El
cielo se abrió y una voz retumbo en el silencio.
-¡Vete de aqui! ¡Huye! ¡ Yo te maldigo y condeno a que pases la eternidad en el submundo! A ti, y a todos los que habeis osado enfrentaros a mi poder.
Velóz como una bala, me precipité al vació por la inercia del golpe dado por el Tirano. La tierra se ampliaba por momentos, y solo pude alcanzar a ver a mis amados compañeros cayendo, como yo.
Silencio.
Atravesamos la tierra sin el más leve roce.
BUM.
Di con mi espalda en las llamas.
BUM.
Me levante y escruté el oscuro paraje.
BUM.
Mis fieles caían, como yo, a mi alrededor.
BUM.
Me dispuse a agruparlos.
BUM.
El último.
Silencio.
Se concentraron a mi alrededor. Como lider yo simbolizaba su unidad. Sus ojos reflejaban el dolor de la pérdida de nuestros amigos. No me sentí capaz de decir nada. Habíamos apostado demasiado. Y lo habíamos perdido todo. Resignación. Eso es lo que les pedía ahora. Con cayados gestos los abracé uno por uno.
El tirano nos había vencido.
El tirano nos había expulsado.
El lugar de nuestro destierro no parecía anda confortable. Laberínticas cavernas se estendían ante nosotros. Un cielo de piedra nos cubría. Y un calor sofocante, fruto de las llamas del suelo, nos oprímia el pecho. El peor lugar para los únicos que de verdad importábamos.
Se me ocurrió una idea.
- ¡Aqui podrémos hacer lo que de verdad queramos, somos libres del Tirano!
No era suficiente para levantarles el ánimo, pero sé que les consoló un poco. Lentamente, nos pusimos manos a la obra. Movimos rocas, tallamos la piedra, extragimos hierro y fabricamos acero. El acero necesario para reconstruir las armaduras que el Tirano nos había quitado al vencer. día tras día, año tras año, trabajamos sin descanso preparando planes para derrocar al Tirano.
Llegó el día.
Salímos por una gruta que ascendía a la superfície. Un gran lago se abria ante nosotros. Me acerqué para contemplar la belleza de mi armadura. Me asomé a la superficie.
Una figura oscura, de cabellos color carbón, me devolvía la mirada. la piel, roja e inchada por el calor. Cerré los ojos. Una lágrima cayó por mi rostro.
Me di la vuelta.
Tiré la espada.
Me quité el yelmo. La cota. Todo.
Mis compañeros se quedaron estupefactos. Leía en sus ojos la desesperación.
-Volvamos adentro.- Dije- Este es nuestro lugar.
Como iban a saber, como comprenderían, que después de tanto esfuerzo todo había acabado. Uno de ellos se acercó a mi. Me preguntó que había pasado. Que había visto.
- Ya no somos ángeles.
El fuego nos ha enrojecido la piel.
El calor nos ha quemado el cabello.
El trabajo nos ha deformado el cuerpo.
Y las llamas nos han arrancado las Alas.
¿De verdad querríais volver asi?
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