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"Lluvia de castigo" (Relato serial). Cap 6

LuisBermer

Autor LuisBermer

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Publicado el 27/08/2011 | 101 Visitas | 0 Comentario(s)

6

 

Ya apenas podía salirse a la calle, era poco menos que un suicidio. El ejército había intentado mantener las vías abiertas con sus vehículos blindados, dotados de palas similares a los quitanieves, pero era imposible. La lluvia seguía cayendo con fuerza, inagotable. Poco a poco, se fueron replegando hacia los pabellones de protección, donde éramos instados a acudir, por nuestra seguridad. Allí se estaban concentrando las fuerzas, los recursos a la espera de que el infierno cesase. Muchos acudieron, aterrados. Otros muchos aguantábamos semi–atrincherados en nuestras casas, igual de aterrados. Los huesos eran cada vez más abundantes, más recientes en el tiempo. En algunos lugares habían empezado a caer cuerpos enteros, momificados, también con signos de violencia. Eso dijeron por la radio oficial, aunque nosotros aún no habíamos visto caer ninguno. Las emisiones de televisión habían cesado su actividad. No podíamos sino imaginar qué estaba ocurriendo en el exterior, pero sin ninguna certeza.

 

–¿Qué vamos a hacer ahora? –preguntó Esther, demacrada.

 

–Creo que lo mejor es que resistamos aquí, hasta que todo pase. Algún día tiene que terminar, por fuerza. Aquí tenemos comida y agua para meses. Y ahí fuera… ya no sabemos ni lo que está en verdad  pasando, Esther.

 

Se acarició la barbilla, inquieta.

 

–¿Y si nos fuésemos de la ciudad, Juan? A lo mejor lejos de ellas no caen tantos, como era al principio ¿Recuerdas? Unirnos a alguna comuna, o meternos en alguna caverna bien alta. O ir a los pabellones…

 

Sonreí con tristeza. Aunque odiase ser tratada como una niña, a veces era justo eso lo que parecía. Una niña fantasiosa, imaginativa… casi podía ver la niña que fue con diez años justo delante de mí, ahora. Imaginando cómo es el mundo desde su creatividad, sin los límites de la razón.

 

–Nuestro coche debe estar ya destrozado, cariño, bajo un montículo de huesos malolientes.  Y aunque así no fuera, piensa en el peligro… si allí están cayendo igual que aquí, si nos quedamos tirados en medio de la nada… ¿Para qué arriesgarnos? Y de los pabellones… ¿recuerdas lo que te dije de los campos de concentración? ¿Recuerdas que lo intuía? Míralo, ahí los tienes.

 

–¿Por qué has de pensar siempre mal? A mí me parecen lógicos, un servicio para la población. Si nos quisieran muertos… ¿para qué tomarse tantas molestias? Con dejar eso a la lluvia tendrían bastante.

 

–No sé, no sé… llámalo intuición, pero siento algo muy oscuro en torno a eso. Apenas se ha dicho nada de ellos, cómo viven los que han ido allí, ni una imagen de cómo son por dentro, sólo por fuera…

 

–Las televisiones han caído, no habrán podido dar más información. Todo se precipita rápido, demasiado rápido… bastante se está haciendo por intentar salvarnos. 

 

Vi un cuerpo entero caer, creo que desnudo, amarillento. Esther estaba de espaldas a la ventana, así que no pudo verlo, por fortuna. No dije nada, pero el sobresalto me produjo un profundo escalofrío. Creo que ella no lo notó. Cerré los ojos y me apoyé sobre una mano, intentando serenarme. Ella pensaría que estaba reflexionando en sus palabras. Había captado algo de su expresión. Con la boca descolgada. Horrible…

 

Respiré hondo. Y seguí hablando…

 

–Tal vez sea justo eso lo que quieren. Que vayamos, no sé para qué, prefiero ni pensarlo, pero que vayamos. Desde el principio. Puede que ese sea el objetivo final, por lo que todo esto está ocurriendo…

 

–¿Aún piensas que esto puede ser un teatro artificial? –me miró, escéptica. Demasiado grande, para cualquiera, me temo.

 

–Francamente, Esther, no sé qué pensar. Ya no sé qué pensar…

 

Ella suspiró, mirándose las manos.

 

–Dios proveerá –dijo, con la voz cargada de duda.

 

–Ojalá tengas razón, cariño. Pero de momento, nos quedamos aquí –sentencié, antes de levantarme y salir del salón.

 

Aquella boca abierta…


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