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Las Nuevas Princesas

narzissa

Autor narzissa

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Publicado el 01/07/2008 | 768 Visitas | 0 Comentario(s)


Cansada de esperar en la torre más alta, en el cuarto más lejano; cansada de ser acosada cada día por un dragón maníaco a las afueras de su torre; cansada de coser todo tipo de prendas y romperse cada uno de sus dedos sin llegar a sentir ni un asomo de cansancio o sueño; cansada de comer manzanas hasta la madrugada sin sentirse desfallecer; cansada de dejarse crecer el cabello por si le servía como escala alguna vez; cansada de ser la más bella –y solitaria- de todas, se decidió un día la princesa a dejar estas sobras de vida.

Tomó la tijera que usaba para cortar el hilo con que cosía y, cerrando los ojos, se deshizo de todo el cabello que le sobraba, hasta entonces mantenido en prolijas trenzas. Luego, se sacó el vestido de dama, y se vistió las ropas que había estado creando, de nuevos diseños y formas distintas a cualquier cosa que las princesas vistieran hasta entonces.
Así hizo un sinfín de preparatorios y, finalmente, bajó de la torre, forzando la cerradura con una de sus largas agujas. Descendió hasta lo bajo, y encontró a un dragón medio muerto, acostado en el suelo, exhalando tibias columnas de humo por la nariz
“¡Cuánto hemos tenido que esperar, Oh dragón amigo, que hasta vos os habéis dormido!”- pensó la princesa al contemplar al animal-
Cruzó de largo el vestíbulo del castillo en ruinas y salió al exterior por fín, sin mirar atrás.
 

Unas semanas después, un orgulloso príncipe burla al “temible” dragón anciano, y sube a rescatar a su trofeo: la princesa de extraordinaria belleza, que será sólo para él. Llega a la habitación más lejana de la torre más alta… y la encuentra vacía. La cama sin hacer, el piso lleno de manzanas rojas. Un ropero con piezas de trajes grotescos y pobres, no dignos de una princesa. En el suelo un vestido de seda rosa, con un listón blanco. En el baño del cuarto encuentra dos largas trenzas enrolladas en el suelo, como víboras venenosas.
Vuelve al cuarto, desconcertado y se fija en un papel clavado (con unas tijeras) sobre el retrato de un príncipe sobre un caballo blanco. Se acerca y lee la nota:

 “No creíais, príncipe insulso, que te había de esperar para siempre, ¿verdad?”

El príncipe se quedó solo, de pie en mitad del cuarto, con un caballo blanco esperándolo en la entrada, sus botas lustrosas, sus ojos azules, su cabello rubio…

 

 



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