Y te vieron?
-Me vieron sin mirar cuando lo veían todo. Sentí mucho miedo; quise gritar para despertarme y el grito abortó en mi pecho desgarrándome las entrañas hasta aullar como aúlla un perro cuando está de luto.
-¿Y ahora estás despierto?
-No...
-¿Cómo lo sabes?
-Estoy platicando contigo, ¿o no? Eres mi voz gemela brotando del viejo retrato de familia.
-¿Qué ves?
-Desfilan calles desiertas, oscuras, empapadas de dolor. Nubes bajas esconden los luceros y el brillo de las bayonetas. Calles y cielo pasan veloces como si huyeran de algo perverso, de un acontecer sombrío. Más allá, una gran plaza sembrada de cadáveres soñadores; jóvenes malogrados de ilusión, mujeres preñadas de esperanza y niños llorando sangre. Neblina sucia oculta asesinos tras muros ruinosos. Humo gris brotando de edificios cañoneados. Riachuelos de sanguaza corren escaleras abajo. Ojos apresando la traición y lágrimas secas de indefensión. Libros desbaratados, estandartes apachurrados y mantas arremolinadas de leyendas mudas. Sordo repiquetear en el aire con olor a pólvora y carne chamuscada; sordo rodar de tanquetas por un amasijo de cuerpos deshilachados. Las losas de la explanada absorben la vida avasallada, la justicia aplastada. El campanario de la iglesia está mudo de espanto. Es día de muertos y todavía no nace noviembre. Las almas caídas no desean un altar con flores de cempasúchil, con dulce de tacha, botella de tequila, calaveritas con nombres en la frente, cigarrillos de hoja, veladoras encendidas, fruta, y morado papel picado. Claman por un altar con tiesos de incienso de justicia y libertad. Hay toque de queda. Hace frío y más cuando el susto se dobla en cada esquina. Huele a muerto...
-¿Cómo huele a muerto?
-A tristeza con fasto de réquiem ¿Qué ves ahora?
-Ataúdes de madera barata. Hay montones de ellos en una funeraria sin flores ni velatorios; vigila un oficial montado en soberbio caballo azabache. Su rostro no dice nada; los ojos tampoco, pero mantiene la mirada en la mía. Tan formidable firmeza presagia sentencia. Ramalazos de escalofríos me estremecen de pies a cabeza. Ahora llueve fuerte y el cielo reseco de estrellas, retumba. Bajo la visera del quepis sobresalen las cejas espesas, los ojos oscuros de vidrio negro, la nariz correcta, el bigotillo cuidado y una boca de finos labios sellados entre sí. Su palidez es de cadáver de anfiteatro. Temo. Con calma levanta el brazo derecho y por el hombro resbalan los vuelos de una capa anudada al cuello. Le miro el uniforme. Le va justo, sin arrugas, como de museo de cera. Los botones brillan y las escarapelas más; son trofeos de General. La hebilla reluce en grueso cinto y a la cadera la funda con revolver guardado.
-¡Basta, despierta!
-No puedo despertar; algo me ata, me impide regresar. Son los ojos del General velando para dictar condena. Sonríe. No, no es cierto, no sonríe. Es un gesto; en él no hay gozo, pero tampoco desconsuelo. Con enérgico movimiento desenfunda el revólver; lo amartilla y habla sin hablar. La voz es fuerte, sonora, acostumbrada a gobernar. “¿Tienes miedo a la muerte, verdad?” Asiento. “¿Sabes que vas a morir, no es cierto?” Apruebo de nuevo. Sin poder sacudirme la mirada de tiburón, escucho misa de muertos... Ahora, ya no hay calles, ni nubes ni mar ni caballo negro. Es un silencioso mundo de lobreguez. El General, conmigo, está cara a cara. Su rostro se hace menos duro; se va transformando, mutando la palidez por calidez, los ojos brillan y los labios se humedecen, se despliegan y la boca ahora sí habla de verdad: “No tengas más miedo. Líbrate de ti; sepulta tus rencores, descarga tus culpas, adormece tus amores y tranquiliza el alma. ¿Sabes?, en ocasiones es más terrible vivir que morir”.
-Estoy confundido, revuelto de estómago y pensamiento. El General se retira dos pasos. Extiende la mano; me ofrece su arma y aconseja: “Para que mates a la muerte”. La pistola pesa mucho. Empieza a nacer en mi interior un sentimiento de absolución. Mi libertad depende de matar a la muerte y apunto buscándola por todos lados. ¿Adónde, adónde está la muerte? ¿Cómo acabo con la desdichada? ¿Con una bala o con un crucifijo? Me punza el pecho y se agota el tiempo. Quiero moverme y sólo muevo el brazo derecho; en la mano tengo la pistola del General. Entonces recuerdo: “Para que mates a la muerte...”
-¿Puedes ver a quien todo mira sin ver? ¿Está contigo la maldita encamisada?
-Demasiado pegada a mí, demasiado untada a mis huesos para sentir más miedo. No más cobardías. Como dijo el General: a veces es más terrible vivir que morir...
-¡Aguarda, detente, estás despierto!
El estampido del pistoletazo rebota en las cuatro paredes de la recámara. La muerte ya no está a la puerta. Estás muerto –dice con desolación mi voz gemela–. ¿Y ahora con quién platico de sueños?
Excelente lectura!
Me gusta mucho la estructura y la forma en la que rindes homenaje a quienes cayeron en Tlatelolco...
Felicidades!
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