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La viuda del 6 A

amcafe

Autor amcafe

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Publicado el 21/08/2010 | 285 Visitas | 0 Comentario(s)


 No me acuerdo con exactitud, tendría unos 14 o 15 años. Cuando tenía que reformar alguna prenda, unos pantalones, por ejemplo, mi madre me enviaba a la señora del 6 A, una viuda que a mí me parecía muy mayor, pero quizá no llegaba a los cuarenta, o, en todo caso, los sobrepasaba en poco.

            También me confeccionaba prendas, como algún jersey o me reparaba algún descosido que otro. Para tal objetivo me tomaba medidas, pero a veces de forma muy especial, pues me manoseaba en ocasiones. Yo me ponía entonces muy tenso, pues me entraban erecciones muy comprometidas, que me hacían enrojecer. Ella me miraba de forma socarrona y quizá lujuriosa, y se reía para sus adentros. Yo lo pasaba mal, pues quería disimular mis erecciones y me era imposible. No la recuerdo bien ahora, pero a mí me parecía muy mayor, tenía unos pechos abundantes y un trasero bastante imponente. De su cara apenas me acuerdo, no era especialmente bonita, pero tampoco fea. En términos del adulto que soy ahora diría que era una señora de muy buen ver, apetecible, solo que entonces yo era un adolescente que lo único que había hecho es tocar los muslitos de alguna chica de mi edad, pero nada más.

            Un día en el que me manoseaba tomándome medidas se paró en mi paquete y me dijo, a ver, a ver, qué tiene el niño ahí. Uy, qué crecidito que lo tienes, parece que quiere salirse de la bragueta, vamos a sacarlo al aire, no tiene por qué ser tan vergonzoso. Me desabrochó la bragueta y me lo sacó, acariciándolo con mucha lujuria en los ojos. Me lo acarició bien con la palma de la mano y con los dedos. Me acarició también los huevecitos. Yo estaba muy nervioso, el corazón me palpitaba a cien, me entraron ganas de salir corriendo, pero por otro lado me penetraba un placer desconocido, algo distinto a lo que sentía cuando le tocaba los muslos a mi amiguita. No pude controlarme y después de unas pocas manipulaciones eyaculé de forma muy copiosa, saliendo mucho más semen del que me salía cuando me masturbaba. Le ensucié toda la blusa y le salpiqué la cara, pero eso la erotizó de forma increíble. Me recriminó por haberme corrido tan pronto, me dijo que tenía que aprender a retenerme y se puso mi pene en su boquita que lo acogió de forma muy calurosa, y empezó a comérselo de forma increíble. Yo no sabía que una chica podía hacer eso a un chico, y me entraron escalofríos de placer, oleadas intensas de calor sexual. Le cogí la cabeza mí. De vez en cuando se sacaba mi pene de la boca y lo lamía con pasión, con deleite, como si fuese un merengue, un pastel delicioso. Pasaba su lengua por todo mi pene, recreándose especialmente en la cabeza de mi pene. Se lo volvía a meter en su boquita y lo chupaba de una forma inverosímil, como si estuviera absorbiendo un polo delicioso. Yo cerraba los ojos y pensaba que el sexo reportaba sensaciones fuera de lo común y que lo que experimentaba era algo celestial, la entrada en el reino de los dioses. Al final, ya no pude más y volví a eyacular, también de forma muy copiosa, a pesar de que hacía muy pocos minutos que me había corrido. Se tragó todo el semen, me limpió de semen el pene con la lengua y lo volvió a introducir en la bragueta, acabó de tomarme medidas, y se despidió de mí, sin aludir para nada a la aventura más maravillosa que yo había vivido y disfrutado.

            Como es lógico, cada vez que mi madre me enviaba a casa de la viuda a tomarme medidas o a repararme alguna prenda, mi pene se ponía en tensión y experimentaba una erección brutal que la viuda captaba  al verme entrar, mientras se le salían los ojos de sus órbitas en la dirección de mi paquete….

 


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