Si pudiese definirte, si acaso fuese capaz de describir como te siento,
tal vez, si mi mente lograse abarcarte, racionalizarte, humanizarte,
entonces podría aliviar el peso de mi penitencia.
¿Quién clavo la daga del amor en mi corazón?, ¿Quién retorció con saña,
su filo en mis entrañas? ¿Quién, con la otra mano, envenenó tu vaso,
con la ponzoña de la indiferencia?
No distingo realidad o ficción, vigilia o sueño, día o noche, sólo tu
centras mis pensamientos, sólo tu ocupas mi tiempo. Ensayo mil fórmulas
para abrir tu corazón, para que me dejes adorarte, mimarte, hacer
realidad todos tus deseos, todas tus ilusiones, todos tus sueños. Me
desvivo en adivinar tu inquietudes, en conocer tus preocupaciones, en
saber lo que tu sabes. Intento, en vano, acercarme, pero tan sólo
imaginarte frente a mi, hace que mi sangre se hiele, bloquea mi
raciocinio, disloca mis articulaciones, me anula, me desarma.
Mi alma se deshace por dentro, el dolor despelleja su tersa cobertura,
la desesperación clava sus afiladas uñas en sus sensibles nervios, el
desdén marca a fuego su delicado velo interno. Nada, no hay nada
comparable con mi sufrimiento, un castigo que no busqué, que no
merezco, injusto y arbitrario.
Como animal herido, paso los días lamiendo mis heridas, sin visos de
cicatrización. Ni la mejor sutura cerraría mis yagas, ni el más experto
de los cirujanos podría cortar mi sangría, ni el ungüento más milagroso
sanaría mis dolencias.
Tu deslumbrante figura se imprime en mis pupilas, con cinceladas de
fuego, tus penetrantes ojos se graban en mi mente con moldes de hierro
fundido, tu voz maravillosamente timbrada, resuena en mis oídos
golpeados por cientos de badajos. La madre naturaleza derrochó
generosidad y gusto al crearte, puso esmero y perfección en todas y
cada una de las partes de tu cuerpo, consiguiendo un resultado de
belleza insultante, escandalosa, ofensiva.
Nada puedo hacer para escapar del hechizo infinito de tus encantos,
para dejar de ser esclavo de tu ser, adicto a tu miradas,
fundamentalista de tu divinidad.
Odio mi ser porque tu no le quieres, desfiguro mi cara, pues no es de
tu agrado, me arranco los ojos pues no te complacen, trituro mis manos,
pues su rudeza no te cautiva, corto mi lengua pues sus palabras no te
seducen.
Tal vez ahora, libre de aquello que hería tu sensibilidad pueda, por fin, ser digno de tu caricias.
Solo los usuarios registrados pueden agregar comentarios.
Ningún usuario añadió este texto a sus favoritos.