Siempre fui maltratado. Desde pequeño presencié las rabietas de un padre
alcoholizado, la angustia de una madre resignada, en fin: una familia
disfuncional. Así que mi infancia fue un sube y baja anímico; nunca me
sentí feliz. Esa inestabilidad en mi hogar me expuso ante el mundo como
un ser indefenso, débil de carácter. Pero heme aquí, relatando ahora una
crónica autobiográfica, en lugar de narrar los hechos del 3 de octubre
de un año que ya no recuerdo, o no quiero recordar…
Con 17 años, solía caminar desde la escuela hacia mi casa. Ya en la
entrada, tanteé mi bolsillo en busca de las llaves que desencadenarían,
ante mis ojos, un mundo en desorden. Abierta la puerta, escucho –como
de costumbre- los sollozos de mi madre acompañados por un griterío.
Suelto la mochila, listo para intervenir en una batalla sin cuartel… y
me encuentro ante la escena que sembró una herida inamovible en mi
memoria: mi padre apuñalaba un bulto sangriento que se retorcía tras
cada cuchillada. Estaba helado, respetando el acto donde mi progenitor
tomaba las riendas de un papel protagónico que ejecutaba a la
perfección. Mas la pasividad desapareció al ver los ojos deslucidos de
una madre que no sufría más… Ese fue el momento en que todo perdió
sentido… Yo me abalancé sobre ese, ¡ese extraño!... forcejeamos; logró
conectarme un golpe en la cabeza que dio paso a la sangre… Yo también lo
agredí con algún objeto que tomé no sé cuándo... Yacía él en el suelo;
había detenido su irascible embestida en contra de su propio hijo: yo.
La conmoción causada tras la caótica situación, el fuerte olor a
sangre, producto del golpe que logró propinarme, venció mi estabilidad, y
me rendí, desmayé…
***
Así llego a donde hoy estoy. Diez años han pasado, y el tiempo
sigue marcando su huella, desvaneciendo algunos detalles que ya no
recuerdo con tanta claridad. Por eso hago esta memoria, para tatuarme en
la mente lo que –en realidad- ocurrió, sobre todo, para robustecer el
atisbo de esperanza escurridiza que se escapa tras cualquier atropello,
como conmigo aconteció. Pues todavía hoy, cautivo de mi libertad por
unos gélidos barrotes y una vil improcedencia, espero que se haga
justicia…
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