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Las jovencitas no son nada de fiar

amcafe

Autor amcafe

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Publicado el 30/10/2010 | 245 Visitas | 0 Comentario(s)


Tengo 73 años y hace más de dos años que no tengo sexo con mi mujer. Mi vida sexual se limita a  fantasear todo lo que puedo, pues nunca me ha gustado masturbarme. No tengo nada en contra de la masturbación, pero de siempre me ha parecido una actividad que me ha dado repelús. Sé que es un prejuicio, tengo entendido que no hay nada malo en masturbarse, pero yo no estoy por esa labor, eso es todo.

            En el parque me quedaba viendo y apreciando sobre todo a las jovencitas y fantaseaba con y sobre ellas, una inocente actividad. Hice amistad con una jovencita de 18 años que se sentaba en un banco del parque y se ponía a leer y a meditar. Entablamos conversación y yo en un momento dado le cogí la mano y la lamí la palma de la mano. Me miró de forma muy airada y me llamó guarro, viejo verde, asqueroso y no sé cuantas cosas más. Dejó de conversar conmigo, pero unos días después se sentó en el banco en el que estaba yo, dándome la impresión de que quería hacer las paces. Le cogí de la mano otra vez y le lamí otra vez la palma de la mano y me dijo lo mismo que la otra vez, pero con una sonrisa muy picarona y sutilmente lujuriosa. Le dije si entendía la significación de la lamida y se puso  todo colorada. Hablamos y claramente le insinué que me gustaría lamerle el conejito. Empezó a insultarme otra vez, llamándome de todo. Yo siempre que la veía le reiteraba mi fantasía, mis deseos con relación a su conejito. Ella seguía insultándome, pero de forma sibilina me insinuaba que no haría ascos a la realización de mis fantasías con ella. Al cabo de unas cuantas conversaciones más aceptó ir a mi apartamento de la playa. La diferencia de edad era descomunal, pero en definitiva era mayor de edad y por tanto completamente legal, si ella aceptaba m is caricias y mis fantasías.

            Fuimos a la playa, la desnudé concienzudamente. Ella se dejaba llevar, me dijo que no quería que la penetrara, que era vírgen, solo admitía caricias con los dedos, manos y lengua, nada más. Yo no me quité la ropa, pues aunque llevo mis años con mucha dignidad, me daba apuros que me viese desnudo. La puse desnuda encima de la cama, a cuatro patas, con las piernas abiertas y yo me puse detrás de rodillas, y me puse a lamerla por detrás. Le lamía los muslos por detrás, sus dos piernas, y al final las nalgas. Le separé las nalgas con los dedos y me puse a lamerle su culito y poco después su conejito, recorriéndolo entero con la lengua arriba y abajo. Tenía un pastel-merengue a mi disposición. Mi lengua iba del culito al conejito, llegando hasta el clítoris al que presionaba con la lengua de una forma que la hacía enloquecer. Mi lengua se ponía roja de la excitación que me daba. Con mi lengua creo que se corrió varias veces, mientras yo jadeaba y jadeaba, con más excitación y morbo que nunca en mi vida. Al final no pude más y tiré la toalla. Ella con gran generosidad acudió a mi paquete para masturbarme probablemente, pero le dije que yo ya me había corrido con una eyaculación muy copiosa.

            Repetimos la experiencia varias veces hasta que un día me dijo todo seria que teníamos que dejarlo, pues se había echado un novio y no le parecía correcto que siguiésemos viéndonos. Incluso huía de mí cuando coincidíamos en el parque y desde luego rehuía cualquier conversación, solo se permitía unos saludos corteses pero muy fríos y cortantes.

            Como mi  mujer seguía en el dique seco, le dije que me iba a jugar unas partidas, pero en realidad iba a bailes de gente de mi edad para buscar alguna amante que diese plena satisfacción a mis necesidades sexuales.

            Cuando estaba con una mujer de mi edad  cerraba los ojos y me imaginaba que estaba con la jovencita del parque y cuando me corría imaginaba y fantaseaba que me corría con ella.

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